Cuba
Alina López: “Si dijera que me voy de Cuba, me pondrían una alfombra roja, pero quiero el cambio desde dentro”
Periodista
“Me da mucho dolor cada vez que veo que personas de buena fe, porque sé que lo hacen de buena fe, reducen la situación de Cuba al Gobierno Cubano y a Trump, como si no existiera el pueblo cubano. Esto tiene que cambiar no porque lo diga Estados Unidos, sino porque lo necesitamos nosotros”, se apresura a decir Alina López Hernández antes de que, prácticamente, nos dé tiempo a encender la grabadora. Esta historiadora, ensayista y editora de izquierdas se ha convertido en una de las voces disidentes más respetadas dentro de Cuba. Miembro de la Academia de Historia de Cuba, esta mujer de 60 años ha conseguido visibilizar el carácter represivo del Gobierno de Cuba con un acto de resistencia no violenta. Desde hace tres años, el día 18 de cada mes, se traslada al Parque de la Libertad de Matanzas y durante una hora permanece en silencio ante la estatua de José Martí. A veces, porta una pancarta pidiendo la libertad de los presos políticos; otras, un papel en blanco. Solo ha faltado las veces que la han detenido en el camino. Una de ellas, fue acusada de agredir a una oficial, algo que ella niega y por lo que le piden cuatro años de prisión.
Conversamos con ella en su casa en Matanzas, un apartamento en el Reparto Armando Mestre, uno de los cientos de barrios que fueron construidos tras la Revolución, en este caso por sus propios futuros habitantes con el apoyo del Gobierno, para dar techo a las decenas de miles de familias que no lo tenían. Entre calles semipavimentadas y la herrumbre comiéndose lo que queda de mobiliario urbano, decenas de hombres pasan las horas sentados, sin nada que hacer, en unas calles semidesiertas. Un riachuelo de aguas sucias bordea los edificios de viviendas de tres plantas y un olor a leña y carbón inunda el ambiente: en Cuba, cada vez más familias se ven forzadas a cocinar con ellos ante la falta de combustible provocada por el cerco energético dictado por la Administración Trump. Cuba atraviesa una crisis humanitaria de primer orden causada por décadas de bloqueo estadounidense, así como por unas políticas locales ineficientes y que sólo han favorecido a una minoría de la población. En poblaciones como Matanzas, los ahora famosos apagones de diez, doce y hasta treinta horas llevan siendo habituales desde hace años.
Los vecinos avisan a López de la llegada de los periodistas antes de que nos dé tiempo a bajarnos de un coche. Apenas si nos hemos cruzado con una decena de vehículos en el viaje desde La Habana, a poco más de cien kilómetros de distancia. El combustible está a más de 10 dólares el litro, lo que ha encarecido este viaje hasta los 200 dólares.
¿En qué situación se encuentra Cuba?
Cuba parece un país en guerra y no solo desde que llegó Trump. Desde hace cinco o seis años, está inmersa en un deterioro constante. Llevamos tres años llamando para que arreglen esa tubería y no viene nadie. Cuba está en un proceso terminal, es la crisis definitiva e irreversible de un modelo económico, político y social. Es la peor etapa de la historia reciente de Cuba.
En enero de 2021 cometieron su peor error, la aprobación de un paquetazo neoliberal en plena pandemia, lo que provocó el estallido de julio
¿Peor que el Periodo Especial?
Sí, porque entonces quedaban algunas reservas de la, vamos a decir, luna de miel de Cuba con el campo socialista. Además, el Estado cubano aún invertía algo en agricultura y teníamos papa, huevo. Pero eso ya no existe. Hoy tenemos comercios llenos de alimentos a precios astronómicos que la mayoría de las personas no pueden pagar. En los años 90, la crisis afectaba de una manera más pareja y teníamos esperanza. Fidel era un político hábil que puso en marcha descentralizaciones que dieron resultados en cuatro, cinco años. Ahora, hay quienes pueden alimentarse bien y quienes están pasando hambre. Y desde hace seis años, no hay señales de que vayan a revertir esa situación.
