Cuba
La generación del apagón: juventud universitaria en Cuba
Es lunes 28 de febrero de 2026 y Elizabeth, de 21 años, sube al techo de su casa para mirar su barrio. Un barrio habanero como cualquier otro donde, por la tarde, no hay corriente eléctrica. En silencio, contempla una ciudad iluminada solo por los rayos del sol y que, en un par de horas, quedará sumergida en la completa oscuridad. Es una visión sombría, pero a la vez seductora y hermosa de la ciudad que la vio crecer.
El silencio también se ha convertido en una banda sonora perenne en su cabeza.
—¿Cuándo regresa la luz? —pregunto.
— No se sabe. Nadie sabe. Todo es muy variable —responde.
El retorno de “la luz” podrá ser dentro de tres horas, como no volver hasta el día siguiente. No sería la primera vez que un apagón alcanza las 18 horas seguidas —ya se reportan cortes de 20 horas—. Y sin luz, tampoco hay conexión estable a internet. Dura poco y hay que racionalizarlo muchísimo.
Elizabeth describe sus días como “monótonos”. Por suerte, el gimnasio la mantiene ocupada. Su rutina del día a día cambió en febrero de este año, durante su segundo semestre de la licenciatura de Comunicación Social en La Universidad de La Habana (UH). Un jueves llegó a la facultad, ubicada en el municipio de Plaza de la Revolución y le indicaron: “Mañana no te presentes, no hay escuela”.
Recién retomaban las clases, después de las vacaciones de invierno. Todo fue muy rápido.
“Ha pasado un mes y la escuela dice estar tomando medidas. Pero el problema es que no vemos a los profesores. Ellos saben que utilizar plataformas virtuales en Cuba es súper imposible, pero no estamos dando clases online como tal”, explica Elizabeth.
La profesora que más tareas designa es la encargada de la cátedra de Gramática, una docente a la que sus estudiantes no llegaron a conocer en persona. Gramática no tiende a ser una asignatura difícil para quienes llegan a la enseñanza universitaria con conocimientos de literatura más reforzados desde grados anteriores, pero no es el caso de todos los alumnos.
“No es práctico. Uno necesita de la presencialidad y el estudio constante. No hay docencia y eso desmotiva al estudiante. Todo es un problema: el transporte, la luz, cómo hacer trabajos cuando no tienes corriente”, agrega Elizabeth.
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El 6 de febrero el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, llevó a cabo una conferencia de prensa donde habló de forma general sobre posibles medidas de contingencia a raíz de la paralización del envío de petróleo a la isla.
Una semana antes, el presidente estadounidense Donald Trump había firmado la Orden Ejecutiva 14380 que imponía aranceles ad valorem a naciones que mantuvieran comercio petrolero con Cuba, bajo la lógica de que la isla representaba una “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional y la política exterior de EEUU.
La medida llegó para agravar una situación energética ya precaria —una combinación de déficit de combustible y fallas estructurales en el sistema de generación— y el efecto no demoró en hacerse notar. El escenario: al país le quedaban entre 15 y 20 días de petróleo si el nivel de consumo se mantenía sin cambios, de acuerdo con especialistas delFinancial Times.
Tras la intervención de Díaz-Canel, distintos organismos del Estado dieron a conocer medidas específicas para cada sector: el cierre de edificios gubernamentales, la implementación del trabajo a distancia y la reducción del transporte interprovincial, entre otros.
Las acciones de contingencia debían durar solo un mes. Pero, hasta la fecha no se han anunciado modificaciones y el sistema de enseñanza —como el país en general— no ha dado señales de pronta recuperación
La Universidad de La Habana —bajo las orientaciones del Ministerio de Educación Superior (MES)— anunció la extensión de la modalidad semipresencial de las clases, la utilización de la plataforma EVEA, creada en 2020, para acceder y gestionar materiales docentes y científicos, y el envío a sus respectivas provincias de estudiantes procedentes del interior del país.
