Historia
Comercio de esclavos en África: la ruta de Benín

En Ouidah, donde antiguamente funcionó el más importante de los puertos esclavistas de la región del Golfo de Benín, hoy se muestra esta trágica historia a través de algunos circuitos turísticos que buscan poner en valor la ciudad. Memoria e historia se entrelazan en propuestas que buscan —no sin contradicciones y paradojas— acercarnos a la oscuridad de los tiempos de la trata transatlántica de esclavos, proceso que marcó la historia mundial y el desarrollo del capitalismo.
La ruta de los esclavos en Benín - 1
La puerta del no retorno, que también está siendo remodelada. Juan Ignacio Incardona
4 mar 2023 06:00

Se habla poco de la historia de África pese a ser una historia que nos cruza a todos. Una historia que diseminó por los lugares más recónditos del planeta. Se ha estudiado mucho, y cada vez hay más especialistas en este continente. Pero se cuenta poco. Sigue sin “vender”. Sigue siendo una historia de segunda o tercera categoría desde la óptica de los países del norte.

La ciudad de Ouidah, en Benín —un pequeño país del occidente africano— fue uno de los más importantes puertos de embarque de la que los europeos llamaban “la costa de los esclavos”. Historiadores como Robin Law calculan que de allí partieron más del 50% de los cautivos que fueron arrebatados de esta región del Golfo de Benín. Para ponerlo en números redondos, y llevando todos los cálculos al mínimo, de los 12 millones y medio de africanos que fueron esclavizados y transportados a las Américas, cerca de un millón salieron desde Ouidah. Fue en la segunda mitad del siglo XVII cuando se aceleró de forma dramática el volumen de esclavos exportados. De venderse tres mil esclavos anualmente en 1670, en 1688 pasaron a expatriarse a más de veinte mil seres humanos devenidos en objetos de cambio en esas embravecidas costas del Atlántico norte.

La ciudad de Ouidah pertenecía al reino de “Hueda” (también mencionado en las fuentes como Whydah), cuya capital era la ciudad de Savi —situada a 11 kilómetros de la actual Ouidah—y pagaba tributos al reino de Allada, el más poderoso de la zona costera hasta 1727, un año en el que todo cambió en la región. Aunque no están muy claros los orígenes del reino de Hueda y no hay precisiones al respecto, el historiador local Casimir Agbo pone la fecha de 1550 como tentativa, aunque sin mucha rigurosidad documental. La única certeza es que Ouidah ya existía como poblado antes del comercio con los europeos.

A partir de 1553 los portugueses empezaron a comerciar en estas costas, con el reino de Popo (unos kilómetros al este de Ouidah), pese a que ya desde 1470 habían navegado por esa zona en su búsqueda de una vía alternativa a la ruta de la seda hacia la India. Unos años más tarde ya había comerciantes establecidos allí, y comenzaron a traficar esclavos para las plantaciones de azúcar en Santo Tomé y Brasil. En 1630 llegaron los holandeses, que establecieron una factoría, luego los daneses, los suecos, los ingleses y los franceses, que también decidieron instalarse formalmente en Ouidah.

Antes de que Ouidah cayera en manos del reino de Dahomey, los europeos disfrutaban de una poco habitual modalidad de libre comercio, ya que en 1704 hubo un acuerdo para que los buques de un país no interfirieran con los de otro, incluso si ambos países estaban en guerra. Tras la conquista de Ouidah por Dahomey, en el fatídico año 1727, la trata estuvo en dificultades por todas las guerras internas, pero poco después de concluir un tratado con los Oyo —el reino más poderoso, que se extendía por lo que hoy es Nigeria—, el rey Agaja de Dahomey reanudó el comercio de esclavos con los europeos en el “puerto” de Ouidah, que pasó a pertenecerle.

