Opinión
¿Nucleares? No, mi ciela

Lo que está en debate con la prórroga de la central de Almaraz es el mantenimiento de un periodo ordenado de cierre o el retraso de todo el calendario de cierre acompañado de una fase de incertidumbre en la planificación energética.
Peligro nuclear
Fotografía de Ilja Nedilko en Unsplash

Sí, es verdad. Las nucleares no han estado en el centro de nuestras preocupaciones en los últimos años. Lo cierto es que han competido contra los pesos pesados de la precariedad: emanciparnos a los treinta y pico, no encontrar un trabajo digno o no poder caminar tranquilas por la calle. Incluso en el ámbito del ecologismo, hemos puesto nuestra atención en abandonar los combustibles fósiles, ante los cuales las nucleares parecían hasta una buena opción. Cuántas veces habremos escuchado: “quizás no construir nuevas centrales nucleares que comiencen a funcionar en veinte años, pero… ¿no deberíamos aceptar una prórroga temporal de las que ya están en funcionamiento durante unos pocos años más?”.

No queremos demonizar la pregunta, tiene sentido y merece debate. Pero nuestra respuesta, aunque no estuviéramos en las luchas antinucleares de los año 70, vuelve a ser la misma: no queremos una prórroga de las centrales nucleares y este mayo tenemos una oportunidad para recordar nuestra posición frente a ellas. Si este tema te ha dado igual toda la vida y no tienes una posición ni a favor ni en contra de esa pregunta, acompáñanos en esta breve expedición contra el Señor Burns. Empecemos con un poco de historia.

Las principales compañías eléctricas han solicitado una prórroga de tres años para los dos reactores de la central nuclear de Almaraz, alargando su vida útil hasta los 49 años

España inició la construcción de centrales nucleares en 1965, generando un fuerte movimiento en contra que culminó en una gran victoria popular: en los años 80 se paralizó la construcción de varios reactores, y en 1994 la exigencia de una moratoria se convirtió en ley. Aun así, algunas de las centrales construidas siguieron en marcha, y a día de hoy, los siete reactores que tenemos en funcionamiento generan algo menos del 20% de nuestra electricidad. Todas nuestras centrales están cerca o han superado la vida útil estimada de 40 años, por lo que el Gobierno de España acordó con las eléctricas en 2019 un calendario de cierre progresivo que se iniciaría con Almaraz I en 2027 y acabaría con Trillo en 2035. Para ese momento, las energías renovables deberían dominar la producción eléctrica, habiendo sustituido al gas y a las nucleares.

Pero, malas noticias, mi gente. Las principales compañías eléctricas han solicitado una prórroga de tres años para los dos reactores de la central nuclear de Almaraz, alargando su vida útil hasta los 49 años en el momento de su cierre. En caso de que lo concedan, su cierre coincidiría, en ese calendario, con el de las centrales de Ascó I y Cofrentes. Esto provocaría un cambio brusco en la generación eléctrica por lo que probablemente solicitarían, como el que no quiere la cosa, aplicar la misma prórroga a todo el resto de centrales. Eventualmente, esa misma prórroga podría ampliarse a más de tres años, en particular en el escenario de una coalición PP-VOX, que se ha mostrado muy favorable a la industria. Lo que está en debate con esta prórroga es, por tanto, el mantenimiento de un periodo ordenado de cierre o el retraso de todo el calendario de cierre acompañado de una fase de incertidumbre en la planificación energética.

Varios estudios han mostrado que aceptar una prórroga a las nucleares reducirá las emisiones en los primeros años, pero las incrementará después

Uno de los principales argumentos en favor de una prórroga es el efecto que tendría sobre las emisiones de gases de efecto invernadero. Su desconexión generará un hueco en la red eléctrica, que se suplirá parcialmente con las renovables que hoy en día no entran en la red por exceso de oferta, pero también parcialmente con combustibles fósiles, en forma de ciclos combinados. Esto no es poca cosa: cada tonelada de combustibles fósiles que lanzamos a la atmósfera es un crimen contra la humanidad y el resto de seres vivos, y reducirlos es un imperativo moral. Sin embargo, hay buenos motivos para pensar que el alivio de las nucleares solo será temporal.

Varios estudios han mostrado que aceptar una prórroga a las nucleares reducirá las emisiones en los primeros años, pero las incrementará después. Tanto en la simulación de Natalia Fabra como en la de Eloy Sanz para Greenpeace, la prórroga de Almaraz incrementaría las emisiones a partir de 2030. Esto se debe a dos motivos, ambos relacionados con la reducción de la rentabilidad de los proyectos renovables.

