El laboratorio alemán pone a prueba la fase “profesionalizada” de la extrema derecha

Dentro del trilema de la derecha, la opción de “no hacer nada” ante el crecimiento de la extrema derecha ha dejado de estar al alcance. El ejemplo de AfD muestra cómo se ha consolidado la “normalizacion” de estos partidos.
Alice Weidel AfD 2
Alice Weidel líder del partido AfD de la extrema derecha.

La elección como presidente del parlamento de Sajonia-Anhalt de Tobias Rausch, de Alternativa para Alemania (AfD), ha pasado relativamente desapercibida en los medios de comunicación después de la conmoción que supuso la victoria del partido ultra en las elecciones de septiembre en este estado federado. Como ocurrió tras conocerse los resultados de la votación de Rausch y como ocurrirá con toda seguridad con la elección del ministro-presidente de Sajonia-Anhalt, Ulrich Siegmund (AfD), ahora que está constituido el parlamento, muchas de las miradas estaban puestas en la Alianza por la Justicia Social y la Razón Económica (BSW) –el nuevo nombre de la Alianza Sahra Wagenknecht–, que en campaña anunció –no sin tensiones internas en la propia formación– no oponerse a la elección de Siegmund y en el caso concreto de Rausch incluso votó a favor. La votación definitiva, sin embargo, deparó otra sorpresa.

La cámara de Sajonia-Anhalt está formada por 83 escaños. En la votación hubo 82 diputados presentes. El líder del grupo parlamentario de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), Sven Schulze, anunció que su grupo se abstendría. De ese modo se reducía el número de votos necesarios para la elección de Rausch, ya que el ordenamiento de la cámara no cuenta las abstenciones. Rausch obtuvo 48 votos a favor en una votación en la que hubo cinco abstenciones. Tan pronto como se hizo público el resultado era evidente que las cuentas no salían: si AfD tiene 39 escaños y BSW cinco, ¿de dónde salieron los cuatro votos restantes a favor? Todas las miradas se dirigieron a la CDU.

“La CDU tiene un problema”, ha escrito Daniel Bratanovic en las páginas del diario junge Welt. La formación “se encuentra en una aporía que, al menos en su forma actual, acabará por hundirla”

La vicepresidenta de la CDU y ministra de Educación, Karin Prien, destacó en declaraciones a RBB que la votación era secreta y, por lo tanto, no podían atribuirse esos cuatro votos a la CDU, pero como quiera que resulta muy improbable que los diputados del resto de formaciones votasen a favor de Rausch, añadió de inmediato: “Quiero decir algo con toda claridad: si han sido nuestros colegas del grupo parlamentario de la CDU, esto es por supuesto por completo inaceptable”, ya que el partido tiene directrices claras a este respecto.

Para la secretaria general de la CDU, Franziska Hoppermann, el apoyo a un partido extremista o a un gobierno encabezado por él es incompatible con los valores de la CDU. El co-presidente del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), Lars Klingbeil, reclamó tanto a la BSW como la CDU que aclarasen urgentemente lo sucedido en la votación. Los Verdes y La Izquierda pidieron asimismo explicaciones al canciller y presidente de la CDU, Friedrich Merz. El co-presidente de Los Verdes, Felix Banaszak, lamentó en declaraciones a Redaktionsnetzwerk Deutschland que se produjese una normalización encubierta de la extrema derecha en su llegada al poder en un estado federado.

Girando en círculo en torno al ‘cortafuegos’

Este incidente ilustra el trilema al que se enfrenta el espacio conservador en buena parte de Europa: alcanzar acuerdos con el centro-izquierda para mantenerse en el gobierno; romper el cordón sanitario y pactar con la extrema derecha; o no hacer nada y esperar que la situación se resuelva de algún modo.

“La CDU tiene un problema”, ha escrito Daniel Bratanovic en las páginas del diario junge Welt. La formación “se encuentra en una aporía que, al menos en su forma actual, acabará por hundirla”, debido a que “a la larga, no podrá negarse a colaborar con AfD si no quiere perder aún más apoyo de un entorno estable que va desde el conservadurismo hasta el nacionalismo en favor de esta última”.

Las pérdidas sufridas hasta ahora “ya están minando sus cimientos”, como demuestran a las claras los recientes resultados electorales en Sajonia-Anhalt, Mecklemburgo-Pomerania Occidental y Berlín. “Sin embargo”, continúa Bratanovic, “si coopera con el partido del neoliberalismo etnicista, se enfrenta a la amenaza de una escisión” por parte del sector más liberal del partido, que se decanta por orientar la CDU hacia la formación de coaliciones con Los Verdes, siguiendo el modelo del Estado federado de Baden-Württemberg.

El problema de las coaliciones con Los Verdes, y más aún con los socialdemócratas, es que determinadas medidas no pueden aprobarse por la oposición del socio de coalición, lo que, en el mejor –o menos malo– de los casos alimenta la sensación de frustración e impotencia entre su electorado, y en el peor, y también el más conocido, abre una fuga de votantes hacia la extrema derecha, que, mientras tanto, aislada como está por cordones sanitarios y cortafuegos, puede jugar cómodamente la carta de presentarse como “antisistema” no siéndolo en absoluto.

La tercera opción es “no hacer nada”. Esta era la opción favorecida años atrás por los grandes partidos frente a sus rivales: esperar a que las divisiones internas o la realidad del día a día en el gobierno hiciesen su lenta labor de desgaste y el voto retornase al centro político. Ese repliegue hoy no parece funcionar y una de las razones principales, como ha señalado Mónica Clua en reiteradas ocasiones, es que poderosos intereses oligárquicos han apostado por ellos para llevar a cabo una remodelación el Estado que los favorezca.

