Movimientos sociales
¿Cómo colectivizar los legados del pasado?
El pasado noviembre, apoyada por una de las Ayudas públicas para la creación, investigación y producción de proyectos artísticos en residencia del Ministerio de Cultura, inicié una biblioteca de copias de prensa marginal en La Casa Invisible de Málaga. Por “prensa marginal” se conocían entonces las autoediciones, la prensa autogestionada, despuntada en todo el estado español a la muerte de Franco. Eran antecedentes del fanzine, del punk editorial, pero lo más importante era el gesto: publicar, publicarse, aparecer en la esfera pública sin pedir permiso, prescindiendo de toda tutela o mediación. Se trataba de tomar la palabra, como señaló aquel célebre boletín editado en solidaridad con la Coordinadora de Presos en Lucha (COPEL) (1976-1978), Quienes no han tenido el “derecho” a la(s) palabra(s), la(s) toman YA, del que también he hablado en otro artículo. Se trataba, además, de ejercer el pensamiento y la creación por fuera de los marcos –burgueses, clasemedianos en ascenso– que definían quiénes eran o no los sujetos “autorizados” para escribir, pensar, dibujar: crear sentido en el mundo.
A la biblioteca de copias la llamé F.L.O.R. porque siempre hay flores silvestres, ortigas floreciendo, en las páginas de esta prensa distinta, y porque siempre da gusto imaginar las contraculturas –o la Contracultura, un magma difuso del que brotan gestos, imágenes y formas de vida en el tiempo largo– como un cardo entre baldosas, rastrojos que revientan el urbanismo sutil pero infatigablemente. Contraculturas que son hermosos y punzantes cardos valientes.
El nombre responde a las siglas del Fondo de Lenguajes a la Orilla del Régimen, y habla de un lugar donde se depositan estas formas de articular mundos que son lenguajes; pero también de los alborotados bordes de un régimen que no es tan solo el franquista: la prensa marginal nos remite a una “nueva clandestinidad”, como señalaban Los Incontrolados en 1977, aquella que aparece una vez capitula la militancia antifranquista, y aloja las formas de deseo y libertad sepultadas por el nuevo Estado democrático. Por supuesto, es intencional que la sede del F.L.O.R. sea La Casa Invisible, un centro social que defiende la cultura libre, la autogestión y la vida bella por fuera del lucro y el éxito en el corazón de Málaga, una ciudad hoy parasitada por el turismo. La Invisible ocupa desde 2007 –también sin permiso– un palacio decimonónico propiedad del Ayuntamiento encabezado por Paco de la Torre (Partido Popular). Es un lugar liberado y clandestino en ese mismo sentido, ya que se escabulle entre las rendijas del Estado, el mercado y la burocracia, y demuestra con su insistencia –19 años– que podemos más, y que podemos otra cosa: vidas por fuera de la carestía, por fuera de la grilla de una ciudad enclaustrada por el extractivismo norteño, vidas plenas que abrazan la abundancia del apoyo mutuo.
A la biblioteca de copias la llamé F.L.O.R. porque siempre hay flores silvestres, ortigas floreciendo, en las páginas de esta prensa distinta.
La biblioteca de copias se arraiga en un momento de inflexión histórica global, herido por el rearme de las derechas y el autoritarismo, el genocidio y la guerra imperialista. También nace en el 50 aniversario del final del franquismo, lo que desde el gobierno central se está conmemorando a través de la agenda “España en Libertad. 50 años”, y lo que desde La Invisible tratamos de ejercer desde abajo y entre resquicios, retomando los gestos de aquellas otras formas de hacer la libertad, la creatividad o la agencia política en postdictadura – ayer y hoy. De algún modo, se trata de colocarnos un espejo, preguntarnos por nuestras propias capacidades, nuestras propias vidas, a través de las palabras e imágenes estalladas en las calles en aquel momento post-1975.
Es por eso que abrí este texto hablando del F.L.O.R., pero en él me gustaría ensayar varias respuestas a la pregunta que le da título: ¿cómo colectivizar nuestra historia? O de otra forma, ¿por qué evocar hoy aquellas contraculturas?, ¿cómo redistribuirlas en el espacio público de un modo realmente emancipador y acorde a sus propias prácticas, desbordando los cauces de la historiografía académica, la industria editorial o la institución museística? O de otra forma, ¿por qué esto debería importarnos?
