7 abr 2026 06:00

Valle está durmiendo plácidamente la siesta, hasta que un ronquido de Espiga irrumpe estrepitosamente su sueño. Valle no es una persona normal. Tiene 15 años, hasta ahí todo bien, pero el concepto de “normalidad” ha cambiado drásticamente en los últimos 60 años. Tanto que apenas es reconocible el mundo en el que Valle y Espiga están dormitando tranquilamente. Para empezar, no viven con sus padres, sino que son dos adolescentes que viven en una comunidad juvenil. Un proyecto de convivencia de gente joven que, bien por voluntad propia, bien por no tener familia u otro proyecto colectivo, han decidido vivir allí.

Se acaba de desperezar de la merecida siesta, bostezando. Llevan toda la mañana arreglando la batería de las placas solares, pero ahora que empieza a refrescar quiere ir a visitar a su abuela. En su comunidad están organizando el encuentro primaveral, para juntarse con otros proyectos juveniles de toda la región. Esos encuentros suelen ser muy divertidos, se conoce otra gente y otras maneras de organizarse, y quiere proponerle a su abuela que participe en las intervenciones, ya que su abuela, que fue una de las personas más activas de la revolución en la zona, siempre tiene historias interesantes que contar.

Echa un último vistazo a Espiga, que sigue roncando en su hamaca, coge la bicicleta y comienza a atravesar las calles hacia casa de su abuela. Otra de las cosas que no son normales, es que, desde el estallido de la crisis climática y el colapso demográfico, los espacios se han hecho más grandes y más pequeños al mismo tiempo. Los barrios se han convertido en pueblos, y las ciudades grandes se han ido dividiendo en núcleos más pequeños de manera bastante natural con el tiempo.

Atraviesa el último tramo de huerto con la bici en la mano, saluda a un par de persona que están regando los tomates, y llega a la casa de su abuela. Se la encuentra, como siempre, en su taller. Ella tampoco vive en la comunidad familiar. Es una persona muy independiente, y hace años decidió que prefería vivir con sus antiguas compañeras de lucha. Habían restaurado una manzana de casas molineras y trabajan el huerto de la plaza central y los servicios comunes, manteniendo bastante autonomía dentro de sus viviendas.

Como algunas de las personas de la comunidad de su abuela eran muy mayores, las casas juveniles de la zona se turnan para ayudarles en las tareas diarias, y a cambio las personas más viejas daban clases a las jóvenes. Abarcan todas las materias, desde matemáticas o lenguas, a otras más raras, como agricultura, mecánica o memoria.

Esta era la clase que más le gustaba a Valle, básicamente consistía en escuchar las historietas de su abuela y sus colegas sobre cómo empezó la revolución y el contexto y la cultura popular del momento. Siempre contaban cosas sorprendentes, como que la gente usaba internet no para comunicarse, sino para criticar a personas que ni tan solo conocían o para subir fotos de si misma en algo que llamaban redes sociales. Cuando contaron esto en clase, a Valle y Espiga les dio tal ataque de risa incontrolada que se tuvieron que salir del aula, ya que no podían imaginarse nada más ridículo. Definitivamente, la gente prerrevolucionaria era bastante rara.

Estos intercambios de tareas y materiales entre comunidades vecinas son bastante comunes, y por lo general, funcionan muy bien, aunque obviamente, siempre hay que solventar problemillas, ya que hay a quien se le dan mejor unas tareas que otras.

Su abuela es un claro ejemplo de esto, es un desastre con las plantas. Cosa que le hace bastante gracia, ya que para ser una de las madres de la revolución ecosocial, nunca pudo mantener vivo ni a un cactus, pero aun así siempre se intenta esmerar en los turnos del huerto. Sin embargo, lo que en realidad a ella le encanta es su taller. Sabe arreglar prácticamente todo, y es más fácil verla cubierta de grasa que de tierra. Valle se parece bastante a ella, y sonríe para si cuando se la encuentra, toda despeinada y sucia, devolviéndole a un hombre una batidora.

- Ahora debería funcionar - Le dice – pruébela en casa y me dice.

