Los saqueos de Barcelona: el capitalismo libidinal en shock

¿Las protestas de esta semana en Barcelona carecen de cualquier carácter político y son únicamente una expresión nihilista que beneficia a la extrema derecha o, por el contrario, podemos analizarlas como un gesto político que cortocircuita y, al mismo tiempo, pone de manifiesto el colapso del capitalismo libidinal?
Barcelona 0626 - 1
Dos turistas frente a la Sagrada Familia, en Barcelona, tras completarse la monumental Torre de Jesucristo, que alcanza los 172 metros de altura. Álvaro Minguito
3 nov 2026 08:10

Las protestas de la pasada semana en Barcelona han suscitado todo tipo de debates y críticas por la forma más o menos desconocida que han adoptado. Los defensores del statu quo y el orden, toda la derecha y algunos sectores de izquierdas que les han comprado el relato, han mostrado su preocupación porque una masa de jóvenes haya tomado el centro de la ciudad saqueando tiendas multinacionales y grandes almacenes con un grado de violencia y rabia hasta ahora bastante desconocido. Pienso que este gesto de ruptura, de resquebrajamiento, debe leerse desde el capitalismo libidinal y la subjetividad vida-mercado que lo organiza. El capitalismo ya no solo produce mercancías sino sujetos: la mercantilización, la acumulación y la competencia regulan cómo vivimos, cómo nos relacionamos y cómo nos presentamos (yo-marca).

Mientras vivimos en un mundo de precariedad laboral, vivienda imposible, salarios a la baja, depauperación de los servicios públicos, limitaciones de movilidad y leyes de extranjería, el capitalismo ha conseguido organizar la vida en torno a un deseo siempre insaciable que solo se puede reproducir teniendo más seguidores, más capital social, más relaciones amorosas, más dinero, un trabajo mejor, una casa más grande, el último iPhone, el coche del último modelo, la ropa más de moda… La promesa de felicidad funciona, pero tiene su reverso en el endeudamiento, la frustración y el malestar, a la vez que se envuelve de pequeñas conquistas que mantienen vivo ese goce-enganche-repetición.

El capitalismo ha conseguido organizar la vida en torno a un deseo siempre insaciable

Para Deleuze y Guattari el deseo no es una carencia que busca un objeto sino una fuerza productiva que el capitalismo captura y codifica: «¿Cómo es posible que luchemos por mantener nuestra servidumbre como si fuera una salvación?», se preguntan en El Anti Edipo. Todas estas relaciones basadas en el consumo y la acumulación también sedimentan un poso de frustración y ansia producidos por la falta constante que genera un deseo siempre insatisfecho y por el miedo a perdernos algo o sencillamente a perder lo poco que tenemos. El capitalismo ya no te prohíbe nada sino que te disciplina a través del exceso y del consumo, adoptando una nueva lógica de orden y control social. Aquí resuena la libertad de Ayuso y Milei.

En definitiva, el deseo ha sido capturado, consiguiendo que la mayoría defienda aquello que precisamente la encarcela: por un lado, el consumo permanente —imposibilidad de satisfacer el deseo, siempre quiero más— y, por otro, una falta que el sistema capitalista explota —precariedad, endeudamiento, malestares.

Dentro de la normalidad sistémica, en nuestro día a día cotidiano, encontramos la subordinación como práctica más habitual, la aceptación silenciosa que perpetúa la servidumbre, el esfuerzo por conseguir aquello que debe satisfacer el deseo producido y la culpabilidad por no llegar a ello, por no ser nunca suficiente. Trabajamos para sostener una vida cada vez más precaria, con dificultades para pagar la vivienda, la alimentación, la energía o el agua, mientras nos bombardean con más y más mercancías-fetiche que hay que acumular.