Vidas y sobrevidas de la Contracultura
El pasado 4 de marzo presentamos en la librería Traficantes de Sueños de Madrid el libro Música dispersa. La contracultura de los años 70 en España como si realmente importara, editado por Postmetrópolis. Es una antología de textos dedicados a las contraculturas transicionales que firma José Ardillo, pseudónimo de un conocido autor en entornos libertarios y antidesarrollistas. Allí, Ardillo esgrime una mirada generosa, fina y exigente con un momento, los 70, y un movimiento de movimientos, la Contracultura, abriendo ventanas que habilitan cierta frescura y oxigenación en una habitación cargada. Me refiero a que en la última década hemos asistido al crecimiento exponencial de publicaciones y exposiciones sobre esta época y estas prácticas –pienso en Germán Labrador, el Museo Reina Sofía y su adquisición del Archivo Lafuente, las exposiciones de Pepe Ribas sobre Ajoblanco, Jordi Costa, Alberto Mira, Libros Walden, Colectivo Bruxista, Elena Rosillo o yo misma–, y sin embargo el trabajo de Ardillo ofrece algo inédito. No es fetichista ni académico, pero sí es minucioso y honesto.
Es intencional que la sede del F.L.O.R. sea La Casa Invisible, un centro social que defiende la cultura libre, la autogestión y la vida bella por fuera del lucro y el éxito en el corazón de Málaga, una ciudad hoy parasitada por el turismo.
Ya en el propio título el autor nos invita a practicar un acto de fe, una creencia: que asumamos que las contraculturas setenteras importan. Hay algo cautivador en el modo en que Ardillo muestra su relación con estos mundos; sobre cómo fue un adolescente organizado contra la Ley orgánica del derecho a la educación (LODE) en 1986 que participaba en las revueltas contra la subida de tasas y el endurecimiento de las pruebas de acceso a la universidad, leyó un Ajoblanco y ya no pudo parar. Dice que allí encontró “una comunidad de sueños y esperanzas” (p. 4) y, lo más importante, un universo que se oponía de forma militante contra la “mediocridad democrática” (p. 20). Que la vida podía ser otra cosa, una vez más, y que lo Real se sustentaba en el borrado, amputación quirúrgica, de todas aquellas formas de fuga y subversión del nuevo orden.
Del libro de Ardillo me llevo detalles y miradas, pero especialmente una pregunta compartida: ¿por qué nos acercamos a estos momentos, si no los hemos vivido? Sabemos que hay algo magnético en el modo en que tanta gente promovió entonces iniciativas artísticas, extra-artísticas, por el simple placer de hacerlo. Es decir, sin deseo de lucro o reconocimiento. También hay algo poderoso en que muchas de ellas se vincularan, de un modo u otro, a un proyecto político-filosófico de largo recorrido como el anarquismo transnacional. Este magnetismo es precisamente lo que explica el “boom”, la recuperación contracultural, de la última década. Pero especialmente la multitud de relaciones, íntimas y colectivas, que muchas hemos establecido con estos pasados. Para Ardillo, el encuentro iniciático con los 70 –o más bien, con la efervescencia contracultural de la postdictadura– se dio en 1986, cuando participaba de un movimiento integrado por alumnos de secundaria. Para mí fue en 2017, en plena ola feminista, cuando organizábamos la huelga global del 8M y despuntábamos colectivos, encuentros y festivales en cada barrio de Madrid tras la resaca del 15M.
¿por qué nos acercamos a estos momentos, si no los hemos vivido? Sabemos que hay algo magnético en el modo en que tanta gente promovió entonces iniciativas artísticas, extra-artísticas, por el simple placer de hacerlo.
Ahora pienso, leyendo a Ardillo, que quizás lo más atractivo de estos movimientos sea su relación con el fracaso. Es algo que él desarrolla en el texto dedicado a la banda y álbum homónimo “Música Dispersa”, que además titula su libro (p. 198). Una de las críticas más habituales a la Contracultura setentera es precisamente su fracaso; su “no victoria” revolucionaria. Y es precisamente este fallo o tara inevitable, la ausencia de trascendencia histórica en un sentido totalitario, lo que la hace tan fascinante y retadora. Dice Ardillo que este fracaso es precisamente una precondición para la libertad, y habla de la “generosidad vital” de estos pequeños enormes experimentos. “La millor lluita es la que es fa sense esperança”, dicen que decía también el guerrillero anarquista Francesc Sabaté: el éxito no certifica la dignidad y sentido de un hacer revolucionario. Todo esto me hizo preguntarme sobre qué experiencias del fracaso hemos perdido colectivamente, y cómo es precisamente esto lo que nos atenaza o inmoviliza. ¿Debemos aprender de nuevo a fracasar para poder “hacer” algo distinto, emancipador? ¿Debemos retomar este sentido del fracaso? O, mejor dicho, ¿es acaso el éxito una parte más de esta “mediocridad democrática” que nos aprisiona en horizontes y existencias amputadas, sepultadas por mitos disciplinarios (coche, trabajo, familia, propiedad, triunfo electoral, triunfo simbólico)?
