Literatura
‘Olvidado Rey Gudú’, la “novela social de reyes” con la que Ana María Matute rompió muchos silencios
El 12 de marzo de 2009, Ana María Matute se convirtió a los 83 años en la primera escritora en depositar un ejemplar de una de sus obras en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, en cuya cámara acorazada permanecerá custodiado hasta el 26 de julio de 2029. “¿Qué puedo dejar si no es un libro? La literatura es mi vida”, confesó durante el acto la autora, Premio Nacional de las Letras en 2007. Y, efectivamente, el libro que dejó allí es uno al que Matute consagró buena parte de su existencia: la novela Olvidado Rey Gudú, con la que regresó tras varias décadas de ausencia, mutismo y depresión.
Publicada en 1996, Olvidado Rey Gudú es una historia interminable que Matute comenzó a escribir a finales de los años 60. Un novelón de casi mil páginas y ambientación medieval para narrar la saga de una dinastía monárquica en el reino de Olar, un territorio fantástico que podría localizarse en Europa Central. Los enredos familiares, las intrigas palaciegas y las batallas campales se mezclan con sucesos mágicos y fenómenos sobrenaturales en una fábula protagonizada por la reina Ardid y su hijo Gudú, quien carga con la maldición de estar incapacitado para sentir amor. La publicación significó un cambio de rumbo en la narrativa de Matute ya que obras suyas anteriores como Los hijos muertos (Premio Nacional de Literatura en 1959) o Primera memoria (Premio Nadal también en 1959) habían transitado por el realismo de posguerra. En 1971, La torre vigía, su última novela antes de Olvidado Rey Gudú, ya situó la trama en unas coordenadas diferentes, las del libro de caballerías. Un cuarto de siglo después, la sorpresa por la orientación del nuevo título, cuya aparición era en sí misma todo un acontecimiento, fue tan monumental como la propia novela.
La escritora aportó algunas claves de ese giro durante su toma de posesión del sillón de la letra K de la Real Academia Española (RAE) el 18 de enero de 1998, el acto que la ratificó como la tercera académica en toda la historia de la institución. En el discurso, titulado En el bosque, Matute realizó un encendido elogio y una memorable defensa de la fantasía y la imaginación en la literatura, tan vitales para ella como el comer y el dormir, según explicó. Se presentó como una “contadora de historias que cifra su obra y acaso también su vida” en la posibilidad de cruzar el espejo e internarse en el bosque de lo misterioso y lo fantástico, pero también del pasado, del deseo y del sueño.
Tal vez sintió que en una ocasión tan extraordinaria, así la calificó, debía justificar un género considerado menor frente a la literatura de verdad. “No pretendo que abandonemos este mundo, nuestro mundo, sino tan solo que nos aventuremos por unos instantes en los otros mundos que hay en este”, precisó sobre sus motivaciones. También recomendó no desdeñar la fantasía ni la imaginación “cuando nos sorprenden brotando de las páginas de un libro trasgos, duendes, criaturas del subsuelo”. Asimismo, la escritora reconoció que le resultaba difícil separarlas de las historias más realistas “porque el realismo no está exento de sueños ni de fabulaciones... porque los sueños, las fabulaciones e incluso las adivinaciones pertenecen a la propia esencia de la realidad. Yo escribo también para denunciar una realidad aparentemente invisible, para rescatarla del olvido y de la marginación a la que tan a menudo la sometemos en nuestra vida cotidiana”.
En su alocución, Matute tuvo palabras para los llamados cuentos de hadas, un género que ella cultivó en abundancia y que, en su opinión, ninguna relación guardaba con la imagen que de él se había proyectado, consistente en historias para niños, a menudo estupidizadas y trivializadas a través de “podas y podas políticamente correctas”, porque tampoco los niños responden a la estereotipada imagen que de ellos se tiene. Según la creadora del reino de Olar, que dedicó Olvidado Rey Gudú a los hermanos Grimm, Andersen y Perrault, los cuentos de hadas no eran en rigor otra cosa que “la expresión de un pueblo que aún no tenía voz, excepto para transmitir de padres a hijos todas las historias que conforman nuestra existencia”.
