Análisis
Los chacales de Dios: Estados Unidos, Venezuela y Oriente Medio

La economía estadounidense está en ruinas, con 37 billones de dólares en deuda externa y la amenaza de una inflación galopante. La decadencia de EEUU no solo se está volviendo insoportable, también está llevando al mundo entero al colapso.
Donald Trump operación resolución absoluta - 1

Arabista en la Universidad Autónoma de Madrid.

9 ene 2026 06:00

Sabemos que los periodos de decadencia de los grandes imperios suelen resultar gravosos y largos. Ahí está el caso de Roma, que languideció durante siglos en un contexto de crisis permanente. Sin embargo, el declive de Estados Unidos, iniciado tras la ocupación de Iraq en 2003, se está volviendo insoportable. No sólo porque su incontestable superioridad militar le permitirá seguir haciendo barrabasadas durante varias décadas, sino —peor todavía— porque la falta de una percepción clara entre el resto de países sobre las terribles consecuencias de mirar hacia otro lado mientras Washington invade naciones soberanas o administra guerras directas e interpuestas a diestro y siniestro está conduciendo al mundo entero, a sus aliados en primer lugar, al colapso.

Las elites político-económicas estadounidenses luchan con ardor por contener su sangría hegemónica en varios frentes, sobre todo en el financiero. Se trata, en primer lugar, de asegurar la prevalencia del dólar al tiempo que se neutralizan amenazas militares o diplomáticas representadas por diversos Estados que, en teoría, se oponen a su estrategia imperial. Harán todo lo que esté en su mano para conservar sus privilegios mientras en muchos sitios, en especial Europa, seguimos sin enterarnos.

La intervención en Venezuela, rematada con el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro, supone una muestra más de esta actuación de gato panza arriba que Washington ha comenzado a articular sin ningún tipo de formulismos. Donald Trump ha dicho que es para gestionar el petróleo venezolano —como es un individuo pragmático ya no pierde tiempo hablando del cártel de los soles y el narcotráfico hacia Norteamérica—. Las mayores reservas del planeta según nos cuentan.

Una de las próximas estaciones es Irán, abastecedor asimismo de China y reacio a las transacciones en dólares con independencia de que les apliquen sanciones o no

En realidad, no se trata sólo de eso sino, más importante todavía, de perpetuar el “petrodólar”, es decir, hacer que las transacciones de compraventa de aquel y sus derivados se sigan haciendo en dólares. Dominando sus ingentes reservas propias en Alaska, las de Venezuela y las del Golfo Pérsico, Washington se asegura, o eso piensa, el control de los grandes mercados de hidrocarburos y la imposición de su propia moneda. Un dólar que ellos pueden imprimir a discreción (el resto de actores, compradores y vendedores no) o hacer que fluctúe en función de sus propios intereses.

Por supuesto, en el horizonte aparece siempre la sombra de China, la gran obsesión de los estrategas del Pentágono, Wall Street y Silicon Valley —qué pesados se ponen sus diplomáticos y militares con la “amenaza de Pekín al orden mundial”—, pero no acaba de verse hasta qué punto podrán neutralizar el poder emergente del gigante asiático con intervenciones como la de Venezuela, las soflamas contra Colombia, el afán de hacerse con Groenlandia, hacer amagos con ejercer una influencia directa sobre otros productores relevantes de petróleo como Nigeria o las extravagancias en torno a Canadá. 

La economía estadounidense está en ruinas: 37 billones de dólares en deuda externa y la amenaza de una inflación galopante preocupan mucho a sus prebostes. La deuda aumenta a razón de billón y medio al año debido a los intereses y algunos Estados como el chino uno de los grandes acreedores de EEUU, qué paradoja— están comenzando a desprenderse de bonos del tesoro estadounidense. Economías llamadas emergentes como la brasileña, la india y no digamos los rusos están atesorando oro a espuertas para evitar el dólar como moneda de referencia, al tiempo que tratan de habilitar métodos bilaterales de pago entre ellos —en el seno del grupo de los Brics, por ejemplo— a través de sus monedas nacionales, yuanes o euros, para sortear la omnipresencia del dólar. Moscú ha enseñado el camino a quienes se han cansado de la tiranía de la moneda estadounidense articulando sistemas de pagos y transferencias internacionales más allá de los sistemas de control impuestos por occidente, v.g.: el Swift. Los rusos lo han hecho por necesidad debido a las sanciones tras la invasión de Ucrania pero basta que el resto compruebe que la cosa funcione para buscar otras vías alternativas.

