Groenlandia
Marzio G. Mian: “Putin dejó muy claro que para Rusia es normal que Estados Unidos reclame Groenlandia”
Mary Shelley situó el final de la escapada de su criatura más celebrada en el océano Ártico. El moderno Prometeo, Frankenstein, se dirigía hacia una tierra tan inhóspita como enigmática en la persecución del monstruo que había creado. Doscientos años después, el prometeismo, una corriente de pensamiento basada en la capacidad humana de dominio de la naturaleza, ha encontrado en el Ártico una última frontera por abrir, un territorio vasto, con recursos desconocidos e ilimitados; también, un punto de conexión entre los hemisferios oriental y occidental. La última escapada del capitalismo tardío está dirigiendo su mirada hacia el Norte. El deshielo del permafrost, el suelo perennemente congelado, es una catástrofe en términos climáticos, pero una oportunidad de negocio para las grandes potencias que se reparten estos días la hegemonía del planeta.
Lo que ha parecido el último capricho del empresario neoyorquino Donald Trump, la anexión de Groenlandia por parte de Estados Unidos, es en realidad un paso calculado para convertir al imperio en declive en una superpotencia ártica. Un estudio del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) publicado en 2019 estimó que Groenlandia tiene reservas que pueden alcanzar los 31.400 millones de barriles equivalentes de petróleo, gas natural y líquidos de gas natural, algo que en dinero ronda los dos billones (trillions) de dólares. La isla tiene con depósitos moderados o elevados de 25 de los 34 minerales considerados críticos por la Comisión Europea y otro estudio del Servicio Geológico de Dinamarca y Groenlandia estima que el país tiene un 25% de las tierras raras de todo el mundo.
Pocos periodistas conocen mejor el océano septentrional que Marzio G. Mian (Fanna, Italia, 1961), que en 2025 ha publicado en España el libro Guerra Blanca. En el frente artíco del conflicto mundial (Ned Ediciones). Para Mian, el XXI es “el siglo Ártico” o, lo que es lo mismo, un territorio que permaneció ajeno a las grandes guerras de la historia, se está convirtiendo en el escenario principal de un conflicto mundial que comenzó —si se quiere escoger una fecha— el día de la invasión rusa de Ucrania.
Cuenta Mian en su libro que durante años trabajó en la arrolladora transformación del Ártico: “Tenía muy claro que la realidad acabaría por imponerse a los buenos propósitos de cara a la galería: aquella región frágil estaba destinada a ser disputada por la fuerza, porque no existen principios ni acuerdos capaces de garantizar la paz en la única región del planeta aún sin explotar, que resguarda los recursos codiciados por un mundo hambriento y esenciales para sostener el modelo capitalista de crecimiento perpetuo”.
Una semana después de que el secuestro de Nicolás Maduro pusiera nombre definitivo a la nueva doctrina imperial estadounidense, las miradas se dirigen al norte lejano y a la isla de Groenlandia. Un territorio que Dinamarca ha explotado colonialmente y sobre el que Estados Unidos ya dispone su ejército. Mian considera más que posible que la isla finalmente cambie su estatus y pase a estar explícitamente bajo la esfera de influencia estadounidense. Se avecinan cambios en el territorio llamado Kalaallit Nunaat por los inuit, que son casi nueve de cada diez habitantes de la isla. El moderno Prometeo ha llegado a los confines de la tierra y nada va a ser lo mismo.
En 2022 alguien te dijo que el Ártico ya estaba en guerra. Lo escribiste en el libro. ¿El mundo entero acaba de darse cuenta de que esta guerra está teniendo lugar?
Existe el Ártico antes y después de 2022, y ese es un punto de inflexión, porque aunque antes había una competencia, incluso dura, brutal, entre potencias, superpotencias y empresas, aún había cooperación. Hasta esa fecha había proyectos de desarrollo y una planificación para el futuro: nuevos puertos y estrategias. Estaba el Consejo del Ártico, que se ocupaba de muchos problemas y sentaba en la misma mesa a EEUU, a Rusia, a los ocho países árticos y a una serie de observadores, entre los que estaban España, Italia y, por supuesto, China. Pero después de 2022, todo cambió: el Consejo Ártico se rompió; y siete países rompieron con el octavo, Rusia. En este momento y debido a la guerra de Ucrania, los siete países pertenecen a la OTAN. Y luego tenemos a Rusia cooperando de manera muy, muy fuerte con China en muchos aspectos, tanto desde el punto de vista económico como militar y estratégico. Vamos a ver cómo va a funcionar eso. Pero ese es otro tema. 2022 va de la mano con la reelección de Trump, y es esto lo que estamos viendo. En una época en la que ya no existe el derecho internacional, tenemos la política de los cañones.
