Deepfakes en la ciberguerra contra Venezuela

El ataque estadounidense contra Venezuela constata un protagonismo sin precedentes de las deepfakes, la mitomanía y el fraude comunicacional, que son utilizados como elemento consustancial de la arremetida bélica y política.
Socióloga y comunicadora ecuatoriana
18 feb 2026 08:50

Decir que la comunicación internacional es el escenario predilecto para la acción de la oposición al proyecto bolivariano no es una hipótesis, sino una constatación. Puede ser contrastado en una línea de tiempo de más de dos décadas, donde las estrategias comunicacionales han actuado como dispositivo complementario, y en ciertos casos central, en la disputa geopolítica y geoeconómica por los destinos de Venezuela.

Es tan así que esto puede graficarse con la metáfora de las dos Venezuelas: la de verdad, con los aciertos y contradicciones que se viven in situ; y, por otro lado, aquella que se produce en los laboratorios de comunicación internacional y, más recientemente, en los laboratorios de guerra cognitiva. Una estrategia de daño estructural, diseñada ya no solo para disputar los sentidos, sino para moldear las mentes y los comportamientos individuales y colectivos en función del proyecto del capitalismo corporativo y digital.

Una de las herramientas de uso recurrente para esto último son las deepfakes, conocidas como el prototipo de las mentiras profundas, aquellas “con capacidad de convencer o poner a dudar hasta a los más incrédulos”. Y es que con el recurso a la inteligencia artificial y sus derivados, como el machine learning, se logran ensamblajes de simulaciones audiovisuales y contenidos multimedia cada vez más reales, para manipular la verdad y posicionar lo ultra falso. Es más, la proliferación de estos productos tecnológicos es considerada como un avance en la generación de los procesos de desinformación, que son parte del engranaje de la guerra cognitiva.

El ejemplo más fehaciente de su aplicación se evidencia en la invasión estadounidense contra Venezuela, sucedida el 3 de enero de 2026, que se consumó con una táctica de sorpresa, velocidad y gran violencia, precedida de un caos organizado, un caos digital en el espacio aéreo y un monumental proceso de desinformación mundial. En este caso se constata un protagonismo sin precedentes de las deepfakes, la mitomanía y el fraude comunicacional, que son utilizados como elemento consustancial de la arremetida bélica y política. Más aún, es ostensible el uso procaz de estos recursos por las más altas esferas del poder estadounidense.

Así, luego de embelesar a la opinión pública con los bulos sobre el narcotráfico que se diseminaron para legitimar la militarización del Caribe, el bombardeo estadounidense a Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la diputada Cilia Flores, en la actual fase, para convalidar el poder estadounidense y la invasión como un hecho, se acude a las deepfakes como un recurso clave para fracturar el poder bolivariano, posicionando versiones sobre rupturas y traiciones internas en las más altas esferas, especialmente desde la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, y sus entornos.

Se difundió como una verdad de Estado la mentira profunda de la existencia del “Cártel de los Soles”, presuntamente dirigido por el presidente venezolano

El día de la invasión a Venezuela una foto recorrió el mundo. Fue la falsa prueba de vida del presidente Nicolás Maduro, publicada en Truth Social por el mandatario estadounidense, Donald Trump. En la imagen figura una imitación del presidente Maduro, esposado y con los ojos vendados, presuntamente a bordo del USS Iwo Jima. Esta y otras cinco deepfakes, que circularon profusamente y sin verificación previa, según la verificadora de la información digital NewsGuard, en menos de dos días obtuvieron 14,1 millones de visitas en X y otros tantos en otras plataformas, pero luego de verificación: “Las cinco imágenes eran fabricadas y fuera de contexto y dos videos que también se difundieron eran tergiversados”.

El New York Times expresó tantas dudas sobre la autenticidad de esos materiales, especialmente de la foto del presidente en el Iwo Jima, que sólo reprodujo el mensaje de la fuente original. Es decir, el post de Trump y no la foto como evidencia, y señaló que eso fue porque: “El Times ha informado sobre la costumbre de Trump de difundir imágenes generadas con inteligencia artificial y deepfakes en las redes sociales, así que teníamos motivos para ser escépticos sobre la autenticidad”. Además, no existe ninguna herramienta que verifique imágenes de manera inequívoca, afirmó.

En el episodio previo, con estas tecnologías y modalidades, aún si toda la institucionalidad internacional evidenciaba lo contrario, se difundió como una verdad de Estado, desde las más altas vocerías estadounidenses (el presidente y el canciller), la mentira profunda de la existencia del “Cártel de los Soles” presuntamente dirigido por el presidente venezolano, a quien se responsabilizó de narcotráfico e incluso de las adicciones dentro del país del Norte.  Detalles sobre esto recorrieron el mundo en tiempo real, fueron noticia diaria, multiplicada al infinito en las plataformas digitales.

Asimismo, lobbies y autoridades estadounidenses promovieron condenas para los supuestos responsables de aquel cártel ficticio y, contrariando la legislación internacional, llegaron a difundir un precio a la cabeza del presidente venezolano, azuzando el interés de mercenarios y otros matones. Hubo incluso otros Estados e instancias que hicieron propia la versión de la supuesta peligrosidad de ese cartel para la seguridad nacional estadounidense y para el hemisferio, y adoptaron medidas.

