Ecologismo
De cuando volver ya no tuvo componentes de llegar
Abracé a mi mamá.
Lo que me desconcertó fue que no me hubiera despertado el calor. A esas horas, por lo general, la humedad del aire estaría ya condensada en los pliegues de mis codos, de mis rodillas, debajo de mis fosas nasales. Golpeaban la puerta con insistencia. Como si mi gato de la infancia, de pronto, hubiera reencarnado en forma humana y notado que ya era hora de su dosis matutina de atún. Me hubiese quedado ahí. Sintiendo el suelo de cerámica aún frío en contacto con la piel de mis muslos, de mi cadera, de mis costillas izquierdas, de mi brazo. Pero a mi gato personificado no parecía importarle que fuera mi mañana libre. Que justo hoy, Celia hubiese escogido ese turno de riego. Que justo hoy Héctor monitoreara el espacio de las infancias. Que justo hoy , vamos, que quería dormir. Me levanté. Al cabo que desatender lo incómodo es aprendizaje forzoso, y ya estoy bien de esos. Me puse la camiseta que me había arrancado en algún momento de la noche sin darme cuenta y abrí la puerta.
Cogiste tus cosas.
Abriste la puerta. Tenías la camiseta puesta al revés y se traslucía tu piel morena por debajo. En parte por el sol que te tiñó de frente, en parte por la generosa vida de esa tela con estampas ya desdibujadas. Se notaba que apenas habías despertado pero no había reproche en tu actitud. Al contrario, mostrabas la pasividad propia de alguien que ya no se sorprende por las visitas sin aviso y hasta un poco disfruta del caos de la heterogeneidad apropiándose de su casa. No dudaste en hacerme pasar. No me conocías. Y no te importó.
Me subí al avión.
Cada vez que ponía agua a calentar no podía evitar mirar fijamente para que no se me pasara. El agua del mate jamás debe hervir, y me quedó el reflejo de quitarla rápidamente del fuego al mínimo asomo de burbujitas, aunque el té de manzanilla no fuera tan exigente con la temperatura como la yerba. Yo sé que me estaba esperando. Probablemente preguntándose porqué simplemente no me levantaba cuando escuchara el chirriar de la pava. Pero es que no podía saber que ese pequeño acto de paciencia y cuidado, era lo único que me quedaba. Lo que aún me anclaba a una identidad diluida en la adaptación.
Nunca más volviste.
Al rato apareciste con dos tazas humeantes que desprendían un fuerte aroma a manzanilla y miel. No te costó traer al caso alguna conversación banal para evitar la rudeza de ir al grano. Tampoco te costó preguntar con gentileza y escuchar mi monólogo, sin interrumpir, sin que te consumiera por dentro la ansiedad de una respuesta trepando por la garganta. Te parecía hasta broma que te estuviese buscando y tenías que apretar fuerte los labios para que no se te escapara una risa inadecuada. Incredulidad. O quizás ilusión de que estuviese evocando una parte de ti que has debido duelar tiempo atrás, que has debido esconder, que se ha diluido por adaptación hasta casi desaparecer.
Dejé de escribir.
Sí. Era poeta. Fui poeta. Y un día me resigné. El día en que quise decirte, escribirte, que llevás el Río Paraná en los ojos y que eso fuera solo un recuerdo de algún tiempo sin sequía. El día en que quise decirte que sos un rayito de sol en invierno entrando por las rendijas de mi ventana, pero ya no había bajo ceros y en el medio habíamos perdido todos los diminutivos. El día en que quise contarte que sos los abrazos de mi mamá, pero que hayan quedado del lado del Atlántico al cual nunca más pude volver. El día en que quise compararte con la fuerza de mis amigas, cuando otras fuerzas doblegaron su resistencia y ahora sí, se rindieron. No quise. Me negué. Me negué a tener que decir que llevás el color del trigo HB4 en tus ojos. Que lo mejor que hay entre nosotrxs es este espacio aireado que retrasa el sudor hasta la hora pico. Que tu sonrisa reluce como los campos de regadío de Almería. Que tus abrazos me envuelven por completo como este capitalismo crudo. Que tenés la fuerza de una multinacional para hacer saltar todos los derechos por los aires. No quise. Me negué. Había llegado el día en que, de quitarnos tanto, nos quitaron la poesía.
Dejaste de escribir.
Te necesitábamos. Te parecía absurdo. No podías entender que buscásemos tu poesía. Pero es que tu poesía, leída, releída, musicalizada, rimada y pegadiza, nos permite construir deseos alcanzables. Tu poesía es la publicidad que resignifica lo valioso, que nos hace añorar la vida que ahora tenemos y sacar del deseo colectivo horizontes incoherentes que nos han traído hasta aquí. Tu poesía encuentra libertad en el límite, y placer en el descanso, en las manos en la tierra, en los sonidos del viento, en las infinitas combinaciones de colores de los cielos en atardecer. Y sabía que un día te habías rendido. Que te habían ganado los anuncios de altas tecnologías, de cruceros lujosos, de coches veloces, de viajes a alguna parte del mundo irregistrable en nuestro radar humano. Ya casi no quedaban poetas, y aún quedaban grupos sociales que se resistían a abandonar los ideales comerciales.
Nunca más volví.
Me invitaba a revertir la publicidad, a hacer atractiva una forma de habitar el mundo más sencilla, a reinventar los anhelos, a jaquear los antojos y sembrar deseos, verdaderamente, comunes. Temblé de miedo. No tanto por creerme incapaz de escribir, sino más bien por temor a no poder volver. No poder volver a ver como veía, a sentir como sentía, la vida. Hasta que noté sus manos buscando el calor de la taza, rodeándola con dulzura y gratitud, como si afuera no se incendiara el mundo, y acepté.
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