Opinión
Cada vez más enredada

La niña no sabe que en otros lugares del mundo no puede recordarse lo que nunca se ha visto, que en otros sitios no puede pertenecerte lo que siempre ha pertenecido a los demás.
Ccampamentos de Tinduf.
Campamentos de Tinduf.
14 feb 2026 06:00

Seis de noviembre de 1975: miles de hombres sujetan banderas marroquíes en una mano; en la otra llevan el Corán. Cruzan la frontera de la provincia del Sáhara Occidental y allí acampan. Siguen llegando los siguientes días. Mientras Franco agoniza, el Gobierno suscribe el Acuerdo Tripartito de Madrid. El Estado español cede el control del territorio al Reino de Marruecos y Mauritania y abandona el lugar que durante casi un siglo había sometido a su control. Un colono llega, otro se va.

El Frente Polisario, fundado para luchar por la soberanía y la libertad del pueblo saharaui, enfrenta ahora al nuevo invasor. La guerra dura 15 años. La población se desplaza buscando asilo en Argelia, que los acoge en su frontera. El campamento de refugiados no deja de crecer. Cuando Yara nace, su familia lleva 25 años en Tinduf. No conoce la tierra que abandonaron sus padres siendo niños (a decir verdad, sus propios padres apenas la pudieron conocer), pero lleva oyendo hablar de ella desde que adquiere conciencia de lo que es hablar. Y hablar en Tinduf no es otra cosa que imaginar lo que no se ha visto todavía o, mejor, recordarlo (recordarlo tal y como no es). La niña no sabe que en otros lugares del mundo no puede recordarse lo que nunca se ha visto, que en otros sitios no puede pertenecerte lo que siempre ha pertenecido a los demás.

Pero no importa. A Yara no le importa. La tierra de la que sus padres le hablan es lo más suyo que conoce, mucho más suyo que la jaima en la que vive, más suyo que el desierto, más suyo incluso que su madre o su gato Hayat. En la wilaya, la escuela es un edificio de adobe que la arena ha convertido en marrón. La bandera de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) se enreda sobre sí, sometida por el viento. Yara aún no piensa que entre esa bandera y lo que simboliza hay una clara similitud. La niña se sienta para escuchar a su profesora. Hoy hablan del muro que Marruecos construyó para separarlos y de los años en que los hombres vivían apostados en él, cuando sus rifles eran la única familia a la que abrazar. Hablan también del Plan de Arreglo del 91 y de la Misión de Naciones Unidas para el referendo en el Sáhara Occidental.

Yara imagina cómo serán sus vidas cuando la RASD se convierta en un país al que volver y sus fronteras no solo se dibujen en el corazón de una niña de ocho años, sino también en los mapas. Es 2025. Yara camina de la mano de su hija Nour. Hace días que el desasosiego apenas la deja dormir. En Tinduf la noticia del respaldo de la ONU al plan de Marruecos ha caído como una losa sobre la esperanza colectiva.

Todos saben que, bajo la supuesta propuesta de autonomía, solo va a legitimarse la ocupación ilegal de su país. Entienden lo lejos que están del referendo de autodeterminación con el que llevan cincuenta años soñando, lo lejos que están de todo aquello que se les prometió. Mientras, merman las visitas internacionales, los programas de ayuda, la comida diaria, las muestras de solidaridad. Sopla con fuerza el simún y madre e hija avanzan. Al llegar al colegio, la bandera de la RASD luce descolorida, cada vez más enredada sobre sí.

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