República y monarquía, dos versiones del Estado capitalista

Reconocer los muchos errores de la república española de 1931 en modo alguno puede interpretarse como una adhesión o defensa de la monarquía, sistema bajo el que también anidan la explotación y la injusticia.
República Española Dubón
Alegoría de la República Española de Luis Dubón. Año 1931.
20 abr 2026 11:58

Sin querer equiparar modelos de gobierno ni ofender a nadie que no se lo merezca, me propongo llamar la atención sobre una curiosa coincidencia que se da entre lo que pudiéramos llamar los dos extremos de la sociedad española: los situados a la derecha y a la izquierda en el mapa de las ideas. La extrema derecha reclama un régimen, el de la dictadura, bajo el que sus apologetas tuvieron la suerte de no vivir, mientras que los adscritos a la izquierda -digamos más progresista, por no llamarla extrema- reivindican una república que tampoco conocieron directamente.

La II República Española acabó con la victoria de Franco en 1939 y la criminal dictadura del general de la voz aflautada en 1975, por lo que ni los republicanos ni la mayoría de los franquistas actuales pueden guiarse por sus experiencias personales. Esto no es una excusa para que en cualquiera de los casos se desconozca la historia, se manipulen los hechos o se idealicen y exageren las realizaciones de unos u otros.

La dictadura de Franco supuso una pesadilla que solo merece la pena conocer para evitar que vuelva a producirse. Otro caso bastante diferente es el del período republicano (14 de abril de 1931 - 1 de abril de 1939) en el que se sucedieron diversas etapas, con sus correspondientes pequeños avances y grandes decepciones. Parece innecesario explicar que —al igual que en cualquier república actual se pueden dar gobiernos de las más diversas orientaciones políticas— en la república española se sucedieron ejecutivos de centro-derecha y centro-izquierda.

Tampoco es un secreto a estas alturas que cumpliendo órdenes de gobiernos republicanos se produjeron numerosos episodios de represión a luchas obreras, con ejemplos tan poco identificables con los ideales de libertad, igualdad y fraternidad como las matanzas en la rebelión de Casas Viejas (1933) o la revolución de Asturias (1934). Aunque hay muchos más.

Hubo un breve periodo (febrero de 1936 – mayo de 1937) en el que toda la izquierda llegó a agrupase en el Frente Popular y ganar las elecciones, recuperando parcialmente la ilusión revolucionaria al incorporar a ministros de los sindicatos obreros UGT y CNT y tomar tibias medidas sociales que se venían aplazando. Tampoco se cumplieron las expectativas creadas y tras unos meses se produjo el relevo por otro gabinete que no supo recuperar el rumbo y la república, ya muy devaluada, se encontró con el levantamiento militar y la guerra.

Es muy probable que sea ese corto periodo, de empresas bajo control obrero, tierras colectivizadas y columnas de milicianos defendiendo la revolución, el que alimenta los sueños de los profetas de la III República, pero sin querer quitarles la ilusión habría que tomar en consideración que hoy estamos muy lejos de contar con la fuerza y la decisión de la clase trabajadora de hace un siglo, y que aquel cambio social que se produjo en la etapa republicana se debió más a la entrega de todo un pueblo que a las iniciativas parlamentarias de los partidos del gobierno. Pongamos aquí algún ejemplo, que viene como anillo al dedo: la implantación de la jornada de las 8 horas de trabajo, conquistada por la CNT tras la huelga de La Canadiense, en pleno reinado de Alfonso XIII.

Aquel cambio social que se produjo en la etapa republicana se debió más a la entrega de todo un pueblo que a las iniciativas parlamentarias de los partidos del gobierno.

Reconocer los muchos errores de la república española de 1931 en modo alguno puede interpretarse como una adhesión o defensa de la monarquía, sistema bajo el que también anidan la explotación y la injusticia. Y ante la evidencia de que república y monarquía son dos formas de gobierno dentro del sistema capitalista cabría esperar propuestas mucho más sugerentes y transformadoras que las de sustituir la cabeza visible de ese Estado que, en una u otra versión, ya ha demostrado que su misión no es otra que regular y vigilar la explotación del capitalismo sobre los pueblos.

Por supuesto que las pocas monarquías que como herencia de un pasado medieval sobreviven en este siglo XXI no son todas tan tolerables y decorativas como las de los países nórdicos (también están las de Marruecos, Jordania o Arabia Saudí) pero otro tanto se podría decir de las repúblicas, con casos tan poco presentables para la defensa del modelo como las dos Coreas, Egipto, China, Siria, Irán, Turquía, Ucrania o los mismísimos Estados Unidos.

Así es que —mientras no seamos capaces de asumir propuestas que impliquen la superación del Estado— al menos se debería clarificar un poco más qué se propone realmente cuando se reivindica una república sin ningún tipo de adjetivo. Aclarar si la banca y las grandes empresas seguirán mandando realmente, si la vivienda, la sanidad, la enseñanza y el resto de servicios públicos serán un derecho irrenunciable o se quedarán en un ambiguo artículo constitucional, si habrá democracia directa y decidirán los ciudadanos o si serán los cargos elegidos los que hagan lo que les venga en gana durante cuatro años, etc.

La verdad es que en estos momentos, una república al uso, con un presidente que podría ser M. Rajoy, Felipe González o alguna otra pasada gloría política, con un jefe de gobierno como el actual (o incluso como Feijóo) no anima mucho a coger la tricolor y cantar el himno de Riego como si fuéramos a asaltar el cuartel de la Montaña o las Atarazanas.

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Alkimia es un espacio de reflexión donde miembros o personas afines al Anarcosindicalismo dan su punto de vista sobre temas de interés general. En una sociedad en la que los medios de desinformación moldean la realidad al antojo de los poderes económicos y políticos, cualquier nueva vía de contrainformación se hace necesaria para lograr que se pueda conocer la realidad de la vida cotidiana de las personas a la vez que pueda servir para su transformación.
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