Opinión
Irán y el ciclo de agresión permanente

Con el transcurso de las semanas, el golpe de efecto pretendido por Estados Unidos e Israel lejos de constituir una medida audaz va camino de convertirse en uno de los errores geopolíticos más grotescos.
Bombardeos Teherán Hamid  Valkli 13-03-26 - 1
Hamid Vakili En la tarde del 8 de marzo de 2026, se anunció que el ayatolá Seyyed Mojtaba Jamenei era el tercer líder de la República Islámica de Irán. Tras este anuncio, muchas personas salieron a las principales calles de Teherán para celebrar la elección y mostrar su apoyo al nuevo líder. ©
17 mar 2026 06:00

La situación política interna que atraviesan Estados Unidos e Israel, además de la visión que ambos tienen de un Irán supuestamente frágil y debilitado, incentivan no solo los reiterados actos de agresión, sino que han motivado, en última instancia, la decisión de Donald Trump de dar luz verde al asesinato del Ayatolá Ali Jamanei. Por donde se mire, se trata de una decisión abyecta, deliberada y cínica; concebible, únicamente, para aquellos que hayan subestimado en extremo la capacidad militar y la habilidad diplomática iraní para dar una respuesta en todos los frentes.

Con el transcurso de las semanas, el golpe de efecto pretendido por esta acción lejos de constituir una medida audaz va camino de convertirse en uno de los errores geopolíticos más grotescos. Al igual que la primera agresión militar (junio 2025), esta segunda se llevó a cabo de nuevo, para mayor oprobio, en medio de un proceso de negociación diplomática en curso, con la mediación de un tercer actor neutral (Sultanato de Omán) y en ausencia de una declaración formar de guerra. De esta manera, la Casa Blanca parece haber incorporado a su acervo, en línea con la práctica israelí, el recurso a la perfidia y al asesinato como herramienta válida para dirimir disputas.

El liderazgo político y el aparato militar iraníes ha desechado, por la vía de los hechos, cualquier posibilidad de un arreglo ‘a la venezolana’ y, menos aún, una “rendición incondicional”

El alcance político y moral de esta nueva agresión, que ha traspasado líneas rojas fundamentales, no le deja a Irán otra opción que dar la respuesta en el plano militar. Pues, están en juego no solo su existencia como Estado, sino como pueblo y como nación. Es más, a la luz de lo ocurrido en los casos de Irak (2003), Libia (2011) y Siria (2024), la respuesta iraní es política y militarmente racional.

En cualquier caso, si el objetivo principal de Trump-Netanyahu era obligar a las autoridades iraníes al mando a asumir lo sucedido como un hecho consumado y, en consecuencia, forzarles a aceptar nuevos términos y condiciones de negociación, no parece que lo estén logrando. El liderazgo político y el aparato militar iraníes ha desechado, por la vía de los hechos, cualquier posibilidad de un arreglo ‘a la venezolana’ y, menos aún, una “rendición incondicional” como reclama ahora de manera maximalista Trump. Irán parece determinada a poner fin al ciclo de agresión permanente que las potencias occidentales le han impuesto al país persa.

Jingoísmo americano-israelí

En la medida en que la agresión contra Irán no ha arrojado como resultado un escenario de quiebre del gobierno ni el colapso del estamento militar,  Estados Unidos se ha colocado en una situación de impasse. Ahora que la amenaza iraní de atacar todos los intereses de los estadounidenses en la región y cerrar el paso por el Estrecho de Ormuz se ha hecho realidad, Trump se juega la continuidad de la presencia estadounidense en la zona. Sin perjuicio de cómo termine esta aventura militar, no hay posibilidad de regresar a las fórmulas ni a la situación ex ante, fundamentalmente en lo referente a la controversia nuclear.

La ansiedad geopolítica de Netanyahu puede haber precipitado a Trump a un callejón sin salida. Porque, aunque el enfoque jingoísta americano-israelí en Asia occidental es coincidente, los tiempos de unos y otros no son los mismos. Mientras que el proyecto estadounidense para contener y cercar a China es de largo plazo, la urgencia expansionista israelí es de corto y mediano plazo. A Estados Unidos no le queda otra opción que escalar el conflicto, enviando eventualmente tropas —sin que ello constituya garantía de éxito alguno—, o dar marcha atrás, con la seguridad de la humillación internacional.

Con independencia de la decisión que se tome desde Mar-a-Lago, China tomará debida nota, con la situación política de Taiwán en el horizonte. Pues, tras lo ocurrido primero en Venezuela y ahora en Irán, no cabe duda de que el propósito último de Estados Unidos es cercar a China. El control de los reservorios de petróleo y gas de Suramérica y de Asia occidental, que pretenden frenar el auge económico China, no es sino la antesala para el cerco político y militar de esta.

La rendición de Bruselas

La dupla Trump-Netanyahu ha emprendido la agresión contra Irán con total desprecio por los intereses de los europeos, sin importar si son sus socios comunitarios o sus aliados atlantistas. Tampoco les ha importado lo más mínimo el hecho de que, dada la desvinculación del suministro energético ruso, las economías europeas dependan de la estabilidad de Asia occidental para la sostenibilidad de su estrategia de sustitución de proveedores.  Estados Unidos e Israel parecieran dispuestos a rendir a Bruselas y repartirse el mercado europeo.

