Comunicación
Los yonkis de la hipersimplificación
Pocas capacidades han definido tanto a nuestra especie como la de crear herramientas. Sin embargo, rara vez somos capaces de anticipar todas las consecuencias de nuestros propios inventos. Casi toda tecnología termina escapando a la intención con la que fue concebida y encontrando aplicaciones tan nobles como destructivas. Pensemos en el cuchillo, quizá uno de los ejemplos más sencillos. No sabemos con exactitud si la primera vez que se empuñó una de estas herramientas fue para cortar alimentos o si su destino fue herir a otro homínido. Sin embargo, hoy nadie dudaría en reconocer que un cuchillo es, al mismo tiempo, un utensilio de cocina y un arma.
Pero existe un matiz importante. Como señala Langdon Winner, no cabe juzgar moralmente una herramienta por el uso concreto que se haga de ella. Lo que sí posee una dimensión política es su diseño, pues este privilegia determinadas posibilidades, comportamientos y resultados sobre otros[1]. Basta comparar una bayoneta (una hoja acoplada al extremo de un fusil) con un cuchillo de mantequilla para advertir que el diseño nunca es neutral. Asimismo, las tecnologías de la comunicación contemporáneas están diseñadas para favorecer determinados usos sobre otros. No solo amplifican nuestros mensajes, también moldean la forma en que pensamos, discutimos y construimos consensos. Para una especie que ha basado buena parte de su desarrollo en la comunicación y se encuentra en una vorágine de información como nunca en la historia, esta condición resulta especialmente relevante[2].
La comunicación y las narrativas nos han acompañado desde el tribalismo más antiguo. A lo largo de los siglos nos hemos contado innumerables historias. Religiones, imperios, naciones e ideologías han echado mano de ellas para construir sentido de pertenencia, identidad y propósito. La comunicación comparte la misma naturaleza ambivalente que otras herramientas, pudiendo ampliar nuestra comprensión del mundo o reducirla hasta convertir la complejidad en consignas.
No obstante, quizá nunca habían desempeñado un papel tan determinante como en la actualidad. Hoy esa dualidad adquiere una nueva dimensión: la de una realidad mediada por una sociedad regida por la información. Según Byung-Chul Han, el poder contemporáneo ya no se ejerce principalmente mediante la prohibición, sino a través de la seducción[3]. Las plataformas digitales convierten la aparente libertad de elección en un sofisticado mecanismo de control: creemos actuar espontáneamente cuando, en realidad, nuestras preferencias, identidades y aspiraciones son moldeadas por sistemas cuyo modelo de negocio consiste en captar nuestra atención y mercantilizar nuestros datos.
Para entenderlo conviene hacer una comparación, ya que solemos abordar el problema de forma excesivamente abstracta. En entornos donde la presencialidad era la norma, nuestra identidad dependía en gran medida de la validación de los demás y moldeábamos el yo a partir de las interacciones y de las respuestas inmediatas que nuestro comportamiento generaba en quienes nos rodeaban, entrando así en una negociación constante con el colectivo. Si tenías un comportamiento reprobable para el grupo, eras rechazado y acababas cambiando de conducta o buscando otro grupo, según cuál de las dos opciones resultara más sencilla[4]. El criterio para aceptar o rechazar una determinada conducta o postura pública estaba condicionado por las dinámicas sociales y por el imaginario político y cultural compartido, que respondía a los mecanismos de control y poder de esa sociedad, fuese democrático o no.
Con la virtualización de los espacios de interacción esta lógica cambió por dos razones fundamentales. En primer lugar, la gobernanza de buena parte del espacio público digital pasó a depender de plataformas privadas cuyos algoritmos median nuestras interacciones cotidianas. La transición hacia la privatización del espacio público, fue como trasladar la plaza o el parque donde antes nos encontrábamos a un centro comercial: el espacio sigue existiendo, pero las reglas dejan de ser objeto de deliberación colectiva para responder a los intereses de su propietario.
Del mismo modo, también podría decirse que una parte del conocimiento pasó de asemejarse a una biblioteca pública a parecerse más a una librería: ambos permiten acceder a libros, pero uno concibe el conocimiento como un bien común, mientras que el otro lo inserta inevitablemente en una lógica de mercado[5]. En el espacio digital ocurre algo similar. Seguimos reuniéndonos, debatiendo e informándonos, pero lo hacemos dentro de infraestructuras cuya arquitectura, normas e incentivos son definidos por actores privados y no por la comunidad que las habita.