Las acciones de contingencia debían durar solo un mes. Pero, hasta la fecha no se han anunciado modificaciones y el sistema de enseñanza —como el país en general— no ha dado señales de pronta recuperación.
Elaine tiene 21 años, reside en Centro Habana y cursa el cuarto año de la Licenciatura en Historia. Desde el inicio de los apagones generales en 2024 —cinco en un mismo año— la luz natural adquirió otro significado: comenzó a ocupar un lugar central en su mente aquello que alguna vez fue invisible por evidente.
“La luz, broder, la luz y no otra cosa”, como escribió el poeta cubano Sigfredo Ariel.
Incluso antes de las recientes predicciones de colapso. Antes de la detención de Nicolás Maduro y de la interrupción de los envíos de crudo desde Venezuela, cuando el sistema eléctrico ya daba claras muestras de fragilidad acumulada… Ya desde entonces, la “luz natural” era la única fuente de alumbrado en las aulas de su facultad, ubicada en lo alto de la escalinata de la Universidad de La Habana, por la calle San Lázaro, donde alguna vez estudió Derecho el mismísimo Fidel Castro.
Elaine aprovechaba esa “normalidad” —laxa a los ojos de los docentes— para faltar a las clases que le parecían “no tan importantes” o “incómodas”. Aprovechaba para trabajar, si tenía demanda. Es fotógrafa y, en ocasiones, modela.
“Me ausenté mucho a clases por trabajo para cubrir los gastos”, dice. “Hubo momentos donde iba y solo tenía una clase. Ir a la universidad era un gasto: el taxi, la pizza y algún que otro café para almorzar. A veces teníamos que hacer una colecta por si alguien del aula no podía costear el almuerzo o el auto de regreso”.
Aunque nunca lo vio posible, hoy el contexto es más duro. Es otro. En lo que va del año lectivo, solo llegó a cursar un semestre.
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Para Elaine el mayor problema no son tan siquiera los cortes de luz: en su casa el sistema eléctrico está soterrado y, por tanto, se interrumpe poco o casi nada, “un privilegio”. El mayor problema, para la joven, es el acceso a un servicio de internet estable. O, por lo menos, lo suficientemente estable para estudiar y cumplir con una semipresencialidad que, en la práctica, no es tal.
“Tengo que salir a un parque o al hotel más cercano para poder tener internet en un espacio tranquilo y propicio para estudiar”, explica. “Yo digo: nada, esto no es realista”.
Le preocupa su tesis de licenciatura —el trabajo con el que busca titularse y completar sus estudios—. La fecha de entrega es mayo del presente año y la cotidianidad se ha convertido en un obstáculo perenne. Su tutora vive lejos y los precios de los taxis se dispararon luego de que el Gobierno cubano suspendiera la venta de diésel y restringiera la de gasolina como parte de las medidas de emergencia. ¿El transporte público? Un fantasma del pasado.
Raúl, estudiante de Medicina de 20 años, también se enamoró de la luz natural sin siquiera darse cuenta. Aprovecha cada rayo de sol para leer y hacer “autoestudio” compensatorio. Le da miedo que el día se apague de pronto y descubrir que no hizo nada productivo, porque —según él— “hay muchas cosas que no se pueden hacer”.
A diferencia de otros sectores universitarios en el país, la Universidad de Ciencias Médicas ni siquiera optó por la pseudo semipresencialidad. A cada estudiante le fue asignado un consultorio —el más cercano a su residencia— donde deberían ayudar “en lo que hiciese falta”.
“Mi formación, de momento, está pausada”, explica Raúl.
Otras universidades, como la Universidad Tecnológica de La Habana José Antonio Echeverría (CUJAE), también ubicada en la capital, pusieron en práctica otros formatos alternativos como las audioconferencias —clases impartidas por voz—. El malestar se repite: no es lo mismo plantear una duda cara a cara que quedar a merced de si el profesor tiene electricidad o conexión para responder. A esto se suman las caídas reiteradas de plataformas similares a EVEA de la UH, saturadas por la sobrecarga y la inestabilidad técnica.