¿Qué supone el Ártico para estas potencias?
En un momento como este tenemos este “nuevo continente”. Para mí, su importancia es comparable con el descubrimiento de América. Puedes establecer muchas diferencias, por supuesto, pero el impacto en este siglo es enorme. Tiene que ver con la riqueza de los recursos y, por supuesto, con la geografía.
¿Y Groenlandia, concretamente?
En 2016, escribí un reportaje para el que investigué sobre una mina chino-australiana, en el que describí a Groenlandia igual que el nuevo Congo. Creo que eso es lo que es, en términos de riqueza, por supuesto, pero también en términos de geografía. Tenemos que empezar a mirar el planeta desde arriba, desde la cabeza. Si lo miras así, puedes ver que Groenlandia está realmente en el medio. Por supuesto, no es cierto lo que se está oyendo estos días, lo que dijo Trump, acerca de los barcos chinos y rusos. Pero la verdad es que Rusia está realmente cerca. Si miras el mapa desde el Ártico ruso, el 52% del Ártico es Rusia, unos 22.000 kilómetros. Desde su costa, los misiles pueden cruzar a través de Groenlandia. Así que, sí, tenemos a Rusia muy cerca de EEUU. Aparte de que Rusia y Estados Unidos prácticamente comparten frontera, solo hay seis o siete kilómetros que separan a Rusia de EEUU, en las islas Diomedes.
¿Qué pinta China?
Hasta hace tres años, China fue el primer socio del gobierno inuit. Había un consulado inuit en Beijing. Puedo contarte una historia. Cuando estuve en Groenlandia por primera vez, creo que fue en 2016, recuerdo haber conocido a un tipo allí que era el presidente de la Organización de Pescadores de esta ciudad, Narsaq. Este tipo me dijo: “¿Sabes cuál es nuestra pesadilla, nuestra gran enemiga? Brigitte Bardot”. Se debe a la campaña contra la pesca de focas. Groenlandia y los inuit en Canadá dejaron de exportar pieles a Europa. Y eso supuso un gran problema para los inuit de Groenlandia. Cuando los chinos empezaron a tener contactos y relaciones con los inuit, compraron pieles de foca, y esa fue una buena tarjeta de visita para ganarse sus corazones.
Hasta hace unos diez años, Dinamarca estaba preparada para que Groenlandia fuera completamente independiente. Pero era otro mundo, en el que tener una colonia no molaba
¿Cómo fue ese proceso de seducción por parte de China?
Definitivamente, a los inuit no les gusta Dinamarca. Quieren emanciparse de ese pasado, de esa terrible experiencia. Y están abiertos a encontrar nuevos socios. Por eso llegó China. Y la administración de Biden, hace tres años, echó a los chinos de Groenlandia: sutilmente, en silencio, sin usar el lenguaje de Trump, pero lo hizo. Eso demuestra que ese es el escenario del conflicto, aunque estoy seguro de que Putin y Trump tienen un acuerdo sobre el Ártico.
¿De qué tipo?
Hubo un acuerdo en Anchorage (Alaska) entre Putin y Trump, para establecer una especie de Yalta para el Ártico, y un principio de acuerdo para que las empresas estadounidenses regresaran al Ártico ruso para introducir su tecnología y explotar el petróleo y gas. Y, en ese momento, Putin dejó muy claro que para ellos es normal que Estados Unidos reclamen, de alguna manera, Groenlandia. Por otra parte, creo que un acuerdo con Trump es peor que un acuerdo con Putin en algunos aspectos.
¿Por qué?
