Opinión
Los inversores y otros invasores
Si el racismo no puede tener espacio en ninguna sociedad que pretenda ser mínimamente democrática, en España esa estupidez de considerarse superior a otros seres humanos por razones étnicas es además una astracanada si tomamos en serio la variada composición de nuestra herencia genética. Y es que por la península Ibérica han pasado —dejando su huella cultural y racial— multitud de pueblos durante miles de años; migraciones procedentes de Europa, Asía y África que han configurado el mosaico que formamos hoy día las sociedades que convivimos en estas tierras más amenazadas por el cambio climático que por los inmigrantes.
No hay motivos racionales para explicar esa creciente ola de racismo y xenofobia que se extiende por Europa y empieza a crecer también en nuestro país. Históricamente trabajadores europeos (italianos, alemanes, españoles, portugueses, polacos, irlandeses, etc.) han emigrado al continente americano, contribuyendo al desarrollo de los países de acogida y aportando ideas y costumbres a las culturas mestizas que se fueron fraguando. Incluso hoy día son miles los jóvenes universitarios españoles que se ven impelidos a marcharse a otros países en busca de unos empleos de calidad que aquí no encuentran.
También muchos sindicalistas revolucionarios tuvieron que huir en los siglos XIX y XX de la represión en el viejo continente y refugiarse en ciudades de Estados Unidos, Argentina, México, Venezuela, etc. llevando con ellos las utopías por las que fueron perseguidos en su tierra. Esa es la razón del origen migrante de luchadores como Sacco y Vanzetti, los mártires de Chicago y tantos otros, así como de la fulgurante difusión del anarcosindicalismo en toda América Latina. Tampoco podemos olvidar el fundamental papel en la lucha por los derechos de la mujer jugado por la que es considerada la precursora del actual anarcofeminismo, la rusa Emma Goldman.
Muy al contrario de lo que sucede ahora, cuando una parte considerable de la clase trabajadora rechaza a los migrantes, en los tiempos que hemos recordado la actitud era muy diferente y en un lado y otro, nativos y extranjeros, todo el mundo entendía que formaban parte de la misma clase explotada y tenían en el Estado y el Capital a sus verdaderos enemigos.
Esa necesidad de unir a los explotados de todo el mundo, por encima de fronteras, etnias y creencias, condujo a los primeros sindicatos de clase a confluir en 1864 en la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) cuyo lema “La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos o no será” deja bien clara esa voluntad de luchar globalmente contra el capitalismo.
También el comunismo -con todas las reservas y críticas que tengamos por la evolución histórica del marxismo-helenismo- con su vieja consigna “¡Proletarios del mundo, uníos!” mostraba con rotundidad esa vocación internacionalista. Como sabemos, la I Internacional se escindió entre los seguidores de Marx y Bakunin, aunque el internacionalismo no ha dejado de ser un valor permanente de la clase trabajadora.
Frente a la ola racista que avanza en nuestro país la respuesta no puede ser otra que asumir el compromiso de defender el derecho a migrar
La aporofobia es un neologismo acuñado en 1995 por la filósofa valenciana Adela Cortina que define el miedo, la aversión, el rechazo o el desprecio hacia las personas pobres o desamparadas que vienen a intentar ganarse la vida. Llamar invasión a la llegada de migrantes africanos o asiáticos y promover manifestaciones para defender unos valores occidentales y una identidad española que solo esos sectores ultras ven en peligro, contrasta con el silencio, o incluso con la satisfacción, con la que estas mismas personas y organizaciones reciben la auténtica invasión del capital extranjero, los fondos buitres, el turismo de masas o la cultura que nos imponen las plataformas de información, cine y televisión norteamericanas.
Frente a la ola racista que avanza en nuestro país la respuesta no puede ser otra que asumir el compromiso de defender el derecho a migrar y recuperar las prácticas solidarias e internacionalistas que han formado parte indisoluble del movimiento obrero. Ante este patriotismo de banderas —a poder ser con aguilucho— y nostalgias imperiales lo que se impone es sentirse ciudadanos del mundo y hermanos de quienes sufren y luchan en cualquier rincón del planeta.
Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.
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