Una historia del ascenso de la extrema derecha en la República de Weimar

El ensayo histórico 'Los irresponsables. ¿Quién llevó Hitler al poder?' adquiere especial relevancia cuando el establishment liberal considera la extrema derecha como un socio respetable, y a sus pogromos, una eficaz solución contra la lucha de clases.
Hitler en París
Adolf Hitler en París.
4 jul 2026 05:39 | Actualizado: 3 ago 2026 18:01

A menudo cuando se aborda el análisis del ascenso de la extrema derecha en la Europa actual acude enseguida la analogía con los años treinta del siglo XX. Hay quién rehúsa la comparación con el ascenso del nazismo alemán o del fascismo italiano por ser un recurso demasiado sudado. Pero, ¿y si el problema no fuera la analogía en sí, sino que lo que está viciado es lo que creemos saber sobre el auge del nazismo? Este es el punto de partida del historiador de la Universidad de París-Sorbona Johann Chapoutot.

En las últimas décadas, en todo tipo de manuales de historia —académicos y escolares—, se encuentra un relato común sobre la caída de la República de Weimar. Esta analogía conocida por todo el mundo explica el ascenso del nazismo a partir de un supuesto programa social que habría embelesado a la clase obrera en un contexto de inflación extrema y altos niveles de paro. “La indigencia de los manuales es sorprendente” remacha el historiador francés desde buen comienzo en Los irresponsables. ¿Quién llevó Hitler al poder? publicado este 2026 por Alianza editorial.

Contra este relato interesado Chapoutot señala una tarea de contrahistoriografía para esconder el papel absolutamente determinante de las élites económicas alemanas y de las derechas “democráticas”. Así, el libro responde de manera clara, y después de una impresionante investigación documental, a la pregunta estampada en el título. El papel reservado a los partidos liberales y conservadores habría jugado un rol fundamental en el proceso de derribar la República de Weimar y en el de extrema-derechizar la vida pública alemana: “Es, de hecho, una pequeña oligarquía descarada, egoísta y corta quién hizo la elige, el cálculo y la apuesta de asesinar una democracia”.

La ayuda de los terratenientes prusianos a la extrema derecha, el papel del poder mediático controlado por un multimillonario ultraconservador —esparciendo a diestro y siniestro ideas racistas y anticomunistas— o el apoyo explícito de las élites más tronadas al nazismo —como el príncipe Hohenzollern vistiendo el uniforme de las SA y poniendo el prestigio de la casa real al servicio de la extrema derecha—, por no hablar de las complicidades empresariales, muestran el terreno social que amparó, dignificó e hinchó a la extrema derecha.


En el ámbito político, Chapoutot destaca cómo los partidos que se reclamaban de centro o de fingida derecha republicana tuvieron el principal papel en el ascenso al poder de la extrema derecha. Un proceso bastante anterior que Chapoutot señala en la elección de un militar monárquico ultraconservador, como es el mariscal Paul von Hindenburg, en 1925 como presidente de la República. ¿Qué podía salir mal al elevar al poder presidencial un noble prusiano con un talante comparable al del célebre sargento Hartman que aparece en la película de Stanley Kubrick La chaqueta metálica?

Para Chapoutot suponía nada más que entronizar la destrucción programada de la República por parte de un vejestorio bismarckiano, según lo describe el historiador francés, emperrado en imponer un gobierno de unión de las derechas —de nationale konzentration (de concentración nacional)— contra la constitución republicana, el parlamento y lo que hiciera falta. Hindenburg representó la cúspide de todo un bloque de conservadores decimonónicos y de liberales antidemocráticos que se beneficiaron de la violencia de la extrema derecha para conseguir sus objetivos.

Chapoutot reconstruye el lamentable papel de la socialdemocracia y como su estrategia del mal menor condujo a un antifascismo tan robusto como el papel de fumar

Esta violencia serviría, por ejemplo, para llevar auténticos golpes de estado contra los gobiernos de la izquierda socialdemócrata —al poder en lugares claves como Berlín, Brandeburgo o Prusia— y a la vez generar un clima de desorden que justificaría el proyecto dictatorial de Hindenburg. A modo de ejemplo, la autorización de los grupos paramilitares y parapoliciales de las SA y las SS antes de las elecciones federales de julio de 1932 sirvió para desatar una brutal campaña de violencia política —que causó cien muertos y más de mil heridos, en dos terceras parte por obra de los nazis—para intimidar al electorado. La derecha conservadora alemana aprovechó esta situación para demonizar la izquierda, en particular a los comunistas.

Ahora bien, dentro del campo de la izquierda Chapoutot reconstruye el lamentable papel de la socialdemocracia y como su estrategia del mal menor condujo a un antifascismo tan robusto como el papel de fumar. Así, cuando la derecha conservadora llevó a cabo el golpe de estado contra sus gobiernos municipales o federales —como los mencionados antes— la resistencia seria nula. Una política que convivía a la vez con un sectarismo increíble de los socialdemócratas contra los comunistas, solo hay que ver la represión del primero de mayo de 1929 que se saldó con 33 muertos de trabajadores berlineses. Por eso, el historiador francés concluye que: “la mezcla de táctica medrosamente y de proclamas marxistas hace que la prosa de los socialdemócratas sea singularmente indigesta, si no incomprensible”, puesto que su progresismo verbal —en este caso con el dicho vocabulario marxista— no podía esconder una práctica política que sustentaba la “política de tolerancia” (Tolerierungspolitik) hacia la derecha con el pretexto de retardar el progreso de la extrema derecha.

