Opinión
Las que se fueron
Consuelo está sentada en una famosa cafetería de la Plaza de Catalunya. Tiene un ejemplar del periódico Tele/eXprés en la mesa y su pierna genera un tintineo cuando choca con el cristal que sostiene este ejemplar con las noticias más sensacionalistas del día. Ninguna pieza habla sobre el derecho al aborto. Era 1977 y todavía quedaban unos años para que se aprobara la ley de supuestos, la primera en despenalizar en parte este derecho. Por eso ella mueve la pierna de manera enérgica mientras no para de mirar por la ventana. Está esperando a alguien, como ayer y antes de ayer. Hoy sí vendrá.
Es 2025 y, en unas horas, esta enfermera, pionera en la lucha por el aborto, intervendrá en el Congreso de los Diputados en un acto para conmemorar los 40 años de la despenalización de este derecho
“Al tercer día apareció una persona. Cogimos el metro y nos fuimos a las afueras”, relata Consuelo Catalá Pérez en una entrevista para El Salto. Es 2025 y, en unas horas, esta enfermera, pionera en la lucha por el aborto, intervendrá en el Congreso de los Diputados en un acto para conmemorar los 40 años de la despenalización de este derecho. Pero antes de ocupar un lugar de honor en la historia se recrea en las sombras que tuvo que atravesar. Como activista y como mujer que tuvo que abortar.
Explica que, cuando salieron de esa cafetería, deprisa y sin mirar atrás, llegaron a las puertas de una iglesia donde les recibió una persona con acento francés que preguntó a Consuelo de cuánto tiempo estaba y si había tenido alguna enfermedad de tipo infeccioso en la sangre. “Y yo justamente había tenido una hepatitis hacía seis meses y lo comuniqué. Me dijeron que no me lo podían hacer porque no esterilizaban el material de una manera muy fiable. Con las mismas me fui”, expresa. Consuelo acababa de tratar con activistas del francés Movimiento por la Libertad del Aborto y la Anticoncepción (MLAC) que bajaban hasta España para practicar abortos. Actuaban como podían, en precario, por lo que tenían que poner líneas rojas.
No tuvo más remedio que cruzar la frontera. En Francia, camaradas de la Liga Comunista Revolucionaria, partido en el que militaba, la acogieron en su casa y la hicieron documentación como residente, requisito indispensable para abortar. “Yo estaba sola en París, sin mi familia. No sabía ni cómo se llamaba por teléfono a España. Era terrible”, recuerda.
“Las españolas siempre mienten”
“Las españolas siempre mienten”. Han pasado unos meses desde que Consuelo esperaba a alguien en aquella cafetería del centro de Barcelona. Ahora está tumbada en una clínica de París, ya ha perdido la cuenta de cuánto tiempo lleva embarazada y expresa una cifra aproximada al doctor, quien pronto descubre que no coincide con el tamaño del feto. Es frecuente: estas mujeres deben realizar un largo periplo hasta llegar a su clínica. El médico pasa esto por alto y comienza con la intervención.
Horas después, Consuelo vaga por las calles de París buscando a alguien que le ayude a usar la cabina de teléfono. Quiere escuchar una voz cercana con la que compartir lo que acaba de ocurrir. También necesita fondos para volver a España, vuelta que será sufragada por aportaciones de sus camaradas de partido. En el aeropuerto es recibida con cálidos abrazos. Aprovecha para vaciarse del frío que la ha acompañado en estos últimos meses.
Como Consuelo, muchas españolas salieron fuera para abortar. Hoy siguen recorriendo kilómetros dentro del Estado, de una comunidad a otra, y dentro de su comunidad, en buscar de atención pública
“Váyanse a otro lado a abortar”. El 9 de octubre de 2025, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se niega a crear un registro de médicos objetores del aborto y lo expresa así en la Asamblea de Madrid. Un registro necesario para procurar que en cada hospital público haya un profesional que lo practique. Han pasado 40 años desde la despenalización del aborto y en esta comunidad el 95% de las intervenciones se realiza por la privada.
Como Consuelo, muchas españolas salieron fuera para abortar. Hoy siguen recorriendo kilómetros dentro del Estado, de una comunidad a otra, y dentro de su comunidad, en buscar de atención pública. Pero ninguna debiera recorrer más de un kilómetro para someterse a una interrupción del embarazo. Los que deberían irse lejos son los que siguen torpedeando este derecho. La que debería irse lejos es otra.
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