Centrales nucleares
Almaraz y el lobo de la prórroga
Durante años nos contaron que la central nuclear de Almaraz cerraría de manera ordenada.
La Unidad I comenzó a operar en mayo de 1981 y la Unidad II, en octubre de 1983. Desde entonces, las autorizaciones de explotación se han ido renovando periódicamente, por plazos aproximados de diez años.
En 2020, el Gobierno aprobó una nueva autorización de explotación —la Orden TED/773/2020— que fijaba el cierre escalonado de la planta para noviembre de 2027, en el caso de la Unidad I, y octubre de 2028, para la Unidad II.
Sin embargo, en agosto de 2026, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico publicó una nueva orden para prolongar el funcionamiento de ambos reactores hasta junio de 2030: 31 meses más para la Unidad I y 19 meses más para la Unidad II.
En agosto de 2026, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico publicó una nueva orden para prolongar el funcionamiento de ambos reactores hasta junio de 2030: 31 meses más para la Unidad I y 19 meses más para la Unidad II.
Había un calendario pactado y tiempo para desarrollar energías renovables, sistemas de almacenamiento y alternativas laborales para la comarca. Pero, cuando se acercó la fecha, volvió a escucharse el grito: «¡Que viene el lobo!».
El lobo, esta vez, tenía muchos nombres. El de siempre era la pérdida de puestos de trabajo. Los nuevos eran el conflicto en el estrecho de Ormuz, la inseguridad energética, el aumento del precio de la electricidad, la dependencia del gas y la inestabilidad de la red.
Las empresas propietarias —Iberdrola, Endesa y Naturgy— presentaron formalmente su solicitud en octubre de 2025, cuando el calendario de cierre comenzaba ya a aproximarse. La tardanza y las vacilaciones previas invitan a preguntarse si la petición respondía verdaderamente a una convicción industrial o a ese difícil encaje de intereses económicos y políticos que determina tantas decisiones energéticas.
Las empresas propietarias —Iberdrola, Endesa y Naturgy— presentaron formalmente su solicitud en octubre de 2025, cuando el calendario de cierre comenzaba ya a aproximarse. La tardanza y las vacilaciones previas invitan a preguntarse si la petición respondía verdaderamente a una convicción industrial o a ese difícil encaje de intereses económicos y políticos que determina tantas decisiones energéticas.
Finalmente, el Gobierno atendió la solicitud y autorizó que los dos reactores continúen funcionando hasta el 8 de junio de 2030: 31 meses más para Almaraz I y 19 meses más para Almaraz II.
Según el Ministerio para la Transición Ecológica, se trata de una extensión «limitada y coyuntural», justificada por la volatilidad de los mercados energéticos y la incertidumbre internacional. El Ejecutivo sostiene también que la decisión no tendrá un coste adicional para la ciudadanía ni modificará el cierre del conjunto del parque nuclear previsto para 2035. (MITECO)
La sociedad civil tendrá que mantenerse vigilante, aunque ya sabemos que su mirada y su capacidad de influir parecen tener cada vez menos peso en nuestras democracias.
La sociedad civil tendrá que mantenerse vigilante, aunque ya sabemos que su mirada y su capacidad de influir parecen tener cada vez menos peso en nuestras democracias.
La comparación con el cuento de Pedro y el lobo no es anecdótica. En la fábula, un joven pastor alarma repetidamente a los habitantes de su aldea anunciando la llegada de un lobo que nunca aparece. Cuando el animal llega de verdad, nadie cree ya en sus gritos. Su moraleja suele entenderse como una advertencia contra la mentira, pero también puede leerse como una reflexión sobre el miedo, la credibilidad y la responsabilidad colectiva.
En el caso de Almaraz, llevamos años escuchando que su cierre provocará poco menos que una catástrofe. Cada vez que se habla de cumplir el calendario acordado aparecen las mismas amenazas: desempleo, desempleo, desempleo —como si repetir la palabra bastara para cerrar el debate— y, a continuación, que faltará electricidad, se dispararán los precios y peligrará el sistema.