La esclavitud ya existía en esta zona antes de la llegada de los europeos, pero era un tipo de esclavitud totalmente distinto al propuesto por los emisarios europeos que explotarían africanos en las plantaciones americanas

Pero los europeos no siempre comerciaron esclavos en estas regiones, y las condiciones de intercambio siempre estuvieron controladas por los reyes locales. De hecho, una de las particularidades de esta zona es que los reyes de Allada no permitieron a los europeos construir fortalezas en la zona costera como lo hicieron en la “Costa de oro” (actual Ghana), sino que obligaron a los emisarios de los imperios del norte a construir sus fuertes tierras adentro, para tenerlos controlados.

En consecuencia, la mayoría de los europeos comerciaban desde sus barcos, y en lotes, un sistema que había implementado el Rey de Allada y que forzaba a los europeos a comprar a los “buenos” junto con “los malos” esclavos, mientras que en otros lugares los compraban uno a uno, lo cual les permitía seleccionarlos de forma más exhaustiva.

Ejército e ideología

La esclavitud ya existía en esta zona antes de la llegada de los europeos, pero era un tipo de esclavitud totalmente distinto al propuesto por los emisarios europeos que explotarían africanos en las plantaciones americanas. La creciente demanda de cautivos alteró las relaciones sociales y políticas entre los reinos. Con la llegada de las armas y demás bienes europeos, el pequeño reino de Dahomey se fortaleció de tal manera —con sus famosas guerreras “amazonas” (“agojies”, en su lengua local)— que pasó a controlar casi la totalidad del comercio negrero de la región hasta su abolición.

Si bien hay debates abiertos sobre los propósitos de la expansión de este reino, y sobre las intenciones de su participación en la trata transatlántica (hay quienes sostienen que lo hicieron para defender a su pueblo de los ataques de otros reinos involucrados en este infame mercado), Dahomey se convirtió en el reino más poderoso de la zona, con su capital en Abomey y con sus ciudades tributarias en la costa. Más allá del poderío militar, no hay que menospreciar la dimensión ideológica del proceso de consolidación del reino, algo que implicaba una ruptura y verdaderos cambios cualitativos en la forma de legitimación política tradicional. Pero los reyes dahomeyanos también fueron hábiles para rescatar varios aspectos organizativos y cosmogónicos de los reinos precedentes, como el culto a los ancestros, para lograr consensos y legitimidad. Más allá de toda glorificación militar y poderío a través de las armas, Dahomey también tenía un desarrollo político considerable, que lo llevó a ser una potencia regional, incluso logrando cortar su vasallaje con el reino Oyo en 1823.

Sin haberse saldado el debate sobre los motivos del reino para expandirse e intentar controlar el comercio de esclavos, y si este comercio alteró sus rasgos originarios o si fue un elemento constitutivo del reino, la trata de esclavos fue un factor que alteró la situación de la región, y si bien el reino de Dahomey se explica por su propio devenir histórico, muchas de sus características —sobre todo el autoritarismo, la militarización y la centralización— no se pueden entender fuera del contexto del auge del comercio transatlántico de esclavos.

Como dijo el historiador Patrick Manning, quizá el mayor mérito del reino de Dahomey fue construir un sistema “racional” de venta de esclavos sobre un terreno en el que había reinado a anarquía y el descontrol (contexto al que algunos reyes de Dahomey también habían contribuido); esto llevó a una relativa paz para sus súbditos, por lo que allí radica su mayor logro. Pero claro, las aldeas y poblados vecinos vivieron con el permanente temor de ser asaltados por la noche por las tropas dahomeyanas que buscaban su preciada mercancía.

La recreación de la ruta de los esclavos

Como me dijo el guía Kader —uno de los pocos que habla inglés en la ciudad de Ouidah—, los europeos se encargaron de borrar todos los rastros del comercio negrero en el periodo colonial, por eso recordar este proceso a través del patrimonio resulta sumamente complejo. No hay rastros claros. No hay construcciones significativas como en Ghana, donde quedaron algunos fuertes y castillos costeros. Era un comercio en donde los productos humanos transitaban por la zona, había un movimiento continuo, por eso no quedaron tantas marcas que puedan ser rescatadas en el presente. Por ende, en Benín tuvieron que crear, simular, inventar una Ruta de los esclavos en la última etapa que los cautivos solían transitar desde el interior del continente hasta los buques negreros. Son 3,5 kilómetros en los que hoy se puede caminar para tratar de entender un poco el sufrimiento de esas decenas de miles de personas que pasaron encadenadas por allí. Pero en realidad esas personas caminaban muchos kilómetros más desde el norte del actual territorio de Benín. Desde la ciudad de Abomey —capital del reino de Dahomey— donde se centralizaban todos los productos obtenidos en las razias realizadas en los poblados cercanos, caminaban atados de pies y manos 201 kilómetros hasta Ouidah.