Ya entonces Trotsky hizo una cáustica descripción de esta orientación en enero de 1932: “estos hombres experimentados en las combinaciones parlamentarias y ministeriales, se revelan —no puedo encontrar una expresión más suave— en perfectos imbéciles desde el momento en que la marcha de los acontecimientos les proyecta fuera de su esfera habitual y les confronta con hechos importantes”. Una crítica, por cierto, que el militante socialdemócrata Franz Neumann plasmaría en su monumental obra de 1942, Behemoth. Pensamiento y acción en el nacional-socialismo, donde resumía el fracaso socialdemócrata de la siguiente manera: “El partido social-demócrata podía escoger entre el camino de la revolución política mediante el frente unido con los comunistas dirigido por los socialistas, y la cooperación con las semi-dictaduras de Brüning, Papan y Schleicher”, al escoger la última orientación los socialdemócratas habrían capitulado de cualquier resistencia antifascista seria inventando “excusa detrás excusa para justificar su inactividad”.

Por su parte, Chapoutot muestra como el nazismo alemán en realidad fue el corolario de una “revolución conservadora” que se había avanzado a la extrema derecha —una idea avanzada por cierto por el filósofo marxista György Lukács en su libro El asalto a la razón publicado en 1954. La propuesta constituyente de la patronal alemana de un Neue Staat a partir de suprimir la Seguridad Social y el subsidio de paro explicaría el interés de ésta en un modelo dictatorial de clase contra la República de Weimar. La extrema derecha nazi simplemente recogería el espíritu de una cruzada conservadora emprendida desde el primer momento de la proclamación de la República al acabar la primera guerra mundial. El clima de guerra contra el llamado bolchevismo cultural, el feminismo o la escuela pública, provendría de estos palcos trastornados por la tímida obra reformista de la socialdemocracia al poder.

El mérito de Chapoutot consiste en desguazar de manera solvente una narrativa generalizada según la cual el poder financiero habría jugado un papel menor en el ascenso al poder de la extrema derecha

La originalidad que Chapoutot reconoce en la extrema derecha nazi es el énfasis puesto en la raza como lo explicaría el mismo Hitler en sus “ted talks” con los empresarios —como por ejemplo en la conferencia pronunciada en el club industrial de Düsseldorf el 27 de enero de 1932: “Lo que es esencial es el punto de partida”, diría—. El poder despótico de los empresarios en las relaciones laborales como modelo de sociedad fascinaría a la extrema derecha con casi la misma intensidad que el poder del ejército. En todo caso, la extrema derecha nazi recogería el programa de la patronal contra el salario mínimo y la jornada laboral regulada, en un corpus general que retomaba los deseos frustrados de la nobleza y la gran burguesía en la primera guerra mundial: el proyecto de un imperio colonial en suelo europeo. Un proyecto a tono con el mundo de los negocios que la extrema derecha conseguirá solidificar en una alianza que hermanaría desde la gran empresa hasta las pymes. Políticamente, para Chapoutot, nada lo ilustra mejor que el apoyo de todo el variado mundo de las derechas —democráticas, republicanas, de centro o de más allá—votando la elección de Hermann Göring como presidente del Reichstag el 30 de agosto de 1932.


Así, la degradación de la república de Weimar es planteada por una división en tres bloques siguiendo un análisis parecido al que se puede encontrar en el libro del historiador comunista Arthur Rosenberg (Origen e historia de la República alemana, Verso, 2024): el de la izquierda, el del centro y el de la extrema derecha, que se desmorona de manera violenta hacia la victoria de la extrema derecha a partir de la apertura que supone la alianza entre el liberalismo autoritario, el conservadurismo tradicional o las derechas de vieja hornada —para denominarlas de una manera clara— y el nazismo.

El mérito de Chapoutot consiste en desguazar de manera solvente una narrativa demasiada generalizada según la cual el poder financiero y las derechas tradicionales habrían jugado un papel menor, o sutil, en el ascenso al poder de la extrema derecha. Un tipo de análisis que además se basa en la demonización de la clase obrera al atribuirle la culpabilidad de este ascenso. Desgraciadamente, si revisamos los libros de texto de historia que se usan en la ESO o en el Bachillerato encontraremos trazas de este relato que desdibuja el proceso histórico atribuyendo un programa anticapitalista a la extrema derecha invocando el paro y la inflación como factores explicativos de la extrema-derechización. En cambio, para el historiador francés las razones son otras: “fueron los liberales autoritarios alemanes los que, a partir de 1932, supieron reconocer todos los méritos de los nazis para asentar y arreciar la dominación titubeante de unas élites patrimoniales desacreditadas por la crisis del liberalismo (1929), por su falta de imaginación (la austeridad) y por su egoísmo obtuso”.

Es por eso que la analogía histórica tiene un notable interés para procesos de lucha política y social actuales como señala Chapoutot: “el hecho que la historia no se repita no quiere decir que los seres que la hacen —que la son— no estén impulsados por fuerzas sorprendentemente similares”. Por esta razón, se puede considerar una gran virtud haber conseguido detallar el patrón histórico del auge de la extrema derecha alemana, cosa que puede contribuir a entender las dinámicas actuales que están dirigiendo de nuevo un auge parecido a Europa en la medida que para la defensa del jardín el establishment liberal considera la extrema derecha como un socio respetable, y a sus pogromos, una eficaz solución contra la lucha de clases.

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