Tecnosolucionismo para camuflar la austeridad: la receta de Macron ante el megaincendio de Gironda

El Gobierno francés presume de “la primicia” por el uso del kit antiincendios de la nave militar A400M. Una innovación tecnológica con la que intenta disimular la precarización de los bomberos y las medidas insuficientes en la gestión forestal.
Macron COP 28
Macron interviene en la COP 28 el pasado 1 de diciembre. Foto: COP28 / Christopher Pike

“Una primicia mundial. Ha sido posible en apenas 15 días gracias a la movilización ejemplar de la Seguridad Civil, del Ejército y de Airbus”. El primer ministro francés, Sébastien Lecornu, presumió con estas palabras del uso del A400M. Era el 25 de julio y Francia había utilizado ese día esa nave militar para combatir el megaincendio de Gironda (suroeste), el más vasto de los últimos 50 años en el país vecino.

Los bomberos y soldados han recurrido desde entonces varias veces a ese aparato militar para combatir las llamas en la región de Burdeos, donde han ardido 42.000 hectáreas, y en el Var (sudeste), con más de 5.000 quemadas. Su uso resulta posible gracias a un kit antiincendios fabricado por Airbus y fruto de la colaboración entre España y Francia. Los militares españoles tuvieron un papel preponderante en su puesta a punto, al contar con más experiencia que los franceses en la extinción de fuegos forestales.

Ante una oleada de incendios como la actual, no se debe menospreciar una innovación tecnológica como el kit antiincendios, que básicamente sirve para lanzar hasta 30.000 litros de líquido retardante, es decir, el triple que un avión anfibio Canadair. Pero para el Gobierno de Lecornu y Emmanuel Macron (presidente) no se trata de un medio más, sino de su argumento predilecto para defender su gestión durante este verano sofocante. El país vecino ha batido un triste récord nacional de hectáreas quemadas con 119.000 desde principios de año. Es una cifra claramente superior a las 70.000 de 2022, el anterior dato más elevado desde que en 1973 París empezó a medir de manera sistemática estas catástrofes naturales.

“Las autoridades priorizaron la protección de los ricos y de las residencias secundarias en Lège-Cap-Ferret en lugar de nuestro pueblo”, denuncia el vecino Benjamin Foussard

Estos datos ejemplifican una tendencia prevista desde hace años por los expertos, quienes advirtieron que el cambio climático supondría un aumento de los megaincendios en el sur de Europa. A pesar de ello, el Gobierno francés no ha centrado su discurso en la necesidad de una política realmente ambiciosa en la reducción de emisiones de dióxido de carbono, sino en el tecnosolucionismo y la inseguridad. Ha multiplicado sus mensajes sobre los pirómanos y las personas detenidas por causar siniestros de este tipo. Y eso que en realidad la mayoría de fuegos de origen humano son accidentales.

“Priorizaron la protección de los ricos”

“Es una magnífica operación de comunicación para silenciar todas las críticas”, dijo en una entrevista para Le Monde Eric Durand, secretario general adjunto del Sindicato Nacional del Personal de la Aeronáutica Civil, sobre la insistente comunicación gubernamental vanagloriándose de las ventajas del A400M. Ese piloto de un Canadair mencionaba específicamente el malestar que hay entre los bomberos por “la falta de disponibilidad” de esos aviones anfibios. “Ante la situación actual, no debemos privarnos de nada. Pero esta posición me recuerda a cuando uno se compra deprisa y corriendo un aparato de aire acondicionado ante una ola de calor”, reflexionaba.

La gestión de Macron de la catástrofe natural en la región de Burdeos cuenta con el aspecto positivo de haber evitado por ahora muertos y heridos graves entre los civiles. “Los bomberos hicieron un trabajo formidable” y “me parece un éxito que no se haya perdido ninguna vida”, afirma el climatólogo Philippe Drobinski, director de investigaciones en el CNRS, en declaraciones a El Salto.

La cara B, sin embargo, son los enormes daños materiales. Hasta 440 casas quedaron destrozadas si se suma el impacto en Gironda y en las Landas, donde el fuego ardió en 3.600 hectáreas. Las llamas han dejado localidades “mártires”, cuyos habitantes están cabreadísimos con las autoridades. Así sucede en Le Porge, donde viven 3.465 personas y que está situada a unos 80 kilómetros al oeste de Burdeos. Una larga calle en las afueras de ese municipio ofrece ahora mismo un espectáculo tétrico, más bien propio de una zona bombardeada, con hasta 185 casas devastadas.


