Una casa que no sigue las reglas del mercado

En Gordexola (Bizkaia), seis unidades de convivencia hemos rehabilitado un caserío de 1660 para vivir en él sin que ninguna seamos dueñas. Ametxe fue la primera cooperativa de vivienda en cesión de uso constituida en Euskadi. Ocho años después, junto a decenas de proyectos, seguimos demostrando que la sociedad civil puede impulsar vivienda social, libre de especulación y facilitar la organización de comunidades más sostenibles, con apoyo mutuo y cuidados.
Habitantes de Ametxte para la campaña de Laboral Kutxa titulada "Colaborar"
Habitantes de Ametxte para la campaña de Laboral Kutxa titulada "Colaborar"

Secretaría Técnica del Grupo Estatal de Vivienda en REAS Red de Redes

socio habitante de Ametxe
6 nov 2026 10:17 | Actualizado: 6 nov 2026 11:17

Cuando alguien nos pregunta de quién es la casa en la que vivimos, la respuesta suele descolocar: de nadie y de todas. El caserío con sus 600 metros cuadrados y las cuatro hectáreas de terreno que lo rodean son propiedad de la cooperativa. Las personas que lo habitamos tenemos una cesión de uso estable por tiempo indefinido, pero no es posible la venta, el alquiler, ni la especulación. Prescindir de la propiedad y el beneficio particular para apostar por estrategias colectivas sin ánimo de lucro es justo lo que mejora el acceso a la vivienda y permite disfrutar de todas las ventajas de la cooperación.

En un momento en que la vivienda está centrando los debates públicos y sociales, y que buena parte de una generación da por hecho que nunca tendrá una casa estable, creemos que merece la pena contar cómo llegamos hasta aquí y por qué este modelo permite muchas más posibilidades para el bienestar de las personas y la sociedad.

Buscamos crecer con acompañamiento mutuo

El sueño de Ametxe nació en 2017 de la inquietud de un grupo de familias en plena crianza que compartimos un proyecto educativo y un deseo: vivir juntas en el medio rural, apoyándonos, creciendo con más salud y aprendizaje en colectivo.

Empezamos a buscar caseríos y, entre las limitaciones y los problemas descubrimos la vivienda cooperativa en cesión de uso. Nos encajó enseguida. Permitía habitar un caserío grande entre varias familias de forma más asequible sin dividir ni buscar la propiedad individual. Esto cambió la lógica de fondo: la vivienda dejaba de ser un bien en el que acumular dinero, que se compra y se vende, para convertirse en un bien que se usa y se cuida. Y permite que cada día sea más asequible, también para las personas que puedan entrar después.

El 4 de julio de 2018 constituimos la cooperativa. Éramos las primeras en Euskadi, y eso tiene su cara amarga: nos tocó abrir camino con la administración pública, hacerles ver el interés social de las propuestas habitacionales que se proponen desde entidades de la sociedad civil organizada y la Economía Social y Solidaria. A menudo nos encontramos con personal público que bloquea las iniciativas en lugar de apoyarlas o encajarlas para que cumplan su función social.

Cómo funciona una casa sin propietarias

El modelo es sencillo de explicar. Para entrar, cada unidad de convivencia hace una aportación inicial al capital de la cooperativa, que recupera íntegra cuando se va con la aportación de la nueva unidad que llega. Después, cada mes pagamos una cuota de uso para que la cooperativa pague la hipoteca. Es algo parecido a un alquiler, pero a precio de coste y sin casero: el dinero no engorda el beneficio de nadie, solo sostiene el proyecto.

Como el inmueble nunca se divide ni se vende por partes, la cuota no sube al ritmo del mercado. Con los años, la distancia entre lo que pagamos y lo que costaría vivir en un lugar así en cualquier otro modelo se hace cada vez mayor. Y no solo para nosotras: quien entre dentro de veinte años lo hará en las mismas condiciones. Esa es, quizá, la idea más radical del modelo. No construimos una casa para nosotras, sino un hogar asequible que seguirá existiendo cuando ya no estemos.

Las decisiones se toman en asamblea, una unidad de convivencia, un voto. Pero en lugar de votar por mayorías, usamos el consentimiento aplicando la Sociocracia, ya que buscamos acoger las necesidades de todas las personas. Nos organizamos en comisiones (economía, acogida, comunicación…) y compartimos buena parte de la vida en espacios comunes: una gran cocina, el comedor, la despensa, la lavandería, una sala polivalente, habitaciones de invitados. En casa hay personas de un año y de más de setenta, y la idea es que sea un espacio finalista, para toda la vida.