Los efectos de la energía empiezan a sentirse y han hecho aflorar contradicciones entre Estados miembros: España e Italia, de un lado; Francia y Alemania, del otro. Sin embargo, los grupos de presión israelíes y proisraelíes en Estados Unidos están resueltos a seguir ejerciendo todo tipo de presión sobre la Casa Blanca para que esta meta en cintura a los países comunitarios que contravengan del guion prescrito por Washington y Tel-Aviv. El caso de España es buen ejemplo de esta política de amedrentamiento.

Las instituciones de la UE y los países comunitarios deberían empezar a extraer las conclusiones geopolíticas oportunas. En primer lugar, revisar el enfoque global en materia de seguridad, especialmente en las esferas económica, energética y militar. Si alguien albergaba alguna esperanza respecto a la salud de las relaciones americano-europeas, lo que ocurre en Irán obliga a despejas cualquier atisbo de duda. Para la Administración Trump, las relaciones euroatlánticas —e incluso el vínculo transatlántico— son secundarias. Estados Unidos consagra los términos de prioridad a sus relaciones con el Estado de Israel.

La agresión en contra de Irán no se ha ejecutado para proteger los intereses de las monarquías del Golfo Pérsico ni de los países europeos ni para hacer esa región del mundo más estable, sino para avanzar en la agenda del proyecto sionista del Gran Israel

En segundo lugar, el bloque comunitario tiene que aclarar su posición internacional. Apoyar la agresión americano-israelí como hacen Francia y Alemania, por una parte, y la presidenta de la Comisión Europea y la Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, por la otra, es desconocer, implícitamente, la vigencia de la Carta de las Naciones Unidas.

En tercer lugar, la agresión en contra de Irán no se ha ejecutado para proteger los intereses de las monarquías del Golfo Pérsico ni de los países europeos ni para hacer esa región del mundo más estable, sino para avanzar en la agenda del proyecto sionista del Gran Israel. La meta no es otra que la de consolidar el Estado de Israel como potencia indiscutida y como guardián de los intereses neocoloniales de las potencias occidentales en la zona. Esto es lo que explica el apoyo político de Reino Unido, Francia y Alemania.

La guerra regional como escenario y marco

Una vez fracasado el intento de insurrección en Irán en enero de este año, cuyo objetivo no era otro que el cambio de régimen, el enfoque de la dupla Trump-Netanyahu pareció derivar estratégicamente hacia un escenario y un marco de conflicto regional. Estaban convencidos —y prevenidos de parte— que una acción de agresión desataría una firme respuesta iraní, de alcance regional.

En el plan para desmantelar las instituciones iraníes y en la idea misma de amputar geográficamente a la República Islámica de Irán, existe convergencia de intereses entre las potencias occidentales

Es preciso tener en perspectiva que, para los intereses de Estados Unidos e Israel, resulta más que propicio tratar de diluir el acto de agresión, convirtiéndolo en un conflicto regional de ‘todos en contra de Irán’ que en la práctica acabe adquiriendo una lógica enfrentamiento interreligiosa de “suníes contra chiíes”. Es decir, un escenario similar al ensayado por Estados Unidos en la guerra Irak-Irán (1980-1988). Aunque, en esta ocasión involucrando a la totalidad de los países de la región.

En el plan para desmantelar las instituciones iraníes y en la idea misma de amputar geográficamente a la República Islámica de Irán, existe convergencia de intereses entre las potencias occidentales. Para  Estados Unidos, la cuestión es cercar política, económica y militarmente a China; para Francia y Reino Unido, se trata de mantener presente y vigente el rancio esquema Sykes-Picot; para Alemania y la UE, el objetivo es avanzar a expensas de Rusia; y, para Israel, el asunto no es otro que la hegemonía regional.

Respuesta militar iraní

Hasta el momento, la diplomacia iraní parece haber sido capaz de desactivar potenciales acciones por parte de sus vecinos árabes que transformen la agresión americano-israelí en una guerra regional. Toda vez que la respuesta iraní se dirige casi exclusivamente a afectar los intereses estadounidenses e israelíes, las monarquías del Golfo Pérsico han optado por la cautela y no han respondido militarmente frente los ataques iraníes a las bases militares que Estados Unidos tiene en los territorios de estas.

Irán ha puesto de relieve que, en un contexto de reconfiguración del orden internacional, albergar bases militares de terceras potencias, sin el debido escrutinio, no es una política admisible. Esta clase de infraestructuras militares corren el riesgo de convertirse en una fuente de inseguridad para las poblaciones locales. Máxime, cuando estas acaban sirviendo a intereses y agendas ocultas. En el caso de los países del Golfo, que han visto comprometida su soberanía, Irán ha evidenciado que estos han prestado, tácitamente, su consentimiento para que Estados Unidos utilice sus bases con fines contrarios a la legalidad internacional en su agresión contra el país persa.

Dada la proximidad geográfica de estos respecto a Irán, es lógico que este último haya priorizado con determinación la neutralización de las infraestructuras militares que sirven a Estados Unidos para la agresión. La inutilización de los radares estacionados en bases estadounidense ha hecho que los sistemas “Patriot” vean reducida su eficacia a la hora de interceptar las oleadas de ataques iraníes con misiles más modernos y drones de última generación. La asimetría y la intensidad de la respuesta militar iraní ha expuesto con crudeza la posición de vulnerabilidad de este tipo de instalaciones frente a situaciones de saturación del espacio con misiles y vehículos no tripulados de bajo coste.

En resumen, en las tres semanas que van de guerra Irán ha demostrado estar resuelta a correr los riesgos bélicos de una agresión impuesta, pero no está dispuesta a aceptar términos y condiciones neocoloniales que le quiera imponer Estados Unidos y, mucho menos, la relación de alcahuetería que europeos y árabes mantienen con las potencias.

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