Una historia otra y cualquiera
La colectivización como acontecimiento y práctica política nos remite, inevitablemente, a la experiencia libertaria despuntada durante la guerra civil española (1936-1939), cuando fábricas, transportes y tierras son tomados por las clases populares. Y en este punto quiero evocar una de las páginas alojadas en el F.L.O.R., en cuya esquina aparece una “vieja anarquista” vestida de negro, sentenciando que “en el 36 sí que había comunas”. Está incluida en Abejorro, el boletín que edita en 1978 el Ateneo Libertario del barrio madrileño de Usera, de algún modo ancestro de La Casa Invisible malagueña. Los ateneos setenteros, a su vez, eran un eco actualizado de aquellos otros previos a la guerra, centros de cultura popular que buscaban no solo la alfabetización de las clases trabajadoras, sino precisamente su emancipación a través de la creación de una cultura propia, antiburguesa. En la transición, estos centros sociales autogestionados, refundados, provocan el encuentro entre las generaciones del exilio y adolescentes repletos de deseo.
Es aquí donde encontramos una feliz constelación de referencias anudadas entre siglos: el anarquismo como hogar para las contraculturas, las contraculturas como algo más fiero que un simple estilo. Es por eso que me preguntaba cómo, si precisamente estas prácticas se enhebran de forma más o menos explícita con una historia larga de autogestión revolucionaria –porque sí, hablemos de revolución– podríamos socializar, colectivizar sus memorias sin osificarlas, fetichizarlas, nutriendo precisamente movimientos y sujetos que continuaran este compromiso hoy. Finalmente, se trata de protegernos de la desmemoria, del presentismo absoluto que facilita la recuperación y vaciamiento de estas prácticas, para poder reconocernos y cultivar nuestros propios significados.
En primer lugar, cabría preguntarnos por nuestra relación con la historia. Por la posibilidad, en definitiva, del acceso a esta parte del conocimiento, habilitado por museos, universidades, publicaciones y otros dispositivos encargados de producir y distribuir el saber histórico. Y, por otro lado, por la necesidad de generar herramientas e infraestructuras que no solo faciliten el consumo de un “contenido” sobre el pasado, sino también una práctica generativa, productiva, que nos ponga en relación con estas memorias, relatos e imaginarios para catapultar nuestra imaginación.
Si las contraculturas abogaban por autorías colectivas, anónimas o difusas, deberíamos comenzar abordando este lugar de enunciación para sus memorias y, en último término, preguntándonos quién tiene la autoridad para escribir estos pasados. Como ha señalado Luis Moreno-Caballud en Culturas de cualquiera (2017), la noción de “autoridad cultural” –aquella representada por la figura del Experto– se erige como uno de los mecanismos de dominación de la modernidad occidental (“saber-poder”). Como piedra de toque de la sociedad de clases, se trata de un autoritarismo cultural monopolístico, que expulsa de la producción y la relación con el saber a todos los demás –los no expertos, esta vez sin mayúsculas–, desposeyéndolos de su capacidad individual y colectiva para crear sentido, y relegándolos a la producción y reproducción de la vida. Es decir, provoca una desconexión entre el sostenimiento de la vida y la capacidad de pensar-crear. Es en este punto donde las culturas de cualquiera, los “cualquierismos”, se erigen en Contracultura emancipadora, pues nos remiten a aquellas prácticas de autogestión, remezcla y reapropiación que no rechazan estos saberes especializados, pero sí su instrumentalización dentro de este perverso monopolio sobre el saber.
Frente a la despolitización aséptica y experta que acompañó a la modernización cultural del estado español en los 70, existió todo un sustrato alimentado por ateneos, grupos de teatro, radios libres y colectivos editoriales que imprimió una dimensión cualquiera y cualquierista, comunitaria y autogestiva en sus prácticas, ajenas a los valores clasemedianos –consumo, trabajo, ocio, familia, propiedad– del tardo y postfranquismo. Se trataba de cambiar la vida. Y por eso allí nos encontramos a los presos en lucha, los psiquiatrizados, las asociaciones vecinales, las feministas o los militantes por la liberación sexual que, desde aquellos márgenes llenos, repletos, nos decían que la vida podía ser y era otra cosa.
El F.L.O.R. quiere aliarse con estas prácticas y sujetos desde una escritura distinta de sus pasados: una escritura que son encuentros, conversaciones, intervenciones en el espacio público o talleres acompañados por colectivos y compañeros que abogan por otras formas de hacer hoy. En definitiva, son procesos abiertos, inconclusos, que arrojan una relación productiva con la historia. Es por eso que el F.L.O.R. tenía que estar en una sede de movimientos, un espacio de experimentación vital como La Invisible, para que cualquiera pudiera no solo acceder, sino también manipular, intervenir, trastocar este fermento histórico para hacerlo propio y de todas.