Y eso nos lleva al segundo destino: la frustración y/o la enfermedad. Mark Fisher llama «hedonia depresiva» al malestar que genera la búsqueda constante de placer, a la vez que apunta a la privatización del estrés y la patologización del dolor social en forma de enfermedades individuales. La fatiga, la depresión, la ansiedad como consecuencia de un malestar vital que la medicalización y las industrias farmacéuticas se encargan de paliar mientras incrementan sus beneficios. Por lo tanto, ante el agotamiento de una vida cada vez más difícil y cargada de ansiedad como consecuencia del fracaso en la vida-mercado, el cuerpo enferma y/o, en un gesto extremo, se suicida.

Este gesto [insurreccional] no destruye el capitalismo ni lo pone en riesgo, sino que actúa como síntoma de agotamiento y como una ruptura.

Lo que vimos el sábado es, pues, una tercera forma: la insurreccional. Un gesto libidinal de ruptura que rompe el silencio de la subordinación y la obediencia pero que también supera la frustración por el objeto inalcanzable, apropiándoselo directamente. No es casual que los jóvenes asaltaran los grandes almacenes, Vinted, El Corte Inglés, MediaMarkt y se apropiaran de las grandes marcas —ropa, móviles, objetos tecnológicos.

Evidentemente, aquí también reside el límite de su gesto: apropiarse de la mercancía-fetiche no deshace la forma mercancía y, por lo tanto, no pone en riesgo el sistema capitalista ni su producción, sino que solo hackea el circuito y lo deja en shock. Está claro que este gesto no destruye el capitalismo ni lo pone en riesgo, sino que actúa como síntoma de agotamiento y como una ruptura. Un decir basta, un reapropiarse por la fuerza de la mercancía-fetiche, aunque sea para revenderla en un hackeo del circuito capitalista, o para lucirla, capturando un deseo hasta ahora insatisfecho.

La reacción de la extrema derecha y los sectores de orden ha sido la contracara de la patologización: si convertimos el malestar y el dolor en una enfermedad individual que hay que medicalizar, aquí lo que hace falta es quitarles la agencia política a los jóvenes y tratarlos como delincuentes a reprimir y juzgar. Reducir a los jóvenes a un problema de orden público, sin agencia, evita hablar de las causas que provocan los saqueos y permite construir un nuevo enemigo externo, en este caso los salvajes incívicos que no respetan las mínimas normas de un mercado pacificado.

La crítica del discurso de izquierdas al hecho de robar mercancías-fetiche dentro de la lógica capitalista y sin cuestionar el sistema se encuentra con los defensores de la ley del mercado, y los dos, quizá sin darse cuenta, aceptan y amplifican el relato construido por la extrema derecha en torno a la seguridad, la inmigración y el incivismo.

Si entendemos el gesto de ruptura del sábado 24 de octubre como un resquebrajamiento de la vida-mercado y una nueva fase de reacción y colapso del capitalismo libidinal, quizá podremos encontrar las coordenadas para politizar el malestar de unos jóvenes saturados de deseo frustrado. Entender, activar y dar forma colectiva al deseo creo que es el reto mayúsculo de las izquierdas actuales, evidentemente acompañado de un programa que garantice las condiciones de vida materiales para la clase trabajadora.

Y aquí es cuando entra en juego la definición de «realismo capitalista» de Mark Fisher y su pregunta clave: «¿podemos imaginar una vida más allá del capitalismo?». Porque quizá el gesto de los jóvenes se enmarca dentro de esta imposibilidad de imaginar nada más allá y a la vez dota de sentido rebelde la reapropiación material fetichista, dejando el sistema en shock durante unas horas. Organizar este deseo sería hacerlo pasar de la fuga —apropiación fetichista dentro de la lógica capitalista— a la construcción —¿cuáles son las condiciones que hacen que el objeto sea inalcanzable o cuál podría ser nuestro deseo que todavía no tiene nombre?—. Es aquí donde el gesto insurreccional posiblemente dejaría de ser un síntoma para pasar a ser una pregunta política de activación: más que aquello que no puedo comprar o acumular, ¿qué vida vale la pena desear?