En su opinión, ¿cuáles fueron los primeros síntomas de esa degradación?
Cuba siempre ha sido un modelo autoritario, siempre ha habido un partido único, un control de la opinión pública, de los medios de comunicación, de los sindicatos. Pero Fidel tenía una política de responsabilidad social del Estado, con importantes programas sociales de salud, educación, seguridad pública... Y eso hacía que muchas personas no se cuestionaran su falta de libertades políticas porque vivían en una pobreza digna. Nunca fuimos totalmente igualitarios, pero había un sentido de la proporción en la igualdad. Raúl Castro da un vuelco a esa situación nada más llegar al poder: pasa de un modelo autoritario populista a uno autoritario antipopular. Lo dijo en su discurso de toma de posesión: que el Estado había dado muchas gratuidades indebidas, que las personas habían perdido muchos valores y que el Estado no se podía seguir responsabilizando de ellos. Cerró 24.000 comedores obreros, aumentó en cinco años la edad de jubilación, bajó a los 15 la permitida para trabajar, acabó con la seguridad social del 61% de los beneficiarios —madres solteras, cuidadores de personas mayores o con discapacidad—. Aumentó la pobreza exponencial porque en Cuba hay muchas mujeres solas al cargo de los hijos sin apoyo. Desde entonces, se han reducido drásticamente las inversiones en salud, educación, agricultura para destinarlas, sobre todo, al turismo y a inmobiliarias. Ese cambio de modelo no sólo ha traído pobreza sino también un aumento de la protesta ciudadana.
Mi objetivo es llamar la atención sobre la intelectualidad cubana, desgraciadamente muy servil al poder, para que se comprometan con la protesta social y con la gente de abajo
¿Qué ha cambiado desde el estallido social de 2021?
En enero de 2021 cometieron su peor error, la aprobación de un paquetazo neoliberal en plena pandemia, lo que provocó el estallido de julio. Y el Estado hizo lo que siempre dijo que nunca haría porque era un Estado del pueblo para el pueblo: se lanzó a reprimirlo con toda la violencia y llenaron las cárceles de presos políticos. Desde entonces, han reprimido todo el disenso. Ni siquiera estoy hablando de una oposición tradicional, con una agenda política vinculada a un partido político o una organización. Estoy hablando de encerrar diez años a personas por publicar comentarios críticos en las redes sociales o por hacer una pintada. Hace unos días condenaron a diez años de privación de libertad a Martín Barroso, un doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Sancti Spíritus por hacer pintadas en las que ponía “¿Hasta cuándo nos están matando?”. O los hermanos Jorge y Nadir Martín, profesores de computación y de idiomas, respectivamente, que salieron en su pueblo el 11 de julio gritando “El pueblo unido jamás será vencido”. Los condenaron a seis y ocho años y en cárceles distintas para castigar también a sus familias.
¿En qué momento decide usted alzar la voz?
A partir de 2017, con la apertura de internet empecé a publicar análisis semanales en La joven Cuba dirigidos a los cubanos. Durante mucho tiempo, había blogs cubanos dirigidos al mundo porque aquí no podían leerse. Yo quería aportar al debate en mi país porque hasta aquel momento pensaba que los problemenas se podían resolver, que era un problema de las personas, no del sistema. Tras el estallido del 11 de julio, tuve acceso a los testimonios de personas que fueron torturadas física y psicológicamente en las prisiones. Cuando el gobierno lo atribuyó todo a un financiamiento externo, me di cuenta de que el sistema no sólo no iba a reformarse a sí mismo, sino que iba a emplear toda la violencia necesaria para no perder el poder. Entonces supe que no sólo tenía el deber ético de utilizar el conocimiento para desmontar el discurso del poder, sino que también tenía que comprometerme con la participación cívica directa en el cambio. Y es lo que he tratado de hacer. El 18 de marzo del 2023 salí por primera vez y me coloqué en el Parque de la Libertad de Matanzas frente a la escultura de José Martí. Es una fecha simbólica porque el 18 de marzo de 1923 tuvo lugar la protesta de 13 intelectuales contra la corrupción. Desde entonces, cada día 18 me planto allí una hora. A veces, sola y otras acompañada. A veces con un cartel en blanco, otras en los que pido la libertad de los presos políticos o la amnistía. Mi objetivo es llamar la atención sobre la intelectualidad cubana, desgraciadamente muy servil al poder, para que se comprometan con la protesta social y con la gente de abajo.