- Gracias, le dejo ahí unas conservas por su ayuda – Pero la mirada del hombre expresa de todo menos agradecimiento.

El hombre sale renqueando del taller hacia las afueras del barrio. Le invaden la ira y el desprecio. No se puede creer tener que vivir de aquella manera y tener que pedirle ayuda a una de las personas responsables de que él ahora tenga que vivir así.

En los tiempos previos a la revolución él, un señor poderoso, era de los que pensaba que el hombre nace y muere solo. Se tenía por una persona hecha a sí misma, independiente y exitosa, que no necesitaba nada de nadie y que tampoco estaba dispuesta a ayudar a nadie que a sus ojos no se lo mereciese y siempre a cambio de algo, claro.

La revolución le había puesto en su sitio. Cuando la energía y los materiales empezaron a escasear, cuando el ejército de servicio doméstico que tenía a sueldo había abandonado su casa, cuando las acciones, inversiones y criptomonedas demostraron ser humo, se dio cuenta de que estaba solo y que era un inútil para la vida real.

Cuando triunfó la revolución, se encontró además teniendo que elegir entre afrontar un proceso de justicia transformativa para responsabilizarse de todos sus actos, o huir. En un principio eligió el proceso, pensando ingenuamente que pronto las cosas volverían a su cauce o que podría engañar a esa panda de hippies. Les despreciaba por no haberlo castigado como habría hecho él en su lugar, pero al mismo tiempo, en el fondo, sabía que no podía sobrevivir sin su ayuda y aunque nunca lo reconocería públicamente, esta nueva forma de vida empezaba a gustarle.

Ya en su casa, enchufó la batidora, y esta comenzó a girar al apretar el botón.

- Malditos perroflautas – refunfuñó desplomándose en el sillón con esa mezcla de desprecio, agradecimiento y resignación que le dejaba exhausto.

Levanta la cabeza y ve como entra Valle en su taller, que le da un beso y se queda mirando al señor alejándose cabizbajo.

- ¿Quién era abuela?

La abuela sonríe con ironía.

- No te lo vas a creer, pero ese hombre era el directivo de una petrolera antes de la revolución – Se ríe – uno de los hombres más ricos y déspotas en su momento.

- ¿En serio? ¿Y qué hace aquí?

- Llegó hace unos años. Después de la revolución y de la repartición de las tierras y los bienes de producción entre comunidades, se iniciaron los procesos de justicia comunitaria hacia los grandes magnates. Unos pocos huyeron, supongo que temían que las represalias fueran tan graves como sus crímenes. No lo fueron. La mayoría se reintegraron en comunidades después de los procesos, y como este hombre, ahora viven en comunidades y contribuyen igual que el resto.

- Pero, ¿No hubo castigos?

- No, no como tales, aunque supongo que, para gente como él, ya es bastante castigo tener que trabajar – Se ríe – tú no lo has llegado a conocer, claro, pero antes había gente que pagaba a otra para que le hiciesen la comida o le limpiasen la casa. Tenían varios coches e incluso yates, y viajaban en aviones como quien ahora coge una bicicleta.

- No me lo puedo imaginar…

- Eso es bueno – Le dice – cuando hicimos la revolución, llegamos a la conclusión de que seguir perpetuando el castigo como forma de justicia no nos iba a ayudar a construir una nueva sociedad. Que era necesario romper con esa lógica. De momento nos está funcionando, ¿No crees?

- Si, supongo que sí, … Aunque a veces es bastante pesado tener que resolverlo todo en procesos larguísimos y asambleas infinitas, la verdad – Suspira y mira a su abuela de soslayo.

- Claro, nadie dijo que fuese fácil – Vuelve a reírse – no lo llamaríamos lucha, si fuese fácil. Pero tampoco nadie dijo que la utopía fuese la ausencia de conflictos, sino más bien donde estos se intentan resolver de manera más justa.

Mira a Valle sonriendo, y mientras le pasa un destornillador, piensa satisfecha, que todo ha salido mejor de lo que nunca pudo imaginar.

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