Opinión
Lesbianismo por descarte
Hace semanas hablaba por teléfono con Mireia, un ser evolucionado, una rama del árbol filogenético que me reconcilia muchas veces con la humanidad. Mireia me contaba, con total tranquilidad, que cada vez se encuentra con más casos de mujeres que, hartas de las relaciones sexoafectivas con hombres, “se hacen lesbianas por descarte”. Colgamos. Para mí no es más que un descubrimiento propio de la evolución personal; no la de sentirse lesbiana de repente, sino la de conocer a otra persona con la que encajas y, pum, el amor romántico que tenemos clavado en la amígdala del cerebro hace el resto. Pero me veo dándole vueltas esa noche sentada en el sofá.
Recuerdo que, un par de semanas atrás, en un concierto en La Riviera, me encontré con una amiga a la que hacía tiempo que no veía y, después de presentarme a su grupo de amigas —en su gran mayoría, bolleras—, me contaba algo similar: dos amigas suyas de ese grupo, que siempre habían salido con chicos, salían ahora con otras dos amigas del mismo grupo. Y como locas de contentas. Otra integrante de la cuadrilla, amiga con novio de toda la vida, se enamoró de una compañera del curro y dejó piso, trabajo y todo para poder entregarse sin medida a su lamia.
Hablo con mi cuórum de lesbianas y teorizamos. Intentamos buscar algún patrón. Por un lado, encuentro cierta resistencia a esta supuesta tendencia del lesbianismo por descarte
Hablo con mi cuórum de lesbianas y alguna de ellas me dice que también conoce algún caso, pero sin demasiada profundidad. Teorizamos. Intentamos buscar algún patrón. Por un lado, encuentro cierta resistencia a esta supuesta tendencia del lesbianismo por descarte. Compañeras que se duelen: “Que siendo hetero elija (o diga que elige) ser homo para luchar contra tal o cual cosa me ofende”. Por otro lado, surge también la duda de la posible bisexualidad, de que quizá se digan “lesbianas por descarte” porque ya sabemos el estigma que se cierne sobre las compañeras bisexuales.
Llamo de nuevo a Mireia. “No sé yo esto del lesbianismo por descarte…”. “Nena, esto existe, te lo digo yo, y cada vez hay más mujeres que eligen esa opción”. Ante tanta insistencia, caigo en la trampa de hacerme la pregunta que tantas veces nos han hecho: en asuntos del corazón, el deseo, la pasión, la sinrazón y la fermosura, ¿se puede elegir?
Lejos de querer entrar en ese debate (en esta casa, cada uno es lo que le place cuando le place), Susana se va por los mismos derroteros que yo. “Pero esta nueva opción que eligen ¿implica, necesariamente, mantener relaciones sexuales o es más una postura como reacción a algo?”. ¿No relacionarse, de manera deliberada, con hombres en un sentido bíblico es un acto político? ¿Se puede ser bollera sin necesidad de relacionarse sexualmente con mujeres? ¿Es sexo o es política? Quizá la pregunta también tenga que ver con el deseo, porque ¿dónde está el deseo ahora que sabes o has decidido, desde lo racional, que te sientes más cómoda en una sexualidad determinada? Es cierto que la manera de relacionarnos con nuestros cuerpos ha cambiado, que nuestra condición anterior no tiene por qué condicionar nuestra condición actual ni futura, y que eso lo tiene que definir la persona y no la sociedad.
Sin embargo, hay algo que me sigue escociendo y no me quedo tranquila con ese término, esa elección o lo que quiera que sea. ¿Frente a la heterosexualidad obligatoria, lesbianismo por descarte? No sé. Me viene a la cabeza un artículo de Ana Requena sobre huelgas de sexo como reacción al ánimo pesimista respecto a las relaciones heterosexuales.
Me lanzo a guglear. “Lesbianismo por descarte”: 3 resultados; “lesbiana por descarte”: 75 resultados, uno de ellos, sobre la película de la canadiense Cherien Dabis, Summer May (2013), en la que el personaje de Alia Shawkat también parece haber escogido esta nueva manera de relacionarse con la sexualidad; otros, la mayoría, relacionados con la canción homónima de Herzchenschemerzchen. Por último, unos cuantos mensajes de foros frecuentados por cromañones con acceso a teclado e internet, abanderados del lema “eso es porque no has estado conmigo”, de la lógica de ser lesbiana es ser feminazi o fea, y de teorías conspiranoicas contra los hombres porque, al final, utilizamos los dedos como si fueran una polla. Ya ves, qué cosas. Imposible rescatar nada de ahí.
Sigo tirando del hilo y aparecen estadísticas que hablan de que las mujeres más felices son aquellas que permanecen solteras y sin hijos, mientras que los hombres más felices son aquellos que consiguen formar una familia tradicional
Pero sigamos.
El algoritmo de Instagram, que es muy cuco, empieza a traerme posts que me hablan sobre un monólogo de Carlota Gurt, Una aniquilació fallida; también me acerca las reflexiones de Júlia Salander sobre los peligros y los dolores que hay detrás de un “ojalá ser lesbiana”, o señala el éxito de podcasts como Las hijas de Felipe. También recupera a Rosalía hablando de celibato voluntario en prime time (¿intuiría algo de esto Helen Fisher cuando afirmó que los millennials eran los nuevos victorianos de la sexualidad?) o el audio de Paula Vázquez en el que una amiga le dice que qué pereza el sexo.
