Javier Correa: “La clase no es un agente romántico que viene a salvarnos, la clase se construye"

El también filósofo y librero, Javier Correa Román, publica esta primavera “No sé hablar del mar", su ópera prima narrativa, después de varios títulos de ensayo filosófico en coautoría con Miriam Rodríguez.
Javier Correa
Javier Correa se estrena en narrativa con su novela “No sé hablar del mar”.
25 abr 2026 10:00 | Actualizado: 25 abr 2026 11:27

1. Plaza de Cristo Rey–Prosperidad; 2. Plaza de Manuel Becerra–Avenida de Reina Victoria; 10. Plaza de Cibeles–Palomeras; 13. Canal–Puente de Vallecas; 33. Príncipe Pío–Casa de Campo; 42. Plaza de Castilla –Peñagrande… Javier Correa Román (Madrid, 1995) nos cuenta su primera novela a través de la enumeración de 45 rutas de autobuses que recorren Madrid. Esto es lo primero que más llama la atención en la lectura, pero no solo, ya que la novela se inicia con la sorpresa e intriga constante tanto por su forma de escritura, como por los títulos de los capítulos y por desgranar poco a poco quién habla, quién es el protagonista… Esto ocurre hasta que interiorizas la forma de narrar del protagonista, tanto es así que empieza sonar a una conversación cotidiana.

Javier es librero, escritor, editor, militante, amigo y muchas otras cosas más. Acaba de mudarse al mundo narrativo, pero él viene del ensayo filosófico con títulos como Estética y Emancipación, hacia una teoría del arte de lo común; de ensayo filosófico divulgativo con títulos compartidos con Myriam Rodríguez como Filosofía para Jóvenes y pensar para cuándo, Contrarrefranes y Micropolítica del amor. También alberga poesía publicada en la Revista Iberoamericana Casa País, así como relatos de ficción en Revista Popper y un capítulo en Arte en la era Digital. Con su último libro No sé hablar del Mar, recién publicado por la editorial Demipage, empieza su andadura con presentaciones en varias ciudades.

No sé hablar del mar es una novela arrolladora que no te deja indiferente. El autor hace que la posición de la lectora sea ambivalente en los entresijos que se mueven en un escenario cotidiano de una casa familiar en un barrio de la periferia madrileña: la puerta del baño, la habitación, la play, los autobuses, las notas, los porros, el coche, la abuela, la hermana, el hermano, el padre y la madre son varios de los aspectos que nos permiten reconstruir el escenario que Javier nos intenta transmitir. No solo acompañaremos de la mano a Dani -el protagonista- en la historia que nos narra, sino que cada desarrollo de los diferentes personajes o los lugares seleccionados a los que nos llevan, desatan toda una reflexión acerca de la clase social, la violencia patriarcal -por tanto el género- y el racismo. Leer esta novela nos invita a replantearnos los discursos reaccionarios actuales sobre volver a la familia nuclear.

¿Cómo te sientes en la voz narrativa?
Me siento bien, pero me ha costado, tengo dudas de ser capaz de escribir otra novela porque esta tiene un tono muy particular, una forma muy particular, que una vez que ya lo cogí fue fácil alargarlo, que yo creo que está más o menos bien conseguido, pero no sé si tengo más capacidad que esto, supongo que es ir descubriéndolo.

Al principio no tenía ni muy claro que lo que hiciese fuese poesía, yo leí Los bloques naranjas, de Luis Díaz en 2023, nada más salir y es la misma estructura, el mismo ritmo… yo le debo todo a ese libro. Capítulos muy cortos, sin ningún tipo de puntuación, con un lenguaje relativamente coloquial, pero imágenes bastante poéticas, y yo lo leí como si fuera un libro de poesía. A raíz de esto, empiezo a obsesionarme con el ritmo en las notas del móvil. Me fascina completamente que en el libro de Luis Díaz yo no tenga que detenerme, que no haya ninguna coma y no me detenga, que el ritmo lo consiga él solo por la fonética de las palabras, sino porque consiga decirme cuando parar… Entonces empiezo a juguetear con eso en las notas del móvil y yo pensaba, de una forma casi un poco vergonzosamente ingenua, que hacía poesía, pero lo que hago es prosa y no es poesía. Entonces, no sé qué tal la narrativa, pero un poco este mejunje de prosa poética creo que me gusta, sí.

¿De qué va tu novela? Sin spoilers, claro, porque la gente se la tendrá que leer…
El tema principal de mi novela es la violencia dentro de la familia, contada desde una primera persona que sufre parte de la violencia, pero no quizá la gran parte. Lo que a mí me preocupaba fundamentalmente era convivir con la violencia. La violencia no como un relámpago que llega y destruye resultando en un momento casi sobrenatural, irracional o excepcional… Sino la violencia como un sitio donde uno vive, o sea, donde uno habita. Y eso quiere decir que duermes con la violencia, que vas al supermercado con la persona que te agrede, que te da consejos, que la miseria reproduce a la miseria. Uno sobrevive en la violencia ejerciendo también más violencia, y que ahí se producen alianzas como extrañas y perversas.

