Análisis
El ataque estadounidense a Irán y el Occidente autocratizante

Las democracias se están volviendo cada vez menos democráticas a medida que los políticos sienten que necesitan cada vez menos buscar el consentimiento de los gobernados antes de emprender una acción tremendamente impopular.
Humo sobre Teherán tras el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel el 28 de febrero de 2026.
Humo sobre Teherán tras el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel el 28 de febrero de 2026.
Lily Lynch es una periodista californiana especializada en información internacional. Fundadora de la revista Balkanist Magazine, centrada en los Balcanes. Actualmente reside en Estambul, Turquía.
3 mar 2026 11:20

A las 09.40 de la mañana, mientras la mayoría de estadounidenses aún estaban medio dormidos, los Estados Unidos e Israel comenzaron una nueva guerra contra Irán. Sin embargo, no se ha ofrecido ningún objetivo claro a la ciudadanía estadounidense. En su discurso anunciando el ataque, el presidente Trump ofreció una lista de quejas como justificación: la crisis de los rehenes (1980), el atentado contra un cuartel estadounidense en Beirut (1983) y la Guerra de Irak (2003). Me recordó un poco al discurso de Putin del 21 de febrero de 2022 en el que presentó su propia lista de quejas sobre Ucrania extraída de la memoria histórica de Rusia, mucho más extensa y profunda: los acuerdos territoriales desde el siglo XVI, la Revolución de Octubre de 1917 y la cesión de Crimea a Ucrania de Jruschov en 1954, entre otras excusas proporcionadas para la “Operación Militar Especial”.

Me hizo recordar también el ensayo de Joseph Brodsky Sangre, mentiras y el gatillo de la historia, publicado durante la Guerra de Bosnia en 1993: “Las evocaciones a la historia, aquí, carecen de sentido. Cuando alguien aprieta el gatillo para rectificar un error de la historia, se equivoca. La historia no comete errores porque no tiene un propósito. El gatillo se aprieta por interés propio y la historia se cita para evitar responsabilidades o problemas de conciencia. Nadie posee la suficiente habilidad retrospectiva para justificar sus acciones –el asesinato en especial– en categorías extemporáneas, un jefe de Estado el que menos”.

Muchos expertos creen que Israel y Estados Unidos se darían por satisfechos con un país arruinado y fracturado por la guerra civil

Hemos oído que esta guerra se libra para destruir lo que quiera que quede del programa nuclear de Irán (del que se nos dijo que fue “aniquilado” en el último ataque israelí y estadounidense contra Irán en junio), que se trata de un cambio de régimen. Ciertamente, el Líder Supremo, Alí Jameneí, ha sido asesinado, pero eso no significa que el Gobierno vaya a caer. Las justificaciones habituales sobre los derechos humanos han sido argüidas por algunas figuras secundarias, pero jamás han sonado tan poco convincentes o selectivas.

Quizás la ausencia clara de objetivos esconda una agenda más oscura: muchos expertos creen que Israel y Estados Unidos se darían por satisfechos con un país arruinado y fracturado por la guerra civil. Un país hundido en el caos y el derramamiento de sangre sectario no supondría ninguna amenaza para Israel. Es una táctica que Israel ha aplicado en Siria con cierto éxito, si puede llamárse así. Lo destacable es que esta guerra contra Irán, que ya ha acabado con la vida de al menos tres estadounidenses, no supone ningún beneficio estratégico discernible para los Estados Unidos.

En la red social X hice un comentario que generó bastante debate y reacciones negativas. Escribí que había leído a mucha gente quejarse de que no había habido una campaña de propaganda en vísperas de esta guerra, ningún esfuerzo para convencer a la ciudadanía estadounidense de que nos encontrábamos en un riesgo inminente. Más bien hubo un intento azaroso y añadido de Steve Witkoff para presentar la idea de que Irán se encontraba “a una semana” de ser capaz de construir una bomba nuclear, pero este mensaje llegó tarde y contradecía las comunicaciones anteriores de la administración sobre un programa nuclear destruido. La política exterior de la administración Trump advirtió, desde luego, sobre el neoconservadurismo de los boomer, pero a diferencia de los neocon que los precedieron, no intentó dar a la guerra contra Irán un objetivo definido o una narrativa propagandística coherente.

