Antiespecismo
Una nueva vida para Clocky
La colectiva antiespecista Valencia Animal Save organiza periódicamente jornadas de voluntariado en diversos santuarios con el fin de colaborar con las tareas de mantenimiento del espacio y de atender a sus habitantes. Conozcamos mejor a alguno de ellos.
“Clocky es un pollo broiler. Lo trajeron al santuario desde el matadero de Sueca. Se escaparía del camión y llevaría unas horas o días sobreviviendo por allí hasta que una chica lo recogió y lo trajo al Rebrot” En estos términos relata Fede, voluntario del santuario valenciano El rebrot de la vida, la llegada de este nuevo habitante a la gran familia del refugio, que resultó ser una gallina a la que pusieron por nombre, “Clocky”.
Los pollos broiler han sido seleccionados a lo largo del tiempo para producir mucho más volumen de carne que otras razas de estas aves con el fin de optimizar la producción y obtener un mayor beneficio económico. El crecimiento desproporcionado en un breve espacio de tiempo les provoca graves problemas de salud, pues sus patas apenas pueden soportar su propio peso.
También sabemos que las gallinas actuales ponen muchos más huevos de lo que sería natural en ellas, causándoles importantes daños físicos. Antes del siglo XX, las gallinas ponían 12 huevos al año. Ahora pueden poner hasta 300 huevos al año. Además, un estudio de la Universidad de Copenhagen reveló que al poner huevos de gran tamaño, las gallinas sufren fracturas de huesos graves, tanto si viven en granjas orgánicas como en granjas industriales. Sin embargo, en general, hay desconocimiento sobre su naturaleza, acerca de cómo sería su vida si pudiesen disfrutarla en libertad.
Los últimos dinosaurios, las primeras gallinas
Un estudio de la Universidad de Harvard muestra el sorprendente parentesco entre uno de los más formidables reptiles que poblaron la Tierra, el Tyrannosaurus rex, con las gallinas actuales. Según los datos analizados, no es que las gallinas desciendan de los dinosaurios, sino que son dinosaurios, pues comparten un ancestro común con el T rex. Por tanto, ambos animales están en el mismo árbol evolutivo, pertenecen al grupo de los terópodos, es decir, animales con patas extremadamente fuertes.
Los dinosaurios aparecieron en la Tierra hace unos 250 millones de años, habitaron el planeta durante 180 millones de años y acabaron por extinguirse hace alrededor de 65 millones de años. La causa de su desaparición es motivo de controversia, aunque la hipótesis más aceptada es el impacto de un meteorito, cuyo efecto provocó una alteración climática tan colosal que estos animales no pudieron asumirla y murieron en masa. Su ausencia favoreció la diversificación y expansión de pequeños mamíferos, con mucha mayor capacidad de adaptación que los reptiles. Sin embargo, su linaje no quedó totalmente aniquilado, ha seguido presente hasta nuestros días en las gallinas y otras aves, como recuerdo vivo de aquel grupo singular.
No está claro cómo tuvo lugar la evolución desde los dinosaurios a las gallinas. Recientemente se han descubierto fósiles de un pequeño dinosaurio que vivió hace 150 millones de años y que comparte caracteres de las gallinas actuales: su tamaño, la presencia de plumas cubriendo su cuerpo y unas pequeñas alas. Si bien los paleontólogos coinciden en que aún falta mucho por saber en este campo evolutivo.
Las primeras referencias a la domesticación de las gallinas se remontan a miles de años de antigüedad. El acercamiento de estas primeras aves a los entornos humanos se debió al efecto atrayente de los cultivos de arroz en el Sudeste asiático, creando un vínculo determinante. Sin embargo, al principio fueron consideradas como divinidades y pasarían siglos antes de acabar formando parte del menú humano. Una vez clasificadas como meros recursos, el proceso de domesticación hizo el resto y por esta razón, no se suele considerar cómo sería la vida de estos animales si se les permitiera desarrollarse y ejercer su voluntad.