Matute concluyó su discurso recordando que la literatura es la manifestación de un malestar y de una insatisfacción “expresada de tantas maneras como escritores existen”, pero sobre todo, concretó, “la expresión más maravillosa que yo conozco del deseo de una posibilidad mejor”. Para ella, resumió, escribir era la búsqueda de esa posibilidad.
El exilio interior
Hija del propietario de una empresa de paraguas, Ana María Matute nació en Barcelona en 1925 y creció entre la capital catalana y Madrid, con una estancia larga en Mansilla de la Sierra, el pueblo de su familia materna en La Rioja, para recuperarse de una enfermedad a los cuatro años. “Yo fui la rebotada de una familia de derechas”, diría en una entrevista en El País en 2007. El estallido de la guerra civil marcó sus vivencias como niña que encontró refugio escribiendo cuentos, obras para guiñol o haciendo una revista para sus hermanos y primos. Entonces tartamudeaba, más por miedo que por un defecto físico. La prueba de ello, aseguró Matute en varias ocasiones, es que la tartamudez desapareció durante los bombardeos. Ella definió a su generación como la de “los niños asombrados” porque nadie les había consultado en qué lado debían situarse ni les había informado de nada y se encontraban formando parte de un bando o del otro.
Su estreno oficial como novelista fue Los Abel, publicada en 1948. Con Pequeño teatro ganó el Premio Nadal en 1954, el primero de los grandes galardones que recibió en esa década. En lo personal, sin embargo, fueron tiempos durísimos para la escritora, sometida en su matrimonio con Ramón Eugenio de Goicoechea, su marido “malo” como lo llamaría años después, quien controlaba y administraba todo, anulando las iniciativas de su esposa. Guardar silencio se convirtió en un método de supervivencia para ella.
Durante los años 60, la renovada editorial Lumen, al mando de Esther Tusquets, publicó varios libros de cuentos infantiles firmados por Matute como El saltamontes verde. En 1963 se separó de su marido, lo que hizo que apenas pudiera ver a Juan Pablo, su hijo nacido en 1954. En 1967 consiguió la tutela legal del chico, conoció a Julio Brocard, quien se convertiría en su marido “bueno”, y pasó un tiempo en Estados Unidos como profesora universitaria. A su vuelta se instaló con Juan Pablo y Brocard en Sitges, donde vivieron buenos momentos. Allí se dedicó a tareas agradables como crear artesanía de juguete e invitar a los niños del barrio a que escucharan sus cuentos. También comenzó a escribir Olvidado Rey Gudú. Según recuerda Tusquets en un capítulo de sus memorias, Confesiones de una editora poco mentirosa (Lumen, 2005), se trataba de una “historia mágica de la que nos contaba fragmentos —hablaba ahora por los codos— y sobre cuyos personajes hacía dibujos y que tendría un éxito enorme cuando, muchísimos años después, la terminara”. Pero en 1975 el vacío entró en su casa y el manuscrito quedó abandonado. El paréntesis por la depresión se prolongó dos décadas. “Lo que ocurrió es que me asaltaron las manías”, reveló Matute en una entrevista a ABC en 1996, pocos días antes de la publicación de Olvidado Rey Gudú. “Pensé que no iban a entenderme, o que no sería capaz de hacerlo como yo lo sentía por dentro. Hasta llegué a pensar que sería, si no mi testamento, sí el compendio de una especie de herencia recibida. El caso es que me obsesioné”, explicó en una respuesta.
De tronos y juegos
Éranse una vez dos gemelas que se llevaban 37 años y habían nacido en dos países diferentes. Así podría comenzar el relato de la relación entre las escritoras Ana María Matute y Juana Salabert. A la primera le habría encantado y la segunda utiliza varias veces durante la conversación con El Salto esa vinculación familiar irreal para definir cuán estrecha era su amistad. Matute asistió en 1961 a la presentación en París de la novela El exilio interior, escrita por el padre de su “gemela”, Miguel Salabert, y rescatada en 2025 por la editorial asturiana Hoja de Lata. “Ella estuvo en los mejores y peores momentos de mi vida. Compartíamos aficiones, gustos similares, el amor por Proust, Faulkner, Andersen… Siempre estuvimos muy juntas”, recuerda Juana Salabert, nacida en la capital francesa en 1962, quien recrea una anécdota simpática sobre esa cercanía: “Cuando estudiaba Letras Modernas en la universidad en Toulouse, la única asignatura que suspendí fue español, por una traducción que hice de un capítulo de El siglo de las luces. En el examen de recuperación de septiembre me cayó un texto de Ana María Matute y cuando terminé fui a una cabina a llamarla. Nos reímos mucho cuando ella me dijo que si me volvía a suspender, cogía un tren y se plantaba en el departamento del profesor y se la armaba”. El día del velatorio de Matute en Barcelona fue uno de los más tristes en la vida de Salabert. “Nunca me consolaré de haberla perdido”, dice con emoción.