La promesa inicial del boom digital fue la de la democratización del conocimiento a través de un internet abierto. Sin embargo, ese sueño acabó diluyéndose. El debate sobre la gobernanza de la red nunca trascendió los círculos especializados y aquella ilusión tecnológica terminó explotándonos en la cara. El resultado ha sido descrito por algunos autores como tecnofeudalismo o infocracia: una configuración en la que una oligarquía global de empresas controla el flujo y la propiedad de los datos[6]. En la práctica, ello implica decidir quién es visible y de qué manera lo es.
En segundo lugar, tenemos un problema que va mucho más allá de que el algoritmo no sea público ni democrático. El verdadero cambio reside en que las plataformasno solo distribuyen información, al igual que el diseño del cuchillo, premian determinados comportamientos comunicativos y penalizan otros. También están transformando la manera en que construimos síntesis dialécticas y alcanzamos consensos. Aquí volvemos a la dualidad de las herramientas. La simplificación es, igual que el ejemplo del principio, tanto un utensilio como un arma. Toda pedagogía comienza simplificando. Explicar un fenómeno complejo exige eliminar detalles para que el receptor pueda construir una comprensión gradual. La simplificación, entendida como recurso pedagógico, no es enemiga de la complejidad; es la puerta de entrada a ella. El problema aparece cuando deja de ser un puente y se convierte en el destino final.
La condición actual de la comunicación parece ser la de la hipersimplificación para el consumo inmediato, la llamada “tiktoktificación” del discurso. El principio del keep it simple dejó de ser un recurso dentro de las estrategias de comunicación para convertirse en la lógica dominante. No somos únicamente consumidores de información; nos hemos convertido en yonkis de una forma muy concreta de información: aquella que ofrece la recompensa inmediata de creer que comprendemos un mundo extraordinariamente complejo mediante explicaciones extraordinariamente simples.
Como toda adicción, esta también modifica nuestros hábitos. Cada nueva dosis de contenido breve reduce progresivamente el umbral de atención necesario para enfrentarnos a ideas que exigen tiempo, matices e incertidumbre. ¿Cuál es el problema? Que los fenómenos sociales, económicos y ambientales que requieren nuestra atención rara vez caben en vídeos de treinta segundos. Marshall McLuhan lo anticipó hace décadas: «el medio es el mensaje»[7]. Es decir, el medio condiciona aquello que puede decirse. Si el flujo de información debe ser breve, acelerado y estimulante, el contenido termina adaptándose a esas exigencias.
Así, no solo se simplifica aquello que decimos. También la manera en que lo decimos, el público al que nos dirigimos e incluso la forma en que construimos nuestras identidades políticas. Pensar deja de ser un proceso y pasa a convertirse en un gesto, en el que te adhieres a una idea con un repost; como si de un dogma de fe se tratase. La desinformación encuentra entonces un terreno especialmente fértil y deshumanizar al adversario resulta extraordinariamente sencillo: deja de ser una persona para convertirse en una caricatura.
La espectacularización del debate público está empobreciendo la conversación colectiva y, quizá lo más preocupante, la virtualización de la interacción reduce las ocasiones en las que las personas se ven obligadas a contar perspectivas distintas en un mismo espacio compartido. Sin ese roce cotidiano, las cámaras de eco encuentran un caldo de cultivo ideal y se favorecen procesos de radicalización.
La respuesta de buena parte del mundo académico y científico ha sido proponer una suerte de cruzada de la ciencia, que recupere las discusiones sustentadas en bibliografía y la elaboración de ideas complejas para arrojar luz a este panorama. Sin embargo, hay un par de problemas con esta idea. Las discusiones complejas parten con desventaja en la situación actual. El problema no radica únicamente en la dificultad de los argumentos, sino también en la percepción de que estos llegan acompañados de una jerarquía moral. La confrontación al gran público usando estas banderas ha suscitado que la complejidad y el pensamiento crítico sean percibidos como irrelevantes, anacrónicos o incluso inútiles, tiñendo a intelectuales, divulgadores, analistas y científicos de soberbios. A pocas personas les gusta sentir que están siendo educadas desde una posición de superioridad.