Mientras vivimos en un mundo de precariedad laboral, vivienda imposible, salarios a la baja, depauperación de los servicios públicos, limitaciones de movilidad y leyes de extranjería, el capitalismo ha conseguido organizar la vida en torno a un deseo siempre insaciable que solo se puede reproducir teniendo más seguidores, más capital social, más relaciones amorosas, más dinero, un trabajo mejor, una casa más grande, el último iPhone, el coche del último modelo, la ropa más de moda… La promesa de felicidad funciona, pero tiene su reverso en el endeudamiento, la frustración y el malestar, a la vez que se envuelve de pequeñas conquistas que mantienen vivo ese goce-enganche-repetición.

Reducir a los jóvenes a un problema de orden público, sin agencia, evita hablar de las causas que provocan los saqueos y permite construir un nuevo enemigo externo.

Para Deleuze y Guattari el deseo no es una carencia que busca un objeto sino una fuerza productiva que el capitalismo captura y codifica: «¿Cómo es posible que luchemos por mantener nuestra servidumbre como si fuera una salvación?», se preguntan en El Anti Edipo. Todas estas relaciones basadas en el consumo y la acumulación también sedimentan un poso de frustración y ansia producidos por la falta constante que genera un deseo siempre insatisfecho y por el miedo a perdernos algo o sencillamente a perder lo poco que tenemos. El capitalismo ya no te prohíbe nada sino que te disciplina a través del exceso y del consumo, adoptando una nueva lógica de orden y control social. Aquí resuena la libertad de Ayuso y Milei.

En definitiva, el deseo ha sido capturado, consiguiendo que la mayoría defienda aquello que precisamente la encarcela: por un lado, el consumo permanente —imposibilidad de satisfacer el deseo, siempre quiero más— y, por otro, una falta que el sistema capitalista explota —precariedad, endeudamiento, malestares.

Dentro de la normalidad sistémica, en nuestro día a día cotidiano, encontramos la subordinación como práctica más habitual, la aceptación silenciosa que perpetúa la servidumbre, el esfuerzo por conseguir aquello que debe satisfacer el deseo producido y la culpabilidad por no llegar a ello, por no ser nunca suficiente. Trabajamos para sostener una vida cada vez más precaria, con dificultades para pagar la vivienda, la alimentación, la energía o el agua, mientras nos bombardean con más y más mercancías-fetiche que hay que acumular.

Y eso nos lleva al segundo destino: la frustración y/o la enfermedad. Mark Fisher llama «hedonia depresiva» al malestar que genera la búsqueda constante de placer, a la vez que apunta a la privatización del estrés y la patologización del dolor social en forma de enfermedades individuales. La fatiga, la depresión, la ansiedad como consecuencia de un malestar vital que la medicalización y las industrias farmacéuticas se encargan de paliar mientras incrementan sus beneficios. Por lo tanto, ante el agotamiento de una vida cada vez más difícil y cargada de ansiedad como consecuencia del fracaso en la vida-mercado, el cuerpo enferma y/o, en un gesto extremo, se suicida.

Lo que vimos el sábado es, pues, una tercera forma: la insurreccional. Un gesto libidinal de ruptura que rompe el silencio de la subordinación y la obediencia pero que también supera la frustración por el objeto inalcanzable, apropiándoselo directamente. No es casual que los jóvenes asaltaran los grandes almacenes, Vinted, El Corte Inglés, MediaMarkt y se apropiaran de las grandes marcas —ropa, móviles, objetos tecnológicos.

Evidentemente, aquí también reside el límite de su gesto: apropiarse de la mercancía-fetiche no deshace la forma mercancía y, por lo tanto, no pone en riesgo el sistema capitalista ni su producción, sino que solo hackea el circuito y lo deja en shock. Está claro que este gesto no destruye el capitalismo ni lo pone en riesgo, sino que actúa como síntoma de agotamiento y como una ruptura. Un decir basta, un reapropiarse por la fuerza de la mercancía-fetiche, aunque sea para revenderla en un hackeo del circuito capitalista, o para lucirla, capturando un deseo hasta ahora insatisfecho.

