Derechos Humanos
“Derecho al aseo”: la micción y el poder
¿A qué mujer no le ha pasado contemplar soliviantada cómo el baño de hombres sigue vacío, mientras la cola de mujeres no para de crecer? Entonces llega un señor, tan campante, y entra a “su” baño sin haber tenido que esperar ni un segundo.
Esto se repite en cafeterías y bares (en todas sus variantes, más y menos pijas, churrerías, restaurantes…) y en aseos de todo tipo, incluidos los portátiles de los conciertos al aire libre; ¡ay esa prisa por hacer pipí mientras está a punto de terminar el descanso de Extremoduro! O esa urgencia por lograr hacer pis en la parada técnica de la excursión, el viaje organizado… siendo siempre la cola de mujeres dos, tres veces más larga que la de hombres, si es que hay cola siquiera de ellos (y ay de la viva y avezada que intente colarse en el baño de hombres y “redistribuir” turnos, ay…).
Si los baños están segregados por sexo (casi siempre), hay el mismo, salomónico número para hombres y para mujeres. Y aquella diferencia sobre la cantidad de mujeres y de hombres que necesitan ir al baño se repite también (casi siempre), con igual asiduidad.
El movimiento “Derecho al aseo” surge de esta impresión, de esta percepción de injusticia epistémico-miccional y la rebelión que nos suscita. Y, lejos de ser algo trivial, como pueda parecer (todo lo que tiene que ver con lo escatológico, caca, pipí, se antoja medio pueril, medio en broma), es una cuestión biopolítica de importancia crucial.
Cambra pone de manifiesto la radical desigualdad en el acceso al baño; lo llama “micromachismo de diseño” (aunque, vistos los datos, igual habría que quitar lo de “micro”)
El movimiento es recientísimo: lo inicia Laura Cambra Rufino (obvio que una mujer), investigadora y arquitecta, para proponer rediseñar los aseos según las necesidades reales (¿qué son “necesidades reales”? Ahora vamos con ello). Cambra pone de manifiesto la radical desigualdad en el acceso al baño; lo llama “micromachismo de diseño” (aunque, vistos los datos, igual habría que quitar lo de “micro”), porque el actual diseño de los baños “afecta a la salud, los cuidados, la equidad, el tiempo, la intimidad, la dignidad y los derechos de todas las personas”. Para que los espacios de las mujeres dejen de ser secundarios o invisibles, según su propia autora, el movimiento “nace para convertir esas experiencias dispersas en datos, visibilidad y transformación”.
La cuestión de fondo es que, también en esto, hemos de reclamar la equidad, que es la forma realista y auténtica de la igualdad; esto ya lo dijeron muy claro Platón y Aristóteles, no hay mayor desigualdad que tratar igual lo desemejante.
Algunos datos para ilustrarlo: “Mientras que un hombre tarda una media de 116,7 segundos en el baño, una mujer requiere 172 segundos. Esta diferencia hace que las mujeres tarden entre un 1,5 y 2 veces más, una realidad que la arquitectura moderna puede y debe modelizar matemáticamente para eliminar las esperas”. (Por no hablar de lo mucho más fácil, y menos penado socialmente, que es para un hombre orinar en cualquier esquina.) Esto podría traducirse, a efectos prácticos, en establecer una proporción de dos inodoros para mujeres por cada uno para hombres, con el fin de responder a las diferencias biológicas que hacen que las primeras necesiten, por término medio, más tiempo para utilizar el aseo.
La maravillosa y apabullantemente lúcida iniciativa de Laura Cambra puede seguirse por redes y prensa, centralizado todo en su web.
Aquí sin embargo, en lugar de abundar en lo ya dicho y sabido (que puede consultarse en esos lugares), quiero reafirmar por qué es relevante. Por qué esto es biopolítico y tiene que ver con el poder. Por qué poder usar el baño público en buenas condiciones, con mayores garantías de libertad sexual comparativa, no es un capricho o una anécdota sino algo arraigado en la dominación social más rasa. Y es que no en vano el control de esfínteres es una de las primerísimas y más elementales formas de domesticación biocultural en la Humanidad.
La literatura, como siempre, nos auxilia para entender mejor. En la novelaThe help (mal traducida como Criadas y señoras), su autora Kathryn Stockett describe deliciosamente una situación, entre reveladora e hilarante, de uso diferencial del baño en relación con la segregación racial (el libro en conjunto es toda una apuesta de interseccionalidad en la creación narrativa). Muestra cómo todo lo que tiene que ver con el desempeño de funciones fisiológicas, como en este caso los esfínteres, no es baladí: radica en y con el poder, los conceptos de pureza y de peligro incluso, cómo los asignamos y asumimos civilizacionalmente, preñados de simbolismo.
Vemos en la obra, tan recomendable, cómo en contextos de segregación racial profundos (en este caso el sur de los Estados Unidos), el poder disfrutar de un váter aparte deviene un símbolo de estatus para los blancos, por un lado, y de expulsión y vergüenza para los negros, por otro. (Hay un guiño escatológico en la historia especialmente simpático que no revelo para incitar a su lectura.)
Porque miccionar y defecar, poder hacerlo más o menos, con más o menos libertad y agencia en los espacios públicos y ciudadanos, tiene que ver con el (bio)poder; soltar, aguantar… y cuándo y cómo cada cosa. (Igual que poder o no dormir —la privación de sueño es una forma de tortura—, o muchas otras funciones fisiológicas bioculturales de las que no nos ocupamos aquí.)
Pues bien: como hace esta autora, la realidad nos revela mucho de esto en las colas de los aseos, experiencias con las que comenzaba esta reflexión, desde la falta de colaboración de las propias mujeres (algunas) para usar el vacío baño de hombres (esto obedece a múltiples razones y no lo juzgo), hasta la plena convicción de estos mismos (algunos) cuando llegan a hacer uso de su espacio, sin inmutarse, sin registrarlo, mientras la cola femenina no para de crecer. (Esto sí lo juzgo.)
Las mujeres en los baños públicos, además, no solo miccionamos y defecamos, sino que nos ocupamos habitualmente de muchas otras cosas. Cosas relacionadas con la supervivencia de la especie
Realmente, la proporción de dos inodoros por uno es lo menos que cualquier sociedad debería hacer por nosotras. (La opción de que fueran unisex podría valer, pero nos tememos que ello acabara desembocando en una desigualdad parecida porque el uso sigue siendo diferente de facto.)
Las mujeres en los baños públicos, además, no solo miccionamos y defecamos, sino que nos ocupamos habitualmente de muchas otras cosas. Cosas relacionadas con la supervivencia de la especie. A menudo llevamos menores para que usen el baño con nosotras. A menudo estamos embarazadas (y la necesidad de ir al baño sube a la estratosfera). A menudo (esto es terrible) nos tenemos que sacar leche en un baño público.
Es más: a menudo tenemos que ocuparnos de nuestra sangre (de todas y todos, la de nuestra especie, esto es universal, no es diferencial) cuando vamos al aseo público. La sangre menstrual implica un cierto tipo de disposición específica, de forma frecuente y recurrente para todas las mujeres del planeta.
Cuántas veces se atisban papelitos manchados de sangre o trocitos de tejido (compresas, tampones), rebosando en las insuficientes papeleras donde los carteles nos instan a tirar los residuos.
Siento una ternura extraña ante esos papelitos manchados con sangre en la basura del baño…
Y nosotras seguimos haciendo cola mientras nuestra sangre alimenta a la Humanidad.
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