Los chinos parecen no inmutarse, convencidos de la eficacia de su plan, minucioso, por etapas, para hacerse con el dominio de la economía mundial socavando, poco a poco, la fortaleza del dólar

Que los EE UU están desbocados a lomos de la estúpida y zafia administración actual inquieta por su progresivo deterioro financiero y comercial lo sabemos todos. No obstante, o seguimos buscando justificaciones para la política exterior de Washington, pasándonos el derecho y las leyes internacionales por sálvese la parte, o lanzamos condenas tímidas, ridículas, a la espera de la próxima sinvergonzonería del inquilino de Mar a Lago y sus secuaces.

Los chinos parecen no inmutarse, convencidos de la eficacia de su plan, minucioso, por etapas, para hacerse con el dominio de la economía mundial socavando, poco a poco, la fortaleza del dólar. Ahora bien, a la vista de la impaciencia que comienza a adueñarse de Washington —se les acaba el tiempo— no deberían confiarse: el cualquier momento les montan una en su espacio vital de Asia Oriental con alguno de sus vecinos y ya tenemos un conflicto planetario. Si las condiciones económicas siguen empeorando y con ellas el descontento en el seno de una sociedad estadounidense cada vez más tensionada la opción de una guerra a gran escala ha de ganar enteros.

Una de las próximas estaciones es Irán, abastecedor asimismo de China y reacio a las transacciones en dólares con independencia de que les apliquen sanciones o no. Los recursos iraníes entran dentro del paquete del Golfo Pérsico, con lo que la imposición de un Gobierno más afín a las “necesidades” estadounidenses, como se ha hecho en Caracas, resulta determinante. Aquí la mano ejecutora es el régimen de Tel Aviv, a la que se ha dado vía libre para que haga lo que le dé la gana en Líbano, Siria y Palestina, donde la expansión de los asentamientos cisjordanos se acelera al tiempo que prosigue el asesinato y la expulsión de los ciudadanos de Gaza y se ponen los cimientos para convertirla en un territorio inhabitable.

Derrocar el Gobierno represivo de los ayatolás en Teherán no es lo mismo que lanzar ataques a sus infraestructuras nucleares o destruir sus defensas aéreas; hace falta algo más

El régimen de Tel Aviv; qué gran chacal del dios estadounidense, portavoz de uno de los proyectos coloniales más nocivos y desestabilizadores generados por occidente, el sionismo. Derrocar el Gobierno represivo de los ayatolás en Teherán no es lo mismo que lanzar ataques a sus infraestructuras nucleares o destruir sus defensas aéreas; hace falta algo más, incluida la implicación directa del mayor número posible de chacales regionales.

El problema para los EE UU reside en el hecho de que dispone de muchos aliados declarados o supuestos para combatir a los enemigos manifiestos, quienes son cada vez menos, y, como era de esperar, se están comenzando a pelear entre sí en lugares que la propia política exterior de EE UU ha contribuido a convertir en zonas de conflicto abierto como Sudán, Siria, Libia o Yemen. Cada aliado estadounidense en Oriente Medio está haciendo de su capa un sayo, un poco en la línea del régimen de Tel Aviv pero sin pasarse porque sigue habiendo chacales de primera y de segunda; y, como era de esperar, los intereses de unos y otros chocan de forma manifiesta.

La política regional para Oriente Medio y África de los emiratíes supone un enigma tan denso como el origen de los agujeros negros o los límites del universo

En el caso yemení, la confrontación es directa entre saudíes y emiratíes, aliados ambos de Washington pero enfrentados por una visión divergente sobre el futuro territorial de Yemen. Además, la pulsión prosionista de Emiratos Árabes Unidos, en especial la de su miembro principal, Abu Dabi, está generando tensiones con otros aliados como los cataríes o los turcos, quienes a su vez mantienen visiones propias sobre Gaza, Siria o la cuestión kurda.

La política regional para Oriente Medio y África de los emiratíes supone un enigma tan denso como el origen de los agujeros negros o los límites del universo. Nunca se sabe muy bien qué es lo que desean hacer pero, eso sí, organizan unos desaguisados tan monumentales que hasta fieles servidores de EE UU como Egipto andan soliviantados. La última ocurrencia es financiar una supuesta base naval israelí en Somalilandia, frente a las costas dominadas por los huzíes en el Yemen septentrional, sin que sepamos qué ganan los EAU en particular —tampoco se ha sabido qué han obtenido financiado y amparando la campaña de genocidio sionista en Gaza—. Misterios de las tácticas particulares seguidas por estos aliados de Estados Unidos, de quienes tampoco conocemos muy bien qué obtendrían con una posible caída del régimen iraní.

Las tiranteces entre saudíes y emiratíes a cuento de Yemen son un ejemplo de los daños colaterales derivados de la agresiva e imprevisible agenda exterior impuesta por Washington. También las vemos entre turcos y otros aliados en Siria o en el interminable conflicto de Libia. Y la cosa va a peor. En Oriente Medio, en el mundo también pero ahí más, las cosas, cuando EE UU decide hacerlas, siempre van a peor.

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