Santuarios de animales: una segunda oportunidad
Los santuarios de animales son lugares donde algunos de los individuos que habitualmente acaban en los mataderos son rescatados y cuidados para que puedan tener la mejor vida posible. En general, los animales domesticados, por el propio proceso de selección, presentan una serie de problemas de salud. En el caso de las gallinas, los más graves se derivan del desmesurado aumento de las puestas, lo que les provoca lesiones en el aparato reproductor.
Uno de los daños más frecuentes en las gallinas ponedoras es que los huevos queden atascados o se rompan dentro de sus oviductos, lo que puede llegar a ocasionar la muerte. En los santuarios se utilizan implantes con el fin de impedir la ovulación y en consecuencia, los animales dejan de poner huevos. Según explica María, cofundadora del santuario La vida color frambuesa: “Nuestra visión como cuidadores antiespecistas es que muy poco de lo que sucede con las gallinas domésticas es «normal» o «natural», y que lo menos que podemos hacer es mitigar el daño que hemos causado en los últimos milenios manipulando su genética. Los implantes ayudan a las gallinas a regresar a un estado más «natural» o ancestral.”
Independientemente de que se trate de una explotación intensiva o extensiva, no hay gallinas felices porque solo se valoran según el número de huevos que son capaces de poner. Para poder desarrollarse plenamente, necesitan mucho más que ser mantenidas con vida.
La nana de las gallinas
Un estudio que recoge diversos informes sobre el comportamiento de las gallinas revela que estas, al igual que otras aves, son similares, en muchos aspectos, a los mamíferos en cuanto a su complejidad etológica y que existen indicios que apuntan a la posibilidad de que las gallinas posean capacidades más diversas de las que se habían reconocido hasta ahora, incluyendo el aprendizaje social, del mismo modo que tiene lugar en el ser humano.
Las gallinas experimentan emociones complejas, tanto negativas como positivas, y muestran personalidades distintivas, como cualquier individuo cognitiva, emocional y conductualmente complejo. Existen, además, indicios de que estas aves pueden poseer habilidades mucho más sofisticadas de lo que se pueda pensar.
Por su parte, un artículo publicado en la revista Animal Behaviour revela los resultados obtenidos observando nidadas incubadas de manera natural con el fin de estudiar el comportamiento de los embriones y de las gallinas durante el proceso de incubación. Las futuras mamás y sus bebés se comunican mediante diferentes sonidos. Si un embrión comienza a emitir sonidos que muestran estrés, la gallina responde o se mueve en el nido. Tras este comportamiento materno, el embrión se vuelve silencioso o comienza a emitir sonidos de placer. A medida que se acerca el momento de la eclosión, ambos, bebés y mamás, articulan vocalizaciones, cada vez con mayor frecuencia y que son diferentes para cada familia, de manera que cada gallina se comunica con sus polluelos específicamente desde antes de su nacimiento y a lo largo de su vida, manteniendo el vínculo familiar.
No sabemos si Clocky aprendió de su madre a comunicarse con ella y con sus hermanas o hermanos en el lenguaje propio que caracteriza a cada clan familiar, lo que es seguro es que ella no tendrá la oportunidad de transmitir ese conocimiento a ningún polluelo porque la selección humana ha provocado que el hecho de tener descendientes sea para ella un riesgo inasumible. Ciertamente, las personas que gestionan el santuario cuidarán de Clocky y de todos los demás habitantes de la mejor manera posible, pero sus vidas siempre estarán limitadas por las consecuencias de la domesticación y de la explotación.
Entender que no necesitamos criar animales para matarlos y obtener el máximo beneficio de sus cuerpos es el primer paso para revertir miles de años de explotación. Es la manera de dejar atrás una selección genética cruel que convierte el cuerpo de cada individuo explotado en una forma de tortura en sí mismo. Elegir veganismo es lo mínimo que podemos hacer para que los demás animales puedan recuperar su naturaleza y evitar todo este sufrimiento.
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