Las personas negras también bajaron de los barcos en Argentina

Diferentes líneas de investigación vienen a dar cuenta y a revalorizar la presencia afro en Argentina, tanto en actividades sociales como en herencias culturales.
Buenos Aires negro
Puesto de empanadas atendido por su dueño, Buenos Aires, 1937.
12 jul 2026 06:00 | Actualizado: 12 jul 2026 07:37

Una mujer negra, con el pelo crespo encanecido, estira sus brazos en el hall del Aeropuerto Internacional Jorge Newbery de Argentina, ubicado en la localidad de Ezeiza. Apoya su bolso de mano en una silla fija y mira la pantalla donde anuncian los horarios de arribo y despegue. Su vuelo a Panamá está programado para dentro de unas horas. No hay apuro, ya hizo el check in en la compañía aérea y solo queda esperar. Despacio avanza hacia el sector de Migraciones. Se detiene en la fila recta que desemboca en una cabina transparente. Saca el pasaporte del bolso y lo sostiene en su mano. En la página donde está su foto, a modo de señalador apoya uno de sus dedos, gastado de fregar pisos y ollas de casas ajenas para poder sobrevivir. Cuando llega su turno, la funcionaria que flota adentro de la cabina toma el pasaporte. Lo abre y lee: María Magdalena Lamadrid; Fecha de Nacimiento 1946; Nacionalidad Argentina. Se detiene en su fotografía con ojos inquisitivos, propios de un sabueso entrenado en los prejuicios más que en la lectura de novelas de Sherlock Holmes. Vuelve a mirar el pasaporte y dice: “Acá hay un error. No hay negros en la Argentina”. Luego, habla por un intercomunicador. “El pasaporte es trucho —dice—, vengan a buscarla”.

Hay veces que la realidad de tan literal se convierte en absurda. Esa mañana del 10 de agosto de 2002, ‘Pocha’, como conocían a Lamadrid sus amigas, amigos y enemigos, viajaba a Panamá como invitada al Primer Encuentro Internacional Martin Luther King, un congreso contra la discriminación racial. Pese a llegar puntual al aeropuerto, perdió el vuelo. Cuando su avión despegó, ella estaba encerrada en una celda, detenida por la Policía Aeronáutica. En total fueron seis horas de cautiverio. Al salir, le dijo a una cronista del diario Clarín: “Me preguntaban si hablaba castellano, si era peruana, decían que el pasaporte no podía ser verdadero porque yo era negra”.

El primer censo de la comunidad afrodescendiente en Argentina, realizado en 2001, arrojó un resultado estimado de unos dos millones de descendientes de personas negras

Pocha Lamadrid era representante de la Fundación África Vive, una organización no gubernamental que lucha por los derechos de los afroargentinos desde 1996. Descendiente de africanos esclavizados y argentina de quinta generación, fue una de las responsables en mover y derribar cielo y tierra para censar y dar visibilidad a los negros en Argentina. “Basta con una gota de sangre para ser negro”, decía. Y en 2001 —con apoyo de la Defensoría del Pueblo de Buenos Aires— hizo el primer censo a la comunidad afrodescendiente. El resultado estimativo anunció que en Argentina había alrededor de dos millones de descendientes de personas negras.

“Yo no nací de una bala”, decía Lamadrid cuando le repetían que la desaparición de la negritud sucedió en la Guerra del Paraguay. Un argumento similar viene circulando desde guerras pasadas, cuando se explica que la ausencia de la población de origen afro en Argentina es consecuencia de la Guerra de la Independencia, donde en el frente de batalla iban los esclavizados negros, los libertos y los morenos libres. En esa línea histórica, se señalan dos etapas más para justificar la desaparición. Por un lado, se dice que tras la Revolución de Mayo declinó el comercio de esclavos por la abolición del tráfico, sumado a la Ley de Libertad de Vientres de 1813 que decretaba el fin de la importación a gran escala de africanos al país. Por otro lado, una explicación vinculada al mestizaje, a la gran inmigración de hombres europeos en la segunda mitad del siglo XIX en adelante. Sin embargo, como dicen las historiadoras Maria Elena Barral y Silvia Mabel Ratto, “gran parte de su supuesta desaparición debe explicarse por el tipo de proyecto de nación que el Estado estaba construyendo a lo largo del siglo XIX —una república blanca-europea y homogénea— y la minimización de la presencia y el aporte afro en el país, así como su subrepresentación en los censos debido a cambios de algunas de sus categorías, que culminará con el abandono del registro censal de esta población”.

Hasta su muerte en el año 2021, a los 76 años, Pocha luchó contra la invisibilización de las políticas de blanqueamiento y los mitos prefabricados que niegan la historia, el sonido y la furia que mueve la sangre de muchos y muchas en Argentina. Con su dedo y su grito señaló que la ausencia era una política de Estado que mantuvo durante más de dos siglos los ojos abiertos bien cerrados de nuestros compatriotas.

En la actualidad, diferentes líneas de investigación vienen a dar cuenta y a revalorizar la presencia afro en Argentina, tanto en actividades sociales como en herencias culturales. Cualquier oído atento puede identificar el aporte que realizó la comunidad negra en algunos ritmos musicales, como el tango, las payadas y las llamadas de candombe.

