Opinión
Cuándo se jodió esto
La noche perdió su misterio cuando los franceses dejaron de conducir con faros amarillos por sus carreteras de provincias. Eso dice un personaje de Javier Pérez Andújar en una de sus novelas —La noche fenomenal (Anagrama, 2019)— en la que una pandilla de amigos explora dos versiones de la misma ciudad comunicadas entre sí por grietas espaciotemporales. Entrevistar a Javier es casi tan disfrutable como leer sus libros. Quien pregunta no tiene la sensación de asistir al recitado de un guion promocional. Al contrario, casi a cada respuesta el autor abre puertas y pronto el periodista sabe que, con la mitad de las veinte cuestiones preparadas, se va a poder armar un texto decente. Llegas a la cita y no sabes que en minutos te verás escuchando que los frankfurts, esos bares catalanes especializados en salchichas, letra gótica y el arte de meter cuerpo en barra, eran, por ágiles y populares, los quioscos de la comida. Ambos establecimientos ya casi pertenecientes del todo al mundo de aquellos Citroën dos caballos de ojos amarillos. Andújar escribe siempre kiosko por una cuestión de resistencia y en sus historias hay sitio para Curtis Garland (pseudónimo de Juan Gallardo Muñoz), el hombre que escribió dos mil novelas, entre ellas alguna de inspiración futbolera como Asesinato en el Mundial 74. Andújar llama a los kioskos el Amazon de los bloques porque un kioskero era el conseguidor de la gente con más curiosidad que contactos. Lo más parecido a conocer a alguien con internet antes de inventarse. Quiso la casualidad que en una de las entrevistas con Andújar estuviéramos hablando de música, particularmente de algunos de sus temas favoritos de joven —recuerdo un par de Radio Futura: “Han caído los dos” y “Un vaso de agua (al enemigo)”— y pudiera decir, en ese momento, señalando hacia arriba: “Esta también”. Sonaba “My my, hey hey (Out of the blue)” de Neil Young. La canción que Dennis Hopper convirtió en una película en que la adolescente Linda Manz siente que todo se torció cuando faltaron Elvis y Sid Vicious.
Si tuviera que responder a en qué momento se jodió el fútbol, no lo dudaría. Fue cuando alguien nos hizo creer que competir era sinónimo de jugar o cumplir. Lo escuchamos a diario, puede que hasta lo hayamos dicho nosotros mismos en algún dejarnos llevar. El capital nos coloniza hasta la lengua y ya ningún equipo planta cara ni divierte ni obtiene buenos resultados sin que aparezca el verbo fetiche que nos destroza en el todos contra todos de fuera del campo. Hablamos como enfocamos la vida y por eso hay quien prefiere un no sé si me explico a un no sé si me entiendes. Superemos de paso lo del fútbol moderno. Moderno era Stravinski, Bowie o mandar un WhatsApp en 2010. Este es el fútbol del turbocapitalismo. El que ha logrado frenar la euforia hasta que la máquina dé su visto bueno al gol. El que aspira a ser más que un dios eliminando el error humano y, sin embargo, provoca que se hable más de los árbitros que de un juego tan sencillo y magnético que, de no existir, habría que inventarlo. Un poco como ir al Prado para luego discutir sobre los extintores. La industria una vez conocida como el deporte de la clase obrera consolida estos días un rasgo preocupante. Forofos siempre hubo, pero hoy parece fácil construir identidad a través del agravio, la paranoia y el victimismo. Incluso desde los clubes más poderosos nos llega el lamento. El nos han robado. Y siempre a nosotros. Es que molestamos, es que estamos solos. Contra todo y contra todos. El maldito honor. El aura del perseguido, el disfraz de cordero. Todo eso que, fuera del fútbol, nos suena a qué nos ha llevado. Se impone el pánico a parecer el tonto de la película, jugamos a la defensiva, hace mella en lo común. El tópico dicta que nuestro vicio nacional es la envidia, pero Rafael Sánchez Ferlosio le dio una vez la vuelta. La masa envidiosa, corrigió, es un mito, la fantasía de unos envidiados con menos enemigos reales que ganas de sentirse deseados, odiados, especiales. El beautiful game quizá ya no es tal, pero sigue siendo uno de los últimos reductos del misterio.
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