Y se le ha ido sumando gente en distintas provincias.
Se han ido sumando gente en Camagüey, en Artemisa, en La Habana…. Necesitamos hacer mucha presión porque el Gobierno no va a cambiar sin presiones y las externas no nos sirven. Las presiones externas encubren la situación interna porque hacen que todo el mundo empiece a hablar de la pobre Cuba amenazada, y no importa si es por Trump, que obviamente se ha cargado el derecho internacional, o por Obama, que reconoció que el bloqueo no había sido efectivo para lo que se creó —el cambio por la fuerza— y que iban a mejorar las relaciones para que los cubanos decidiéramos lo que quisiéramos. Fue irse Obama de su visita a Cuba y el Estado cubano lanzar una cruzada contra el centrismo, es decir, aquellas personas que no querían utilizar la violencia para un cambio en Cuba, que pensaban que mediante una apertura económica el Estado cubano estaría en condiciones de abrirse a la democracia y dejar de ser excluyente políticamente.
No se puede presentar la voz de la ciudadanía cubana desesperada por las condiciones de vida y por la represión que sufrimos como una manifestación de la agenda enemiga de los Estados Unidos
Pero el bloqueo estadounidense es real.
Sí, desde 1962. Y el Partido Comunista como partido único se crea en el 65. Y no se habla de bloqueo hasta los años 90, cuando el bloque soviético ya no puede seguir surtiéndonos todo y cuando el bloqueo añade una parte extraterritorial, porque hasta entonces Cuba podía comerciar con compañías norteamericanas presentes en terceros países. Pero entonces Estados Unidos aprueba las leyes Torriceli y, sobre todo, la ley Helms-Burton después. Pero hasta entonces, Cuba tuvo una capacidad de autonomía tremenda para realizar reformas democratizadoras.
La política de hostilidad de los Estados Unidos le han dado una justificación al Estado cubano y, también, el carácter de víctima para ir a todos los organismos internacionales y decir que no le dejan comerciar, que es absolutamente cierto, pero también para no hacer los cambios internos que siempre ha presentado como parte de una agenda proveniente del exterior. Necesitamos un cambio de régimen no porque lo diga Estados Unidos, sino porque es lo que debería aplaudir cualquiera con un mínimo de ética y de conocimiento sobre lo que está pasando en Cuba.
No se puede presentar la voz de la ciudadanía cubana desesperada por las condiciones de vida y por la represión que sufrimos como una manifestación de la agenda enemiga de los Estados Unidos. Los cubanos siempre hemos sido invisibles ante el mundo porque nos reducen a un enfrentamiento de los Gobiernos de Cuba y de los Estados Unidos cuando el pueblo cubano somos víctimas de los dos.
Se habla mucho de cómo han empeorados las condiciones de vida en La Habana a causa del cerco energético dictado por Trump. Pero en el resto del país, ya eran así desde hace años.
En los últimos años, en Cuba ha habido una regresión civilizatoria en las condiciones de vida, la gente está subalimentada, no hay medicamentos en los hospitales. Mi hija es médico y sé bien que no hay insumos. Y las condiciones de los presos son dantescas. Sabemos por los familiares que les están dando raciones mínimas de comida y, a veces, en mal estado. Hace pocas semanas, hubo una protesta dentro de la prisión de Canaleta por el hambre que están pasando. En Matanzas, hay un brote de tuberculosis. Desde 2023, han muerto 122 personas en las prisiones por las malas condiciones.