En X sugerí que esto sucedía porque ya no tenía que hacerlo: no han habido protestas masivas contra la guerra como las que se convocaron las semanas anteriores a la invasión de Irak. Varias personas objetaron esta afirmación, señalando que las protestas en 2003 únicamente comenzaron después de que la guerra comenzase, pero esto, como cualquiera que participase en aquellas protestas recuerda, no es cierto: hubo manifestaciones masivas contra la guerra antes de que se disparase el primer misil.Sugerí que la razón de que el Gobierno pueda tener en cuenta nuestra relativa inacción es que la población estadounidense ha sido pacificada por la tecnología, aturdida e insensibilizada por completo por las compras digitales y los algoritmos personalizados, inyectando a cada individuo un flujo constante de contenido en vídeos cortos que funden sus cerebros. Por supuesto, todavía existen bolsas de oposición enérgica en los campus universitarios y en las calles que no quiero subestimar, pero en las anteriores guerras la protesta fue realmente un fenómeno de masas. Y pienso que estamos más atomizados y pacificados hoy. En 2003 todavía no nos habíamos retirado detrás de nuestras pantallas.

Ahora, el Gobierno ni siquiera siente la necesidad de salir con un elaborado pretexto, pruebas falsas de inteligencia o el teatro de las comisiones del Congreso que proporcionarían una tenue capa de legitimidad cuasi-democrática

Sin embargo, no creo que eso sea correcto o, mejor dicho, es parte de la historia, pero no toda la historia. Existe un proceso que discurre en paralelo que tiene algo que ver con la autocratización (sí, ya lo he dicho), una tendencia observable tanto en las democracias liberales como en los regímenes autoritarios. Durante años, los teóricos del “neoliberalismo autoritario” han escrito que después de la crisis financiera de 2008 los líderes de los países capitalistas se han ido desplazando “hacia formas más antidemocráticas y coercitivas de neoliberalismo”. Como ha escrito el economista Ian Bruff, el neoliberalismo autoritario puede implicar la represión directa, la vigilancia y la coerción contra la disidencia, pero significa algo más que “el ejercicio de la fuerza bruta para la coerción”. De hecho, se manifiesta en intentos por “aislar ciertas prácticas políticas e institucionales de la disidencia política y social”.

Las semanas anteriores a la invasión planeada de Irak estuvieron precedidas por meses de debate político, comisiones y resoluciones del Congreso, además de las manifestaciones contra la guerra antes mencionadas. La cuestión no es que nada de ello fuese efectivo a la hora de detener la guerra, la cuestión es que aún era considerado necesario. Ahora, el Gobierno ni siquiera siente la necesidad de salir con un elaborado pretexto, pruebas falsas de inteligencia o el teatro de las comisiones del Congreso que proporcionarían una tenue capa de legitimidad cuasi-democrática. Trump simplemente hace cosas. Es más, sus actos de unilateralismo agresivo a menudo se caracterizan por la sorpresa, que exige mantener al público en la ignorancia. Esto significa que aquí no hay ninguna pantomima de aceptación democrática, ningún “procedimiento” falso y ninguna campaña de propaganda sostenida y coherente.

Trump es, por supuesto, la versión más extrema y “sin máscaras” de esta tendencia, pero mi impresión es que buena parte de Occidente está desarrollando esa misma dirección general: las democracias se están volviendo cada vez menos democráticas a medida que los políticos sienten que necesitan cada vez menos buscar el consentimiento de los gobernados —o incluso la apariencia de consentimiento— antes de emprender una acción tremendamente impopular.

Vivimos en una época de gobierno en la que “simplemente puedes hacer cosas”, en la que las imperfecciones de la democracia liberal parecen, cada vez más, un obstáculo a la hora de estar a la altura de nuestros rivales.

Traducción: Àngel Ferrero. Texto original publicado en lilyslynch.com.
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra na túa conta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...