Desde junio de 2025, a raíz de varios reclamos de organizaciones estudiantiles, la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (ETECSA) comenzó a ofertar un plan mensual dirigido a estudiantes universitarios
La experiencia académica, coinciden varios estudiantes, es casi inexistente.
El acceso a internet —tenga luz o no— no es bueno. A veces depende del día, o del horario. Pero en algo si es categórico Raúl: “Asequible no es”.
Desde junio de 2025, a raíz de varios reclamos de organizaciones estudiantiles, la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (ETECSA) comenzó a ofertar un plan mensual dirigido a estudiantes universitarios: 12 GB al mes por un costo de 720 CUP (1,40 USD, en el mercado informal).
El pasado año, cuando aún los apagones se manejaban a través de esquemas locales y se podía saber —mas o menos— hora del corte y cuánto iba a durar, Raúl entraba en rebuscadas cuentas matemáticas para aprovechar al máximo la jornada: estudiar, realizar actividades de mantenimiento del hogar y hacer deporte.
“Antes se me iba la luz desde las 08h y venía a las 2h de la madrugada, o se iba a las 16h hasta las 22h o las 23h”, recuerda.
Esa ya no es su realidad. Sabe, además, que la crisis no afecta a todos por igual y que va mucho más allá de tener o no luz en la casa. Los precios de los productos “en la calle” se han duplicado y triplicado en los últimos meses, con apenas alguna que otra oferta de alimentos en las ferias.
“Pero uno trata de compaginar con la familia, mi novia, las amistades, porque si no uno se vuelve loco. En estos días sí he tenido luz. Por eso no estoy en la misma situación que las demás personas”, comenta.
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El 20 de febrero, Donald Trump firmó una nueva orden que deroga los aranceles impuestos bajo la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA, por sus siglas en inglés), incluidos los contenidos en la Orden Ejecutiva 14380 del 29 de enero de 2026.
La emergencia nacional declarada sobre Cuba, sin embargo, permanece intacta y el asedio energético contra la isla se mantiene vigente.
Gobiernos como los de México, Chile y España se han comprometido a enviar asistencia humanitaria, y una flotilla internacional se encuentra en fase de preparación con destino a Cuba. Aun así, no hay señales de una recuperación pronta.
La crisis no afecta a todos por igual y que va mucho más allá de tener o no luz en la casa. Los precios de los productos “en la calle” se han duplicado y triplicado en los últimos meses, con apenas alguna que otra oferta de alimentos en las ferias
Elizabeth cursa el primer año de Comunicación Social, pero confiesa que, si la vida fuera más estable —“si los planetas y las estrellas se hubiesen alineado”—, le habría gustado estudiar Antropología o Teatro. Las artes escénicas la hacen feliz, pero las artes no son valoradas, y menos aún en un país en penumbras.
Aprovecha, dentro de las pocas oportunidades que aún existen, la educación superior gratuita. Pero, sabe de antemano que su futuro no se encuentra en la isla.
Como Raúl y Elaine, Elizabeth nació en “el después” del llamado Periodo Especial: un momento de contingencia marcado por la caída de la Unión Soviética —principal aliado del Gobierno cubano—, apagones interminables, crisis migratorias y escasez de recursos básicos. Su generación no vivió directamente los estragos de aquella época y creció con algo más de estabilidad. Por eso, de niña, decía que nunca iba a abandonar la Isla.
“Pero cuando uno crece y ve que no existe vida, lo piensa constantemente: me quiero ir, pero a la vez no, pero a la vez sí”, explica. “A veces pienso: no quiero esto para mis futuros hijos. Estoy a oscuras, no tengo comida, el gas llega tres veces al mes o una vez cada cierto tiempo. Eso frustra y no te permite sentir que este sea un lugar para vivir por siempre”.