A mí me interesaba sobre todo explorar, por un lado, toda esa convivencia de la violencia a través de una mirada bastante aniñada: la violencia que ejerce el padre sobre una familia y cómo esa violencia encuentra ecos en el resto de los personajes. Luego me interesaba analizar la idea de la huella que deja la violencia en los cuerpos de los personajes. La idea de que no basta con sacar a la persona agresora para que las cosas vuelvan a fluir naturalmente, me interesaba explorar que los cuerpos se quedan destrozados, y que ese destrozo puede ser más o menos inamovible. No sé si hago un poco trampa, porque, aunque la voz del protagonista va creciendo, al principio es muy aniñada, luego la novela es fragmentaria, no tiene línea temporal clara.

Háblame sobre que las víctimas no son víctimas al 100% y tienen esa agencia de ejercer violencia, así como el hecho de que sacar al agresor del sistema de violencia no acaba con la misma.
El caso de la madre es como el más importante, constantemente le está diciendo a sus hijos que se va a ir porque realmente ella tiene un deseo de irse porque no puede sostener más. A la vez le pesa, evidentemente, no abandonar a sus hijos y cuando pone esta tensión a jugar, le hace recibir afecto de los hijos: “no por favor no te vayas, no tal…” entonces ahí se enquista un circuito en el que por culpa de la violencia, donde no hay violencia claramente directa, no sé si podríamos calificar el decir que me voy a ir como violencia, pero ahí hay un enquistamiento que en el fondo sostiene la violencia, porque cuando luego se va el foco de la violencia, esas mismas formas y gramáticas para relacionarse persisten. Por tanto, la forma que tiene la madre con los hijos de relacionarse es a través de un fantasma violento que ya no está.

El agresor no está pintado como un constante agresor, sino que es una persona que además es padre con todo lo que eso significa. O sea, un padre violento es violento pero es padre: duerme con el hijo, la acompaña al colegio… y eso es interesante.

Háblame de la mirada infantil porque considero que es lo interesante dentro de este contexto narrativo general en el que tanto se está hablando sobre violencia en la familia.
A mí la mirada infantil me gusta principalmente en un sentido muy formal, creo que ya van años de que la gente de nuestra generación empieza a jugar con la oralidad y a pensar que en realidad es más interesante escribir como se habla que hablar como se escribe y que eso tiene un gesto político muy fuerte. Cuál es el sujeto que habla y de ahí cómo transformo la forma. Escoger la mirada aniñada me permitía un poco este vómito constante de chorreos, sin comas ni tal y lo justificaba bien… así que tener la infancia, por un lado, a mí me justificaba una forma que me apetecía, con la que venía jugando y luego yo pienso que nuestra generación es claramente “hijas del divorcio”. Yo no sé si frente a la siguiente generación, tras el auge reaccionario, se volverá a romantizar el matrimonio, pero nosotras somos las hijas de los matrimonios que no funcionaron porque se acabó esa farsa, porque por fin se podía desmantelar.

Nuestra generación es claramente “hijas del divorcio”... somos las hijas de los matrimonios que no funcionaron porque se acabó esa farsa, porque por fin se podía desmantelar

Yo creo que como millennials vivimos una especie de repunte de las no monogamias que hoy en día se nos muestran cansadas, no conseguimos articular la crianza alrededor, ni la reproducción de nuestra vida… Esto junto al repliegue reaccionario, nos da de repente una vuelta a la pareja, entonces yo sí que creo que hay una vuelta a pensar la familia: cómo fue nuestra familia, por qué parece otra vez que es la falta de compromiso con la forma de vincularnos, la crisis de la vivienda… estas cosas parecen que otra vez son las que nos vuelven a empujar a la pareja y a la familia.

En el libro, la familia se muestra como un dispositivo puramente de violencia por muchas cosas: de violencia de silencio o esta cosa también de que la familia no se puede destruir… Hay un momento en el libro en el que la madre le dice a la abuela: “es que tu hijo me pega” y la otra dice: “bueno, qué quieres que te diga”. Lo cual es una vuelta a ese silencio. 

También hay mucha violencia de clase cuando la madre dice “yo que no me estuve divorciando porque no tenía pasta, ahora tengo que dar 20.000 clases particulares y así me lo pagáis”. Esta idea de que en realidad esa violencia merecía más o menos la pena porque había una promesa de extensión de clase que por los niños se puede aguantar. Pero en el fondo y yo creo que un poco este es el epílogo más allá de cómo acaba el libro, el cuerpo que sale de ahí es un cuerpo violentado, que la forma de vincularse es a través de todos los traumas que tiene y esta apuesta que yo creo que es importante mantener de volver a las familias, volver al trauma.

Háblame un poco sobre las tensiones de clase, o sea, siendo una familia de clase obrera en un barrio periférico de Madrid, no la has representado de forma pura, sino que explicitas tensiones de racismo o género que me gustaría escucharte cómo has articulado todas estas contradicciones cotidianas…
Mi posición política es que la clase se construye, es decir, que no hay que romantizar la clase y que la clase no es un sujeto revolucionario per se o no es un agente romántico que nos viene a salvar y lo que pasa es que la clase obrera está engañada. Esta es una postura que a mí no me interesa nada. Porque las posiciones de clase te las da tu posición en el capitalismo, es decir, no hay nada en esa posición que sea benevolente por sí mismo.