Salabert considera Olvidado Rey Gudú una obra maestra de la que destaca la belleza absoluta de su escritura, la audacia de su imaginación y el hecho de que sea una novela “tremendamente cervantina, una historia de historias que van tramándose una tras otra, ese homenaje tan sentido donde no hay líneas divisorias entre la imaginación y el mundo”. En su opinión, es una obra que desentraña “como muy pocas” el drama y el esplendor de la condición humana mediante un juego siempre sutil entre opuestos: oscuridad y luz, miedo y exaltación. “En ella está toda la crueldad del mundo, pero también toda la belleza del mundo, están la memoria y el olvido…”, contrapone Salabert, quien también señala la condición de “gran homenaje” a los héroes y antihéroes de los cuentos de hadas, y el sentido del humor que destila en sus páginas: “A la vez que analiza el poder, el afán de lucro, la codicia o las injusticias, hace pequeños guiños en clave humorística a la historia de la literatura”.
Perteneciente a una generación posterior, la escritora y poeta Sofía Rhei era una adolescente cuando Olvidado Rey Gudú llegó a las librerías. Para ella, el gran mérito de la novela es “la manera en la que el pasado y la idea de este, las estirpes, pero también los dolores, triunfos y fracasos personales, modelan el curso de los acontecimientos. Nada sucede realmente en presente, sino que es un eco inevitable de una fatalidad antigua, la consecuencia de una serie de avisos. Y esta mecánica tan tradicional en la épica puede que no solo afecte a reyes y magos. Hay algo universal en ese peso de la vida, en esa acumulación de penas y olvidos, salpicada apenas por pequeños fragmentos de alegría y esperanza”.
Rhei, autora de los libros de relatos El bosque profundo y La máquina de los deseos, de la novela Newropía y de muchos títulos de literatura infantil y juvenil, sugiere una posible descripción para el género que Matute “fue inventando” a medida que avanzaba en la escritura de Olvidado Rey Gudú: novela social de reyes. Así lo justifica: “El perfil de los personajes quizá proceda del folclore, e incluso hay nombres que nos resuenan a esa interminable lista de los reyes godos, pero la manera en la que están tratados se aleja de lo tradicional, creando perfiles tremendamente humanos, narrados desde ese crisol de puntos de vista —narradores interiores y exteriores— característico de la posmodernidad”.
El amplio catálogo de personajes de Olvidado Rey Gudú incluye “nombres tan atinados que prácticamente contienen ya en ellos a un personaje redondo”, según Rhei. Es el caso de, por ejemplo, Predilecto, Almíbar, Tontina, la condesa Soez, Furcio o Usurpino. De entre todos ellos, Salabert se queda con la reina Ardid, a quien califica como fascinante. “Se dice que es artera y astuta —señala—, pero es que no hubiera podido sobrevivir de otro modo en esa morada de fieras que es el reino de Olar y lo que lo rodea. Es un gran hallazgo literario, una figura femenina muy poderosa que es capaz de darse cuenta de sus errores, cosa que no hace Gudú, que tiene esa cortedad de militarote y poco más. Ardid tiene el desarrollo de la inteligencia, la fantasía y la curiosidad, que es lo único que comparte con su hijo. Ella es un personaje muy complejo en sus relaciones con los demás y consigo misma”. Rhei también subraya que la presencia de personajes femeninos en la novela es “abundante y compleja”, algo que resultaba “avanzado incluso a nivel mundial”.
Otro “hallazgo asombroso” que Salabert encuentra en las páginas de Olvidado Rey Gudú es el Árbol de los Juegos, descrito por la voz narradora de la novela como “aquel cuyas hojas, todas y cada una de ellas, explicaban minuciosamente los juegos y las aventuras, las rosas perdidas y las no nacidas, el color de la maldad y la risa de la tontería adulta”. Salabert recuerda que, cuando no hay niños correteando a su alrededor, “no solo es que deje de reverdecer y tener nuevos tallos sino que se muere. En el fondo, es el árbol de la vida”. Para ella, es un personaje central en la novela.