Con la participación de la UNESCO, en un proyecto que se llamó Ouidah 92, se diseñó un camino con siete etapas que se distribuyen desde el mercado público —donde supuestamente se realizaban las transacciones y subastas de los distintos esclavos—, hasta la “Puerta de no retorno” en la playa, que una vez que la cruzaban, sabían que no volverían a sus hogares.

Pero vayamos paso a paso. La primera estación en esta Ruta de los esclavos es la “Plaza Chacha”, el lugar donde se realizaban las subastas y los intercambios de esclavos por diferentes bienes que traían los europeos, entre los que se destacaban las armas, el alcohol, tabaco o instrumentos musicales. Según las fuentes locales, una pistola podía cambiarse por 16 esclavos varones o 21 mujeres. Los europeos necesitaban muchos esclavos, ya que perdían gran parte de su mercadería en el camino hacia las plantaciones Americanas (el historiador Marcus Rediker calcula en cerca de cinco millones de cautivos muertos en los traslados). Lo curioso es que esta plaza está frente a una de las residencias o —como ellos los llaman— “Palacios” de la familia de Souza. Francisco Félix de Souza fue un reconocido tratante de esclavos de origen brasileño que llegó a convertirse en un jefe local, con toda una mitología que rodeaba —y aún envuelve— su figura.

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Un grupo de turistas en la remodelada “Plaza Chacha”, frente a la residencia histórica de Francisco Félix de Souza, el traficante de esclavos de origen brasileño que se convirtió en “Virrey” local. Juan Ignacio Incardona

De Souza llegó a Ouidah en 1792 por primera vez y tras algunos años volvió a Brasil, pero para 1800 ya había desembarcado en Benín para quedarse. Primero sirvió en el fuerte portugués, en el puesto que dejó vacante su hermano, y luego se dedicó a la venta de esclavos de manera privada. Según cuenta la historia-leyenda —reafirmada por Jean Paul, hija de Martine de Souza, una descendiente directa de Francisco Félix—, De Souza tuvo un encontronazo con el rey de Dahomey Adandozán por unas deudas que este tenía con el comerciante luso-brasileño. Cuando fue a reclamar por el pago, el rey lo envió a prisión. Fue allí donde conoció al príncipe Gakpé, hijo del Rey Agonglo, que había sido asesinado en 1797, año que Adandozán asumió el trono. En prisión, De Souza y Gakpé acordaron unir fuerzas para destronar a Adandozán. Cuando de Souza logró escaparse de prisión, se instaló en un pueblo aledaño donde juntó fondos y armas para el golpe de estado que finalmente acometieron en 1818, y el príncipe Gakpé se convirtió en el Rey Gezo. El nuevo líder del reino invitó a De Souza a instalarse en Ouidah para hacerse cargo de las cuestiones comerciales, y le concedió el título de Chacha, un puesto honorífico cuyo nombre era un derivado del apodo que le habían puesto a de Souza en prisión, una adaptación a la expresión portuguesa “já, já”, referida a hacer algo de prisa, que solía repetir de Souza.

