Opinión
Estados Unidos y derechos humanos: un encuentro imposible
Hace unas semanas ha tenido lugar un nuevo choque diplomático entre Washington y (alguno de) sus aliados. En este caso, debido al posicionamiento estadounidense de retirar la confianza en el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk y votar contra su reelección. La delegación francesa escribió en sus redes con el hashtag #AmericaAlone lo siguiente: “Estados Unidos solía ser un referente en materia de derechos humanos. Ya no lo es. [...]”.
Hay muchas cosas llamativas aquí. La primera, es que en el mundo actual ni los desencuentros entre diplomacias son diplomáticos y los cruces de acusaciones y las posiciones mantenidas parecen mucho más propias de otras esferas. Pero quitando esta apreciación acerca del protocolo y las formalidades, vayamos a lo nuclear de la cuestión: “Estados Unidos solía ser un referente en materia de derechos humanos”. ¿Cuándo esa afirmación ha sido cierta? ¿Quién que haya estudiado mínimamente la Historia de EEUU puede mantener tamaña falsedad? Sometamos esta propuesta al ecuánime escrutinio de los hechos.
La afirmación que vincula EEUU con el respeto de los DDHH es completamente falsa, empíricamente insostenible, y quizás lo más peligroso, que incluso así, se ha permitido que se convierta en axioma y sentido común de época
Si nos ceñimos a la fecha de aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU en 1948 —cosa que permitiría “excluir” por una cuestión cronológica Hiroshima y Nagashaki— y hacemos un repaso sucinto por la historia estadounidense y su relación con los derechos humanos, veremos que dicha aseveración es completamente falsa, empíricamente insostenible, y quizás lo más peligroso, que incluso así, se ha permitido que se convierta en axioma y sentido común de época.
Hagamos una pequeña aproximación tanto en su dimensión doméstica -dentro de los límites del Gobierno federal y sus Estados miembros-, como en el campo de las Relaciones Internacionales y la geopolítica para escudriñar la verosimilitud de la afirmación francesa.
Dentro de sus fronteras
Comenzando por lo que atañe a la triada conformada por los derechos humanos, Estados Unidos y su población, la continua vulneración del primer vértice es una constante en toda la historia estadounidense, incluso, ciñéndonos al tiempo histórico posterior a 1948. Conviene recordar las tardías fechas de aprobación de la Ley de Derechos Civiles (1964), la Ley de Derechos Electorales (1965) y la Ley de Vivienda Justa (1968), todas ellas, medidas legales que jurídicamente combatían la segregación racial existente, pero cuya aplicación no supuso la evaporación inmediata de las discriminaciones existentes contra las minorías raciales. Como ejemplo de ese fracaso, en 1989 se acuñó el concepto de hipersegregación para subrayar las diferentes variables que operaban contra la población racializada. Y esa situación, no ha mejorado: estudios recientes confirman que la segregación era mayor en 2019 que en 1990. A día de hoy, las desiguales tasas de abandono escolar, pobreza, desempleo, obesidad, población carcelaria (que ha sido bautizada como The new American Aparheid) y condenas a pena de muerte dan buena cuenta de la vigencia de esa discriminación estructural, que fenómenos como el Blacks Live Matter o la estructura racista del ICE nos impiden obviar. Y pese a que esta vulneración es mayor contra las comunidades nativas, afrodescendientes y latinas (principalmente), derechos básicos como la cobertura sanitaria y social, así como otras prestaciones consideradas básicas e inalienables, son negadas para la práctica totalidad de su población.
En el exterior
Si hablamos de las relaciones internacionales, es tentadora la idea de hacer un repaso anual de las violaciones sistemáticas de derechos humanos por parte de EEUU. Pero eso haría de la lectura de este artículo algo demasiado farragoso. Hay muchos documentos que pueden ayudar en este recorrido, algunos incluso de las propias instituciones estadounidenses y aquí solo esbozaré algunos datos, fechas y lugares en orden cronológico (la mayoría muy conocidas), para que se observe como de falsa es la afirmación inicial.
