Música
Las turbulentas memorias de Mark Lanegan, el rockero grunge reconvertido en crooner del siglo XXI

El músico estadounidense Mark Lanegan habría cumplido 58 años el 25 de noviembre. La editorial Contra publica la traducción al castellano de ‘Sing Backwards and Weep’, libro en el que Lanegan relata las dos décadas más crudas de su vida. Un periodo que arranca en su etapa como exponente de la escena ‘grunge’ hasta su transformación en un ‘crooner’ tan brillante como maldito.
El músico estadounidense Mark Lanegan, en un concierto en Madrid en 2010
El músico estadounidense Mark Lanegan, en un concierto en Madrid en 2010. Nacho B. Sola
29 nov 2022 09:20

Consciente de que se había pasado la vida atrapado en una espiral de autodestrucción salvaje, Mark Lanegan (1964-2022) enunció en muchas canciones su desconcierto por seguir respirando. En una de ellas llega a preguntarse, con cierto sentimiento de culpa, si acaso él estaba destinado a ser el último de su generación que quedase en pie. “Skeleton Key” forma parte de Straight Songs of Sorrow (2020), el testamento sonoro con el que el artista norteamericano cerró una amplia discografía que había comenzado en 1986 con la publicación de Clairvoyance, su debut en formato larga duración como cantante de la banda Screaming Trees. Compuesto poco después de entregar el manuscrito de sus memorias, Straight Songs of Sorrow es el disco en el que Lanegan volcó de forma más directa y transparente el relato de sus miserias, que fueron muchas. Este conjunto de quince canciones es el reverso poético de un libro que si por algo se caracteriza es por su crudeza y total ausencia de lirismo.


La reciente edición en castellano de Sing Backwards and Weep en la editorial Contra nos aproxima a los años de juventud de los últimos supervivientes de una escena musical, el grunge de la década de los 90, a la que Lanegan nunca quiso pertenecer, pero a la que se vio irremediablemente vinculado. Una escena configurada alrededor de la costa Noroeste de Estados Unidos y liderada por una generación de cantantes especialmente carismáticos, aunque arrasados por las drogas y la depresión. Antes que Lanegan, fallecido en febrero de 2022, se fueron Kurt Cobain (Nirvana), Layne Staley (Alice in Chains), Scott Weiland (Stone Temple Pilots), Andrew Wood (Mother Love Bone) y Chris Cornell (Soundgarden). Puede decirse que Mark Arm (Mudhoney) y Eddie Vedder (Pearl Jam) son de verdad los últimos que han quedado en pie.

La voz de barítono de Mark Lanegan era poderosa y singular. Áspera y cavernosa, capaz de transmitir todos los gradientes de dramatismo: podía ser lúgubre, misteriosa o incluso amenazante, pero también frágil y vulnerable. No era un cantante superdotado técnicamente —su rango vocal de hecho era limitado, sobre todo en los primeros discos—, pero supo crear un estilo propio y reconocible. Nunca llegó a tener el estatus de estrella de Tom Waits, Leonard Cohen o Nick Cave; su nombre entraba más bien dentro de la categoría de “artista de culto”: reconocido, pero probablemente no tanto como merecía. Sus cualidades como cantante y letrista le ganaron la admiración de muchos de sus compañeros y compañeras del mundo artístico, que a menudo se referían a él como uno de los grandes crooners de nuestro tiempo.


Lanegan dio sus primeros pasos dentro del rock, encontró su sello dentro de los márgenes del blues y el folk, y en los últimos años se prestó a todo tipo de experimentos electrónicos. Tenía una capacidad fuera de lo común para proporcionar profundidad y carácter a cualquier género musical que se le pusiera por delante, como demostró en las numerosas colaboraciones que complementan su carrera en solitario. Además de las alianzas puntuales con artistas como Nick Cave, PJ Harvey, Warren Ellis, John Paul Jones, Dylan Carlson, Moby o Massive Attack —por citar algunas—, formó proyectos más o menos estables con el cantante de Afghan Whigs, Greg Dulli (la banda The Gutter Twins), y con Isobel Campbell, de Belle and Sebastian, con la que grabó un EP y tres álbumes.

Mención aparte merece su interesante función como conector simbólico entre el grunge y el stoner rock. Su manera de cantar, arrastrando las palabras en cadencias lentas, encajaba como un guante entre los riffs de Queens of the Stone Age, banda con la que compuso varias canciones contenidas en tres álbumes clave: Rated R (2000), Songs for the Deaf (2002) y Lullabies to Paralyze (2005). También participó en dos Desert Sessions, las conocidas sesiones de improvisación impulsadas por Josh Homme, líder de Queens of the Stone Age, anteriormente guitarrista de Kyuss y de la última gira de Screaming Trees. Posteriormente, Lanegan grabó dos discos con el dúo de productores de música electrónica Soulsavers y otro par junto al multinstrumentista Duke Garwood. En 2017 colaboró con el conocido grupo tuareg de desert blues Tinariwen. Un año después, participó en el álbum Odeon Hotel de la banda instrumental portuguesa Dead Combo. Y en 2020, prestó su voz a una canción del grupo madrileño Agrio.


