Chile
La expansión de la industria salmonera amenaza el sur de Chile
Es un cálido día de otoño. El agua del río San Pedro, en el sur de Chile, es fría y cristalina. El bosque que bordea el río parece sacado de un cuento de hadas, con las ramas de los árboles tocando el torrente y las hojas amarillas reflejadas en los espejos de agua. Dos chicos se bañan y nadan rápidamente, mientras Ornella De Pablo los observa desde la orilla y dice: “Siempre he vivido aquí y sé que somos privilegiados. Nos encontramos en medio de una crisis hídrica a nivel mundial y damos por sentado que podemos bañarnos en el río y beber esta agua. Pero todo esto puede acabar en un instante, basta con que se instale una empresa extranjera para que desaparezca todo lo que tenemos. Y eso es precisamente lo que está ocurriendo”.
De Pablo, de 29 años, es portavoz del movimiento ciudadano Río San Pedro sin salmoneras, que desde noviembre de 2024 lucha contra la instalación de un centro de cría intensiva de salmón que podría contaminar todo el área. “Todo esto podría convertirse en una zona de sacrificio —continúa—. Yo soy joven, puedo irme. Pero, ¿qué pasaría con todos aquellos que no pueden trasladarse? Vivirían en un vertedero”.
El salmón es un negocio muy importante para el país sudamericano: Chile es actualmente el segundo productor mundial (después de Noruega) y el pescado es el segundo producto más exportado del país, solo por detrás del cobre. En todo Chile, tanto en los ríos de agua dulce como en el frío mar de la Patagonia, hay cientos de 'salmoneras' (muchas de ellas noruegas o japonesas), centros de cría intensiva donde se cría y engorda el pescado.
En 2024, la exportación de salmón chileno generó más de 6.300 millones de dólares de ingresos. Sin embargo, el salmón no es un pez autóctono del mar chileno, los primeros ejemplares fueron importados en los años 80, durante la dictadura de Augusto Pinochet, desde Noruega. Y desde hace años, la industria es objeto de enormes problemas ambientales y sociales en Chile, con activistas amenazados de muerte, pueblos originarios cuyas tierras están siendo contaminadas y toneladas de antibióticos y productos químicos que cada año se vierten al mar, con graves daños para la fauna y el ecosistema.
Mientras que en 2024 Noruega declaró no haber utilizado prácticamente ningún antibiótico en sus establecimientos, en los chilenos se utilizaron más de 351 toneladas
La empresa que se ha instalado cerca del río San Pedro —que es el río más biodiverso del país— es Salmones Antártica SA, de capital japonés, que está construyendo un centro de agua dulce donde desarrollar los huevos y criar los peces hasta que puedan ser trasladados al agua salada. Se trata de una piscicultura instalada en tierra, junto al río, compuesta por más de 300 tanques donde se criarían los huevos y todos los residuos (químicos, pesticidas y antibióticos) se verterían al río. “Es un megaproyecto —declara De Pablo—, la más grande piscicultura terrestre construida hasta ahora en Chile”.
Mientras que en 2024 Noruega declaró no haber utilizado prácticamente ningún antibiótico en sus establecimientos, en los chilenos se utilizaron más de 351 toneladas. La cifra representa una mejora con respecto a 2014, cuando se utilizaron 563 toneladas, pero sigue siendo muy alta si se tiene en cuenta que entre el 70 % y el 80 % de los antibióticos administrados al salmón pueden acabar en el medio ambiente. Esto puede ser un gran riesgo para la salud de los consumidores también, ya que comer animales que han sido tratados con antibióticos puede provocar infecciones muy difíciles de curar y resistencia a los antibióticos, la capacidad de algunas bacterias de resistir a estos, un problema de salud pública que puede provocar fácilmente la muerte.
Entre 2003 y 2024 las importaciones de salmón chileno en el mercado europeo han crecido significativamente, pasando de 56 a 204 millones de dólares
Salmones Antártica SA forma parte del grupo Nissui, un grupo japonés con sede en Tokio, fundado en 1937. Es un gigante de los productos marinos y actualmente es la segunda empresa más grande del país en cuanto a facturación en pesca comercial y suministro de productos marinos. Ver el proyecto en avanzado estado de construcción es realmente impresionante. La naturaleza de la zona está prácticamente intacta, con pocas casas y solo algunos pequeños quioscos gestionados por las comunidades indígenas locales que ofrecen comida y mermeladas artesanales. Pero justo al lado del río y de los árboles que lo bordean hay una enorme obra con grúas y obreros en movimiento: en el terreno ya se han instalado cientos de tanques redondos en los que se criarán los huevos.
