Esta máquina mata fascistas

Una máquina no es sólo un objeto sino también la capacidad de generar relaciones, encuentros y consensos. Una silla es una excelente a la par que peligrosísima máquina. Muchas personas caminando la ciudad con una silla al hombro supone un despliegue armamentístico de avanzada tecnología: la posibilidad del encuentro conversacional “en cualquier parte”.
Esta máquina mata fascistas
Vecinas charlando a la fresca con sus sillas plegables. Hello Compost!
30 sep 2026 07:45

Rosalía, nuestra artista medievalista más contemporánea, inicia la primera canción de su último disco con una frase exquisitamente sugerente: “Quién pudiese vivir entre los dos, primero amar al mundo y luego amar a Dios”. El fandom ya estuvo analizando hasta las pausas para tomar aliento que se dió la cantante al salir el disco, pero es indudable el interés filosófico de la frase en nuestro contexto de precariedad absoluta de las condiciones materiales de vida. ¿Cómo vamos a poder ocuparnos de lo excelso, lo sensible y lo etéreo si nuestra relación con la construcción de mundo está secuestrada? ¿Quién puede hoy vivir en una relación sana y cercana con el sentir y el pensar si el hacer ha sido usurpado por el consumir? Pareciese que el lamento de la catalana quisiera congraciarse con el filósofo alemán Markus Gabriel y nos susurrase al oído que es el momento de hacer las paces entre la metafísica de la totalidad y la ontología de lo individual. Que el mundo no existe pero nuestro anhelo es acertado: necesitamos de un mundo que podamos construir, fabricar y recordar en compañía y al que aferrarnos como hacemos con las cosas que nos permiten vivir dignamente, y desde ahí, poder levantar el vuelo.

Lo complicado, y lo sabemos, es que ese mundo no se va a hacer con la mera verbalización de su deseo. Necesitamos fabricarlo y para ello necesitamos conocer con qué es que podremos iniciar la tarea. Entre el deseo de hacer mundo y su posibilidad de darse habrá de mediar nuestra forma de hacer, nuestros vínculos y las herramientas que los tejen.

Por ello, nuestra comprensión de hacer mundo, o nuestra relación materialista con la vida, suele estar asociada a la capacidad de transformación que podemos permitirnos como seres humanos gracias a nuestra inteligencia. Y para esa transformación nos ayudamos de herramientas, técnicas y por supuesto máquinas. A nivel histórico de la aparición del arado a la bomba nuclear no hay más que un pestañeo existencial. Aquello que llamamos máquina hoy no es distinguible del accionar diario de millones de personas siguiendo un horario forjado en los entresijos de la eficiencia burocrática. Una máquina es un objeto, sí, pero también un cúmulo de relaciones sociales, culturales y éticas amalgamadas sobre una forma de hacer mundo.

This Machine Kills Fascists, por Al Aumuller
Al Aumuller, Woody Guthrie con una guitarra que dice “This Machine Kills Fascists”, 8 de marzo de 1943. New York World-Telegram and the Sun Newspaper Photograph Collection, Library of Congress. Sin restricciones de copyright conocidas.

Recordaba Platón que cuando al rey Thamus le fue ofrecida la escritura por parte del dios Thot aquél acabó rechazándola a pesar de las promesas de aumento de memoria y sabiduría. Thamus entendió que esta nueva máquina quitaría a su pueblo la capacidad de recordar, de estar juntos para contarse historias, para ser en compañía. Pero llamar a la escritura máquina nos cuesta; estas letras no tienen tuerca, ni grasa, ni apps. Y aún así lo que no podemos negar es cómo, incluso a día de hoy, sigue siendo cautivador que un cúmulo de signos difuminen la frontera de dónde acaba la lectura y empieza nuestro pensamiento. La escritura ha sido desde su invención una máquina de hacernos pensar.