Un gran éxito contra el canon
Olvidado Rey Gudú se hizo realidad gracias a una figura relevante en la literatura española del siglo XX: la agente literaria Carmen Balcells, quien obligó a Matute a encerrarse para terminar de escribir el libro. Prácticamente la secuestró y le impuso una férrea disciplina para que llegase al punto y final. Cuando lo hubo finiquitado, Balcells, consciente de lo que tenía entre manos, llamó a las puertas de las editoriales para conseguir un acuerdo satisfactorio. Había, eso sí, un inconveniente que salvar: Matute y Tusquets tenían un contrato firmado que implicaba que Lumen publicaría aquella obra con la que la escritora soñaba en Sitges y que parecía no poder acabar nunca. En el verano de 1995, Balcells comunicó a Tusquets que un editor estaba dispuesto a pagar mucho dinero por Olvidado Rey Gudú. Pensando que eso sería lo mejor para Matute, Tusquets la liberó del compromiso con ella. Un año después de su publicación se habían despachado más de 200.000 ejemplares, cuando los informes que manejaba Espasa Calpe, la editorial que se llevó el gato al agua, pronosticaban que las ventas rondarían los 25.000.
“Ana María se sentaba a escribir lo que necesitaba escribir y le importaba poquísimo cuáles eran las modas del momento o la opinión futura de críticos y profesorado”, dice Juana Salabert, escritora y amiga de Matute
Salabert, cuya primera novela, Varadero, también vio la luz en 1996, explica que el éxito arrollador que obtuvo Olvidado Rey Gudú supuso un “doble regocijo” para Matute. Por un lado, porque era una obra “que había acariciado y escrito durante muchos años, que les había contado a sus sobrinas inventándose los episodios como si fueran cuentos para dormir, que había dibujado a los personajes”. La autora, en resumen, llevaba mucho tiempo viviendo dentro del mundo de Olvidado Rey Gudú. Y por otro, por ver que tantísima gente “se liberaba de los prejuicios contra el género fantástico, afortunadamente, y se acercaba con entusiasmo a disfrutar de esa obra maestra”. Ella recuerda que Matute solía quejarse “con toda la razón” de que en España se ha desconfiado de la fantasía por muy diversas causas, entre ellas posiblemente la pervivencia de la Inquisición hasta 1834. “Decía que si alguien escribe una literatura que pueda tildarse de fantástica, será visto con malos ojos. En parte eso le había sucedido con La torre vigía”. Salabert cuenta que, por ese motivo, el género fantástico no había sido muy frecuentado por estos lares, con alguna excepción como Álvaro Cunqueiro, pero entiende que la novela de Matute trasciende los géneros: “Es literatura fantástica, por supuesto, pero a la vez es muchísimas más cosas. Gustó muchísimo a jóvenes y adolescentes, pero también a lectores avezados que llevaban toda la vida leyendo a Matute. Además de una gran novela, es una muestra de total libertad creativa. Ana María se sentaba a escribir lo que necesitaba escribir y le importaba poquísimo cuáles eran las modas del momento o la opinión futura de críticos y profesorado”.
Según Rhei, un aspecto muy notable de Olvidado Rey Gudú es su carácter híbrido. La manera de narrar de Matute, analiza, llega en forma de “valiosa herencia de la narrativa popular, de un conocimiento profundo y convivencia con esta que quizá ya estemos perdiendo irrevocablemente. Y es, ciertamente, una narración algo errática, como las antiguas crónicas, libre de las normas de tensión que actualmente nos oprimen como narradores. Al fin y al cabo, todo lo que se vive y lo que se aprende sucede así, sin pauta”. Por ello ubica la novela como un eslabón “entre un pasado en el que la fantasía, efectivamente, pertenecía solo a lo mítico, y un futuro en el que los géneros especulativos se nutren de las herramientas literarias de todos los demás géneros”. También opina que, en el momento de su publicación, no existía nada semejante. “Es una novela-mundo en la que se sienten pulsar las venas del tiempo y todas las capas vitales y estados de ánimo de la propia autora cada vez que se sentaba a escribir: a ratos nos interpela con un estilo juguetón y pícaro, y en otras ocasiones nos recuerda, como la poesía, la vanidad del deseo, la permanencia de la tristeza y el hastío; las maneras de enfrentarse al paso del tiempo, que son tantas como personas. Demuestra que todo aquello de lo que hablaba el realismo podía contarse con trasgos de por medio”.