En la carretera que bordea la piscicultura hay muchos carteles en los que se lee “No a la salmonera” y “Río sin salmonera”. Justo al lado de uno de los carteles, a menos de 100 metros del río, hay un portón de madera que conduce a la casa de Ximena Leal, de 57 años, y su esposo, Luis Echeverría Coronado, de 72. La casa está rodeada por un gran terreno, donde la pareja cultiva y cría gallinas y ovejas. Tanto para la cría como para el cultivo, utilizan el agua del río y, si el agua se contaminara por la salmonera, ya no podrían hacerlo.
Pero eso no es todo, Ximena forma parte de la Comunidad Saturnino Leal Neiman, una de las comunidades mapuches de la zona (compuesta por 50 familias) que lucha contra la empresa. “Para nosotros, el río es sagrado —explica la mujer—. Realizamos nuestras ceremonias ancestrales en el río. Y si el agua se contamina, ya no podremos celebrarlas”. En la comunidad también hay varios machi, líderes espirituales del pueblo mapuche (el pueblo originario más numeroso de Chile y Argentina), que utilizan hierbas medicinales para curar. La mayoría de estas hierbas se encuentran cerca del río y, si se contaminara, podrían dejar de crecer.
Mientras hablan, Ximena y su esposo Luis pastan las ovejas y alimentan a las gallinas. El silencio es absoluto, solo se oye el picoteo de las gallinas, interrumpido por el ruido de las grúas en construcción. “El río es muy importante para nosotros que vivimos aquí, lo es en nuestra vida cotidiana”, cuenta Luis. “Es algo que vivimos todos los días. Se hacen picnics, se pasea, se nada”.
Como explica la pareja, la comunidad mapuche tiene varios locales donde se venden productos artesanales que también se elaboran utilizando el agua del río. Productos que ahora podrían desaparecer, al igual que los turistas que vienen principalmente por la belleza del río. “Nadie debería beber agua contaminada”, añade Luis. “Beberla causaría sin duda enfermedades, especialmente en los niños y en las generaciones futuras. Tengo hijos y nietos, no quiero que se enfermen”.
El movimiento Río San Pedro sin salmoneras, representado legalmente por los abogados de la ONG chilena Defensoría Ambiental, está compuesto por más de 100 personas. A ellos se unió en los tribunales el municipio de Valdivia, la ciudad más grande de la región. Como explica Ornella De Pablo: “Esta es la principal fuente de agua de la zona, todas las familias de esta zona beben el agua del Río San Pedro, que en verano abastece también al 70% de los ciudadanos de Valdivia. No pueden beber agua contaminada”.
Hoy en día, Chile controla el 38% del mercado mundial del salmón, y cada año se crían en el país más de un millón de toneladas de este pescado
Lo que el movimiento impugna a la empresa es que están construyendo la planta basándose en un proyecto aprobado por el Estado chileno a nivel medioambiental en 2008, desarrollado con tecnologías y normas medioambientales ya obsoletas. A finales de octubre, el Tercer Tribunal Ambiental de Valdivia ha dado la razón al movimiento, suspendiendo la autorización ambiental de la piscicultura de Salmones Antártica, calificándola “de obsoleta y riesgosa” para el río San Pedro. La medida paraliza las obras mientras se resuelve una demanda para anular definitivamente la autorización.
Hoy en día, Chile controla el 38% del mercado mundial del salmón, y cada año se crían en el país más de un millón de toneladas de este pescado, que se exportan a más de 80 países de todo el mundo. Entre 1990 y 2017, la industria salmonera del país aumentó su producción en casi un 3000%. El salmón chileno se exporta principalmente a Estados Unidos (alrededor del 40 %), Brasil y Japón. Pero gracias a un nuevo acuerdo, que entró en vigor en febrero de 2025, firmado entre la Unión Europea y el Gobierno chileno del progresista Gabriel Boric, los aranceles sobre el salmón importado de Chile han pasado del 11,5 % al 0 %.
Según datos proporcionados por el Gobierno chileno, entre 2003 y 2024 las importaciones de salmón chileno en el mercado europeo han crecido significativamente, pasando de 56 a 204 millones de dólares, y la UE es actualmente el sexto mercado que más salmón chileno importa. El consumo de salmón ha aumentado considerablemente a nivel global en los últimos diez años, sobre todo debido a la popularidad de platos como el sushi o el poke, y hoy en día el salmón criado en Chile se puede consumir fácilmente en Europa, tanto en restaurantes como en supermercados y pescaderías.