Porque Putin es predecible. Especialmente si se conoce la historia de Rusia, o incluso la historia de la Unión Soviética, con respecto al Ártico, es predecible. Pero Trump no lo es. Y creo que ese es el problema de su acuerdo con Groenlandia. Porque ya hay muchos acuerdos bajo la mesa, incluso con personas muy cercanas a Trump; y se podría llegar a un entendimiento si Estados Unidos puede ofrecer dos o tres veces más, incluso cinco veces más, de lo que Dinamarca proporciona en subsidios a ese país. Pero el único problema es Trump.
¿Qué clase de acuerdo puede ofrecer Estados Unidos?
Uno como el que tienen las Islas Marshall, por ejemplo. Hay muchísimas recetas en términos de diplomacia internacional. Creo que no hay ningún problema a la hora de llegar a una forma de asociación. Por ejemplo, proponiendo y adaptando un acuerdo con los inuit en los mismos términos que se hizo con los inuit de Alaska. Los inuit de Alaska son los propietarios de los derechos del petróleo, el gas, los recursos de sus tierras. Los inuit de Alaska tienen diez empresas y cotizan en Wall Street, y son muy ricos. Eso no quita que, de todos modos, estén jodidos. Es posible que lo estén precisamente porque tienen dinero. El alcoholismo y las tasas de suicidio son elevadísimos. De cualquier manera, aquél puede ser un punto de referencia para el acuerdo.
¿No es un poco extraño que se plantee en los términos que estamos viendo?
Por supuesto, es muy complejo, porque podemos ver cada día cómo aumenta la tensión. Pero también vemos la debilidad de Europa. La situación con respecto a Dinamarca es muy interesante; porque hasta hace unos diez años, Dinamarca, su pueblo, su gobierno y sus instituciones, estaban preparados para que Groenlandia fuera completamente independiente. Pero era otro mundo, en el que tener una colonia no molaba, no era sexy. Ahora, sin embargo, en este momento histórico, el colonialismo es algo normal y es extraño ver cómo en Dinamarca, donde el movimiento anticolonialista era fuerte —como también lo era el movimiento antinuclear— ahora todos defienden el derecho a mantener Groenlandia. Porque a través de Groenlandia, Dinamarca es una especie de pequeña superpotencia en el Ártico. Y gracias a Groenlandia, podrían incluso tener ambiciones: reclamar los derechos en el Polo Norte tal como lo está haciendo Rusia. Dinamarca, y Europa través de Dinamarca, están defendiendo los derechos de mantener una colonia en Groenlandia, tal y como es ahora, porque todos los enclaves importantes son daneses.
Hay una enorme urgencia para los Estados Unidos, TAMBIÉN para el ‘deep state’, de ganar posiciones en el Ártico, porque están muy lejos de Rusia e incluso de China
¿Tiene alguna posibilidad la Unión Europea de mantener esa soberanía o la única opción es ponerle precio a la isla?
Cuando los líderes europeos dicen que solo Dinamarca y Groenlandia tienen la voz allí, que tienen el derecho de decidir el futuro, hay que explicar un hecho: Groenlandia no tiene esa voz. A pesar de las palabras del primer ministro groenlandés, no quieren volver a ese momento colonial. De hecho, Groenlandia salió de Europa antes que el Reino Unido. Por supuesto, Groenlandia está preocupada por la seguridad. La OTAN lleva allí mucho tiempo, pero quien dirige la OTAN es Estados Unidos, los países europeos no son más que vasallos. Sin el líder nada se puede decidir. Europa es débil y no tiene argumentos sólidos, creo, porque en términos de dinero, Estados Unidos puede ofrecer más. Así que sí, soy pesimista, soy muy pesimista.
Entonces, ¿solo se trata de convertir en hechos lo que ya está sucediendo?
Ya poseen Groenlandia, tienen fuerzas armadas, dominan Groenlandia y pueden hacer lo que quieran. Ese es un acuerdo antiguo. Y el acuerdo se firmó con Dinamarca porque Dinamarca tenía un mal expediente después de la Segunda Guerra Mundial por su relación con los nazis, porque colaboraron con los nazis de manera muy intensa. Esto los debilitó mucho en el acuerdo de la OTAN. Así que más o menos dieron Groenlandia a Estados Unidos, para que hicieran lo que quisieran y para que Dinamarca pagara lo menos que pudiera. Por tanto, los militares, ya pueden hacer lo que quieran allí, pero quieren ampliar eso a Groenlandia para que esté oficialmente en la esfera de EEUU, con la confianza de que eso les convertirá en una superpotencia ártica. En este momento no son una superpotencia ártica, porque la única de esa clase es Rusia.