Además, ahora hay más de 1000 presos políticos y el Gobierno tiene dificultades para negociar su liberación porque una de las cosas que suelen incluir es su exilio obligatorio, y muchos de los presos han dicho que no se van a ir de Cuba. Muchos han ido desarrollando una conciencia política que no tenían cuando fueron encarcelados hace cinco años y están determinados a luchar por el cambio político. Y también gente como Walnier Aguilar, un joven con una discapacidad intelectual diagnosticada desde su niñez, condenado a 25 años por subir vídeos de la protesta.
No me permiten viajar a La Habana, ni asistir a las reuniones de la Academia de la Historia, ni investigar en la Biblioteca Nacional, ni viajar fuera del país
¿Cuándo comenzó a sufrir usted la represión?
La primera vez fue antes de salir al espacio público, a finales de 2022. Unos oficiales de contrainteligencia vinieron a mi casa desde La Habana. Les dije si estaba obligada a contentastes y si me acusaban de algún delito, me dijeron que no y, entonces, me negué a hablar. Me denunciaron y fui condenada por desobediencia. Miles de personas firmaron una carta en mi apoyo por lo que no fui privada de libertad. Desde entonces, me han detenido muchas veces y, tras mantenerme horas aislada, me dan un acta de advertencia que yo nunca firmo.
Otra vez me incautaron un cartel con una frase de Antonio Maceo, uno de los héroes de la independencia de Cuba, que da nombre a una de las academias militares más importante del país: “Mendigar derechos es cosa de cobardes”, decía. Me levantaron un acta por propaganda ilegal contra el orden inconstitucional.
En una ocasión que iba a La Habana, me golpearon, me arrastraron por el piso como a un animal para detenerme. Me acusaron de agredir a una de las oficiales y piden cuatro años de privación de libertad por atentado. Y a Jennifer Pantoja, una antropóloga que me acompañaba, tres años.
Ningún sistema que se haya proclamado socialista sin democracia ha logrado resultados, simplemente son dictaduras con ropajes populistas más que populares
Pero el juicio lo convocan y luego lo posponen sin una explicación. Es una espada de Damocles que les permite prorrogar medidas cautelares de reclusión domiciliaria desde hace dos años. No me permiten viajar a La Habana, ni asistir a las reuniones de la Academia de la Historia, ni investigar en la Biblioteca Nacional, ni viajar fuera del país. De hecho, lo tengo prohibido desde antes y no lo sabía. En 2023, fui a sacarme el pasaporte para asistir a un congreso científico en los Estados Unidos y me dijeron que no podía porque estaba regulada. Cuando pregunté la razón me dijeron que era porque tenían pruebas de que iba a reunirme con la CIA para volver a Cuba y encabezar un golpe de Estado. Imagínese el guion de telenovela. Le dije que me mostrasen las pruebas, pero no tenían. Cinco meses después, ese mismo teniente coronel de la Seguridad del Estado, Rogelio Cuesta Aragón, me dijo que si cambiaba de actitud, es decir, si me callaba, me devolverían el pasaporte, lo que demuestra que todo lo de la CIA es falso.
Si mañana les digo que me voy de Cuba, me pondrían una alfombra roja hasta el aeropuerto. Pero no lo voy a hacer: yo quiero el cambio desde dentro y los intelectuales y los ciudadanos tenemos que responsabilizarnos. He rechazado becas para académicos en peligro porque éticamente estaría actuando mal si me marchara. Y no critico a los que se han ido porque es muy difícil resistir aquí.
¿Nunca ha intentado contactarla Estados Unidos para ofrecerle ayuda de alguna manera?
En esta casa yo me he reunido con diplomáticos de la Unión Europea, de Noruega, de Canadá y de Estados Unidos también. Yo no tengo dos discursos, tengo un solo criterio y se lo digo a cualquiera. En el caso del embajador estadounidense, Mike Hammer, también vino cuando llegó a su puesto para preguntarme sobre la situación en la isla. También han venido sindicalistas brasileños, diputados de izquierda argentinos, representantes de la internacional marxista…
En Cuba el dilema no es entre la izquierda y la derecha porque muchas veces la izquierda se posiciona a favor del Gobierno de Cuba cuando no es de izquierda, sino que tiene una política antipopular. En Cuba el dilema es entre dictadura y democracia. Sin democracia no se puede luchar por los derechos de las personas trabajadoras.