Volviendo a lo maquínico de la cuestión, en la mística de la vida en el campo arar la tierra se presenta como un hacer que acoge en su poética una práctica imbricada con lo natural. Un vivir que permite al ser encontrarse en el hacer mundo, en la observación de cómo cada uno de sus actos genera un fruto que puede tocarse, olerse e incluso comerse. Woody Guthrie, cantante folk estadounidense, debió sentir algo parecido con cada nota que salía de su guitarra adornada con el famoso lema “This machine kills fascists”. Cada canción araba sutilmente las mentalidades de la época, impidiendo el acceso al fascismo a aquellos que escuchaban su música. Sus letras hablaban de marginados, pobres, gente abusada brutalmente por el sistema. Su máquina producía individuos politizados que no dejarían engañarse facilmente. La música, como la cultura, son un antídoto fabuloso contra el embrutecimiento de las doctrinas totalitarias.

Resulta curioso que a veces no seamos conscientes de cuánto mundo hacemos con máquinas ridículamente sencillas. Por ejemplo, una tienda de campaña apostada en el centro de una ciudad europea es una estaca en el bosque, pero una acampada en ese mismo lugar es un arado colectivo que clama por una tierra (y un asfalto) que pertenecerán al que se los trabaja. Estas tiendas son también máquinas culturales que imposibilitan el fascismo. En este sentido Gilbert Simondon, filósofo francés de la técnica, apelaba a la necesidad de eliminar la división entre cultura y técnica y apostaba por recuperar la tecnicidad inherente en aquellas máquinas que nos sirven para construir un mundo común. Esa tecnicidad tiene parte de naturaleza y parte de humanidad, y a las máquinas que albergan una gran tecnicidad, debemos hacer lo posible por salvarlas, por ponerlas en valor. Por ello, una tienda de campaña devela toda su fabulosa tecnicidad cuando es ubicada entre el agreste y violento gris pétreo de la ciudad.

En Euskal Herria han iniciado las asambleas por el derecho a la vivivienda como se ha contado en “La reivindicación por la vivienda se extiende ya a Euskal Herria con una acampada en Bilbao“. La silla, desde su fabulosa tecnicidad, se ha convertido hoy en arado de la urbe. Foto Eider Iturriaga

Y no es la única. Existe otra que necesitamos elevar al podio de las máquinas destructoras de fascimo: la silla.

Plegable, abatible, transportable y sobre todo ligera: el AK-47 del compost ontológico-maquínico. Durante siglos esta máquina ha acompañado los consejos de sabios y sabias más profusos del planeta. En las calurosas noches de verano ha ayudado a fabricar conversaciones, relatos, encuentros y sueños. La silla nos ha ayudado a estar y por tanto ser. ¿O acaso es casual que hoy no podamos sentarnos en prácticamente ningún lugar de una ciudad como es Madrid? La silla es una tecnología bruja, fabrica hechizos y desmonta embrujos, crea consensos y cimenta amistades. Qué bello ese fusil del reposo que se carga al hombro y llevas contigo a cualquier lado; con el que caminas la ciudad y desnudas las vergüenzas del asfalto inquisidor sentándote en medio de las avenidas, calles y plazas.

Reivindicamos hoy y siempre esta máquina, que también mata fascistas, porque nunca nadie sentado a la fresca confabulando la creación de nuevos mundos tuvo la necesidad de desear muerte.

Campesinos de la urbe, jornaleras de asfalto, polinizadores de la banalidad... ¡Sentaos! ¡Sentaos en todo lado! ¡Sentaos solas, con conocidos y desconocidas! Toma tu silla y siéntate donde te dé la gana porque ese espacio que ocupas ahora en la ciudad, desde la comodidad de tu asiento, es un poco más tuyo, un poco más de todas.

Sobre este blog
¿Somos? Un proceso orgánico. Una duda metódica. Un jardín de infinitas posibilidades… Queremos encontrarnos en el diálogo activo de las posibilidades tecno/lógicas de construcción de futuros. Pero estos sólo serán posibles si son tecnodiversos. Nuestras utopías nunca podrán germinar en los bancos de datos de Silicon Valley así que nos toca encontrar juntas dónde pueden hacerlo. Por ello nos encontramos para pensar, para dialogar, para compartir. Queremos comprender. Queremos cultivar/nos. Hello Compost! es nuestro primer mensaje de programación enviado con un código que aún no existe. Lo estamos creando.
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