La reacción de la extrema derecha y los sectores de orden ha sido la contracara de la patologización: si convertimos el malestar y el dolor en una enfermedad individual que hay que medicalizar, aquí lo que hace falta es quitarles la agencia política a los jóvenes y tratarlos como delincuentes a reprimir y juzgar. Reducir a los jóvenes a un problema de orden público, sin agencia, evita hablar de las causas que provocan los saqueos y permite construir un nuevo enemigo externo, en este caso los salvajes incívicos que no respetan las mínimas normas de un mercado pacificado.

Entender, activar y dar forma colectiva al deseo creo que es el reto mayúsculo de las izquierdas actuales.

La crítica del discurso de izquierdas al hecho de robar mercancías-fetiche dentro de la lógica capitalista y sin cuestionar el sistema se encuentra con los defensores de la ley del mercado, y los dos, quizá sin darse cuenta, aceptan y amplifican el relato construido por la extrema derecha en torno a la seguridad, la inmigración y el incivismo.

Si entendemos el gesto de ruptura del sábado 24 de octubre como un resquebrajamiento de la vida-mercado y una nueva fase de reacción y colapso del capitalismo libidinal, quizá podremos encontrar las coordenadas para politizar el malestar de unos jóvenes saturados de deseo frustrado. Entender, activar y dar forma colectiva al deseo creo que es el reto mayúsculo de las izquierdas actuales, evidentemente acompañado de un programa que garantice las condiciones de vida materiales para la clase trabajadora.

Y aquí es cuando entra en juego la definición de «realismo capitalista» de Mark Fisher y su pregunta clave: «¿podemos imaginar una vida más allá del capitalismo?». Porque quizá el gesto de los jóvenes se enmarca dentro de esta imposibilidad de imaginar nada más allá y a la vez dota de sentido rebelde la reapropiación material fetichista, dejando el sistema en shock durante unas horas. Organizar este deseo sería hacerlo pasar de la fuga —apropiación fetichista dentro de la lógica capitalista— a la construcción —¿cuáles son las condiciones que hacen que el objeto sea inalcanzable o cuál podría ser nuestro deseo que todavía no tiene nombre?—. Es aquí donde el gesto insurreccional posiblemente dejaría de ser un síntoma para pasar a ser una pregunta política de activación: más que aquello que no puedo comprar o acumular, ¿qué vida vale la pena desear?

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Sobre este blog
La filosofía se sitúa en un contexto en el que el poder ha buscado imponerse incluso en los elementos más básicos de nuestro pensamiento, de nuestras subjetividades, expulsando así de nuestro campo de visión propuestas teóricas y prácticas diversas que no son peores ni menos interesantes sino ajenas o directamente contrarias a los intereses del sistema dominante.

En este blog trataremos de entender los acontecimientos del presente surcando –en ocasiones a contracorriente– la historia de la filosofía, con el objetivo de poner al descubierto los mecanismos que utiliza el poder para evitar cualquier tipo de cambio o de alternativa en la sociedad. Pero también de producir lo que Deleuze llamó líneas de fuga, movimientos concretos tanto del presente como del pasado que, escapando del espacio de influencia del poder, trazan caminos hacia otros mundos posibles.
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En este blog trataremos de entender los acontecimientos del presente surcando –en ocasiones a contracorriente– la historia de la filosofía, con el objetivo de poner al descubierto los mecanismos que utiliza el poder para evitar cualquier tipo de cambio o de alternativa en la sociedad. Pero también de producir lo que Deleuze llamó líneas de fuga, movimientos concretos tanto del presente como del pasado que, escapando del espacio de influencia del poder, trazan caminos hacia otros mundos posibles.
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