Tecnología
Oda a la cosmotécnica queer de Rodrigo Cuevas
Pobre es el que no sabe bailar
Dicho popular colombiano
Rodrigo Cuevas en concierto es una experiencia que cruza los sentires y pensares desde lo más visceral a lo más racional. El baile, el sudor, la ebriedad y la alegría son fieles compañeros de su puesta en escena pero hay un aspecto cosmotécnico que Rodrigo, sin querer queriendo, realza hasta el punto de necesitar hacerle una oda.
Este concepto tan llamativo y místico como es la cosmotécnica ha sido acuñado por Yuk Hui, filósofo chino afincado en Europa. La definición que hace del concepto es “unificación del cosmos y lo moral por medio de actividades técnicas”. Un cosmos que lejos de referirse a lo lejano nos habla de lo local, lo situado, el terruño; y una moral como la suma de las normas con las cuales colectivamente decidimos el devenir de la vida y lo vivo. En su planteamiento la puesta en valor y recuperación de cosmotécnicas hiperlocales, algunas olvidadas por la historia política y económica contemporánea, o incluso ocultadas, permitirá desplegar la necesaria tecnodiversidad que sirva de punto de apoyo a la emancipación social de una tecnología que lejos de liberarnos del tedio de la vida nos tiene metidos en el bucle de la resignación eficiente. Si para que un ecosistema prospere debemos potenciar una biodiversidad, entonces para contar con una técnica nutritiva necesitamos visualizarnos desde su analogía, desarrollando una tecnodiversidad.
Rodrigo es asturiano y lo sabes desde el minuto uno de su aparición en escena. El concierto huele a sidra, a cucho, a besos y plumas. Su absoluta localidad está atravesada por su gozosa forma de entender el acto presente, el cariño, el sexo y el cantar. Rodrigo no ha rebuscado en lo popular para llevarlo a escena, él es popular. Sus cantos hablan de ayer, de hoy y de un mañana esperanzador. Un mañana que se reclama vivo desde un pasado glorioso de luchas y de sentires. Quién no llora con Rambalín necesita desanudarse la camisa del corazón con urgencia. Estamos ante un maestro de lo diverso, de lo local y de lo moral contemporáneo. Camina con el pasado delante y su estela va abriendo futuros a su paso. Futuros que se despliegan diversos y desconocidos pero ricos y sugerentes apoyados en la tradición. Nuestra historía política reciente nos ha demostrado que intentar apropiarnos a través del acto político de palabras coptadas por una u otra esfera (nación, libertad,...) es un error. Y eso lo sabe el arte y por eso hace estallar todo en mil pedazos. La técnica del encuentro, del saber hacer juntos, del escanciado de sidra y la narración de historias locales explota en una universalidad festiva.
Hui en sus libros explica lo que Rodrigo confirma: que la potencia de la cosmotécnica, aún basada en la localidad del saber situado no lleva en sí el germen de la banalización o el populismo. La apuesta por el reconocimiento de la heterogeneidad de lo cósmico hace reventar cualquier posibilidad de reduccionismo. O dicho de otra forma, ¿acaso Rodrigo Cuevas tiene interés por convertirse en valuarte de un nacionalismo renovador? No, en absoluto, y al mismo tiempo no se me ocurre mejor ejemplo para situar las coordenadas de una regeneración del sentir popular. Rodrigo asalta a la líbido robada por la máquina para devolverla a la fiesta y al encuentro. Sus abruptas exhalaciones homoerótico- festivas te van a atravesar más allá de tus preferencias sexuales, porque sabe que hablando a tu pueblo tu discurso se vuelve planetario.
Un concierto de Rodrigo Cuevas es una experiencia cosmotécnica queer que nos señala una forma-de-hacer que permite que la utopía sea posible. La imaginación al fin queda desencadenada enterrando, aunque sea por un momento, el aceleracionismo depredador del capitalismo cibernético. Un grupo de mujeres sentadas a la fresca en la vereda de sus casas tienen aún mucho que contar, y Rodrigo lo sabe, y eso lo hace grande a él, pero sobre todo al conocimiento místico pensado pero no pronunciado por todas ellas.
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