Derecho a la vivienda
La pesadilla de la vivienda en Portugal

La especulación inmobiliaria en Lisboa ha desencadenado una crisis social, que azota a los más vulnerables: jóvenes y personas mayores.
La Plaza del Municipio (Lisboa) ilustrada por John H. Colley
La Plaza del Municipio (Lisboa) ilustrada por John H. Colley Ana Baquerizo
2 nov 2023 06:00

En la última década se han recuperado cientos de edificios ruinosos en barrios históricos de Lisboa gracias a las medidas impulsadas por el gobierno portugués para atraer capital extranjero. Sin embargo, a largo plazo, este tipo de políticas ha tenido un impacto negativo a nivel social: personas mayores que vivían hace décadas en la capital han sido desalojadas de sus casas, los precios de los alquileres se han duplicado y el advenimiento de un nuevo apocalipsis inmobiliario cada vez parece más evidente.

Desde la terraza del apartamento que comparto con tres amigos en el barrio de Graça, a veces alcanzo a vislumbrar los partidos de fútbol del cuarto piso de una de las nuevas construcciones frente a nuestro edificio. La pantalla es de plasma y ocupa toda la pared del salón, imagino que será el último modelo de alta gama. En la pandemia esos edificios no existían y casi se alcanzaba a ver el Tajo por completo. Por entonces solía coger las naranjas del árbol desde mi ventana, mientras me llegaba el olor de las sardinas que con primor asaba la señora Alina, una anciana que vive alquilada desde hace más de más de treinta años en el bajo de nuestro inmueble.

Echo de menos aquellos tiempos en que solíamos reunirnos todos los vecinos en el patio de abajo; muchos habían perdido el trabajo y entre todos conseguimos que el casero nos rebajase el alquiler. Tres años después, el naranjo ya no da flores y no conozco a casi ninguno de mis vecinos, además, durante el último año, nuestro propietario nos ha presionado en más de una ocasión y ha llegado a amenazar con cambiar la cerradura si no aceptamos la subida de precio del alquiler de un mes para otro. No sé cuánto tiempo podremos quedarnos en el piso, ni si algún día el señor Álvaro se dignará a ofrecernos un contrato.

En la última década se han recuperado cientos de edificios ruinosos en barrios históricos de Lisboa gracias a las medidas impulsadas por el gobierno portugués para atraer capital extranjero

Al menos, parece que por fin van a terminar la obra de la casa del al lado.  Ya ha pasado más de un año desde que comenzó la reforma de la casa y los ruidos que la misma acarreó. La verdad es que no podía rescatarse mucho más que los cimientos o el esqueleto de la construcción. Ahora, completamente renovada, esta vivienda pasará a estar disponible en el mercado en los próximos meses, después de más de seis años abandonada. No es la única, ni mucho menos, los datos del último Censo de 2011 registraron más de 700.000 viviendas desocupadas en Portugal.

Al no contar con los ingresos necesarios para invertir en estas propiedades abandonadas o edificios ruinosos, durante los últimos diez años, el gobierno portugués ha recurrido a la concesión de visados de oro y ventajas para quienes invirtieran en el sector inmobiliario portugués, lo que ha supuesto el auge del sector de la construcción y propiciado la edificación o rehabilitación de muchas casas para convertirlas en viviendas de lujo. 

En el barrio de Intendente, conocido por ser uno de los más bohemios de la ciudad y un ejemplo de renovación urbana, han desaparecido casi todas las asociaciones y negocios locales, que han sido sustituidos por comercios y hoteles de lujo. El éxito inmobiliario está acabando con la esencia de la ciudad y desalojando a sus habitantes. Apenas se escucha portugués si te acercas a cualquiera de las terrazas del Largo de Intendente.

Tristemente, el aumento del precio del alquiler y la venta de propiedades tiene graves consecuencias para los residentes de Lisboa, que se ven obligados a cambiar de zona o barrio, mientras los negocios de siempre y asociaciones culturales anuncian el fin de sus actividades. Es el caso del Sport Club de Intendente, en el Largo de Intendente, hace cinco años y el Crew Hassan, en la zona de Anjos, en el verano de 2023.

