Capitalismo
El capitalismo vuelve a caer de pie. Una lectura polanyiana
El pasado 7 de abril el Ministerio de Trabajo y Economía Social comunicaba que reactivaba el Consejo Estatal de Responsabilidad Social de las Empresas (CERSE). En paralelo, algunas encuestas pronostican la irrelevancia de Podemos, partido nacido al calor de la indignación provocada por la crisis de 2008 y el 15M. Ambas noticias, que parecen no tener relación, no son más que señales de cómo el sistema capitalista se va reconfigurando hasta encontrar una nueva forma de legitimación y, por tanto, de acumulación.
Karl Polanyi ya explicó, de manera magistral en mi opinión, este tipo de fenómenos históricos. Dejando abierto el final del proceso, este autor nos proporciona un marco explicativo para lo que está sucediendo en España, pero también globalmente, permitiéndonos ver el bosque tras los árboles que lo ocultan. Mientras el capital se expande, va generando tanta riqueza que una parte va llegando a gran parte de la sociedad actuando como fuente legitimadora del sistema. Pero, esa misma expansión va forjando internamente las condiciones de su próxima crisis a medida que la concentración de beneficios y el crecimiento de la desigualdad se van desarrollando.
Cuando todo el proceso de acumulación capitalista -ese desanclaje progresivo entre la economía y la sociedad- estalla, el caos resultante genera los contramovimientos en terminología polanyiana. No son grupos en sí mismos, sino formas estructurales a través de las cuales la sociedad trata de dar respuesta a las consecuencias negativas, e impredecibles, de esta situación.
En nuestro contexto actual, los contramovimientos podrían agruparse en tres grandes respuestas: el social-redistributivo, el progresista-neoliberal y el reaccionario-identitario. Estas se embarcarán en una pugna que acabará, más o menos de manera estable, en una nueva fase. Históricamente, estas disputas han acabado desembocando en situaciones muy distintas: con el capitalismo autorregulándose tras la II Guerra Mundial o con la aparición del neoliberalismo entre los 70 y 80 del siglo pasado.
Tras el estallido de la crisis de 2008, tanto los gobiernos europeos como el estadounidense adoptaron medidas como el rescate financiero, drástica reducción del gasto público social, reformas laborales y socialización de pérdidas que castigaron fuertemente a una mayoría social. Con todo, se originó una oleada de indignación que adquiría, por primera vez en la historia, un carácter global: el 15M en España, Occupy Wall Street en Estados Unidos, los Aganaktismenoi griegos y toda una serie de protestas que se extendieron por Europa (la Primavera árabe, aunque coetánea, tiene un origen distinto).
La principal fuerza de estos movimientos residía en unas exigencias que trasladaban un conflicto político al terreno redistributivo cuestionando, realmente, a las estructuras de poder. Algunos de ellos fueron el germen en la aparición de nuevas formaciones políticas como Podemos en España o Syriza en Grecia; mientras que, en otros casos, reforzaron corrientes más críticas dentro de organizaciones ya existentes como ocurrió con Berni Sanders dentro del Partido Demócrata americano o el Bloco de Esquerda portugués.
En mi opinión, y como ha señalado Raúl Zibechi en sus análisis de los movimientos sociales latinoamericanos, el paso de la autonomía a la institucionalización supuso el principio de su desactivación. Poner rostro, nombre y liderazgos a los movimientos permitió al sistema dirigir, más eficientemente, sus ataques como destacamos más abajo. Con todo, este conjunto de respuestas conformaría lo que sería el contramovimiento social-redistributivo.
Paralelamente, se gestaba otra respuesta a ese malestar de carácter identitario. Durante esos años nacieron algunas fuerzas políticas o se reforzaron algunos partidos en los que sus propuestas iban más centradas en aspectos como nación, orden y pertenencia cultural. En el caso español, nació VOX en el 2013; en Italia, Fratelli d’Italia en 2012; Alternativa por Alemania, en 2013. Mientras, otras formaciones más veteranas estaban ganando visibilidad como el Frente Nacional en Francia o Amanecer Dorado en Grecia. Estos partidos conformarían el contramovimiento reaccionario-identitario que evita el debate redistributivo centrándolo en aspectos culturales.
Mientras tanto, las opciones del progresismo neoliberal mantenían sus espacios institucionales evitando las reformas más profundas de calado económico y desarrollando sus políticas más destacables en el ámbito del reconocimiento. Este tercer bloque constituye el contramovimiento progresista-cultural.
Como se ha comentado anteriormente las tres formas de respuestas entablan una lucha para emerger como la alternativa que va a liderar una nueva fase capitalista. Si en un primer momento el contramovimiento social-distributivo parecía imponerse con sus demandas de carácter más material y de calado redistributivo, los otros dos bloques empiezan a trabajar para recuperar su espacio.
En el caso del progresismo neoliberal su agenda pretende trasladar el foco del debate a aspectos de carácter más identitario como la diversidad, moralidad o la sostenibilidad (un ejemplo sería la responsabilidad social corporativa o RSC). En el otro lado, el del bloque reaccionario-identitario ha centrado sus demandas en la antiinmigración, antieuropeísmo y antiprogresismo.
El progresivo arrinconamiento del contramovimiento social-redistributivo nos lleva a continuas repeticiones electorales que, aun así, no impiden que este llegue a los gobiernos, aunque siempre en minoría y junto a fuerzas del bloque progresista-neoliberal. Este paso por las instituciones transformó su propuesta de ruptura en gestión y, por tanto, su aquel “seamos realistas, pidamos lo imposible” a una simple administración de lo posible. No podemos olvidar el papel que los medios de comunicación han jugado en todo este proceso atacando a las caras visibles del bloque, destacando sus contradicciones y escondiendo los exiguos avances (que también ha habido).
Al mismo tiempo, han encumbrado al bloque reaccionario como una alternativa más, provocando que el eje del debate se desplazara inexorablemente hacia temas de reconocimiento. Y, paralelamente, el “fuego amigo” proveniente de unas fuerzas que se sitúan entre el progresismo neoliberal y el social-redistributivo (fuerzas que, históricamente, ante la disyuntiva entre ruptura o sistema siempre han elegido a este último) han acabado, parece ser, de debilitar al bloque que canalizó las demandas originales de carácter más económico y centrando, finalmente, el debate exclusivamente en la agenda identitaria.
En estos momentos resulta evidente que la pugna central se centra entre los bloques progresista-neoliberal y el reaccionario. El desenlace aún está abierto, pero parece claro que aquellos que preveíamos un final del neoliberalismo y augurábamos que el capitalismo entraba en fase terminal nos equivocamos. Otra vez, el sistema capitalista cae de pie y ante una de sus recurrentes crisis más que colapsar, muta. Ha desplazado a aquellos que lo cuestionan y rediseñado un futuro en el que los aspectos identitarios serán centrales para legitimar y sostener la nueva fase.
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Economistas sin Fronteras no se identifica necesariamente con la opinión del autor y ésta no compromete a ninguna de las organizaciones con las que colabora.
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