El cierre se presenta siempre como precipitado, aunque se conoce desde hace años; siempre parece llegar demasiado pronto, aunque haya sido planificado con antelación.
El cierre se presenta siempre como precipitado, aunque se conoce desde hace años; siempre parece llegar demasiado pronto, aunque haya sido planificado con antelación.
El Consejo de Seguridad Nuclear ha informado favorablemente sobre la continuidad de la planta desde el punto de vista de la seguridad nuclear y la protección radiológica. Sin embargo, la confianza en los organismos técnicos exige la máxima transparencia. Las paradas, las incidencias y las inversiones destinadas al mantenimiento deben comunicarse de manera clara y accesible, especialmente cuando se está decidiendo prolongar la actividad de unos reactores que comenzaron a funcionar hace más de cuatro décadas.
Y sí, es verdad que la guerra de Ucrania, los conflictos en Oriente Medio y el desequilibrio social mundial pueden afectar a la política energética. Pero una autorización técnica no responde por sí sola a la pregunta política fundamental: ¿qué modelo energético queremos construir y cuánto tiempo vamos a seguir aplazándolo?
Porque la paradoja de esta historia es que quizá el verdadero lobo no sea el cierre de Almaraz. Quizá el lobo sea la costumbre de posponer las decisiones difíciles hasta que cada plazo se convierte en una emergencia.
Porque la paradoja de esta historia es que quizá el verdadero lobo no sea el cierre de Almaraz. Quizá el lobo sea la costumbre de posponer las decisiones difíciles hasta que cada plazo se convierte en una emergencia.
En 2019 se acordó un calendario precisamente para evitar improvisaciones. Había años suficientes —aunque ya se habían desperdiciado décadas— para preparar una transición justa para la comarca, acelerar el almacenamiento energético, reforzar la red, desplegar renovables y ofrecer alternativas económicas estables a las personas que dependen de la central.
Si, llegado el momento, seguimos afirmando que no estamos preparados, habrá que preguntarse qué se ha hecho durante todo ese tiempo y quién se beneficia de esa falta de preparación.
Cada prórroga compra unos años, pero también puede vender el futuro. Mantener abierta Almaraz retrasa el momento de abordar seriamente la transformación económica de su entorno. Conserva empleo a corto plazo, sí, pero también puede alimentar una dependencia peligrosa: la de una comarca obligada a confiar indefinidamente en una instalación que, tarde o temprano, tendrá que cerrar.
Cada prórroga compra unos años, pero también puede vender el futuro. Mantener abierta Almaraz retrasa el momento de abordar seriamente la transformación económica de su entorno. Conserva empleo a corto plazo, sí, pero también puede alimentar una dependencia peligrosa: la de una comarca obligada a confiar indefinidamente en una instalación que, tarde o temprano, tendrá que cerrar.
Además, el combustible nuclear tampoco garantiza la independencia energética. España no dispone actualmente de producción comercial de uranio y, por tanto, continúa dependiendo del exterior.
Y hay algo que no resulta en absoluto inocuo: durante estos años se seguirán generando residuos radiactivos que deberán ser custodiados durante periodos que desbordan cualquier mandato político e incluso la vida de muchas generaciones humanas.
El cierre de Almaraz I y II en 2030 coincidirá con el cierre previsto de otros reactores. Entonces volveremos a encontrarnos ante un nuevo «¡Que viene el lobo!»: una dificultad agravada por la propia prórroga que después podrá utilizarse para reclamar una nueva ampliación.
Y hay algo que no resulta en absoluto inocuo: durante estos años se seguirán generando residuos radiactivos que deberán ser custodiados durante periodos que desbordan cualquier mandato político e incluso la vida de muchas generaciones humanas.
En 2030 se nos dirá que no pueden cerrarse varios reactores al mismo tiempo, que aún no existe suficiente capacidad de almacenamiento, que la red necesita mayor estabilidad y que el contexto internacional continúa siendo incierto.