Hace apenas una semana, caminando precisamente por esta zona, me di cuenta de que todavía cuelgan carteles y se pueden leer pintadas de protesta en la puerta del bar O das Joanas. Situado en el número 28 del Largo de Intendente, se trata de un conocido café lisboeta que echó el cierre el pasado mes de mayo, después de más de una década, al no renovar los propietarios el contrato de alquiler, como ya había sucedido con el negocio de al lado en el mes de abril.

Resulta surrealista que en uno de los países de Europa con salario mínimo más bajo, 886 euros euros al mes, el precio medio de un cuarto en un piso compartido esté en torno a los 500 euros

Los propietarios han decidido apostar por los pisos turísticos, inversores extranjeros o la subida de precios para rentabilizar al máximo sus propiedades. Resulta surrealista que en uno de los países de Europa con salario mínimo más bajo, 886,67 euros euros al mes, el precio medio de un cuarto en un piso compartido gire en torno a los 500 euros.

El alza de los precios del mercado inmobiliario, junto con la inflación han hecho que las protestas se multipliquen. Mensajes como “queremos una vivienda para todos” o “la crisis aumenta, el pueblo no aguanta” podían leerse en algunas de las pancartas que cargaban los manifestantes el pasado 30 de septiembre en la popular plaza de Rossio. 

Ese mismo día, miles de personas marcharon desde esta localización bajo el lema "Casa Para Vivir, Planeta Para Habitar”, con la intención de reivindicar la regulación del mercado habitacional y la subida de salarios para hacer frente al coste de la vida.

Ante el descontento entre la población lisboeta, el gobierno portugués ha planteado diferentes medidas: acabar con los visados de oro o permisos de residencia para actividades de inversión y suspender las nuevas licencias para las viviendas de alquiler turístico de corta duración, excepto en las zonas rurales. 

La distopía que plantea la serie noruega ‘The Architect’, un futuro sin coches donde las plazas de garaje se alquilan como viviendas, no está tan lejos de la realidad en Portugal

Esto no evita que, aún arrastrando las secuelas de la anterior, Portugal esté sumido de lleno en una nueva crisis. La subida de los tipos de interés y los precios de alquiler tan elevados evidencian la llegada de una nueva hecatombe o apocalipsis del ladrillo.

La distopía que plantea la serie noruega The Architect, un futuro sin coches donde las plazas de garaje se alquilan como viviendas, no está tan lejos de la realidad. En mi anterior apartamento, situado también en el barrio de Graça, uno de los cuartos que ofrecía el propietario por 400 euros al mes, no tenía ventana, ni tampoco salida de aire. 

Poder disfrutar de una vivienda digna debe ser una exigencia para el presente de los portugueses, no un sueño. Sin embargo, en la capital portuguesa el futuro resulta desesperanzador. Al pasear por la avenida Almirante Reis uno se da cuenta de la otra realidad del país: decenas de personas sin techo viven en tiendas de campaña refugiadas en los soportales. 

Sobre esta situación ha reflexionado el artista callejero Bordalo II, cuya última  intervención fue colocar cuatro tiendas de campaña simulando la arquitectura de una casa portuguesa como denuncia de la falta de medidas de regularización del alquiler. “Esta situación es un problema para quienes no consiguen pagar una casa, para aquellos que llegan a final de mes justos, para quien tiene que emigrar, pero sobre todo es un problema social que dejará marcas profundas en la sociedad portuguesa. Gran parte de la población no puede imaginarse un futuro, eso sí que es un problema de todos”, publicaba en sus redes sociales.

Según el artista portugués, las ciudades se están transformando en parques de atracciones gigantescos carentes de alma y espíritu. No le falta razón, la gentrificación es un hecho y las ciudades cada vez se tornan más frías y deshumanizadas,  sólo nos queda luchar si queremos evitar distopías en un futuro no muy lejano. Al fin y al cabo ¿qué sería Lisboa sin sus habitantes, su cultura y sus negocios propios? ¡Ellos sí son la verdadera ciudad!

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