Fue así que se convirtió en una especie de virrey o gobernador de la ciudad, con plenos poderes que le permitieron acumular una considerable riqueza que llamaba la atención de los comerciantes europeos que arribaban a este puerto. Para dicha época, cerca de la mitad de los barrios de la ciudad (sobre todo en la zona sur), habían sido creados por De Souza y toda la red de mercaderes y traficantes locales que lo proveían y dependían de sus negocios. Fue surgiendo así la comunidad Aguda —o Agouda— (término que designaba a los afrobrasileños). A los traficantes se le fueron sumando esclavos liberados que migraron o fueron deportados desde Brasil (muchos esclavos fueron deportados en el siglo XIX al ser sospechosos de conspiraciones y revueltas en plantaciones y zonas mineras de Brasil) y formaron este grupo diverso, ya que había esclavos de diferentes orígenes y traficantes luso-brasileros formando una misma comunidad, que en los primeros años negaban sus raíces africanas y se consideraban brasileros. Con este panorama social en la comunidad local, es entendible lo problemático que resulta recordar la trata de esclavos, con victimas y victimarios con fronteras difusas, intrincados, mezclados en una convivencia pacífica en el presente.

De la primera etapa se pasa rápidamente a la segunda, que está muy cerca de la plaza Chacha; es la “Branding house”, donde marcaban a los esclavos en sus espaldas con hierros calientes, colocando las iniciales de sus propietarios o de los nombres de los barcos en los que viajaban, ya que en un mismo buque podían cargarse esclavos de distintos tratantes (y de diferentes países incluso), por lo que para evitar inconvenientes a su llegaba a las Américas, se los marcaba como si fuesen ganado. Allí les ponían una especie de bozales para que no mordieran a las personas que les quemaban la piel con esos hierros hirviendo. El problema de esta “etapa” es que esa antigua casa del marcado hoy es una propiedad privada que no presta sus instalaciones a estos proyectos de memorialización, por lo que es una etapa meramente testimonial, poco puede verse de ella más que la muralla que protege la vivienda.

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Las esculturas en donde los guías locales dicen que estaba “La casa de la oscuridad”, donde los esclavos esperaban durante semanas -en condiciones infrahumanas- a ser embarcados. Juan Ignacio Incardona

Con los bozales puestos, encadenados en sus tobillos y en sus manos, los cautivos continuaban su camino hasta la tercera etapa de esta ruta ficticia: “El árbol del olvido” que fue plantado por emisarios del Rey de Dahomey, con diferentes objetos rituales alrededor. Si las esclavas eran mujeres, tenían que dar siete vueltas al árbol hacia la izquierda. Los hombres debían dar nueve vueltas hacia su derecha. Esto era así porque —según me explica Kader— en la comunidad local se cree que las mujeres tienen siete costillas y los hombres nueve. También hay una causa espiritual, vinculada al oráculo ifá de la religión vudú. Con estas vueltas se creía que olvidarían quiénes eran y de donde venían; era la forma de cortar sus raíces, su identidad, con la idea de que los espíritus de estas personas no afectasen las vidas de sus captores. Entre los practicantes del vudú los espíritus de los muertos habitan entre nosotros, no van al cielo o al infierno, por eso la preocupación de las autoridades locales en cortar los lazos de estas personas con el reino. Este árbol fue destruido por un rayo hace unas décadas. “Incluso la naturaleza estuvo en contra de esta práctica”, me dice Kader. En 1992 se construyó una estatua para recordar este lugar, pero ahora la han removido por las obras de remodelación de toda la ruta, que dentro de unos años estará irreconocible, totalmente modernizada con asfalto y carteles explicativos.

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El árbol del retorno, en el poblado de Zoungbodji, aún si señalética, pero pronto habrá remodelaciones allí también. Juan Ignacio Incardona

Luego de este árbol se llega a la cuarta etapa, que se denomina “Zomai”, “La casa de la oscuridad” o “La casa donde no entraba la luz”. Según los guías locales, era una especie de barracón construido con materiales locales; los esclavos tenían que permanecer en cuclillas mientras esperaban a ser embarcados. El tiempo que aguardaban su traslado podía variar, en los peores casos llegaba a ser hasta tres meses. Cada dos días les daban algo de comer y hacían las necesidades en el mismo sitio donde esperaban. Llegaba a haber 300 esclavos hacinados y no los dejaban comunicarse entre ellos; de todas maneras les era muy difícil hacerlo porque provenían de tribus distintas, con lenguas y dialectos diferentes. La escultura que se erigió en este lugar intenta representar esas distintas tribus esclavizadas. Esta etapa es quizá la más cruda, donde se puede sentir el dolor. Como me dijo Jean Paule, muchos visitantes afrodescendientes que llegan desde el caribe o desde los Estados Unidos se quiebran en esta parte de la ruta de los esclavos. No comprenden la barbarie que recubría este comercio.