En Asia, desde el final de la IIGM, se han producido: las ocupaciones de Japón y de Corea (y la Guerra de); intervenciones contra las fuerzas de Mao en China y contra Filipinas; intervención y guerra en Vietnam; las carnicerías en Laos, Camboya e Indonesia, etc. Y con todo esto, aún no hemos recorrido ni 30 años de Historia en una sola parte del mundo.
Mientras, y en breve lapso de tiempo, por la fuerza y con métodos parecidos, EEUU ponía fin a dos periodos democráticos y progresistas: en 1953 promovía un golpe de Estado en Irán contra Mossadegh (por nacionalizar el petróleo), restaurando la dictadura del sha; en 1954, el esquema se repetía en Guatemala contra Jacobo Arbenz (por promover una reforma agraria), sustituyéndolo por una sangrienta junta militar. Este esquema fue repetido en innumerables ocasiones en toda América Latina, mediante la infame Escuela de las Américas y la promoción de dictaduras alineadas y alimentadas por Washington por todo el continente. Desde los Somoza en Nicaragua, Trujillo en República Dominicana, Stroessner en Paraguay, Batista en Cuba, a las Juntas Militares en Ecuador, Brasil, Honduras y Argentina, hasta los más conocidos Noriega (Panamá) y Pinochet (Chile). La Operación Cóndor y el Método Yakarta mostraron a las claras qué poco importantes eran los derechos humanos para la política estadounidense. Como decía aquel viejo y macabro chiste jalonado de verdad: “¿Sabes por qué en EEUU no hay golpes de Estado?; Porque no tiene embajada estadounidense”.
Llegados a este punto, habrá quién pueda objetar que eso son cosas del pasado y que lo anterior debería ser enmarcado en un contexto de Guerra Fría. ¿Seguro? Veamos solo algunos ejemplos:
1989: Invasión de Panamá; 1991: Guerra del Golfo; 1993: Intervención en Somalia; 1998: Ataques contra Sudán y Afganistán; 1999: Bombardeos contra Belgrado; 2001-2021?: Invasión de Afganistán; 2002: Fallido golpe de Estado en Venezuela; 2003-2011?: Invasión de Irak; 2004: Haití; 2007-?: Somalia; 2011: Libia, Yemen; 2017: Siria; 2020: Irak; 2023: Yemen; 2026: Venezuela. secuestro y encarcelamiento del Presidente Nicolás Maduro; 2026: Irán.
No deja de ser sorprendente que terceros países intenten edulcorar la propia idiosincrasia de la que los estadounidenses están militantemente orgullosos
Todo esto, sin mencionar el respaldo a regímenes títeres; la participación encubierta o velada en operaciones de desestabilización; el financiamiento y soporte de campañas de asesinatos masivos y/o selectivos por todo el globo; el apoyo a grupos que no podrían catalogarse como alineados con los derechos humanos, desde la contra nicaragüense, los talibán en Afganistán —y posteriormente Al-Qaeda, y después, la Alianza del Norte para combatir a los primeros—, Franjo Tuđman en Croacia y Alija Izetbegović en Bosnia, la UCK/KLA/ELK en Kosovo, el Plan Colombia, Al-Qaeda en Siria, junto a un larguísimo etcétera, al que habría que sumarle un abanico inmenso de actores no-estatales y/o paraestatales que se basan únicamente en la extensión continua de la guerra en sus diferentes formas, desde contratistas militares, señores de la guerra, milicias armadas y una extensa red de agentes proxy, dispuestos a ser activados cuando Estados Unidos considere.
Estados Unidos y su propia visión de los derechos humanos
No deja de ser llamativa la obstinación europea por conferir un papel relevante a EEUU en la defensa de los derechos humanos ignorando lo expuesto con anterioridad. Sobre todo, porque hay algo todavía más clarividente en esta ecuación: es “Europa” la que encalla en esa cuestión, mientras que los estadounidenses entienden su papel de manera mucho más concreta que desde este lado del Atlántico.