De rockero a crooner

En Sing Backwards and Weep, Lanegan pone el foco en un periodo concreto de su vida que se inicia en su adolescencia, poco antes de fundar Screaming Trees con los hermanos Conner —Gary Lee y Van—, y llega hasta 1998, año en el que sale de su primer tratamiento de rehabilitación por drogas, cuando la ayuda de Duff McKagan (Guns N’ Roses) y, sobre todo, de Courtney Love (Hole), fue crucial para salvarle la vida. El relato se detiene por tanto antes de la consolidación de la carrera de Mark Lanegan en solitario, compuesta por catorce álbumes, incluyendo dos de versiones. Es decir, queda fuera de la foto su definitiva transformación de rockero en crooner, que es también su etapa más prolífica y artísticamente interesante.

Las memorias únicamente desvelan las circunstancias que rodearon su trayectoria con Screaming Trees y la publicación de sus primeros dos discos fuera de la banda, ambos editados por Sub Pop. The Winding Sheet (1990) es el que marca la primera vez que Lanegan coge una guitarra para componer, y Whiskey for the Holy Ghost (1994) es el primer álbum que alcanzó la cualidad de clásico atemporal. Dicen que Kurt Cobain lo escuchó obsesivamente en los días previos a su suicidio. Lanegan buscaba el camino hacia sí mismo en mitos como Nick Drake, Leonard Cohen, Tim Buckley o Van Morrison. En la decadencia elegante de Nick Cave y los Bad Seeds. En las melodías tranquilas pero potentes del Straight Ahead de Greg Sage. En la hermosa lentitud de Galaxie 500. Su presencia espectral está en los trece cortes de este disco.


No sabemos si Lanegan tenía en mente escribir la segunda parte de sus memorias, pero su muerte en 2022, apenas dos años después de la publicación de este libro, habría truncado estos planes de todos modos. Su último testimonio escrito fue Devil in a coma (2021), donde cuenta su traumática experiencia con el covid-19, que le mantuvo al borde la muerte durante varias semanas en un hospital situado cerca de la población irlandesa de Killarney donde se acababa de trasladar a vivir junto a su mujer, Shelley Brien. Logró salir de la UCI y volver a casa, aunque las causas directas de su muerte, sucedida unos meses después, no han llegado a anunciarse públicamente.

Salir del pueblo

El libro arranca en el instituto, con un Lanegan rebelde obsesionado con escapar de Ellensburg, una pequeña ciudad rural enclavada en el estado de Washington, que entonces tenía poco más de 8.000 habitantes, casi el 40% de los cuales vivían por debajo del umbral de pobreza. “Mi familia procedía de una larga estirpe de mineros del carbón, leñadores, contrabandistas, granjeros de Dakota del Sur, delincuentes, presidiarios y paletos de lo más bruto e ignorante que uno pueda imaginar”, dispara en la primera página. Lanegan, que a los 12 años ya se había significado como un pequeño delincuente, alcohólico y adicto al porno en busca de aventuras, quería escapar de aquel panorama como fuese. La música resultó ser su único billete de salida, tanto para él como para Gary Lee y Van Conner, los disfuncionales hermanos con los que llegaría a grabar ocho álbumes hasta la definitiva disolución de Screaming Trees en el año 2000.


A pesar de ser descrita habitualmente como una de las bandas definitorias de la escena musical de Seattle —ciudad a la que se mudaron en cuanto tuvieron la mínima oportunidad—, lo cierto es que su música, especialmente la de sus primeros álbumes, poco o nada tenía que ver con la de las bandas que iniciaron aquel movimiento tectónico acuñado como grunge. Tal y como reconoce Lanegan en varias ocasiones, Screaming Trees fue uno de los grupos metidos en la cola de cometa generada tras la explosión comercial de Alice in Chains, primero, y de Nirvana después. En ese contexto, las grandes discográficas descubrieron que la música independiente era la nueva gallina de los huevos de oro, mientras que otras pequeñas como Sub Pop pasaron de estar al borde de la quiebra a construir una reputación de sello cool que Lanegan se encarga de desmitificar en varios pasajes de sus memorias. Nunca les perdonó que utilizasen para la portada de The Winding Sheet un retrato suyo que no había autorizado.

Aunque llegaron a rozar de forma efímera el éxito comercial con el tema “Nearly Lost You”, incluido en el álbum Sweet Oblivion (1992), Screaming Trees nunca se despegaron de su condición de eternos secundarios. Giraron por todo el mundo acompañando a las bandas más destacadas del momento, pero no encabezaban los carteles. Las escenas de violencia y destrucción que protagonizaban sobre el escenario les granjearon más fama de freaks que seguidores.


Además de las complicadas relaciones interpersonales entre los miembros del grupo —completado con el batería Mark Pickerel, a quien después sucedió Barrett Martin—, Lanegan explica su incomodidad al tener que defender sobre el escenario unas canciones con las que no sentía afinidad, y no solo porque detestase su inicial orientación musical hacia el garage psicodélico. Hasta que consiguió que le dejasen participar en el proceso de composición, Lanegan tuvo que amoldarse a las melodías y las letras compuestas por Gary Lee, que muchas veces no encajaban bien con sus características vocales.


