Opinión
Julio de 1936, cuando la Utopía dejó de ser un sueño
Para varias generaciones de nuestro país el mes de julio tenía un significado claro: la conmemoración del golpe de Estado perpetrado por el bando traidor del ejército español y por la derecha reaccionaria contra la legalidad del gobierno republicano, además de suponer el cobro de la paga extra establecida por el régimen franquista para celebrar su triunfo sangriento e intentar limpiar la fecha del 18 de julio de su imborrable mancha de represión y muerte.
Justo noventa años después la paga extraordinaria todavía se cobra, pero ahora como extra de verano, y el recuerdo de Franco y sus esbirros asesinos se resiste a desaparecer para refugiarse exclusivamente en los libros de historia, ya siguen existiendo sectores que reivindican su vergonzosa herencia y porque todavía no se han recuperado muchos de los cuerpos y la memoria arrojados por los fascistas en numerosos barrancos y fosas de la geografía española.
Para la clase trabajadora, y muy especialmente para el movimiento libertario, julio del 36 representa una de las más avanzadas experiencias revolucionarias y la ocasión histórica en que el sueño autogestionario se ha puesto en marcha en nuestra tierra, demostrando que el ser humano es capaz de decidir en armonía y libertad sobre todos los aspectos de la vida colectiva.
A partir del 19 de julio de 1936 y durante los meses sucesivos los trabajadores y el resto de sectores revolucionarios fueron capaces de organizar la respuesta a los fascistas y militares alzados, derrotando con mucha ilusión y escaso armamento a los golpistas en numerosas poblaciones: Madrid, Barcelona y otras ciudades catalanas, andaluzas, aragonesas, manchegas y valencianas. Además de la lealtad de las autoridades civiles y militares de diferentes plazas fue determinante para el triunfo republicano la implantación en ellas de los sindicatos de clase; de la UGT y sobre todo de la CNT.
Derrotado el alzamiento y sometidos los elementos golpistas comenzó la fase más ilusionante y creativa de todo el periodo de la guerra civil, el que va de julio de 1936 a mayo de 1937. Durante esos meses los trabajadores y sus organizaciones fueron capaces no solo de resistir la ofensiva militar del ejército golpista (mucho mejor armado y apoyado por las gobiernos fascistas de Alemania e Italia) sino de organizar y mejorar todo el sistema productivo, tanto el agrícola como el industrial, los espectáculos, la hostelería, las minas, el transporte y el resto de servicios públicos (sanidad, enseñanza, vivienda, asistencia social, etc.) y ello bajo una guerra —que se llevaba la mayor parte del presupuesto— y con la falta de muchos artículos que dependían de la importación.
Huidos o en rebeldía gran parte de los patronos y los técnicos de los principales sectores y empresas fueron los propios trabajadores y sus sindicatos los que formaron los comités que gestionaban producción y servicios. Al mismo tiempo se desarrollaron modelos participativos de organizar toda la vida de las poblaciones. Incluso muchos municipios emitieron vales o monedas locales para acabar con el dinero y la especulación.
Igualmente se aseguró la distribución de alimentos, la acogida de refugiados de guerra, las comunicaciones y mercados, colonias para los niños de la guerra, la luz y el agua, etc. En el mundo rural fueron frecuentes las colectividades agrícolas donde los campesinos cultivaban conjuntamente sus antiguas parcelas y las fincas expropiadas a los terratenientes. En Valencia se llegó a impulsar por la CNT y la UGT el Consejo Levantino Unificado de la Exportación Agrícola (CLUEA), organismo autónomo para gestionar la producción y el comercio exterior de cítricos.
Pero la autogestión y la idea de revolución social no solo asustaba a los ricos y los conservadores. El propio gobierno republicano y los partido que lo controlaban (especialmente el PSOE y el PCE) pusieron todo tipo de trabas al modelo autogestionario, pasando a partir de mayo de 1937 a combatirlo directamente y a poner bajo las autoridades republicanas el control de la industria socializada, militarizando las columnas libertarias y disolviendo por la fuerza de las armas las colectividades agrícolas de Aragón y otras zonas.
A partir de aquí todo el mundo sabe de qué forma acabó la guerra en 1939 y cómo la historia de la revolución española ha sido negada y ocultada por políticos y expertos de derechas e izquierdas —adjudicando estos últimos todos las experiencias positiva a la gestión de los gobiernos de la II República— de formas tan taimadas como llamar republicano a cualquier luchador o activista aunque este que se moviera por otros ideales. Baste como ejemplo claro la persistencia en denominar, hasta hoy mismo, republicanos a los combatientes anarquistas de La Nueve, la primera columna en culminar la liberación de París, en 1944.
Han pasado ya noventa años de aquella revolución frustrada —como tantas otras—, pero sin querer idealizar todos sus episodios ni negar que hubo errores y actuaciones censurables, creo importante que reivindiquemos ese pasado colectivo y aprovechemos las enseñanzas que nos deja. Por supuesto que es poco probable que se repita un proceso revolucionario como aquel, pero la ilusión, la solidaridad y la generosidad que derrocharon los hombres y mujeres del 36 sí que nos pueden servir de ejemplo en otras luchas que sin duda se van a dar.
Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.
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