Yo vengo de una familia obrera de un barrio muy pobre de Matanzas. Soy de izquierda, creo que ningún proceso de cambio en Cuba puede hacerse dejando al margen a las grandes mayorías sociales, sin justicia social, sin una responsabilidad del Estado. Ningún sistema que se haya proclamado socialista sin democracia ha logrado resultados, simplemente son dictaduras con ropajes populistas más que populares. Y en Cuba ni el ropaje populista existe ya.
En Cuba, hay una gran desigualdad entre una minoría muy privilegiada y una mayoría social muy pobre.
No, en Cuba, a diferencia de otros países, donde un ingeniero, un académico o un médico son clase media, aquí todos forman parte de un gran conglomerado de clase trabajadora pobre. Y luego hay una especie de burguesía, vinculada a nuevas formas de propiedad, dueña de pequeños negocios, tampoco muy boyantes, como tiendas de comestibles. Y, por último, otra privilegiada,con negocios más exitosos vinculados con relaciones clientelares con el régimen político.
En Cuba hay gente que muere de hambre rodeada de tierras fértiles abandonadas y de tiendas llenas de productos donde solo se puede comprar con dólares. Así que Cuba necesita un apoyo internacional grande.
¿Qué cree que va a pasar en las próximas semanas?
No voy a especular, pero si el Gobierno no abre un diálogo para, por lo menos, amnistiar a los presos políticos y abrir un proceso de participación desde abajo, solo le quedará la represión porque yo creo que puede haber un estallido social más grande o anárquico que el de 2021. Aquí no hay gasolina para las ambulancias pero sí para las patrullas de la policía para ir a las protestas y a amenazar en sus casas a los disidentes.
En cuanto a la negociación con Estados Unidos, si el Gobierno de Trump da la posibilidad de que exista una apertura económica, la aceptarán porque están locos por cambiar su capitalismo de Estado por uno más abierto. No pueden hacerlo solos porque como han arruinado la nación, necesitan capitales extranjeros. Lo que no van a hacer es ninguna transformación democrática, pero abrir Cuba económicamente, como si tienen que venderla a pedacitos a Estados Unidos. Lo que sea para seguir en el poder.
¿Y qué le gustaría a usted que pasara?
Un cambio interno que acabe con la opresión y conduzca a un proceso de transición democrática. Y no solo tiene que ayudar Estados Unidos en el proceso, también la Unión Europea y América Latina porque Cuba es un país con todo destruido: las carreteras, los caminos, las tuberías, la telefonía, la generación eléctrica… Y tenemos una población envejecida con unas pensiones que les hacen vivir en la más absoluta precariedad.
En el año 2010, Trump mandó a su abogado a Cuba para inscribir su marca en Cuba y la tuvo inscrita hasta 2016 porque estaba interesado en el negocio de los campos de golf. Y Toni Castro, hijo de Fidel, es el rey de los campos de golf en esa nueva aristocracia que reina en Cuba. En 2010, Cuba era una dictadura como lo es hoy y Trump no hizo ascos a venir a tratar de invertir. ¿Qué me va a hacer creer a mí que Trump no va aliarse de algún modo con esta gente para abrir una Cuba al capital extranjero, pero sin democracia? Trump es un ser indeseable al que no le importa la democracia ni en su país ni aquí. Mi miedo es que la Unión Europea, como está indispuesta con Trump porque tiene motivos para estarlo, pues apoye al gobierno cubano y nos siga invisibilizando al pueblo.
Yo solo quiero pedirle al mundo que mire a Cuba más allá de Trump y del Estado cubano, que mire a su gente y al drama que viven, a los presos políticos, a las personas pobres y abandonadas. Que no sigan viendo a Cuba como un mito. Desmitifiquen Cuba y ayúdennos.
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