Historia
No es idealización rural, es deseo comunal
La caída en picado de la creencia en el progreso “moderno” por la evidencia de la crisis ecológica y el aumento de la violencia genocida viene provocando un renovado interés en el mundo rural y en el pasado “pre-moderno”. Buscamos en ese mundo supuestamente menos destructivo una alternativa, pero rápidamente aparecen voces críticas que nos acusan de estar idealizando, de estar reproduciendo el viejo tropo del “paraíso perdido” de mil maneras diferentes.
Sin embargo, esta crítica no debería impedirnos seguir sintiendo algo muy real y necesario: “que la vida no puede ser sólo esto…”. ¿Cuántos no lo sentimos a menudo? Ante la dureza del trabajo repetitivo y extenuante, ante la crueldad de un mundo en el que el miedo a perder lo poco o mucho que se tiene parece gobernarlo todo, ante el tedio de tener que sacar adelante cada uno en soledad nuestra vida como si fuera una empresa, ante la frustración por promesas políticas y relaciones personales que una y otra vez nos decepcionan por sus intereses ocultos…
“Que la vida no puede ser solo esto…”. Pero, entonces, ¿qué es? ¿Hay algo más en nuestras vidas? ¿O es todo un desierto de poder y cálculo instrumental? En el mundo campesino o “pre-moderno” buscamos un modelo de relaciones más “comunitarias”. Sin embargo, tenemos ese modelo mucho más a mano: está en nuestras relaciones de amor, de amistad o en los vínculos familiares. En estas relaciones no actuamos, o al menos no totalmente, como individuos que tratan de ejercer su poder sobre los otros, o que calculan y cuantifican sus intercambios para maximizarlos. Más bien hay un darse a los otros, y un querer cuidar algo que tenemos en común: nuestros vínculos.
Sabemos muy bien que no son relaciones ideales, en ellas el poder y el cálculo siempre reaparecen de una u otra forma, y hay peleas, distanciamientos, daño, dolor. Pero, al mismo tiempo, si se quiere sostener esas relaciones, hay que volver constantemente a buscar la manera de cuidarlas, y para ello estamos todo el tiempo reinventando formas de coordinar las distintas capacidades (lo que podemos dar) con los distintos deseos que están en juego. No lo hacemos por “bondad” moral, sino porque queremos y necesitamos vivir así.
Si volvemos la mirada a las últimas décadas en el Estado español, veremos que a pesar de las grandes migraciones del campo a la ciudad en los años ‘60, las relaciones comunales persisten, constantemente reinventadas.
Este arte experimental de coordinar en cada momento necesidades y capacidades diversas, sin embargo, como señaló el antropólogo David Graeber, no se da solo en la esfera privada, sino que está por todas partes (en versiones de menor intensidad afectiva, claro). Es la base de toda sociabilidad: un “comunismo cotidiano” que hace posible que no todo esté determinado por el poder o la ganancia individual, y que la vida no sea una guerra de todos contra todos.
Aunque es cierto que la expansión del individualismo y del capitalismo ha acorralado a esta esfera de relaciones comunales, que era más estable antes de la “modernización”, a menudo exageramos su supuesta irrelevancia en el presente. Esto es así porque se ha identificado lo comunal con instituciones claramente estructuradas y capaces de perdurar en el tiempo, como, paradigmáticamente, las tierras “del común” en las culturas campesinas, o también las organizaciones de ayuda mutua en las culturas obreras. Con la decadencia de este tipo de instituciones en el Norte global, se tiende a dar por finiquitado lo comunal (o a considerarlo un reducto anecdótico en algunos experimentos de los movimientos sociales).
Pero es posible mirar de otra manera: no hay duda de que la gente se ha encontrado y se sigue encontrando en espacios cotidianos para disfrutar de su mutua compañía, para conversar, y acompañarse en momentos y situaciones. La existencia de estas prácticas de sociabilidad, hospitalidad y convivialidad supone la constante posibilidad de que desde ellas pasemos a construir algo más perdurable, a prestarnos ayuda mutua, a sostener nuestras vidas juntos, a defendernos del mundo del dinero y del poder. Por supuesto, hay muchas fuerzas en contra de que esto suceda. Pero, aun así, sigue sucediendo, aunque de maneras más fragmentarias, improvisadas y experimentales que en el mundo campesino tradicional, que tenía instituciones y nombres para el trabajo colectivo, para la gestión de las tierras comunales, o para las tertulias donde se revitalizaba el acervo oral común.
Si volvemos la mirada a las últimas décadas en el Estado español, veremos que a pesar de las grandes migraciones del campo a la ciudad en los años ‘60, las relaciones comunales persisten, constantemente reinventadas. Aún con la virtual desaparición de los sistemas comunales agrícolas que habían ayudado a sostener a generaciones de habitantes del agro (como ha estudiado Brigitte Vasallo en su imprescindible libro La fosa abierta), las relaciones comunales se renuevan en otras prácticas: prácticas del encuentro (sociabilidad, hospitalidad), prácticas del construcción del sentido (conversación, ficción popular, memoria colectiva), de cuidado y transformación del cuerpo (nutrición, sanación, fiestas extáticas) y de impugnación del poder (revueltas populares, desobediencias, disimulos, deserciones…).