Si para entonces no hemos construido alternativas, volverá a parecer que la única respuesta sensata es conceder otra prórroga. Por este camino, lo excepcional corre el riesgo de convertirse en permanente.
Las compañías eléctricas anuncian el peligro y, al mismo tiempo, obtienen la continuidad de unas instalaciones ya amortizadas. Ellas desempeñan el papel de Pedro y se ríen. Las administraciones aseguran que esta ampliación será la última, aunque para ello hayan renunciado a cumplir el calendario anterior: son el rebaño que acompaña al pastor.
Las compañías eléctricas anuncian el peligro y, al mismo tiempo, obtienen la continuidad de unas instalaciones ya amortizadas. Ellas desempeñan el papel de Pedro y se ríen. Las administraciones aseguran que esta ampliación será la última, aunque para ello hayan renunciado a cumplir el calendario anterior: son el rebaño que acompaña al pastor.
Y la ciudadanía ocupa el lugar de los habitantes de la aldea: llamada a acudir cada vez que se activa la alarma, pero con muy poca capacidad para decidir cómo se organiza realmente el sistema energético, cómo se legisla, cómo se articulan nuevos escenarios y cómo se planifica el futuro.
La moraleja no debería ser que nunca hay que escuchar las advertencias. Debería ser que una sociedad responsable no puede gobernarse mediante alarmas recurrentes.
Si existen riesgos para el suministro, deben explicarse con datos y afrontarse con planificación, no utilizarse como argumentos de última hora. Si preocupa el empleo, hay que invertir desde ahora en una transición justa, no convertir a los trabajadores en escudos humanos de los intereses empresariales. Si necesitamos estabilidad energética, debemos acelerar las redes, el almacenamiento, la eficiencia, el autoconsumo y la generación renovable distribuida.
Si existen riesgos para el suministro, deben explicarse con datos y afrontarse con planificación, no utilizarse como argumentos de última hora. Si preocupa el empleo, hay que invertir desde ahora en una transición justa, no convertir a los trabajadores en escudos humanos de los intereses empresariales. Si necesitamos estabilidad energética, debemos acelerar las redes, el almacenamiento, la eficiencia, el autoconsumo y la generación renovable distribuida.
Almaraz cerrará algún día. Eso es inevitable.
Deseo de todo corazón que no sea como consecuencia de un accidente cuyos efectos irían mucho más allá del confinamiento o la evacuación de las personas. Porque existe un mundo más allá de los seres humanos y los otros animales también sufrirían las consecuencias.
Incluso para quienes insisten en pensar únicamente en términos humanos y económicos, las repercusiones de un accidente grave podrían ser enormes. Dependiendo de su alcance, podrían imponerse restricciones severas sobre la agricultura, la ganadería y el uso del agua en Campo Arañuelo. Podría limitarse el consumo de agua, verduras y frutas producidas en la zona hasta descartar cualquier contaminación. Los animales explotados por la ganadería tendrían que ser confinados y alimentados con piensos y agua protegidos. El embalse de Arrocampo, utilizado para refrigerar la central, quedaría sometido a una vigilancia reforzada, al igual que cualquier posible propagación de la contaminación hacia el río Tajo.
Incluso para quienes insisten en pensar únicamente en términos humanos y económicos, las repercusiones de un accidente grave podrían ser enormes.
Pero existe otra posibilidad, déjenme hacer una sugerencia de mejora: crear una comisión de trabajo específica para preparar el cierre del parque nuclear. Una comisión que no se limite a estudiar fechas y procedimientos técnicos, sino que trabaje activamente en la construcción de alternativas económicas, laborales y energéticas para la población de cada territorio. Una transición real exige planificación, inversión y participación de las comunidades afectadas. No puede comenzar unos meses antes del cierre ni improvisarse cuando vuelva a sonar la alarma.
Si no aprendemos la lección del cuento, en 2030 volveremos a oír los mismos gritos. Y quizá entonces descubramos que, mientras el pueblo corre a socorrer al pastor, los grandes intereses económicos se ríen.
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