Opinión
Una huelga que vaya de la casa al trabajo
Militante de CNT Comarcal Sur.
La conflictividad laboral está viviendo un año excepcional, sin equivalencia al menos durante la última década y quizás de todo este primer cuarto de siglo. Según datos recogidos por Óscar Murciano, de CGT Catalunya y autor del libro Cómo ganar una huelga, en el acumulado del primer semestre de 2026 las cifras se acercan casi al millón de jornadas de huelga ordinaria, llegando a ser más de 400.000 las trabajadoras que la secundaron en solo seis meses. Aunque el reparto por sectores y territorios es desigual, una larga lista de conflictos incrementa el seguimiento hasta más del 300 % respecto al año pasado.
Los sindicatos combativos no han sido ajenos a este repunte de huelgas, sino que han intervenido en muchos casos como motor principal. Destaca la Educación Infantil en la Comunidad de Madrid, que sostiene un paro indefinido que pasa ya de los seis meses. O el caso de las convocatorias del profesorado en Catalunya o el País Valencià, donde el sindicalismo de base ha conseguido desplegar sus reivindicaciones, crear plataformas de coordinación plurales y levantar a pulso jornadas de huelga con éxito y relevancia pública. Mientras tanto, CCOO y UGT han permanecido en varias ocasiones como actores secundarios de lo que estos espacios unitarios marcaban en la agenda. Cuando no han sido sometidas a las decisiones de grandes asambleas de trabajadores/as, como en el caso de Airbus.
Es una demostración reciente y en crecimiento de que se pueden combinar y relanzar propuestas de modelos sindicales alternativos, no necesariamente iguales, pero sí que ofrezcan en conjunto la oportunidad de disputar la hegemonía al sindicalismo de concertación. Romper, a través de los conflictos, con la dinámica de diálogo y paz social que han impuesto. Un modelo burocrático en connivencia con el Ministerio de Trabajo, especialmente durante las legislaturas del gobierno de coalición.
Este es el contexto en el que se discute, aclamada por las recientes movilizaciones por la vivienda, la convocatoria de una huelga general en todo el estado. Conservamos en este sentido un gran ejemplo del que aprender, las huelgas feministas de 2018 y 2019. También hoy, si no se tiene en cuenta, si no conseguimos mirar en conjunto esta coincidencia entre conflictividad exponencial y el shock recibido por el estallido de protestas, las organizaciones clásicas corremos el riesgo de permanecer ancladas en análisis y posiciones que probablemente acaben de caducar esta última semana por la fuerza de los acontecimientos.
La vivienda en el centro
El desahucio de Maricarmen ha supuesto un revulsivo social que propicia un cambio en la conversación pública en torno a una de las crisis más importantes que afectan a la clase trabajadora. Pese a estar programado desde hacía meses y haber sufrido varios intentos finalmente prorrogados, ni la negociación ni la búsqueda de alternativas evitaron el desenlace. Una rotunda negativa de la propiedad y la falta de implicación de las instituciones quisieron entorpecer la labor de mediación, pero no consiguieron doblegar la protesta organizada por el Sindicato de Inquilinas de Madrid.
Después vino la rabia en la calle, una gran manifestación del movimiento de vivienda y la acampada en Sol, que desbordó todas las previsiones. Lo demás se está sucediendo en estos días, ahora en todas las ciudades del estado. Un conflicto sindical ya elevado a crisis de gobierno y que puede llegar a cuestionar profundamente la estructura económica del país. De nuevo, el ejemplo de que los chispazos nunca prenden sobre tierra mojada, sino a base de picar piedra con voluntad de estrategia, una hoja de ruta coherente y mucha inteligencia colectiva.
Uno de los logros más relevantes del sindicalismo de vivienda actual es precisamente haberse nombrado sindicato. No es menor ni casual, y se entiende por una apuesta política que ha ido alcanzando objetivos en los últimos años.
Uno de los logros más relevantes del sindicalismo de vivienda actual es precisamente haberse nombrado sindicato. No es menor ni casual, y se entiende por una apuesta política que ha ido alcanzando objetivos en los últimos años. Intentó superar algunas prácticas y costumbres ligadas al anterior ciclo de movilización, pero también formalizar una estructura organizativa de referencia que recoja las necesidades de las personas que pagan un alquiler. Dar servicio y apoyo, acumular poder de negociación frente a la propiedad y organizar la acción sindical para que esta cumpla con las demandas logradas. Es decir, lo que el común entiende por un sindicato y su función social.
Si además se convierte en una organización democrática, accesible y que recoge éxitos a corto y largo plazo, es posible que el cambio nominal esté contribuyendo en gran medida a renovar la visión general de la población sobre los sindicatos. Es por esto que, además del empuje que han generado en los círculos de la izquierda transformadora, les debamos haber ganado una vida extra a las organizaciones sindicales que intentan salvar su integridad.
Tiempo de sindicatos
Esta forma sindicalista que toma el movimiento, que promueve la idea misma de la organización en colectivo para mejorar las condiciones de vida, puede dar naturalmente paso a otros estadios de lucha. Dado que el hogar se considera una pieza esencial en la reproducción social, que ahora entra de lleno en una fase de total mercantilización, convertido en activo financiero por la especulación, sitúa el derecho al acceso a la vivienda en el corazón de la lucha de clases.
Y en esta contradicción cada vez más aguda entre el capital y la vida, el sindicato está llamado a reunir a grandes mayorías para alcanzar sus objetivos, pero también tiene el deber de acercarse a los márgenes que estas sociedades en colapso están haciendo cada vez más anchos. Que recoja las múltiples causas que nos afectan, atienda a las particularidades de luchas diversas y al potencial transformador de una confluencia de todas ellas. Una postura que bebe directamente de la tradición del sindicalismo con vocación emancipadora, de la que somos herederos gracias a las experiencias ibéricas de principios de siglo.
Un proceso hacia una huelga serviría para ensayar un polo organizado del sindicalismo integral que trate de ligar, en este caso, vivienda y salario, cuestionando de raíz la acumulación capitalista.
En este sentido, las oportunidades que se presentan con el actual proceso hacia una huelga general son varias. No solo cumpliría con la expectativa inédita que desde el primer día circula en las calles, sino que también serviría para la acumulación de fuerzas entre cada vez más sectores de la población empobrecida. En última instancia, serviría para ensayar un polo organizado del sindicalismo integral que trate de ligar, en este caso, vivienda y salario, cuestionando de raíz la acumulación capitalista.
Agotado por varias veces el momento álgido de las izquierdas institucionales en la última década y a la espera de sus próximas mutaciones, se abre la posibilidad de ir hacia un ciclo sindicalista que, como principio, ejerza de contrapoder en cualquier escenario futuro. Con independencia para evitar condicionantes y al margen, aunque sin ignorarlo, del momento electoral en el que este consiga avanzar. Acaba de llover en Madrid y no nos debe importar mojarnos.
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