Soberanía alimentaria y basura electrónica, dos caras de la misma moneda

Senegal es uno de los países receptores de residuos electrónicos de la Unión Europea pese a que la convención de Basilea prohíbe el envío de basura electrónica. También un ejemplo de territorio donde la basura electrónica tiene un alto impacto en la cadena alimentaria.
Residuos electronicos
Residuos electronicos. Foto: Fairphone
17 jul 2026 06:00

No podemos hablar de Senegal sin mencionar el ceebu jën, plato típico por excelencia y patrimonio de la Humanidad, hecho a base de arroz con pescado, verduras y legumbres locales. El ceebu jën, se prepara cada día y su origen está en la zona pesquera de San Luis, en el norte de Senegal, aunque cada región ha hecho suyo este plato y han creado su propia variación. Simboliza el compartir, ya que se come del mismo plato: es un acto de igualdad y pertenencia.

Prepararlo supone un desafío diario para gran número de familias senegalesas, quienes cada mañana se enfrentan a la pregunta: ¿podré ganar lo suficiente para poner un plato en la mesa ? Es entonces cuando el vertedero de Mbeubeuss se convierte en la respuesta para miles de personas recolectoras de residuos electrónicos. Una respuesta simple para una necesidad cotidiana, que, sin embargo, revela la realidad de un sistema más complejo, uno que va a unir pobreza, tecnología, medioambiente, cadena alimentaria y supervivencia de una manera que rara vez somos capaces de observar.

El vertedero de Mbeubeuss: vida, negocio y riesgo

El vertedero de Mbeubeuss se encuentra en Dakar y está ubicado en un antiguo lago seco, cerca del Océano Atlántico y al lado del Lac Rose, una de las atracciones turísticas de Dakar y lago del cual se extrae la sal de mesa. La extensión del vertedero es de 175 hectáreas y en él viven unas cuatro mil personas, aunque algunas fuentes elevan ese número a siete mil. Son los recolectores de distintos tipos de materiales reciclables —entre ellos los residuos electrónicos—, a los que se suman decenas de personas que venden comida o agua.

Al entrar en el vertedero, lo primero que impacta son las montañas de distintos bidones de plástico. Los residuos electrónicos, sin embargo, no están tan visibles. Preguntando por alguien que los venda, dimos con Falou, al que encontramos sentado en una barraca hecha de palés y uralita. Falou nos cuenta que tiene varios trabajadores recolectores a su cargo, y gracias a ellos puede reunir cantidades suficientes para “obtener hasta 300 mil francos CFA (500 euros)— por semana”. Además nos aclara que “hay muchos tipos de residuos electrónicos y no todos valen lo mismo: las memorias RAM, por ejemplo, la compran muy bien”.

La globalización se impone, y el colonialismo reparte los daños: nadie queda exento, ellas tampoco, pues la toxicidad ya ha penetrado en su cadena alimentaria

Mientras hablamos, a su lado un hombre quema cables para extraer cobre. Los componentes electrónicos, dice, los almacena en otro lado. Es un buen negocio y sus compradores son europeos y chinos. Para hacerse una idea de la oportunidad que brinda el negocio de los residuos electrónicos, hay que tener en cuenta que el salario mínimo en Senegal ronda los 50 mil FCFA, uno 80 euros al mes.

Contaminación silenciosa: del suelo al mar y a la mesa

Mbeubeuss es el único vertedero de Dakar y los descomponedores se hacen cargo de su gestión sin herramientas adecuadas y sin protección, con lo que quedan expuestos mientras queman cables para extraer el cobre, rompen pantallas o desmontan monitores, ordenadores, teléfonos, frigoríficos, o televisores. Todo para recuperar componentes que tienen metales valiosos. Pero durante esa manipulación inhalan, absorben y tocan partículas tóxicas, quedando así expuesta su salud y facilitando la contaminación del suelo. Cada partícula tóxica podrá viajar kilómetros.

Con el suelo contaminado las partículas tóxicas penetran en la zona freática, contaminando el agua y los sedimentos. Esta filtración afecta a los terrenos cercanos donde se cultivan verduras, frutas y legumbres. También a los ríos donde se practica la pesca. No hay que olvidar que esas aguas desembocarán en el Océano Atlántico, donde terminarán contaminando especies marinas. Ha comenzado la polución de la cadena alimentaria impactada por la toxicidad de la basura electrónica.

Dos realidades paralelas: el esfuerzo de Mme Ballo y la invisibilidad de la toxicidad

Mme Ballo, recolectora en Mbeubeuss, cuenta que gracias al vertedero ha podido ahorrar dinero para comprar una nevera, lo cual le permite vender hielo y agua en su casa. “Esta nueva fuente de ingresos me ayuda a encontrar un equilibrio en los gastos mensuales: alquiler, alimentos, educación de los niños, electricidad y agua”.

En su casa también se cocinará el ceebu jën, pero nadie le ha advertido de que muy posiblemente el pescado y el marisco estarán contaminados con mercurio o plomo, que las verduras como la berenjena, patata o zanahoria acumulan cadmio o plomo, y que el arroz importado posiblemente habrá traído con él arsénico. La exposición continuada conllevará problemas renales, neurológicos, cardiovasculares o en el sistema reproductor.

La vida fluye de norte a sur y de sur a norte. Pero, ¿qué vida se genera y qué vida se destruye?

Esos mismos productos mañana los comprará Maria o Steffi en el supermercado del Norte global. Proceden de ese Sur global expoliado a través de tratados internacionales. La globalización se impone, y el colonialismo reparte los daños: nadie queda exento, ellas tampoco, pues la toxicidad ya ha penetrado en su cadena alimentaria. Así, esos residuos electrónicos invisibles se cuelan en las vidas de personas en distintos rincones del mundo a través de lo que comen.

Para Mme Ballo, el vertedero es una oportunidad para mejorar su vida, al igual que lo es para los miles de familias que viven de él. Para María y Steffi, un supermercado abierto 24 horas que les permite comprar en cualquier momento les facilita la existencia. Sin embargo, la contaminación de los productos no aparecerá en las etiquetas, y los efectos nocivos quedarán invisibilizados para todas.

La vida fluye de norte a sur y de sur a norte. Pero, ¿qué vida se genera y qué vida se destruye?¿Podemos desvincular unas vidas de otras? ¿Cuál es ese hilo fino que vincula la supervivencia a la tecnología, y la tecnología a la toxicidad que contamina el medioambiente que penetra en la cadena alimentaria y, por tanto, toca la vida?

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El tecno-colonialismo es difuso, sus fronteras se nos escapan de entre los dedos al igual que sus “gobernantes”, de hecho los tecno-colonos operan en la sombra.
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