Análisis
Más allá de las bombas: la guerra psicológica de Israel en el Líbano

Hace años que Israel maltrata psicológicamente a la población libanesa, lo que constituye una violación —una más— del derecho internacional humanitario.
Beirut Brabo - 6
Familiares durante el funeral del periodista de Al-Manar TV Mohamed Sherri, su esposa y el paramédico Bassel Atwi en el distrito de Dahiyeh, en el sur de Beirut, en el Líbano., el 18 de marzo de 2026. Manu Brabo
Beirut, Líbano.
25 abr 2026 06:00
Tras la escalada bélica entre Hezbolá e Israel iniciada el 8 de octubre de 2023, y que supuestamente tenía que haber finalizado en noviembre de 2024 con la firma del alto al fuego, el Líbano quedó sumergido en una nueva normalidad marcada por la tensión constante. A pesar del acuerdo, Israel continuó bombardeando el sur del país en reiteradas ocasiones, vulnerando sus términos. Según datos del Ministerio de Salud libanés esta fase dejó 4.047 muertos, 16.638 heridos y cerca de 900.000 personas desplazadas.

Durante meses, Hezbolá no respondió a los ataques israelíes en territorio libanés. Sin embargo, el pasado 2 de marzo, tras el asesinato del ayatolá Jameneí, en el contexto de la guerra iniciada entre Estados Unidos, Israel e Irán a finales de febrero de 2026, el grupo lanzó cohetes hacia Israel, alegando responder al asesinato, pero también a los ataques repetidos en suelo libanés. En consecuencia, el Ejecutivo de Netanyahu respondió de forma inmediata: intensificó los bombardeos y los extendió hasta la capital.

El nuevo ciclo de violencia ha dejado ya más de 2.000 muertos, 6.588 heridos y más de un millón de personas desplazadas, además de la destrucción de infraestructuras civiles como hospitales, puentes y escuelas. Sin embargo, la escalada no se limita al plano militar. Paralelamente, se ha intensificado una dimensión menos visible del conflicto: la psicológica.

La construcción del miedo como estrategia

La intimidación constante, que nunca desapareció tras el inicio de la guerra de 2023, se ha intensificado durante el último mes. Israel sigue utilizando métodos de guerra que tienen un impacto directo en el plano psicológico.

Durante la escalada de 2023-2024, Israel empleó distintos mecanismos que, más allá del daño físico, generaron un miedo sostenido en la población civil. Entre ellos, la detonación remota de dispositivos vinculados a miembros de Hezbolá durante septiembre de 2024, las órdenes de evacuación masivas que obligaron a cientos de miles de personas a abandonar sus hogares, las bombas sónicas y la presencia constante de drones sobrevolando pueblos y barrios que sometieron a la población a una percepción constante de vigilancia.

Las prácticas llevadas a cabo por el ejército israelí apuntan a una estrategia de presión psicológica destinada a moldear comportamientos, desincentivar apoyos y generar fracturas internas en la sociedad

En esta nueva fase, muchos de estos elementos siguen presentes. Sin embargo, el patrón se ha consolidado y ampliado, lo que ha provocado la reactivación de traumas recientes en una sociedad ya exhausta por la crisis económica, la explosión del puerto de Beirut en 2020 y las secuelas de la escalada de 2023-2024. En conjunto, estas prácticas apuntan a una estrategia de presión psicológica destinada a moldear comportamientos, desincentivar apoyos y generar fracturas internas en la sociedad.

El sonido como forma de control

Uno de los elementos centrales de esta estrategia es el sonido. El rugir de los drones ha obligado a la población a acostumbrarse a vivir bajo observación permanente y con un ruido que convierte la excepcionalidad en rutina. Estos drones no solo se encargan de recopilar información constantemente, sino que también contribuyen a aumentar la presión psicológica de la población, que sabe que está siendo vigilada y escuchada. Además, esta práctica contribuye a asentar la idea de amenaza constante, lo que hace aumentar el sentimiento de miedo sostenido, la ansiedad, e incluso condiciona comportamientos entre la población. A ello se suman los aviones de combate, que no solo sobrevuelan el territorio para bombardear, sino también para intimidar. La repetición de estos sonidos mantiene a la población en un estado de alerta constante, haciéndola reaccionar ante cualquier sonido.

Las bombas sónicas, por otra parte, constituyen otro instrumento empleado desde 2023 y reactivado en esta fase de la guerra. Se trata de explosiones aéreas que generan un estruendo similar al de un bombardeo sin impacto físico directo. Durante la escalada anterior se utilizaron especialmente antes de los discursos del entonces líder de Hezbolá, Hassan Nasrallah. En esta ocasión, también se emplearon durante el Eid y la Pascua, fechas de especial significado para las comunidades musulmana y cristiana, respectivamente. Más allá del efecto inmediato, el mensaje implícito es que ni siquiera los momentos de celebración quedan fuera del alcance del conflicto.

Todas estas prácticas, además de una vulneración flagrante de los derechos humanos, implican una violación continuada del espacio aéreo libanés. A pesar de que ello debería activar mecanismos de rendición de cuentas, Israel sigue actuando con impunidad.

Órdenes de evacuación masivas y desplazamientos, el terror de la incertidumbre

Otro pilar de esta estrategia son las órdenes de evacuación, especialmente las que afectan a la población del sur del país y a la gente que vive en los suburbios del sur de Beirut, Dahyeh. Órdenes presentadas como supuestas medidas de protección que, en la práctica, siembran el caos y el miedo, y fuerzan a la población a abandonar sus hogares sin tiempo para planificar a dónde ir, algo que altera profundamente la vida civil.

