Opinión
Milei contra la realidad
El cierre de 2025 en Argentina deja una escena política que condensa la tensión interna del experimento libertariano que encabeza Javier Milei: la distancia entre una voluntad de ruptura acelerada y la resistencia que impone límites a esa velocidad. La primera prueba parlamentaria de peso del ciclo posterior a las elecciones legislativas mostró a un Gobierno menos sólido de lo que proclama. Milei obtuvo la media sanción del Presupuesto 2026, pero en condiciones estrechas y con un límite expuesto: cuando quiso convertir la “motosierra” en norma sobre áreas socialmente sensibles, perdió.
Los números son nítidos. El Presupuesto se aprobó en Diputados con 132 votos afirmativos, 97 negativos y 19 abstenciones. El centro político de la sesión en la cámara apareció en la votación en particular: el Capítulo XI cayó por 123 votos en contra, 117 a favor y dos abstenciones. Ese apartado concentraba el tramo más crudo del ajuste: derogaciones vinculadas al financiamiento de políticas de asistencia a personas con discapacidad y a fondos destinados a universidades. La “ley de leyes” avanzó, sí, pero lo hizo recortada justo donde el oficialismo pretendía inscribir la motosierra como doctrina legal. El proyecto se aprobó luego en el Senado, sin esos artículos.
No se trata de un incidente secundario en el trámite, un traspié técnico o sólo un “error humano” de los negociadores. Es una fotografía del poder real: el Gobierno puede reunir mayorías contingentes para ordenar un paquete general, pero no logra transformar su programa duro en mayoría estable cuando el costo social se vuelve visible y políticamente imputable. En esa distancia se juega un rasgo estructural del mileísmo: su capacidad de choque depende de acuerdos que no son ideológicos, sino instrumentales; funcionan mientras el sacrificio quede difuso o repartido, y se rompen cuando el daño se vuelve demasiado concreto.
Los 132 votos del Presupuesto 2026 exhiben un dato incómodo para el relato de fortaleza: Milei consiguió menos respaldo para el Presupuesto que para la Ley Bases de 2024
La comparación con la gran conquista legislativa del ciclo libertariano refuerza esa lectura. La Ley Bases —esa “ley con muchas leyes” aprobada en 2024— reunió 142 votos en su media sanción y 147 cuando se convirtió en ley. Frente a esos números, los 132 votos del Presupuesto 2026 exhiben un dato incómodo para el relato de fortaleza: Milei consiguió menos respaldo para el Presupuesto que para la Ley Bases, aun después del triunfo en las legislativas de medio término y del apoyo extraordinario recibido por fuera de la urna: primero el acuerdo con el FMI, luego la intervención directa del Gobierno y del Tesoro de Estados Unidos para evitar un derrumbe mayor. La estabilización, en ese punto, aparece menos como resultado “natural” del programa y más como producto de un sostenimiento político externo.
En esa misma lógica debe leerse el segundo episodio que cierra el año: la contrarreforma laboral. El oficialismo intentó sumar otro trofeo, empujándola en el Senado como “segunda estación” de su contrarrevolución. Pero volvió a aparecer el límite. Aunque consiguió dictamen en comisiones, después del revés en Diputados terminó postergando el tratamiento en el recinto para el 10 de febrero de 2026, abriendo un verano de renegociaciones. Fue la confirmación de que, cuando la agenda toca nervios sensibles la coalición táctica pierde cohesión y el Gobierno debe aminorar para recomponer votos. O para tomar impulso.
El contexto social contribuyó a esa postergación: la penúltima semana del año estuvo atravesada por una movilización importante de la central obrera (CGT) y la presión del sindicalismo combativo y la izquierda contra un proyecto que incluye límites al derecho de huelga, cambios en jornadas y vacaciones, modificaciones del régimen de indemnizaciones y restricciones a la actividad gremial en los lugares de trabajo. En términos políticos, calle más activa y votos inciertos operan como freno a la aceleración libertariana y como síntoma de un segundo final de una luna de miel de corto alcance abierta con el triunfo en las elecciones de octubre.