Su plan es terminar la licenciatura y buscar un máster en otro país que le permita proyectar un futuro estable y convertirse en “el ancla salvadora” de su familia, de las personas que se van a quedar atrás.
“Hija, tienes que irte para tener un futuro mejor”, le dicen sus padres.
Elaine no solo carga sobre sus hombros el trabajo final que la convertirá en licenciada en Historia, sino también la responsabilidad de ayudar económicamente a su familia. Su mamá, hermano adolescente y su tío —uno de los recientes deportados de la administración de Trump—, residen en el municipio de La Lisa, a 15 kilómetros de su casa en Centro Habana, donde los cortes de luz son frecuentes.
Su madre y su padre, ambos trabajadores del Estado, no logran que el salario les alcance.
Un estudio del Food Monitor Program (FMP), publicado en 2025, calculaba que una persona en La Habana necesitaba cerca de 20.867 CUP mensuales para alimentarse. Casi diez salarios mínimos —situado en 2.100 CUP— y más de tres salarios medios (6 506 CUP), lo que coloca la canasta alimentaria fuera del alcance de la gran mayoría de la población.
“Les mando dinero a veces, comida, linternas, todo ese tipo de cosas, porque yo estoy bastante cómoda. Trato de ayudarlos lo más que pueda dentro de mis posibilidades”, explica Eliane
Su mamá y su carrera son las dos cosas que la mantienen, hoy por hoy, en Cuba. Alguna vez pensó en irse —tuvo la oportunidad de viajar a EEUU, pero el plan nunca se concretó—, pero su sueño es vincular la Historia con la fotografía y el trabajo comunitario: trabajar con niños y adultos mayores. Documentar.
“Me encanta documentar”, comenta. “Si me voy pierdo un poco el sentido de lo que estoy haciendo. Pero tengo que irme, encontraré la forma de seguir ayudando a mi gente… Hay que tener mucha paciencia”.
“Va a haber mucha hambre porque cada vez comer es menos asequible. Mucha gente enferma por el estrés, la falta y la contaminación del agua. Se va a notar (...) Es súper triste ver cómo se desmorona todo delante de tus ojos”
Elizabeth también habla de la paciencia y la calma en un contexto donde hay que seguir existiendo. La búsqueda de la paz interna donde premia la dicotomía: “o nos adaptamos o nos tenemos que ir”.
“Mi generación es una generación mutilada, de sueños zanjados, limitados y llevados hacia el exterior, porque se piensa que en Cuba no vas a ser la persona que quieres ser”, explica la estudiante.
Por eso le cuesta tanto pensar en el “día después”. Le cuesta imaginar un escenario en el que la situación no sea igual o peor.
Elaine coincide: “Va a haber mucha hambre porque cada vez comer es menos asequible. Mucha gente enferma por el estrés, la falta y la contaminación del agua. Se va a notar (...) Es súper triste ver cómo se desmorona todo delante de tus ojos”.
No obstante, describe a su generación como una generación que —para bien o para mal— sufre alguna variante tropical del síndrome de Estocolmo. “La gente alrededor sabe que está mal, pero buscas trabajo porque tienes que comer, sobrevivir, disfrutar también, porque la alegría también es válida”.
Raúl sigue soñando con ser médico, incluso en un país sin luz: graduarse y hacer una especialidad. Pero no se imagina ejerciendo en Cuba. Sí, ha pensado en irse muchas veces y no cree cambiar de opinión en el corto plazo. “Lo único que me ata a la Isla es mi familia, mi novia, mis amistades”.
Piensa en voz alta en los logros que podría alcanzar su generación si hubiera tenido mejores condiciones y una vida un poco más estable.
—¿Qué te gustaría estar haciendo ahora? —le pregunto.—Vivirla. Simplemente vivir la vida.
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