Opinión
Por qué la economía que más crece no acoge a los migrantes de Ceuta
Rompiendo con una larga tradición este verano no está siendo el desierto informativo al que las épocas estivales nos tienen acostumbrados. En 2026 hasta el propio verano es noticia, precisamente por el cambio climático que solo los negacionistas más contumaces se atreven a negar mientras las olas de calor extremo nos mantienen pegados al ventilador, los incendios forestales arrasan varios países europeos —especialmente el nuestro— y la pertinaz sequía ha reducido los caudales del Rin y el Danubio hasta impedir la navegación por estas importantes vías fluviales.
Desde luego que no ha sido el debate político lo más destacable de cuanto nos están ofreciendo los equipos suplentes de los medios de comunicación; en ese campo de batalla sigue la particular guerra para destrozar al partido rival, no con argumentos y propuestas, sino con la insistente crítica por los casos de corrupción (más que presunta) y las cansinas peticiones de dimisión dirigidas contra el gobierno progresista.
Fuera de ese anodino panorama político otros acontecimientos han tenido mucho más tirón que los posados y las declaraciones de Sánchez, Feijóo, Abascal y Ayuso o sus respectivos mozos de espadas. La lista es extensa y no muy positiva; salvo que consideremos buena noticia que la selección española de fútbol haya ganado su segunda estrella en el reciente Mundial. Hemos tenido terremotos, los ya citados incendios, inundaciones, granizadas y sequías, un espectacular eclipse, saturación turística, las oportunas subidas veraniegas de los precios, etc.
Pero sin duda, y sin olvidar que las guerras de Ucrania y Palestina siguen sumando dolor y muerte o que el desprendimiento de tierras en una mina artesanal de oro en República Centroafricana se ha llevado más de 100 vidas, lo más reseñable está resultando ser la llegada irregular el pasado 30 de julio a Ceuta de 72.000 migrantes procedentes de Marruecos y todo lo que esa tragedia humanitaria está generando.
Lo primero, aunque muy repetido a estas alturas, es aclarar que las gentes quieren huir de África y de otros lugares por necesidad, no por capricho. Las guerras, las hambrunas, la represión y la explotación salvaje de sus recursos por empresas occidentales obliga a miles de personas a dejar sus tierras y emprender el camino de la emigración a nuestra Europa rica, cuya riqueza y prosperidad se basa, precisamente, en la colonización y el saqueo de los países del sur. Que no es una excursión placentera lo confirma que 140 de esas criaturas se han dejado la vida en el intento de llegar a Ceuta; pero de esos muertos ya no se acuerda nadie.
Las gentes quieren huir de África y de otros lugares por necesidad, no por capricho.
Diversas posturas se han sucedido tras la llegada a la ciudad autónoma de muchas más personas de las que los servicios de asistencia podían atender; desde la extrema derecha —que habla de invasión y proponía “cazarlos” para enviarlos otra vez a Marruecos— al gobierno socialista que no respondió con la celeridad y eficacia necesarias, pero que —de momento— está defendiendo que se cumpla con las legislaciones española y europea, cuyos textos dejan muy claro que los migrantes que entren irregularmente en el país solo pueden ser expulsados mediante expedientes individuales y, en el caso de los menores de edad, si no hay garantías para devolverlos a sus familias o a instituciones solventes del país de origen, deben ser atendidos y acogidos en los centros para tal fin existentes en todas las comunidades autónomas. También hay que estudiar los casos de petición de asilo, porque muchos de los migrantes subsaharianos vienen huyendo de persecuciones políticas, religiosas o étnicas.
A partir de esa situación la guerra sucia de las castas políticas se ha recrudecido: el propio presidente de Melilla, que al principio apostaba por la colaboración de todas la administraciones en la solución del problema, ha pasado a sumarse a la ofensiva del PP (su partido) consistente en fustigar a Pedro Sánchez por su lentitud y supuesta ineficacia, mientras se niegan a acoger a los menores no acompañados en los territorios que gobiernan los de Feijóo con el apoyo de Vox.
Los pseudomedios reaccionarios se dedican a lo suyo, a soliviantar a los residentes en Ceuta para ponerlos contra los miles de migrantes que llevan semanas viviendo en la calle, sin comida, sin agua y sin apenas servicios higiénicos y sanitarios.
Afortunadamente —y como se viene comprobando en otras tragedias recientes— la mayoría de la población responde solidariamente en cuanto se produce una desgracia que deja a otros semejantes sin lo básico para seguir viviendo. Siempre hay excepciones, y en este caso también. Están quienes no quieren pobres —porque se trata de rechazo a los extranjeros, pero si son pobres— durmiendo en la acera o en la playa, los que se quejan del peligro de robos y agresiones, otros que lamentan las pérdidas de los negocios que cierran por temor, etc.
Sin embargo estamos viendo que muchas familias ceutíes proporcionan agua y comida a los migrantes, que los acogen en sus casas, que les dejan entrar a ducharse o cargar el móvil… Es la solidaridad frente a las desgracias que sigue latente en el ser humano.
Desde luego que se puede haber producido algún pequeño problema de convivencia, pero estamos hablando de miles de personas en una situación límite; sin duda se producen más destrozos de mobiliario urbano, hechos violentos y agresiones sexistas en muchas de las fiestas que se celebran en estos días por nuestras tierras.
Lo que sí se vuelve a constatar es el miedo que las izquierdas europeas tienen al avance de la extrema derecha. Reniegan de sus principios y hasta de sus normativas comunitarias para no enfrentarse clara y directamente al discurso racista de los ultras, en un errónea estrategia para evitar que un programa social, solidario y ético arroje al electorado en brazos de los grupos nazis. Sin embargo es la ambigüedad y la pérdida de los valores clásicos de la izquierda lo que hace perder a esta el apoyo de la clase trabajadora.
Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.
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