El carácter amplio y generalizado de estas evacuaciones por parte del ejército israelí plantea dudas razonables sobre su compatibilidad con el derecho internacional humanitario

Estas instrucciones, además, no tienen en cuenta las necesidades de la población afectada, que muchas veces, por limitaciones físicas o económicas, no tiene alternativas seguras y se ve forzada a quedarse o a buscar refugio en las calles. El carácter amplio y generalizado de estas evacuaciones por parte del ejército israelí plantea dudas razonables sobre su compatibilidad con el derecho internacional humanitario, el cual prohíbe expresamente el desplazamiento forzado de la población civil. Por lo que más que medidas de protección, que es lo que contempla el derecho internacional humanitario, parecen responder a una lógica de vaciamiento territorial.

Al miedo que generan estas órdenes se añaden el goteo de declaraciones de responsables políticos israelíes. El ministro de finanzas, Bezalel Smotrich, por ejemplo, ha dicho que “Dahyeh podría quedar como Khan Younis en Gaza”, tras una evacuación sin precedentes. Este tipo de alegatos tiene un impacto letal sobre la psique de la población, que teme la destrucción total de la zona. Por último, las declaraciones, por parte de la clase política israelí, sobre una posible modificación de las fronteras entre el Líbano e Israel han intensificado esa incertidumbre, también alimentada por la incursión terrestre por parte de las tropas israelíes. No hay que olvidar, además, el impacto psicológico que tiene en las familias el no saber si podrán regresar ni en qué condiciones, encontrarán sus viviendas en caso de que lo hagan.

Con sus mensajes, Israel desplaza la responsabilidad del conflicto hacia la población civil, lo que introduce una lógica de presión colectiva que contribuye a profundizar divisiones internas

A lo largo de las últimas semanas, Israel también ha recurrido al lanzamiento de panfletos en los que se instaba a la población libanesa a desarmar a Hezbolá, acompañados de mensajes como: “El Líbano es tu decisión, no la de nadie más”, o “La Unidad 505 trabaja para asegurar el futuro del Líbano y su gente”, junto con un código QR. Este tipo de advertencias desplaza la responsabilidad del conflicto hacia la población civil, lo que introduce una lógica de presión colectiva que contribuye a profundizar divisiones internas.

A todo ello se le suma la desinformación, que actúa como multiplicador del miedo. Algunos ciudadanos han reportado haber recibido llamadas con órdenes de evacuación que posteriormente resultaron ser falsas. Esto provoca ataques de pánico entre la ciudadanía, el aumento del estrés y de la ansiedad en el contexto de una situación ya de por sí muy compleja.

La información se propaga de forma más rápida que la capacidad de verificación, lo que genera confusión y amplifica la incertidumbre

En un entorno mediático fragmentado, en el que circulan rumores y narrativas contradictorias, distinguir entre información verificada y falsa se vuelve cada vez más difícil. La información se propaga de forma más rápida que la capacidad de verificación, lo que genera confusión y amplifica la incertidumbre. En un contexto en el que se vive en alerta constante, verificar una fuente puede suponer perder segundos valiosos para escapar. Esta tensión entre rapidez y certeza intensifica la presión psicológica y refuerza la sensación de vulnerabilidad.

Entre la legalidad y la impunidad: la normalización de la presión sobre la población civil

El derecho internacional humanitario establece normas claras para la protección de civiles. Entre ellas, la prohibición de usar el terror como método de guerra, reconocida tanto en tratados como en derecho consuetudinario. No se prohíbe cualquier acción que cause miedo, sino aquellas cuyo objetivo principal sea aterrorizar a la población civil. Cuando las amenazas reiteradas, la vigilancia constante, los desplazamientos inducidos por el miedo y las declaraciones públicas intimidatorias se combinan de manera sistemática, el temor deja de ser un efecto incidental y puede convertirse en un instrumento estructural.

Más allá de la dimensión jurídica y militar, la estrategia de Israel también tiene un componente político. Todos estos actos no solo buscan debilitar a Hezbolá, sino también presionar al gobierno libanés para forzar el desarme. Al mismo tiempo, se ejerce una presión sobre su base social, lo que envía el mensaje de que el apoyo a la organización conlleva un coste colectivo.

Aunque Israel sostiene que su objetivo es Hezbolá, el impacto de estas prácticas trasciende la milicia. El mensaje también se dirige a la comunidad, especialmente a la chií, que, a pesar de no ser homogénea en sus posiciones políticas, se ve expuesta a las consecuencias del conflicto. Esto ha intensificado tensiones internas y ha generado desconfianza hacia las personas desplazadas por temor a convertirse en objetivos indirectos. En un país marcado por un pasado de guerra civil, este tipo de dinámicas reactivan memorias sensibles y profundizan fracturas difíciles de reparar.

Israel ha dejado claro que este alto al fuego no implica la retirada de sus tropas del sur del país

La guerra en el Líbano, por tanto, no se limita al plano estrictamente militar. El conflicto se ha extendido al ámbito psicológico, y ha configurado un espacio en que el miedo opera como herramienta de presión y control. Esto evidencia, como ya ocurrió en Gaza, los límites y la selectividad del derecho internacional. A pesar de existir normas que protegen a la población civil, su aplicación sigue subordinada a la voluntad política de quienes deberían garantizarla.

A pesar del anuncio de alto el fuego que entró en vigor la medianoche del 17 de abril, la presión psicológica sigue presente. Israel ha dejado claro que este alto al fuego, que en principio va a durar diez días, no implica la retirada de sus tropas del sur del país. Tel Aviv también ha dejado claro que quiere una zona de seguridad, por lo que hace pensar que no va a retirarse y por lo cual la población del sur no sabe si podrá volver a sus hogares.

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