Todas estas prácticas se abren camino en diferentes situaciones históricas frente a la colonización de la vida por la “modernización” tecnocrática, productivista y consumista. Nutren espacios de cierta autonomía y de lucha para las clases populares de las últimas décadas: desde las que se quedaron en el rural, hasta las que emigran a los barrios y organizan el movimiento vecinal, pasando por las que participan en las efervescentes contraculturas juveniles y los movimientos obreros que florecieron en la transición, (y que, como el mundo campesino, nunca desaparecieron del todo), hasta llegar a las que se lanzan masivamente a la experimentación política durante los movimientos contra la “crisis” del 2008 y los estallidos feministas, y, finalmente, a las que, en la actual situación de múltiples crisis recrudecida por la pandemia del Covid, buscan desertar juntas de un mundo que se cae en pedazos.
La historia de las relaciones y prácticas comunales que han abierto y siguen abriendo espacios (conflictivos y experimentales) para “una vida que no sea sólo esto”, la historia reciente del deseo comunal en el estado español sigue estando por contar.
Ciertamente, la izquierda anti-franquista urbana tuvo muchas dificultades para conectar con el legado comunal campesino, al menos en un nivel explícito, “ideológico”, pero quizás lo hizo mucho más en el nivel de las prácticas cotidianas. Quizás toda la efervescencia popular de la transición tiene mucho que ver con una renovación de esas prácticas comunales, que las llevó de los montes “del común” a las fábricas autogestionadas, de las tertulias vecinales a los fanzines contraculturales, de los carnavales rurales a las interminables noches de fiesta en las que varias generaciones de jóvenes intentamos hacer algo con nuestras (a veces auto-destructivas) ganas de que la vida “no sea solo esto”.
Y quizás entonces las décadas posteriores no han sido el desierto neoliberal que a veces imaginamos, ni siquiera los 90 ni los 2000. Experimentos cinematográficos en sí mismo comunales como los de Joaquim Jordà y Luis López Carrasco nos han enseñado que muchos continuaron cultivando la memoria y el deseo de esas experiencias comunales. Quizás entonces podamos entender también que fuimos a las plazas en 2011, a los 8 de marzos, a reclamar papeles para todxs y el fin del genocidio palestino, en parte por fidelidad a nuestras abuelas migrantes rurales, y a nuestras madres contra-culturales. Que lo hicimos con la ayuda de quienes viniendo del Sur global sabían cómo hacer para no ser individuos en busca de una parte más grande del pastel. Quizás queríamos probar a resucitar experimentos comunales tan sofisticados como darnos de comer y de pensar a nosotres mismes, en lugar de deglutir productos ya enlatados. Y quizás, cuando otros vinieron a decirnos que “la gente no puede estar siempre movilizada” tendríamos que haberles respondido que no era movilización, sino querer vivir. En definitiva, tal vez, podríamos pensar que los deseos de desertar que vemos proliferar entre las múltiples catástrofes que nos acechan no son (siempre) fugas individuales, sino el fermento de insurrecciones de las que a lo mejor no surgirá un nuevo partido, pero en las que tal vez la clase media precarizada y quienes son considerados sobrantes puedan construir algo juntos.
Ciertamente, la izquierda anti-franquista urbana tuvo muchas dificultades para conectar con el legado comunal campesino, al menos en un nivel explícito, “ideológico”, pero quizás lo hizo mucho más en el nivel de las prácticas cotidianas.
La historia de las relaciones y prácticas comunales que han abierto y siguen abriendo espacios (conflictivos y experimentales) para “una vida que no sea sólo esto”, la historia reciente del deseo comunal en el estado español sigue estando por contar.
Pues, ciertamente, la historia que la izquierda hegemónica ha contado es muy diferente. Para esta izquierda las relaciones comunales (que más bien entiende como “comunitarias”) son totalmente secundarias respecto a la tarea principal de arrebatar el poder a las élites. En esta tarea, supuestamente, hay que jugar al juego del poder, usar las mismas herramientas jerárquicas y de dominación que usan esas élites para derrotarlas. Y también hay que convencer a las clases populares de que la izquierda es la que mejor representa sus intereses porque es la que mejor entiende cómo llevarlas hacia el progreso, hacia una modernidad más justa para todos. Para esta izquierda patriarcal lo comunitario es más una alianza elegida por individuos concienciados que una serie de vínculos comunes que hacen posible nuestra existencia y requieren de nuestro constante cuidado. Por eso lo comunal le suele parecer a esta izquierda progresista más bien el residuo de un mundo “pre-moderno” de tradiciones y religiones irracionales, jefes autoritarios y comunidades cerradas, ignorantes y miserables (una imagen que retorna una y otra vez, en libros como La España vacía o en películas como “As Bestas”). Este colonialismo y este paternalismo elitista de la izquierda progresista, dicho sea de paso, es la razón fundamental por la que grandes sectores populares la están abandonando hoy en día para acercarse a la extrema derecha.
En el mundo campesino o “pre-moderno” buscamos un modelo de relaciones más “comunitarias”. Sin embargo, tenemos ese modelo mucho más a mano: está en nuestras relaciones de amor, de amistad o en los vínculos familiares
Hay, por tanto, mucho en juego. Es cierto que las prácticas comunales pueden parecernos a menudo muy débiles frente a la maquinara de control, violencia genocida y explotación en la que vivimos. Y es cierto que esa máquina encuentra constantemente maneras de parasitar lo comunal. Pero hay algo que está todavía más claro: los intentos de enfrentarse a ese mundo desde las mismas lógicas individualistas, calculadoras y jerárquicas que lo constituyen, están condenados a reforzarlo. Nos sobran, desgraciadamente, los ejemplos.
En cualquier caso, como decía un amigo, vamos a volver una y otra vez a lo comunal, estamos ya siempre ahí. Otra cosa es qué podamos hacer con esas relaciones que no son solo poder o cálculo, pero me temo que son tan irrenunciables (y a la vez complicadas, cuando no imposibles) como el amor.
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