A su vez, la mayor parte de los partidos de ultraderecha se ha fijado como principal objetivo demoler a la derecha tradicional y recoger los restos electoralmente. Esto es lo que ha sucedido estos últimos años en Reino Unido, en Francia, en Italia o en Alemania, y algo a lo que aspira en España, pero que no ha conseguido, a diferencia de Cataluña, donde esta estrategia está teniendo mayor fortuna.

Los intentos de adoptar el discurso de la ultraderecha en materia de inmigración o política social para adelantarse a su avance electoral y bloquearlo se han saldado mayormente en fracasos. Todo lo que parece quedarle a la derecha tradicional es aferrarse a una imagen de su pasado —no a su pasado, sino a una imagen de él— como tabla de salvación y esperar que el torrente no se la lleve.

¿Win 2029?

Según informaba Politico días atrás, el alemán Manfred Weber, presidente del Partido Popular Europeo (PPE), ha puesto en marcha una task force llamada ‘Win2029’, liderada por el eurodiputado español Esteban González Pons, con el fin de desarrollar una estrategia electoral atractiva y frenar el ascenso de la extrema derecha en las próximas elecciones al Parlamento Europeo. “Entrevistas y protocolos internos de las reuniones revelan desacuerdos profundos sobre la cooperación con los grupos de extrema derecha y hasta qué punto alinearse con ellos en materia de inmigración, medio ambiente y cuestiones sociales”, señalaba el medio, que también apuntaba a cómo las guerras culturales atizadas por la extrema derecha se infiltran en el grupo conservador. Así, Politico mencionaba como ejemplo cómo un informe sobre las desigualdades de género en la salud dividió al PPE entre los partidarios de apoyarlo —irlandeses, polacos y luxemburgueses— y quienes lo criticaban –los españoles y los croatas, que denunciaron que el informe era “extremo” y “radical” y una muestra de “ideología de género”–.

Uno de cada cuatro ciudadanos europeos, de acuerdo con un reciente estudio llevado a cabo en 31 países, tiene la opción de voto de extrema derecha como su preferida ahora mismo

“El mayor desafío del PPE puede que no sea si ha de trabajar con la extrema derecha o no, sino si ha de combatirla en sus propios temas o desplazar la agenda política a su propio territorio, y, al hacerlo, si ha de moverse a la derecha para recuperar votantes o mantenerse firme en el centro”, escribía Politico. Con todo, la deriva del PPE, clara en cuestiones como el endurecimiento de la política inmigratoria o la retirada de su apoyo a una legislación favorable a una transición verde, son elocuentes al respecto de qué camino parece haber emprendido el campo conservador bajo la dirección de Weber. Dice el refrán que a río revuelto, ganancia de pescadores. La extrema derecha ha tomado buena nota de la situación: desde la orilla, ha instalado cómodamente sus sillas plegables y lanzado el anzuelo. Las lagunas, contradicciones e incoherencias de su programa quedan sepultadas bajo el estridente ruido de su discurso, amplificado por los medios de comunicación. El analista alemán Wolfgang Münchau resumía la situación al comentar la semana pasada las deficiencias en la propuesta económica de Agrupación Nacional (RN) presentada por Marine Le Pen para lidiar con los problemas económicos que acumula Francia con las siguientes palabras: “¿Le importa a la opinión pública llegados a este punto? La falta de conciencia es sorprendente: todo lo que quieren es un cambio”. Uno de cada cuatro ciudadanos europeos, de acuerdo con un reciente estudio llevado a cabo en 31 países, tiene esa opción de voto como su preferida ahora mismo.

El director de esta investigación, Matthijs Rooduijn, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Ámsterdam, explicó a The Guardian que el estudio sugería que las actitudes de los votantes hacia los temas de la extrema derecha, como la inmigración, no habían cambiado significativamente, pero que se habían vuelto más importantes en la decisión de a qué partido votar. Más importante aún, los partidos de extrema derecha se han normalizado en un proceso que se retroalimenta: “Cuanto más grandes y más éxito tienen, más ‘normales’ se vuelven”, aseguró Rooduijn al precisar que se trata de un proceso al que han ayudado “los medios de comunicación y los partidos establecidos que han hecho suyas sus ideas.” A diferencia de los conservadores, los políticos de ultraderecha se mueven con más soltura en el nuevo ecosistema comunicativo, “saben cómo enmarcar sus mensajes” y producir una narrativa de “héroes contra villanos”, vinculada a un pasado idealizado en el que antes todo era mejor, “y se han vuelto mucho mejores articulándola, agitando emociones: rabia, desprecio, también orgullo y esperanza.” En pocas palabras, “se han profesionalizado.”

¿Y en Alemania? “Cada vez es más probable que un ministro-presidente de la AfD llegue al poder con el apoyo de los democristianos”, sopesaba Bratanovic. En este sentido, “puede que Sajonia-Anhalt se convierta en el laboratorio político de Alemania” no sólo para la ultraderecha, sino para una cooperación entre la derecha y la extrema derecha, y en ese sentido, seguía, “nos espera una reorganización del panorama político.” En otras palabras: puede que el cortafuegos tenga los días contados en Alemania. Para este periodista la situación “hasta ahora dominada por la CDU se está transformando y prepara modelos de gobierno que se ajustan a una tendencia ya de por sí autoritaria: más exclusión, más rearme, más austeridad”.

Utopía X
Utopía X | Episodio 3: Trolls, incel y la invención de la “ideología de género”
Tercera entrega de Utopía X. Con S. Babiker, Mauro Entrialgo, Jorge Dioni, F. delle Donne, K. Fumero Beatriz Gimeno, Ramón Martínez, Pol and Pop, Proyecto Una, Fernanda Rodríguez, Vicente Rosenstock, A. Thomas, M. Urbán Y Mozo Yefimovich.
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