Otra deepfake: Trump afirmó que fue una operación tecnológica, limpia y rápida, que no encontró resistencia y logró el objetivo de “extraer a Maduro” con facilidad

No obstante, la única evidencia que se exhibió fueron las deepfakes y azarosas declaraciones, sin contrastar, provenientes de una de las partes: del presidente estadounidense. Y, con la conjunción entre estos productos comunicacionales y el proyecto expansionista, se cometió un delito internacional: el secuestro del jefe de Estado de un país soberano. No depende solo de esto, claro, pero fue un ultra falso comunicacional y político tan real, que cuando el departamento de Justicia de Estados Unidos desestimó la existencia del Cártel de los Soles y descartó el liderazgo de Maduro, la curva del sensacionalismo fake persistió y el presidente sigue secuestrado en el país del Norte.

Otra deepfake, proveniente de ese mismo escenario, la protagonizó nuevamente el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cuando en las horas siguientes al bombardeo de Caracas afirmó que fue una operación tecnológica, limpia y rápida, que no encontró resistencia y logró el objetivo de “extraer a Maduro” con facilidad. Fue una mentira profunda, transmitida como verdad por todos los medios digitales y convencionales, que influyó para que ajenos y cercanos llegaran a dudar y hasta la replicaran.

Noticias de primera plana, medios digitales, videos y hasta memes mostraron la ficticia rendición de la revolución bolivariana como una verdad. Fue una mentira tan real que cuando salió a la luz que los bolivarianos se fajaron por horas, en desigualdad de condiciones, y lograron en buena parte repeler al invasor y que incluso expertos estadounideneses como Wes Bryant, luego de visualizar imágenes reales, afirmaron que “dada la gran resistencia que vemos, podría haber sido una operación imposible en cualquier contexto”, ya pocas personas prestaron atención. Hasta especialistas en geopolítica, olvidando que la guerra comunicacional y cognitiva también es guerra, llegaron a parafrasear las deepfakes de Trump.

La proliferación de las mencionadas deepfakes muestra sólo una de las tácticas de un proceso más complejo, que tiene que ver con las disputas sistémicas.

Con este breve recuento quiero llamar la atención sobre tres puntos:

1. La guerra cognitiva es guerra. Es una ofensiva que en su etapa avanzada exhibe como objetivo la fractura, la implosión y el control de una sociedad, y como posibles resultados desde la pérdida de la voluntad colectiva hasta diversos niveles de autodestrucción, por lo que la defensa cognitiva es ineludible.

Según sus propias fuentes, en el caos organizado que fue decisivo el 3 de enero, Estados Unidos empleó guerra electrónica cognitiva, engaños temporales y otros recursos similares. Así, no es exagerado insistir en que la soberanía tecnológica, digital, del conocimiento y comunicacional son cuestiones prioritarias para la defensa cognitiva, que incumbe a todos los campos de la sociedad e incluye lo internacional.

2. En la guerra cognitiva, que es indisociable de la ciberguerra contra Venezuela, el recurso a la mentira es medular, pues en esta modalidad bélica, como señala la Revista de Historia Militar de Francia, “se ha redefinido el lugar jerárquico de la verdad y la mentira (...) al punto que querer y poder mentir confiere una calidad superior a quien logra hacerlo”. Además, enfatiza esa misma fuente, “la mentira está en el corazón de la acción económica y del auge del capitalismo”, de modo que ese modelo conlleva una dimensión de timo estructurante.

La proliferación de las mencionadas deepfakes muestra sólo una de las tácticas de un proceso más complejo, que tiene que ver con las disputas sistémicas. Por lo que la defensa cognitiva debe priorizar el fortalecimiento del pensamiento propio y la ética, en todo y en todas partes.

3. El caso del secuestro del presidente Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores, además del desacato de la legislación internacional, pone sobre la mesa la relevancia de interrelacionar la ética con los avances tecnológicos, como la inteligencia artificial y sus derivados, que deben estar siempre al servicio de la convivencia humana y no al contrario.

Finalmente, el reconocimiento de la inexistencia del Cártel de los Soles por parte del departamento de Justicia de Estados Unidos y la supresión de la acusación relacionada, dejó sin piso no sólo la batería de deepfakes sobre el tema, sino el ilícito secuestro del presidente venezolano, por lo que a más de la liberación inmediata debería ser sujeto de una reparación moral, que siente un precedente ante el uso del fraude comunicacional como recurso político.

Sobre o blog
El Blog de Pueblos - Es una apuesta por la solidaridad que ofrece una mirada crítica sobre las diferentes realidades sociales, políticas, económicas y culturales del mundo.Queremos visibilizar la diversidad de colectivos y movimientos sociales del Estado Español y de otras partes del mundo, así como sus luchas, sobre todo en aquellos lugares y momentos históricos donde la voz y la palabra son negadas. Este Blog, impulsado por la asociación Paz con Dignidad, es un instrumento de comunicación para fortalecer e impulsar nexos entre organizaciones del Norte y del Sur que trabajan en procesos de transformación social.
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