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Memorial en la sexta etapa de la Ruta de los esclavos, donde estaban las fosas comunes de aquellos que no llegaban a ser embarcados. Juan Ignacio Incardona

Allí cerca está la quinta etapa, en ese mismo “poblado del terror” ubicado entre Ouidah y la costa llamado Zoungbodji, que según Martine de Souza fue fundado en 1727 cuando Dahomey reorganizó el comercio de esclavos. Son las “Fosas comunes”. Entre los proyectos de Ouidah 92 (se llamó así por el 500 aniversario de la llegada de Colón a América), se organizaron muchas excavaciones, y allí fue el único sitio donde se encontraron restos óseos de humanos que podrían haber sido esclavos. El memorial fue elaborado por el artista local Fortune Bandera. En la parte superior puede verse cómo estaban sentados los esclavos en la casa de la oscuridad, luego la caravana de cautivos en los extenuantes trayectos, y la última parte cuando eran enterrados en las fosas comunes, con las cadenas en las cuellos, aquellos que no llegaban a destino. A muchos se los arrojaba vivos si estaban enfermos o lastimados. “A sus dueños no les interesaba devolverlos a sus tierras de origen”, me dice Kader, y como eran transportados por las noches, perdían todo tipo de referencia geográfica para volver a sus hogares.

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Cartel que indica las obras en los 3.5 kilómetros de la Ruta de los esclavos, a cargo de la empresa Sagea Satom, que pertenece al grupo constructor multinacional Vinci. Juan Ignacio Incardona

En el mismo caserío donde hoy viven las familias descendientes de esclavos que pudieron escapar, o de aquellos que trabajaban en los negocios subsidiarios de esta red comercial —desde los que proveían de alimentos a los “canoeros” que llevaban los esclavos desde la playa a los buques— se encuentra la sexta etapa: “El árbol del retorno”. Dicho árbol también fue plantado por el emisario del rey de Dahomey y se sacrificó a cuatro esclavos como parte del ritual, además de otros objetos de la religión vudú que “protegieron” el lugar. Todos tenían que dar tres vueltas como parte del ritual. Los espíritus de esos esclavos —que caminaban sobre sus pares enterrados allí—, volverían a África cuando sus cuerpos pereciesen en donde quiera que estén. “Este árbol lo que demuestra también es que era un comercio entre dos partes. Si los europeos hubiesen forzado a los negros, ¿como pudieron estos introducir este tipo de cosas vinculadas a nuestra cultura en la ruta de la esclavos?”, reflexiona de forma autocrítica el guía local, Kader.

Y finalmente, ya en la playa, la séptima y última etapa: “La puerta de no retorno”, el símbolo de la ciudad. La ONU, junto al gobierno de Benín, construyeron en 1995 un puente para cruzar la laguna que atraviesa la “Ruta de los esclavos” y este monumento imponente, lleno de signos. Pero la verdadera puerta de no retorno era la propia laguna, los esclavos sabían que si la cruzaban, ya no volverían. “Cuando llegaban los esclavos y venían el horizonte, con el cielo y el mar unidos, decían que no había nada allí. ¿Puedes imaginar lo que era para ellos estar ahí, que nunca habían visto el mar y a hombres blancos? Muchos preferían morir antes que embarcarse. Comían arena o se mordían la lengua o se tiraban al mar, pensaban que los europeos se los iban a comer”, comenta Jean Paule.