Siete años de obstáculos

No vamos a pintarlo fácil, porque no lo ha sido. Compramos el caserío en marzo de 2019 y no pudimos empezar a rehabilitar hasta mayo de 2022. Entre medias hubo un largo proceso de trámites, requisitos y bloqueos administrativos que, en muchos momentos, rebasando lo exigible por normativa, parecían diseñados para que desistiéramos. Cuando por fin arrancó la obra, fueron 24 meses de tensión, imprevistos y también de trabajo colectivo: todo el rejuntado de la fachada y de los acabados interiores los hicimos con nuestras manos. En mayo de 2024 terminamos y empezamos a convivir. Lamentablemente, seguimos con el persistente bloqueo del Ayuntamiento a dar el fin de obra y validar la ejecución para la que dieron la licencia.

La financiación fue otra montaña. Consultamos a varias entidades y la respuesta de la banca convencional fue, en el mejor de los casos, tibia: nadie quería arriesgarse con algo que no conocía. Fiare Banca Etica que ya tenía experiencia con el modelo, comprendió el impacto social del proyecto y nos concedió el préstamo. Para completar el coste y evitar aumentar el capital que aportan las socias, lanzamos una campaña de financiación social con títulos participativos y abrimos la cooperativa a socias colaboradoras que, sin vivir aquí, quieren que el modelo exista y crezca por su finalidad social.

Recibimos una ayuda pública de Patrimonio de Bizkaia por rehabilitar un edificio histórico y por mejorar su eficiencia energética, como cualquier otra vivienda. Pero ninguna para apoyar y hacer más asequible lo que realmente estamos haciendo: generar vivienda social por debajo de los precios de mercado y de iniciativa comunitaria. Eso es lo que seguimos intentando cambiar.

Más que una casa

Ametxe no termina en la puerta. En la finca experimentamos con agroecología y sistemas agroforestales, recuperamos suelo y organizamos cursos abiertos para quien quiera aprender a producir alimentos regenerando el entorno. Acogemos visitas, participamos en charlas y recibimos a personas y grupos que están empezando. Y procuramos que nuestra economía cotidiana también sea coherente: la energía, con Goiener; las telecomunicaciones, con Izarkom; el dinero, con Fiare; los seguros, con Arç.

Lo que más nos satisface es la inspiración que genera en la gente conocer el proyecto. Cuando empezamos éramos una rareza. Hoy ya hay cinco proyectos habitados en la red Koobizitza en Euskadi, varios más en Navarra. A nivel estatal hay más de doscientas veinte iniciativas en marcha: cincuenta cooperativas en convivencia y otras ochenta en construcción o con suelo ya disponible, a los que siguen otros noventa proyectos en fases iniciales.

La vivienda también se puede construir fuera del mercado

Sabemos que la cesión de uso no es una respuesta inmediata para quien tiene una orden de desahucio. Estos proyectos llevan tiempo y la aportación inicial sigue dejando fuera a mucha gente. Por eso, como defiende Red Vivienda Cooperativa en su último posicionamiento, hacen falta las dos cosas a la vez: proteger hoy a quienes están en riesgo de perder su hogar y construir un parque de vivienda que no expulse a nadie mañana. Para que la cesión de uso sea una opción real para muchas más personas, es clave que las administraciones colaboren cediendo suelos, edificios, y aporten financiación a largo plazo y garantías.

No es una utopía. En Dinamarca las cooperativas de vivienda suman en torno a un 30% del parque residencial; en Alemania, alrededor de un 10%; en Uruguay, un 5% construido en solo cuatro décadas. Son países que decidieron que la vivienda podía gestionarse de otra manera, y que el impulso de las comunidades locales es clave para generar propuestas más adecuadas a las necesidades reales de las personas.

Ocho años después, seguimos construyendo vivienda social sin ánimo de lucro, creando comunidad y futuro en común en Gordexola. Y cada vez que alguien nos visita y se va pensando que esto también podría hacerse en su ciudad, pueblo o barrio, sentimos que el caserío ha recuperado su función.



** Esta historia forma parte de la campaña Historias de ESSperanza de REAS Red de Redes, que recorre iniciativas pioneras de la economía social y solidaria que demuestran que otra forma de hacer economía es posible y está en marcha, y eso, es fuente de essperanza.

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