Queda claro que la posesión de Groenlandia no es solo una idea que haya tenido Trump.
Lo principal es que hay demasiadas razones para que EEUU tenga esa obsesión con Groenlandia. Esto trasciende al círculo de Trump, y la prueba es que no hemos escuchado grandes voces en contra del resto del establishment político estadounidense. Se quejan del método, se quejan de las palabras, pero no del fondo. Y, por supuesto, Trump quiere tener un nombre y pasar a la historia por hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande en términos de territorio. Pero hay una enorme urgencia para Estados Unidos, también para el deep state —llámalo como quieras—, de ganar posiciones en el Ártico, porque están muy lejos de Rusia e incluso de China en términos de rompehielos, entre otros muchos aspectos.
El deshielo del permafrost en el Ártico es, al mismo tiempo, una oportunidad para el capitalismo y una maldición para la humanidad. ¿Hasta qué punto el Ártico es el termómetro global del planeta en este momento?
El cambio climático sigue ahí. Acabo de escuchar a un tipo del noroeste de Groenlandia: decía que deberían tener el hielo ahí desde hace dos meses y todavía hay aguas abiertas este invierno. Eso supone un desastre para la caza, la pesca y todo eso. Porque incluso cuando se forme el hielo de aquí a marzo, será una capa fina. No es hielo espeso. No puedes ir con motos de nieve; es un gran problema. Las cosas están muy mal. Al mismo tiempo acabo de escribir un largo artículo sobre cómo Rusia y Canadá están bendecidos de alguna manera por el cambio climático, para el presente y el futuro, especialmente en la agricultura.
¿En qué sentido?
Rusia ya está expandiendo el territorio agrícola hasta los Urales e incluso hasta el sur de Siberia. Por supuesto, está la maldición del deshielo del permafrost, que es un problema enorme para Rusia en cuanto a infraestructuras, y sigue siendo un gran interrogante para los científicos: no saben cuál realmente va a ser el efecto del derretimiento del permafrost. Canadá también se enfrenta a ese problema, y al de los incendios. Pero al mismo tiempo está expandiendo también sus tierras de cultivo y también la propiedad inmobiliaria. Hice la investigación para este artículo y vi cuántas agencias inmobiliarias, incluso las más grandes, están promoviendo inversiones para el público estadounidense. Y los lemas son: “En Estados Unidos tenemos un clima terrible e impredecible, grandes desastres: invierta en Canadá”. Los fondos de pensiones estadounidenses, los hedge funds, están invirtiendo en bienes raíces en Canadá. Así pues, no solo está el Ártico, con todo lo que sabemos y lo que escuchamos en estos días, sino también el subártico y el Alto Norte. El Alto Norte es una gran oportunidad.
¿Cómo crees que puede evolucionar la cuestión en el Ártico si se sigue acelerando el cambio climático?
No es la primera vez en la historia de la humanidad que ésta aprovecha el cambio climático e incluso lo provoca: Australia fue completamente quemada para poder cultivarla. En Norteamérica, se acabó con alrededor del 70% de los mamíferos. Creo que el planeta se adaptará como siempre ha hecho. Soy pesimista sobre todo en lo que respecta a la civilización occidental, sin duda. Es una crisis en la que el compromiso ya no es una palabra utilizada y el compromiso es columna vertebral de la diplomacia. Tengo miedo y soy pesimista porque veo desaparecer el logos en Occidente, la lógica, la parte racional de nuestra cultura. Y sin eso, solo tienes caos, teorías de la conspiración, líderes que no tienen crédito ni apoyo y que se lanzan a la guerra, que dicen que el conflicto es inevitable. Lo que me da miedo es que Alemania esté armándose, escuchar al líder de Alemania decir que van a ser los guardianes de Europa, etc. Esto da mucho miedo porque sabemos por experiencia que, cuando los alemanes llevan puestos los cascos en la cabeza, pasan cosas malas.
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