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Ingreso a la zona de obras al lado de la Puerta del no retorno, donde habrá un complejo hotelero de alto nivel, cuya construcción está a cargo del grupo inversor chino “Yunnan Construction and Investment”. Juan Ignacio Incardona

Luego empezaban la travesía transatlántica, que también podía durar meses al principio, luego con la mejora de los buques se agilizó el traslado. Muchos morían allí en los barcos. Algunos se rebelaban, pero pocos tuvieron éxito en ello. “Esta es la historia, no tenemos que esconderla, tenemos que explicarla, tenemos que hablar de ella, no tenemos que cometer los mismos errores que nuestros ancestros”, finaliza Kader, un chico que habla un buen inglés que aprendió como autodidacta ya que ni siquiera pudo completar el secundario porque su familia no podía pagarlo. El caso de Jean Paule es distinto, ella como descendiente de un tratante de esclavos local siente culpa, al igual que su madre Martine, quieren redimirse, quieren abrirle las puertas a los afrodescendientes del mundo a que vengan a la tierra de sus ancestros. Quieren pedir perdón.

Ahora bien, si vamos a los registros historiográficos y a los trabajos académicos (occidentales-anglosajones), todas estas etapas e historias se ponen en duda, desde el mismo inicio en la plaza Chacha, pasando por los árboles con sus rituales de dar vueltas (ya sea para olvidar o ya sea para poder “retornar” a África espiritualmente), hasta la casa de la oscuridad y las fosas comunes. El propio Kader explica que en el lugar de la puerta de no retorno no había nada durante la trata. Es un monumento puramente simbólico. Historiadores como Robin Law, Ana Lucía Araujo o Dana Rush explican que estas etapas son en su mayoría ficción. El comercio se realizaba de otras formas, en otros sitios, y con diversas consecuencias y resistencias. Pero más allá de la supuesta veracidad o no de estos lugares de memoria que se presentan en la Ruta de los esclavos de Ouidah, es interesante acercarse a entender cómo los africanos están recreando esta historia, cómo ellos mismos la están contando, con sus herramientas, con sus conocimientos, y en base a sus necesidades del presente.

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Obreros locales en las obras de remodelación y asfaltado de la Ruta de los esclavos. Juan Ignacio Incardona

Así como se realiza una autocrítica sobre el rol de los propios africanos durante la trata, se destaca el poder de sus reinos, su propia historia antes de la llegada de los europeos, se rompe con el rol victima que se le asignó a los africanos durante tanto tiempo. Se hace memoria, como un deber. También con fines económicos y comerciales, claro. Se busca atraer al turismo cultural, a la comunidad afroamericana que busca sus raíces, que busca conocer su historia silenciada. A través de estas etapas de la Ruta de los esclavos se busca generar empatía, emoción, trasmitir un poco del sufrimiento pero también de la fortaleza y la resistencia de los africanos.

¿Está bien o está mal falsear la historia en estos proyectos de memorialización? ¿Para qué hacemos memoria? ¿Por qué los africanos quieren recordar esto? ¿Les sirve a sus propósitos actuales está forma de recrear la trata transatlántica? ¿Sirven estos proyectos de memoria para contar la historia? Son todos debates abiertos que invitan a reflexiones diversas. La única certeza es que estos proyectos de memorialización son sumamente cambiantes, dinámicos y dependen del presente, de cómo se mira al pasado desde la actualidad, por eso es una incógnita qué será de la Ruta de los esclavos cuando se termine el proyecto Marina —financiado por un grupo inversor chino— para remodelar todas estas instalaciones y construir una especie de parque temático y complejo hotelero sobre la costa. La mayoría de los guías locales cree que algunas de estas obras de modernización serán muy buenas para la comunidad local porque van a potenciar el turismo, pero otros miran con algo de desconfianza el lujo y glamur de los hoteles proyectados por este megaemprendimiento allí mismo, al lado de la Puerta de no retorno, apenas unos kilómetros al sur de Zoungbodji, donde las calles aún son de arena arcillosa y no hay tendido eléctrico público.

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Antonino
4/3/2023 10:43

Nada que objetar a una descripción de una realidad que fué terrible. En todo caso, para ser justos, decir que el comercio de esclavos ya existía en África antes de que el hombre blanco lo impulsara. Los árabes, digamos, ya cazaban y vendían personas del África negra con antelación. De hecho, de alguna forma sigue habiendo esclavitud en muchos países de fe islámica.

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