Sin entrar en las complejísimas dimensiones mesiánicas, teológicas y teleológicas acerca de su propio rol en el mundo, la esencia americana ha tenido siempre una inherente perspectiva de intervención más allá de sus fronteras; el mundo era (o debía ser) una proyección de sus anhelos y aspiraciones —cuestiones que se plasmaron pocas décadas después de su independencia en el Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe—. Y es su propia lógica realista, la que les ha llevado a afirmar que las grandes potencias no tienen valores (tampoco amistades), solo intereses, por lo que no deja de ser sorprendente que terceros países intenten edulcorar la propia idiosincrasia de la que los estadounidenses están militantemente orgullosos.
Pero vayamos un punto más allá: en 2003, Robert Kagan (uno de los halcones históricos del republicanismo antes de Trump), escribía Poder y debilidad: Estados Unidos y Europa en el nuevo orden mundial, en la que explicaba a las claras una idea que es crucial: los estadounidenses son idealistas (en la línea de Wilson), pero no tienen ningún tipo de problema en utilizar la violencia para alcanzarlos. En palabras del propio autor, “no conocen la experiencia de fomentar ideales satisfactoriamente sin utilizar la fuerza”. Es más, es la forma para conseguirlo; si para lograr lo que entienden como “deseable” o “justo” se debe usar toda la potencia militar, no hay ningún conflicto de orden moral o político en ello. Su visión del bien no está sujeta a medios; solo a fines. Si para imponer sus propias nociones (especialmente esa manida y maltratada idea de libertad) hay que llevarse muchas vidas por delante, la nueva situación que se aspira a alcanzar justifica de manera circular, autoprofética y teleológica la intervención previa. Que su principal fuerza militar hayan sido los marines dista mucho de ser casualidad, dado que su poderío ni ha sido ni es para defender sus fronteras, sino para intervenir en terceros lugares. Su propia percepción del mundo es inherente a la violencia contra quién consideren, por lo que esquivar este hecho supone una deshonestidad considerable. Por tanto, podremos convenir que si la utilización de la fuerza es parte de su idiosincrasia para imponer su propia visión de/en el mundo, suena harto complicado que los derechos humanos sean a la vez su bandera principal. Hay una incompatibilidad manifiesta entre ambas proposiciones con la que no se debería transigir.
Fuera de sus fronteras, hay bienes superiores a la vida humana. Y es importante remarcar y no infravalorar las implicaciones subyacentes, porque dónde muchas veces percibimos toneladas de hipocresía en las declaraciones de la ciudadanía estadounidense, en el fondo hay una lectura histórico-cultural muy enraizada en su acervo colectivo, que desde aquí calibramos de manera errada. Y esto no supone una justificación de este posicionamiento. Diría que al contrario: precisamente esa forma de ser y estar en el mundo es la que invalida e impugna la propia concepción estadounidense como garante de los derechos humanos. No se puede defender algo que muchas veces aparece ante los ojos de EEUU como un estorbo para alcanzar sus fines. Como de manera muy cruda expresó Robert Cooper (antiguo asesor de Tony Blair), las denominadas intervenciones humanitarias no solucionan problemas, solo conciencias. Y en el dualismo moral estadounidense, trasladan la sensación de que se está en el lado del bien, independientemente tanto del proceso como de los resultados.
¿Cuándo los Estados Unidos han sido referente en materia de derechos humanos? Igual habría que empezar a hablar con propiedad del elefante en la habitación
Por si quedaba alguna duda, no se pueden obviar en este listado otros hechos cometidos por EEUU que son violaciones flagrantes de los derechos humanos, como el atemporal bloqueo contra Cuba, el respaldo inquebrantable al estado criminal de Israel, las ejecuciones extrajudiciales de múltiples dirigentes o personalidades políticas, el programa Petróleo por Alimentos, su enfrentamiento continuo con la Corte Penal Internacional, su autoproclamada capacidad para poner sanciones a terceros países o actores, y la todavía operativa cárcel de Guantánamo, entre otros.
Después de este repaso, ¿cuándo los Estados Unidos han sido referente en materia de derechos humanos? Igual habría que empezar a hablar con propiedad del elefante en la habitación: los Estados Unidos no es que no sean un actor central en la defensa de los derechos humanos, es que son uno de los principales agentes disruptores que impiden su implementación. Y estaría bien dejar de hacerse trampas al solitario para intentar avanzar en este campo. Nos va mucho en ello.
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