Hoy en día las salmoneras presentes en las áreas protegidas chilenas alcanzan una cifra récord: 408, según ha descubierto la fundación chilena Terram
El acuerdo alcanzado por el Gobierno de Boric para eliminar los aranceles a la importación de salmón chileno es un hito importante para la industria del país, que lleva años apostando por crecer en el mercado europeo. Durante sus primeros meses de gobierno, en 2022, Gabriel Boric, originario de Punta Arenas, una de las zonas de la Patagonia más afectadas por los daños causados por la industria del salmón y cuyo gobierno se ha autodenominado el primero “ecológico” de la historia de Chile, había asegurado que las salmoneras tendrían que abandonar los parques naturales y las zonas protegidas. El movimiento ecologista, que lleva años luchando contra la industria del salmón, había depositado grandes esperanzas en el Gobierno liderado por Boric, pero hoy en día las salmoneras presentes en las áreas protegidas chilenas alcanzan una cifra récord: 408, según ha descubierto la fundación chilena Terram.
“El hecho de que las salmoneras estén autorizadas a permanecer en el mar de la Patagonia es muy grave”, afirma Maximiliano Bazán, de 34 años, investigador de Terram. “La Patagonia chilena es una zona de gran valor natural, especialmente en tiempos de cambio climático”, añade. La región más austral de Chile es Magallanes, situada justo frente a la Antártida y donde se encuentra aproximadamente la mitad de los glaciares del país, que suman más de 26 000. “Resulta paradójico y preocupante —continúa Bazán— que zonas que el propio Estado chileno ha decidido proteger por su alto valor natural sean áreas donde se ha instalado una industria que cría una especie que no es autóctona, que inyecta una cantidad significativa de sustancias químicas en el ecosistema y que llena de basura el fondo marino y el entorno”.
En Puerto Natales, una de las principales ciudades de la región de Magallanes, vive un biólogo marino que ha dedicado casi toda su vida al estudio de las consecuencias que la industria del salmón tiene sobre el mar. Se llama Claudio Caroca, tiene 43 años y, mientras habla en su casa, se oye con fuerza el ruido del viento y las previsiones meteorológicas anuncian nieve para la noche. Como explica Caroca: “En la zona de Puerto Natales hay muchos lugares ya destruidos por la industria: en el fondo marino ya no hay oxígeno. Esto ocurre porque, en la naturaleza, los salmones se desarrollan en cinc años, mientras que en una piscifactoría lo hacen en 10-14 meses. Todo ese alimento contamina el fondo marino, generando una zona muerta”.
En muchas zonas de Chile, los pescadores artesanales llevan años denunciando que ya no pueden sobrevivir de la pesca porque muchas especies, entre ellas los erizos y las mejillones, escasean debido a la contaminación de las salmoneras. Uno de los testigos directos de los daños que la cría intensiva de salmón está causando en el fondo marino de la Patagonia es Michael Vargas, miembro del pueblo Kawésqar, originario de Magallanes. “Para nosotros es fundamental proteger el territorio y el mar”, dice Vargas, que es vicepresidente del Grupo Familiares Nómades del Mar, la principal comunidad indígena de la zona que lucha contra las salmoneras. “Vemos todos los días lo que ocurre en el fondo marino de la zona —sostiene— Sobre todo en las zonas más remotas, la contaminación es enorme. Cerca de los centros de cría, cuando te sumerges lo primero que encuentras es la basura que dejan las salmoneras: cuerdas, plástico, poliestireno. En el fondo todo es gris y oscuro, sin vegetación ni vida. Al principio es un puntito gris, pero a medida que pasan los meses, el puntito se agranda y se apodera de todo el fondo marino”.
Mientras Michael habla, se encuentra en una playa de la hermosa ciudad de Punta Arenas. Durante la noche ha nevado, las temperaturas están bajo cero y la nieve cubre toda la playa y las algas, llegando hasta el mar. El joven lleva un traje de neopreno negro y se está preparando para sumergirse en las gélidas aguas del mar. Los kawésqar, que hoy en día son muy pocos, siempre han habitado la Patagonia y su vida gira en torno al mar. Son un pueblo nómada que antiguamente se desplazaba de canal en canal entre los fiordos de la Patagonia con sus canoas. Como explica Vargas: “Nuestro pueblo navega y protege estas aguas desde hace más de 6.000 años. Están destruyendo lo que nuestros antepasados cuidaron tanto y esto nos causa mucha tristeza. Pero estamos en esta lucha y lo estaremos para siempre”.
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