Me apetecía además mucho que los personajes no tuvieran discursos de clase porque me parece inverosímil, o sea, que no por ser de clase obrera la novela tiene que ser revolucionaria

Por eso, la gente con la que tenemos que hacer la revolución, nuestras compañeras, son siempre contradictorias y nosotras lo somos. Esto a mí me interesa mucho, por un lado, porque la madre es una madre tremendamente racista y a la vez muy, muy, muy atravesada por problemas de clase por los que no se divorcia, es más tiene que elegir entre la violencia de clase o la violencia sexual, que esto yo creo que es el marcador de la mujer obrera. Además, luego tiene que pluriemplearse a unos niveles altos porque nadie más la ayuda, porque tiene que dar clases particulares, etcétera. Me apetecía además mucho que los personajes no tuvieran discursos de clase porque me parece inverosímil, o sea, que no por ser de clase obrera la novela tiene que ser revolucionaria. La gran mayoría de personas de mi barrio que conozco no son personas militantes, las cosas que les pasan de clase no siempre les llevan a reflexionar sobre la clase, hay elementos para reflexionar a partir de ahí pero no creo que todas las historias de novela LGTBIQ+ tienen que ser sobre cómo salir del armario, ni todas las novelas de clase tienen que ser de cómo me empoderé. En la novela hay simplemente un retrato de cómo es la violencia que sufrimos.

Y luego hay una cosa que a mí me interesa especialmente siempre: los imaginarios de un barrio de la periferia. Es decir, comer en grandes cadenas como festín, como que nuestra gran celebración es ir al Vips, esta cosa de acceder un poquito a la sociedad de consumo, hacer la compra en grandes superficies como el Carrefour… Y eso ni está ridiculizado, ni está ensanchado, como “soy más puro”, simplemente es la única opción, y ahí es donde se está. Entonces, ni pasar hambre, ni romantizar eso, pero a la vez es un condicionante. Esta violencia patriarcal se hubiera cortado antes si no hubiera violencia de clase. No se entiende la declinación patriarcal en los cuerpos si no es en un sistema de clase. No son cosas distintas.

¿Qué ocurre con las amistades del protagonista?
En realidad la violencia tiene una cosa que es bastante incomunicable, o sea, podríamos pensarlas como personas que están alrededor como planetas o satélites alrededor de este núcleo de violencia. Los podemos dividir en institucionales y no institucionales. La institución falla completamente. Y el abandono de la institución no se da siempre de la forma en que pensamos, “no tengo ni para vivir” o “no me dan ni el ingreso mínimo vital”. A veces simplemente es que la psicóloga del colegio sabe que sufres violencia en casa y no pasa nada. Y esta comunicación tampoco es que se pueda dar. Uno no va y articula un discurso de violencia, simplemente llega y dice que tiene insomnio o cosas por el estilo. Y ahí esto es una cosa que falla, que falla completamente y en la novela se ve. Otra institución que falla es la policía, la policía aparece en la novela, pero como un recurso casi más para la violencia de nuestra clase.

“Nadie tiene la capacidad ni la imaginación política para pensar en los imaginarios de justicia transformativa que tenemos porque simplemente no están a nuestro alcance, entonces lo único que uno imagina es devolver la violencia más fuerte”

Entonces aquí aparecen agentes no institucionales: la abuela como persona que sabe las cosas y que no es capaz de hacer nada porque la familia tiene ese yugo que no se puede romper, las amistades… Las soluciones que da el protagonista -que es chico- junto a un amigo son de imaginarios de violencia, es decir nadie tiene la capacidad ni la imaginación política para pensar en los imaginarios de justicia transformativa que tenemos porque simplemente no están a nuestro alcance, y por tanto con ese “vente a mi casa”, no hay ninguna casa a la que ir o la casa de la abuela es como es peor, las amigas tampoco saben muy bien, entonces lo único que uno imagina es devolver la violencia más fuerte para que se calle. Es entonces cuando aparece una idea muy fuerte: la venganza. En la novela aparece la idea de que antes de cumplir 18 años y que se le renueven los delitos al protagonista, este dice “yo le daré una paliza a mi padre”. Es un pensamiento que nos quita de la pasividad de la víctima entonces le da cierta agencia.

¿Qué le dirías a tus lectoras?
El título iba a ser “Dos gotas de sangre” pero me parecía demasiado fuerte de inicio. Era ese porque en realidad cuando eres hermano, eres como dos gotas de sangre y eso tiene muchos paralelismos que resume un poco todo. Uno es hermano porque nos pega el mismo padre, eso es lo que nos hace ser hermanos. Entonces esta idea de la sangre como identidad, la sangre como herida, pero también la sangre como cosa que se nutre de sí misma, que reproduce la miseria y la violencia llama a la violencia, que espero que vean que está ahí, que lo vean.

Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra na túa conta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...