Entonces ¿hay soluciones posibles? Esa es precisamente la discusión de nuestro tiempo. Aunque hemos dedicado enormes esfuerzos a comprender cómo la hipersimplificación se ha convertido en una de las herramientas predilectas de los movimientos reaccionarios y populistas, seguimos disponiendo de pocas estrategias eficaces para contrarrestarla, especialmente cuando se combina con la frustración y el miedo. En teoría, el reduccionismo debería terminar estrellándose contra la terquedad de los hechos, pues los límites de la posverdad son, al menos en teoría, la evidencia empírica. Sin embargo, la estrategia basada en que “el dato mata al relato” parece insuficiente.
La comunidad científica ha tendido a confiar en exceso en la fuerza de las pruebas empíricas y de los argumentos racionales. Sin embargo, ejemplos como las campañas sobre el cambio climático o las iniciativas de fact-checking muestran resultados limitados cuando solo se apela a la estadística cruda[8]. Quizá estemos jugando un partido amañado: combatir dentro de las redes sociales, aceptando las reglas impuestas por sus algoritmos, ofrece escasas probabilidades de éxito. Pretender domesticar el monstruo o utilizar esos canales para conducir a la población hacia espacios de mayor complejidad resulta, cuando menos, optimista. ¿Con qué frecuencia alguien pasa espontáneamente de un TikTok o un reel a leer un libro, un artículo académico o un ensayo?
El algoritmo fagocita los intentos de salir de este, ofreciendo una recompensa inmediata en forma de dosis de dopamina en el siguiente contenido corto o video viral, eliminando el interés por profundizar un tema que pueda despertar el contenido. Mientras, profundizar exige tiempo, esfuerzo y la posibilidad incómoda de descubrir que uno estaba equivocado.
La alternativa, aunque pueda parecer anacrónica o heterodoxa, podría pasar por recuperar espacios de presencialidad. Algo parecido a lo que Hannah Arendt reclamaba en los años setenta: un regreso al mundo común de los hechos compartidos[9]. Lugares donde compartir una idea implique algo más que dar un repost o compartir una publicación; donde también sea necesario convivir con quienes piensan distinto y aprender a sostener el desacuerdo. Puede objetarse que esta propuesta supone una nostalgia injustificada o una renuncia a los avances tecnológicos, una suerte de retrotopía. Pero la respuesta difícilmente puede reducirse a un sí o un no a las redes sociales.
No se trata de abandonar los beneficios de internet, sino de ejercer una mayor curaduría sobre los espacios en los que participamos y sobre aquello que decidimos consumir. Conviene recordar que formar parte del torbellino de la economía de la atención nunca es gratuito. Tal vez haya llegado el momento de preguntarnos si resulta deseable que un jefe de Estado anuncie sus decisiones mediante una red social o si una parte tan significativa de nuestra acción política y ciudadana deba desarrollarse exclusivamente en el entorno digital. Después de todo, las herramientas nunca son completamente inocentes.
Algunas amplían nuestras capacidades, otras terminan moldeando nuestros hábitos. La comunicación seguirá siendo el instrumento más poderoso que hemos creado. La cuestión ya no es si seguiremos utilizándola, sino si permitiremos que sean esas herramientas las que decidan, cada vez más, cómo pensamos, cómo deliberamos y hasta qué punto seguimos siendo capaces de comprender la complejidad del mundo.
Notas a pie de página:
[1]Winner, L. (1980). “Do Artifacts Have Politics?”. Daedalus, 109(1), 121–136. https://www.jstor.org/stable/20024652
[4] Mead, G. H. (1913). “The Social Self”. The Journal of Philosophy, Psychology and Scientific Methods, 10(14), 374–380. https://doi.org/10.2307/2012910
[5] Soudias, Dimitris (2021) Imagining the commoning library: alter-neoliberal pedagogy in informational capitalism. Journal of Digital Social Research, 3(1), 3959. https://doi.org/10.33621/jdsr.v3i1.58
[6] Varoufakis, Y. (2024). Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo. Deusto.
[7] McLuhan, M. (1964). Understanding Media: The Extensions of Man. McGraw-Hill. (Ed. en español: Comprender los medios de comunicación: Las extensiones del ser humano.)
[8] Hidalgo Villodres, M. del C., Casado Castro, F., & García-Leiva, P. (2014). “Comunicación sobre el cambio climático: Mejorando la eficacia de campañas públicas”. Escritos de Psicología – Psychological Writings, 7(2), 28–35. https://doi.org/10.24310/espsiescpsi.v7i2.13256
[9] Arendt, H. (1972). “La mentira en política”. En Crisis de la República. Taurus.
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