Ese cuadro parlamentario no flota en el vacío, se asienta sobre una economía de equilibrios precarios. 2025 combinó señales de “orden” macro con un deterioro productivo que corroe los cimientos de cualquier promesa de prosperidad duradera. El año dejó al descubierto una verdad incómoda para el propio oficialismo: para sostener el esquema necesitó un respirador externo explícito y políticamente orientado, y también un dispositivo interno de contención social que, aunque su narrativa lo niegue, se parece demasiado a lo que suele estigmatizar como “asistencialismo”. El problema central, por eso, no es sólo la macro. Es la naturaleza del orden que se construye: cuánto tiene de estabilidad propia y cuánto de estabilidad alquilada.
Al ser prestado, el equilibrio externo es necesariamente político. Depende de alineamientos y no sólo del desempeño económico. Puertas adentro, la contención social funcionó como condición para evitar que el ajuste derive rápidamente en estallido. En paralelo, el tipo de cambio apreciado sostuvo un clima de normalización para sectores medios: turismo emisivo, consumo importado como alivio cotidiano, una anestesia parcial que, al mismo tiempo, presiona el frente externo. Ese contraste (alivio para algunos, cierres y suspensiones para otros) no es un efecto colateral: es la manera en que el esquema administra el humor social mientras intenta reconfigurar radicalmente la estructura productiva.
Ahí asoma la falla más seria del proyecto: su sesgo productivo y laboral. Los repuntes se apoyaron en sectores que no multiplican empleo en proporción —finanzas, actividades inmobiliarias, ramas vinculadas al extractivismo— mientras la industria manufacturera se movió débil y el empleo privado formal mostró estancamiento o retroceso. El empleo que creció fue, en buena medida, precario e informal. El patrón es conocido: puede expandirse la extracción y mejorar la “exportabilidad potencial”, pero el trabajo asociado no acompaña. Es un rasgo estructural de un modo de acumulación y no una anomalía pasajera.
Cuando la motosierra se vuelve texto y toca umbrales sensibles, el Gobierno queda corto; y cuando necesita votos firmes para convertir el ajuste en programa, aparece su debilidad
En ese marco, la reforma laboral aparece como promesa endeble. Presentada como llave para crear empleo —argumento que la experiencia nacional e internacional desmiente— apunta en lo sustantivo a disciplinar salarios y relaciones laborales sin resolver el núcleo del problema: qué sectores van a empujar una creación sostenida de empleo formal. En una economía con industria presionada por demanda frágil, competencia importada y márgenes ajustados, abaratar despidos no crea un motor productivo; reordena quién paga el costo del estancamiento. El hecho de que el Gobierno haya debido patear el recinto a febrero el debate sobre las contrarreformas laborales vuelve más transparente la operación: cuando deja de ser consigna y se vuelve articulado concreto, el oficialismo pierde velocidad y expone su dependencia de pactos frágiles.
En resumen: con respirador externo y contención interna, el Gobierno evitó el choque inmediato, pero a cambio consolidó una estabilidad prestada y un tejido productivo dañado. La caída del Capítulo XI del Presupuesto funciona como clave interpretativa del año: no fue el accidente de una sesión larga, sino el síntoma de un límite material del mileísmo. Se puede ganar una elección, tejer acuerdos para aprobar en general y sostener una normalización parcial. Pero cuando la motosierra se vuelve texto y toca umbrales sensibles, el Gobierno queda corto; y cuando necesita votos firmes para convertir el ajuste en programa, aparece su debilidad: un poder más negociado y más frágil que su retórica. En el largo camino hasta febrero, a la Argentina le espera un verano caliente.
Argentina
Milei y la polarización asimétrica
Argentina
Milei lanza una ofensiva contra las leyes medioambientales en Argentina
Argentina
Contrarreforma laboral en Argentina: Milei contra la clase obrera
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!