Primero, porque la incertidumbre legal y económica reduciría la inversión en energías renovables, que esperan cubrir el hueco de mercado a día de hoy copado por la nuclear. En ese sentido, hay quién ha señalado la prórroga a las nucleares como un equivalente al “impuesto al sol” y la política energética del Gobierno de Rajoy que, pese a sus frases divertidas, frenó enormemente la inversión en renovables que había despegado en los años anteriores. Nuestra política energética debe dirigirse hacia un sistema eléctrico 100% renovable, y no podemos permitirnos cometer los mismos errores.

España no tiene Uranio, un componente esencial para la fisión cuyas mayores reservas se encuentran en Australia, Kazajistán y Rusia

Segundo, porque los reactores son muy poco flexibles y no pueden ajustarse a la demanda de la red. Por eso, cuando se produce un exceso de oferta de electricidad, habitualmente paramos las plantas renovables, lo que hace de estas un proyecto menos rentable del que le correspondería en una transición energética justa y efectiva. En este punto, algunos núcleobros dirán que esta falta de flexibilidad le da la estabilidad a la red que no pueden darle las turbinas eólicas o las placas fotovoltaicas, las cuales dependen de que haya viento o sol. E incluso repetirán aquel bulo de que el apagón del pasado abril fue culpa de las renovables. Sin embargo, las renovables son flexibles y modulares, y pueden resolver el problema de su intermitencia de distintas formas: ampliando el almacenamiento energético, con una gestión activa de la demanda, o teniendo un buen equilibrio entre fotovoltaica y eólica para que se compensen mutuamente, por ejemplo.

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Emisiones anuales y acumuladas de los ciclos combinados en los escenarios considerados. Aunque durante los años 2028-2030 la prórroga reduce de forma temporal el empleo de ciclos combinados, este efecto se revierte con fuerza tras el cierre definitivo de Almaraz tras su prórroga. Fuente: Informe “Cierre nuclear y transición energética: El caso de Almaraz”, Greenpeace

Pero no se trata sólo de emisiones. En los últimos meses, estamos viendo un clima internacional cada vez más alterado, en el que estamos pagando cara la absoluta dependencia de combustibles que financian a oligarcas y señores de la guerra. En este contexto, debemos apostar por el mayor grado posible de independencia energética. España no tiene Uranio, un componente esencial para la fisión cuyas mayores reservas se encuentran en Australia, Kazajistán y Rusia. Con las energías renovables,  aunque debemos importar algunos componentes para la fabricación de paneles solares o turbinas eólicas, no necesitamos importar ningún tipo de combustible. Una vez instalado un panel, hemos asegurado al menos 30 años de autonomía.

Los residuos nucleares radiactivos se producen con cada megavatio-hora generado, y no tenemos una solución clara para su gestión

Por último, la nuclear es una energía extraordinariamente cara, con riesgos que no podemos descartar del todo, y que genera una carga desproporcionada a las generaciones futuras. Con respecto al primer punto, nuestra factura de la luz se encarece por la presencia de la nuclear, pero también tendremos que pagar por la gestión de sus residuos durante décadas, dado que la tasa Enresa no es suficiente para cubrir los costes. Es decir, que durante toda nuestra vida costearemos las facturas sin pagar de las actuales empresas eléctricas. Y respecto al segundo punto, ha pasado tiempo desde los desastres nucleares de Fukushima y Chernobyl, pero las probabilidades de un accidente se incrementan conforme la central envejece y los fenómenos climáticos extremos se hacen más frecuentes. ¿A quién no le va a gustar una central nuclear de los años 70? No vivimos con el miedo a un accidente nuclear inminente, pero la responsabilidad política también tiene que ver con considerar las cosas poco probables, pero muy graves.

Finalmente, los residuos nucleares radiactivos se producen con cada megavatio-hora generado, y no tenemos una solución clara para su gestión. El calendario recientemente propuesto alarga la construcción de un almacén geológico profundo hasta el año 2073. En él, se almacenarán unos residuos que mantendrán su peligrosidad durante miles de años, cuando posiblemente la humanidad haya olvidado su existencia. Ninguna civilización debería legar esa carga a quiénes la sucederán.

En definitiva, sigue teniendo sentido decir no a las nucleares: a las nuevas, sin ninguna duda, y también a una prórroga de las presentes. Sobre todo, porque tenemos alternativas mucho mejores, como un sistema energético renovable y decrecentista, que provea vidas dignas sin dañar ecosistemas y personas. Esa misma idea es la que defenderemos en la próxima movilización estatal contra la prórroga de Almaraz, el 23 de mayo a las 17 horas en la Plaza Juan Zorrilla (Ríos Rosas, Madrid). Nos vemos por allí.

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