Más ejemplos: el artículo de Vogue sobre si da vergüenza tener novio u otros textos en los que se afirma que, cuanto más inteligente es la mujer heterosexual menos posibilidades tiene de encontrar un hombre. Conceptos que cristalizan en realidades como el de la hipogamia, el heteropesimismo —acuñado por Asa Seresin en su ensayo On Heteropessimism de 2019 para The New Inquiry, y retomado en 2025 por Catalina Ruiz-Navarro («Heteropesimismo» en Volcánicas) o el también reciente heterofatalismo de Jean Garnett (explicado en su artículo para The New York Times Magazine hace apenas unos meses). Numerosas periodistas lo recogen y desarrollan, como Ana Bernal-Triviño en su canal o Róisín Ingle en la celebración del décimo aniversario del The Women’s Podcast en The Irish Times.
Sigo tirando del hilo y aparecen estadísticas que hablan de que las mujeres más felices son aquellas que permanecen solteras y sin hijos, mientras que los hombres más felices son aquellos que consiguen formar una familia tradicional; la proyección de Morgan Stanley sobre un supuesto 45% de la población mundial femenina estará soltera en 2030 por elección propia e impulsadas por la independencia económica, el desarrollo profesional y la redefinición de objetivos y prioridades algo más lejos de la realización familiar, pero más cerca de la personal. Podemos seguir: hay estudios como el de Ana Asensio, coordinadora de la sección de Psicología Clínica del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid, sobre la brecha de género en la salud mental; la publicación en auge de libros de ficción y no ficción sobre figuras femeninas con un discurso fuera de lo que se espera de ellas: desde brujas a diosas, pasando por mujeres que deciden no tener más sexo con hombres (La carne es triste, de Ovidie, Altamarea); cuentas y cuentas que publican memes creados por mujeres sobre la imposibilidad de encontrar hombres con los que acostarse porque ya ni siquiera les parecen follables. “Esto que me he construido es demasiado valioso. Tiene que merecer mucho la pena esa persona como para preferir abrirle la puerta antes que abrirme yo un vino sola en casa un viernes”, me dijo Sara hace ya un tiempo.
Sigo conociendo casos que encajan en esa teoría inicial de la lesbiana por descarte. Me parece curioso que ninguna de ellas hable de que no les guste el sexo o de que estén en huelga al más puro estilo Lisístrata, pero, qué curioso, sí mencionan igualdad y corresponsabilidad en el terreno sexoafectivo
Y, mientras tanto, sigo conociendo casos que encajan en esa teoría inicial de la lesbiana por descarte. Me parece curioso que ninguna de ellas hable de que no les guste el sexo o de que estén en huelga al más puro estilo Lisístrata, pero, qué curioso, sí mencionan igualdad y corresponsabilidad en el terreno sexoafectivo: acabaron hartas de dar sin recibir. Pero ¿y nosotras?, ¿somos corresponsables las parejas lesbianas? Si bien es cierto que también hay estadísticas que sitúan a la mujer como la mitad del mundo más trabajada psicológicamente, quizá sea un buen momento para preguntárnoslo y revisarnos la tuerquita que siempre se nos afloja o el cablecito pelado que a veces da chispazo.
¡Sorpresa! Hablo con Ernesto y me dice que, en la comunidad gay, pasa lo mismo: hombres homosexuales de cierta edad que desisten siquiera de buscar pareja sexual o sexoafectiva por pereza, pérdida de interés, decepción o cansancio social.
Aun así, la pregunta se me queda atascada, se me repite: ¿es sexo o es política? Pienso en el proyecto feminista de vivienda cooperativo La Morada, en el barrio de Roquetes (Barcelona). Además de ser una esperanza frente al drama generalizado de habitabilidad y soledad en grandes urbes, sigue ese acercamiento al feminismo como estrategia que permite a las mujeres pensar en otras mujeres y crear otros modelos de “convivencia, organización y sostenimiento de la vida y los afectos”: espacio de diálogo, debate e identidad fuera de los márgenes de la familia nuclear tradicional dictada por el heteropatriarcado.
¿Estamos ante un cambio de paradigma de la sexoafectividad o de las relaciones humanas en general? Hace poco, escuchaba a Julia Castro hablar de Sophie Lewis y mencionaba la abolición de la familia tradicional como una solución ya que simplemente no funciona; algo en lo que abrieron camino las primeras divorciadas para que ahora todo ese proceso sea mucho más fácil y natural. ¿Seremos nosotros igual de pioneras que ellas o, al menos, estamos presenciando desde primera fila una evolución similar respecto a las relaciones?
Pienso en si esta elección de la que me habla Mireia tendrá algo que ver con el feminismo lésbico, aquel de mayo del 70, el de las activistas Radicalesbians, defendía que lo personal es político y que, por tanto, ser lesbiana, si no una elección, sí es al menos una respuesta consciente de resistencia ante la jerarquía institucional (aunque no solo) y a la supremacía masculina, que erotiza la desigualdad (rozando aquí la teoría queer y su apunte a que la sexualidad está especificada culturalmente).
Autoras lesbofeministas como Monique Wittig, Audre Lorde o Adrienne Rich defendían que la heterosexualidad (y, por extensión, el heteropatriarcado) es un régimen político y una manera de entender y organizar el mundo. Lejos de las preferencias sexuales, el sexo es una categoría sociocultural. ¿Y si estamos en un momento en que, superado el inicio teórico, esa elección, ese activismo que siempre ha habido detrás de la palabra bollera nos nace ya de manera connatural?
Opinión
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Literatura
La odisea de Danielle
La camerunesa Danielle Nicole Mboume huyó con 16 años de su país tras saber su familia que era lesbiana. En su camino hasta España, donde hoy vive con su mujer, hubo palizas y violaciones. Hoy es trabajadora de una ONG y acaba de presentar un libro en el que narra su periplo.
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