“Las autoridades priorizaron la protección de los ricos y de las residencias secundarias en Lège-Cap-Ferret en lugar de nuestro pueblo”, denuncia Benjamin Foussard, de 45 años y paisajista de profesión, que se instaló hace siete años en ese pueblo por la belleza de sus paisajes marítimos. El sentimiento mayoritario de sus habitantes es de haber sido abandonados para que los bomberos protegieran a los turistas del Cabo Ferret, una zona de veraneo de élites y famosos. De hecho, han constituido un colectivo para impulsar un recurso judicial contra el Estado.

Partidas congeladas para los bomberos

“Si los políticos hubieran hecho su trabajo desde 2022, cuando otro gran fuego empezó en Saumos —el epicentro ahora en Gironda—, no nos hubiéramos encontrado con una situación como la actual”, sostiene Franck, otro habitante del municipio “sacrificado” quien perdió a causa de las llamas “dos terrenos (con una superficie de dos hectáreas), en que tenía dos coches y una autocaravana”. Se refiere a la oleada de incendios que quemó más de 30.000 hectáreas prácticamente en la misma zona hace cuatro años, y de la cual Macron no sacó las conclusiones necesarias.

Los recortes del gasto público de los últimos años, que han asfixiado a ayuntamientos y consejos departamentales, han agravado la situación

“¿Quién hubiera podido predecir una crisis climática con unos efectos espectaculares como la que hemos vivido este verano?”, se preguntaba entonces de manera retórica el presidente francés. Pese al precedente de 2022, los distintos Ejecutivos macronistas no reforzaron el servicio de bomberos, sino que lo precarizaron. Los agentes antiincendios sufren una precariedad parecida a la de los profesores, universitarios, enfermeros o médicos.

Pese a la amenaza creciente de los incendios veraniegos, la financiación de la Protección Civil lleva congelada desde hace años en Francia en una cifra inferior a 8.000 millones de euros. Esta partida, que mayoritariamente financian los departamentos (provincias), no ha compensado un aumento del 30% de los costes en la última década, a causa de la inflación y la necesaria modernización del material. Los recortes del gasto público de los últimos años, que han asfixiado a ayuntamientos y consejos departamentales (equivalente de los provinciales), han agravado la situación, porque han dejado sin margen de maniobra presupuestario a los organismos locales que financian ese cuerpo esencial.

El Estado galo apenas aporta 800 millones al presupuesto de los bomberos, una cifra 60 veces inferior a lo que gasta en el Ejército. Estos medios insuficientes se han visto reflejados con una reducción de los aviones Canadair. Pasaron de ser 24 en 1983 a solo 12 en la actualidad, y cinco de ellos no están operativos debido a la falta de piezas de recambio. Según la CGT, uno de los principales sindicatos franceses, faltan entre 15.000 y 16.000 bomberos profesionales para que se puedan respetar los turnos y el tiempo de descanso.

Bosques artificiales fácilmente inflamables

“Pese a la eficacia de las evacuaciones, el megaincendio de Gironda ha reflejado nuestras debilidades”, considera Drobinski, encargado de redactar el próximo informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU. Además de la falta de medios de los bomberos, las tímidas medidas contra el calentamiento global y las políticas insuficientes en la gestión forestal favorecen los fuegos XXL. Según este experto, “para prevenirlos, tenemos que reducir las emisiones de CO2, reforzar las políticas de prevención —concienciando mejor a la población sobre el riesgo de determinadas prácticas—, reducir la inflamabilidad de los bosques con el desbrozo y el pastoreo y cambiar el modelo de urbanismo extensivo”, que ha reducido la distancia entre los bosques y las zonas habitadas.

Las catástrofes recientes en Burdeos o Ávila “no tienen nada sorprendente, porque todo esto estaba escrito en los últimos informes del IPCC”, recuerda Drobinski. Eso se suma al hecho de que los bosques del suroeste de Francia “son monocultivos de pinos plantados por el hombre. Cuando los árboles son de la misma especie y tienen la misma edad, eso facilita el avance de las llamas”, advierte Jean-Pascal Van Ypersele, profesor emérito en la Universidad de Lovaina.

“Hace falta una mayor diversidad de especies y dejar a la naturaleza que se gestione por sí misma”, añade este climatólogo, que ejerció como vicepresidente del IPCC. Pese a que el riesgo en los bosques del suroeste se conocía desde hacía años, y quedó en evidencia en 2022, las autoridades francesas no llevaron a cabo una ambiciosa política en la gestión forestal. Más bien todo lo contrario. De hecho, suprimieron un tercio de los efectivos del Organismo Nacional de los Bosques. Las llamas cerca de Burdeos han evidenciado otra tragedia en Francia —y que no se limita a ese país—: la miopía climática de su Gobierno.

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