La escritora, traductora y editora hispano-británica Marian Womack sube la apuesta y afirma que Matute reinventó el canon literario a finales del siglo XX. Una opinión fundamentada en una exigencia que ella plantea y que fue cumplida sobradamente por la veterana novelista: que quienes se “autodescriben” como escritores de “alta literatura” acepten que ciertos temas, personajes o historias pueden tratarse también desde esa literatura de canon. Algo que la autora de Olvidado Rey Gudú logró de manera orgánica. “Creo que todos los que trabajamos el fantástico sin depender de etiquetas genéricas recibimos una lección magistral de Matute sobre cómo integrar la fantasía, el mito y la historia en estrategias del realismo. Se trata de una técnica que muchos han intentado y pocos han logrado”, valora esta especialista en ficción especulativa y terror de corte ecologista que escribe en español y en inglés.
“No ha habido otra escritora como Matute en nuestras letras y el hecho de que sea única en cierta manera justifica que esta obra también lo sea”, opina la escritora Marian Womack
Firmante junto a Rhei de la novela La calle Andersen y, en solitario, de The swimmers y The golden key, Womack sitúa a Carmen Martín Gaite y Ana María Matute como las dos autoras que más influyeron en su deseo de convertirse en escritora y considera lógica la excepcionalidad de Olvidado Rey Gudú, teniendo en cuenta quién lo escribió: “No ha habido otra escritora como Matute en nuestras letras y el hecho de que sea única en cierta manera justifica que esta obra también lo sea”. Desde Reino Unido, donde reside, Womack observa con cierta decepción cómo se ha tratado en España a la escritora catalana: “Nuestro país no suele rendir admiración a ciertas formas de escritura, ni ha sabido dar su sitio a la literatura escrita por mujeres. Creo que Matute, dentro del respeto y la admiración que se le tiene, se merece mucho más: su legado es único y de una importancia colosal”.
Después del rey
Tras el extenuante proceso de creación de Olvidado Rey Gudú, Matute tuvo aún tiempo y energía para dedicarse a escribir otras tres novelas. Aranmanoth, publicada en el año 2000, se enraíza igualmente en el terreno de la fábula fantástica y es considerada el tercer vértice de la trilogía que abrió La torre vigía. En 2008, Paraíso inhabitado abordó el conflicto entre el mundo de la infancia y el mundo adulto. Publicada de manera póstuma, tres meses después de su fallecimiento en junio de 2014, Demonios familiares es una obra inacabada en la que Matute retomó la temática de la guerra civil.
El Ministerio de Cultura le concedió en 2010 el Premio Miguel de Cervantes, siendo la tercera mujer en lograrlo en la historia del galardón, estrenado en 1976. En su discurso en la ceremonia de entrega, Matute resumió sus 85 años de relación con la lectura y la escritura. Toda una vida que, en sus tiempos mozos, consideró en su mayor parte una “vida de papel”, según aseguró. Recordó cuando, con 11 años y en plena guerra civil, escribió su primera novela. “Se llamaba Juanito, y ocurría durante la Revolución Francesa. Pero pueden imaginar qué extraña Revolución Francesa relataba… Claro está: me la inventé, pero algo tienen los inventos-sueños porque, cuando durante la noche, toda la casa dormida, acudía al cuarto de mis dos hermanos, José Antonio y José Luis, y, ayudada por una linternilla de pilas, se la leía, protestaban cuando yo decía ‘continuará’”. También mencionó las tardes de otoño en su casa de Sitges, donde un tropel de niños “oían embelesados repetir por enésima vez las palabras mágicas: ‘Érase una vez…’. Y habían dejado la televisión para escucharlas”. Matute cerró la intervención con un ruego a quienes la escuchaban: “Si en algún momento tropiezan con una historia, o con alguna de las criaturas que transmiten mis libros, por favor créanselas. Créanselas porque me las he inventado”.
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