¿Cómo florece una ortiga?
Las copias son la materia prima del F.L.O.R: fotografías y escaneos impresos de publicaciones que encontré a lo largo de una década en archivos dentro y fuera de España, al hilo de una tesis doctoral dedicada a la edición marginal en los 70. También llegan nuevos materiales a través de una convocatoria siempre abierta, como la carpeta que nos legó Ale Moscoso, repleta de pequeñas revistas poéticas salvadas de una mudanza; o el pen drive que Paco Zugasti me entregó en un día lluvioso de enero, donde recogía todo su trabajo de años digitalizando los fondos hoy extraviados del Archivo Histórico Confederal (CGT) de Málaga. Estas copias tienen a su vez su propia genealogía, pues fueron hechas con empeño y dificultad recurriendo a las impresoras del medialab invisible, burlando la obsolescencia y otras taras impuestas por el tiempo.
La copia no es solo un material, sino un gesto intencional. Fue Nico Cuello, coautor de Ninguna línea recta (2021) y editor en Alcohol y fotocopias, quien me trajo al consciente el sentido de “copiar” estas revistas el pasado verano: durante un encuentro en linda linda librería, en Buenos Aires, me señaló que replicar y redistribuir estas publicaciones era una forma de reventar el fetichismo del documento, la conservación embalsamada, y poner en uso, en sus propios términos, algo que no se quiso histórico ni historizado. Algo que se quiso ausente del Canon. Es decir, la prensa marginal salió al presente desde el presente, burlando toda forma de trascendencia (cualquierismo, decíamos) y abrazando la urgencia del deseo. Es por eso que el F.L.O.R. son estos papeles copiados, pero también paredes o textiles intervenidos con la gráfica y las palabras de estas publicaciones, y sobre todo las conversaciones y pensamientos que afloran cuando estamos alrededor y en relación con ellos.
Por “prensa marginal” se conocían entonces las autoediciones, la prensa autogestionada, despuntada en todo el estado español a la muerte de Franco.
Las digitalizaciones se alojan en la nube y pueden llevarse a cualquier lugar, pero el F.L.O.R. se convoca y concreta a través del papel. Hay que imprimirlo. Fue intencional no convertirlo en una plataforma digital, a pesar del eco y la utilidad que podría tener un proyecto así. Se trata, en cambio, de continuar otra de las formas de hacer que encontramos en la edición marginal: provocar encuentro, crear contexto. Si una página es un lugar, y la lectura de estos papeles implica el tacto y la relación con el espacio físico y los otros, la biblioteca quería continuar este compromiso. De algún modo, es además una forma de desmarcarnos de la relación social diluida, desapegada e individualizada que provoca la economía de plataformas, retomando la conversación y un encuentro con el pasado que sea también colectivo, abierto y mutable, donde cualquiera pudiera no solo consultar estos fondos, sino precisamente nutrirlos, desbordando el dominio del Experto.
Es por eso que en su corta vida el F.L.O.R. se ha entrelazado con la Asamblea por la Antigua Prisión de Málaga a través de una lectura colectiva de materiales editados en solidaridad con la Coordinadora de Presos en Lucha (1976-1978), buscando recuperar este edificio para la ciudad desde el deseo de una sociedad libre de prisiones; o con Ciudad en Alerta, un colectivo y conjunto de prácticas extra-artísticas alojado en La Casa Invisible que aboga por la ocupación-liberación del tiempo y la vida entera, desarrollando el primer taller de replicado de prensa marginal. También ha recibido el apoyo de Demetrio Brisset, fotógrafo, editor de prensa marginal setentera y caballero de las mil vidas; Luis Moreno-Caballud, a quien citaba unos párrafos antes, quien nos acompañó en la inauguración de la biblioteca; Pablo Sánchez León, coordinador de este blog e investigador en la EHU; Lidia Mateo Leivas, también investigadora y militante anticarcelaria; o Anaïs Florin, compañera vinculada a El Punt, archivo autogestionado que recoge documentación de los movimientos sociales contemporáneos en Valencia.
El F.L.O.R. son estos papeles copiados, pero también paredes o textiles intervenidos con la gráfica y las palabras de estas publicaciones.
El F.L.OR. está a disposición de cualquiera, dentro de sus limitaciones, fragilidades y contradicciones. No quiere trascender, ni tampoco ingresar en el cielo del Canon –la gran obra, el gran proyecto, el remedio definitivo contra la invisibilización del Otro– porque es consciente de que lo visible es también un campo de batalla. El F.L.O.R. podría ser nada o serlo todo, pero se quedará en un ensayo, una forma provisional entre otras de poner a disposición nuestras memorias.
Si tenéis algún papel o idea, podéis escribirnos en flor@disroot.org
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