En este proceso de sacudir lo que la alfombra blanca oculta, las investigadoras Ratto y Barral revolvieron archivos no tan visibles: se metieron con la tinta y el papel. En un trabajo que realizaron para el gobierno actual de la Provincia de Buenos Aires, pusieron sobre la mesa de la historia los periódicos de la comunidad afro en Buenos Aires. Nombran a La Broma (1876-1882), La Juventud (1876-1879), La Perla (1878-1879), La Luz (1878), La Igualdad (1873-1874), El Aspirante (1882) y El Unionista (1877-1878); todos escritos por periodistas y escritores afro, ninguno con más de una década de duración.

A diferencia de los periódicos lanzados por los inmigrantes europeos, con ideas anarquistas y socialistas, donde la prensa funcionaba como una herramienta identitaria y un órgano para reclamar derechos sindicales y vitales, la prensa afroporteña —en palabras de las investigadoras— tenía “funciones disciplinadoras y regeneradoras de una comunidad que debía diferenciarse de un pasado de ‘barbarie’”. En los periódicos “se buscaba introducir formas ‘correctas o modernizantes’ en los ámbitos de sociabilidad de la comunidad afroporteña que permitieran la integración en la sociedad nacional. Los editorialistas tomaban como punto de partida distintas actividades asociativas como bailes y tertulias, el circo criollo, las payadas, las artes plásticas y la literatura y proponían que se eliminara el legado africano presente en ellas”.

Ante el dilema econiano entre apocalípticos e integrados, como una estrategia de supervivencia se optaba por la integración. La apropiación de la palabra no siempre es sinónimo de libertad. La palabra ajena también puede moldear los cuerpos propios. La palabra del otro colonizando vidas y obturando devenires. El estereotipo convertido en estigma. Sin embargo, por debajo y por arriba, en el aire y en la tierra, continuaba latiendo el sonido de los tambores, llegando para romper y decir lo que la palabra no era capaz.

Pocha Lamadrid, quien se reconocía mejor bailarina que música, decía sobre el candombe: “¡Que se conozca, que se estudie en las escuelas y que se use para los actos del 25 de Mayo, porque esta es la música de Buenos Aires!”. Desde 1890, el candombe fue una lanza cultural para visibilizar la herencia afro. A puro ritmo, baile y carnaval, ganó las calles. Y, también, colaboró a fusionar a los afroargentinos con la potente comunidad afrouruguaya que vive en la Argentina, como un proceso de inmigración vecinal entre países cercanos.

Hay cuatro etapas de la llegada de la población de ascendencia afro a Argentina. La primera, los esclavizados durante la época colonial hasta la abolición de la esclavitud en 1861. La segunda, la inmigración de caboverdianos arribados durante las migraciones masivas de fines del siglo XIX y principios de XX; instalados en ciudades portuarias de la Provincia de Buenos Aires, como Dock Sud, Ensenada, Mar del Plata y Bahía Blanca, donde se dedicaron a la pesca y la navegación. En términos de activismo, los descendientes de los caboverdianos se destacaron por la organización para reivindicar sus raíces africanas, ganando el espacio público mediante la danza (capoeira en particular) y el candombe. Precisamente, la selección de fútbol de Argentina se ha enfrentado a la de Cabo Verde en el Mundial 2026. Pese al antecedente migratorio, en la cancha los jugadores negros vistieron la camiseta de un solo color: la azul inspirada en el oceano atlántico de la costa africana, y no la celeste y blanca que representa el cielo de Argentina.

La tercera etapa, ya en el siglo XX, la de afrodescendientes de otros países del mismo continente, como Uruguay, Brasil y Perú. Y la última,la de los inmigrantes que llegaron desde los años 90 desde Senegal, Gambia y Nigeria, que por sus escasos recursos se dedican mayormente a la venta ambulante, exponiéndose a una situación permanente de precariedad.

Las diferentes procedencias tienen un punto de unión: el vigor de las creencias religiosas. El investigador Nahuel Carrone estudió el tema y destacó la expansión de las vertientes afrobrasileñas en todo el cono sur. Es así como en Argentina podemos encontrar templos de Umbanda, Kimbanda y de Batuque, religiones que se erigen en una simbiosis entre creencias espiritistas y una base católica muy fuerte.

La antropóloga Milena Annecchiarico, junto a Lúdico Films, hace unos pocos años realizó el corto Los argentinos también descendemos de esos barcos. El documental cuestiona el mito —repetido hasta la torpeza— de que los argentinos bajamos de los barcos, en referencia a la inmigración blanca, europea: ese espejo aspiracional, distorsionado, en el que nos gusta mirarnos. En el documental se puede ver que los argentinos no solo bajamos de los barcos que vinieron de Europa, sino también de los de África. Y en nuestras calles, parques, trabajos, trenes y canchitas de fútbol barriales nos cruzamos, como escribió el poeta Enrique Discépolo, “en el mismo lodo, todos manoseados”.

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