En el libro, el cantante descarga con virulencia sus recuerdos de aquellos años, aunque reconoce que él tampoco se lo hizo pasar bien a sus compañeros de banda. Componer, grabar y girar por el mundo con un drogodependiente extremo no era nada fácil.

Un yonqui recalcitrante

A lo largo de más de 400 páginas, Lanegan se transporta a un periodo de su vida en el que era un yonqui recalcitrante, es decir, una persona que no solo sufría una fuerte dependencia física por el crack y a la heroína, sino que también era un enfermo mental que se conducía por la vida como un trilero egoísta, cruel y a menudo injusto con las personas que tenía a su alrededor. Una de las confesiones más dramáticas que hace en el libro es la que se refiere a las insistentes llamadas que le hizo Kurt Cobain el día antes de morir, y que él desatendió conscientemente. El arrepentimiento por este hecho —que él ocultó en su día, asegurando en alguna entrevista que hacía semanas que no sabía nada de su amigo— le acompañó el resto de su vida.

Mark Lanegan
Mark Lanegan, el blues de la metanfetamina. Nacho B. Sola

Elvira Asensi, responsable de la traducción al castellano de Sing Backwards and Weep, cree que es importante tener en cuenta que estamos ante unas memorias, más que una autobiografía al uso. “No es el relato de un artista que analiza su pasado con vocación objetiva y desde la perspectiva del presente. Lanegan imprime a sus recuerdos las emociones de antaño, sin molestarse en matizar cómo pudieron evolucionar posteriormente sus sentimientos hacia algunos de los personajes que aparecen retratados”.

El músico tampoco pone paños calientes cuando recurre a la reconstrucción pormenorizada de conversaciones y anécdotas. Es cierto que estos pasajes, cuya función es dotar de dinamismo al libro, están mediados por la cualidad esquiva y engañosa de la memoria, pero se da por hecho que forman parte del consenso literario que se establece con el lector. De hecho, son precisamente estos diálogos los que regalan al lector treguas de ligereza, incluso alguna risa. Como cuando explica con todo detalle sus encontronazos con Liam Gallagher, cantante de Oasis, en 1996.


Lanegan era, en términos generales, un tipo que hacía pocos esfuerzos por caer bien, y su imponente presencia física tampoco ayudaba. Su lenguaje corporal era una especie de cartel gigantesco que decía: “Aléjate de mí si no quieres tener problemas”. Erguido frente al micrófono con sus 188 centímetros de altura, su posición era estática. El ceño, petrificado en una perenne mueca de cabreo; la mirada gélida, impenetrable. La comunicación verbal con el público era inexistente (a menos que fuese para amenazar a algún listillo con partirle la cara). Un compendio de mala leche y testosterona que puede resultar chocante desde la perspectiva cultural de hoy. Él no hace bandera de su masculinidad, pero tampoco la camufla. Era un rockero de veintipocos años en la década de los 90, con todo lo que ello implicaba. En las últimas décadas de su vida, que ya quedan fuera del ámbito de este libro, su seriedad era de una naturaleza distinta.

Sacarse las tripas

A diferencia de las típicas autobiografías de ascensión, caída y resurrección, en las que el artista suele envolver los excesos de sus inicios en un halo de romanticismo y glamur regado de dinero y diversión, las vivencias de Lanegan nunca alzan el vuelo. Son, por el contrario, una escalada de anécdotas sórdidas y decadentes que convirtieron su vida durante muchos años en una yincana pesadillesca cuyo único fin era pillar y consumir, a costa de meterse en las situaciones más rocambolescas y peligrosas. Y lo hace, además, con un nivel de detalle que por momentos resulta insostenible para el lector. Llegó a extremos inimaginables para un músico en activo y razonablemente conocido como él: menudeando, estafando, metiendo palizas, abatido bajo las de otros. Desahuciado en la calle, sin techo.


Donde unos quieren ver exhibicionismo lumpen, otras personas preferimos ver a un tipo que se sabía en el tiempo de descuento y aceptó sacarse las tripas y ponerlas encima de la mesa, quizás con la esperanza de que la catarsis le procurase paz. Sabemos, por lo que él mismo explicó en varias entrevistas, que no fue realmente así. Cuando se dio cuenta del hoyo al que le estaba devolviendo el proceso de escritura, decidió sacarse el encargo de encima lo más rápido posible. En una conversación grabada para el podcast de su amigo músico Joseph Arthur, Come To Where I’m From, Lanegan cuenta que se sometió durante meses a jornadas maratonianas frente al ordenador en las que ni se levantaba a por un vaso de agua. Posiblemente, la intensidad y el detalle con las que están escritas estas memorias tengan algo que ver con este sistema de trabajo inmersivo.

¿Cuál es el principal interés que tienen estas memorias para los seguidores de Lanegan? Aparte de su contribución personal al relato de la historia del grunge (no le gustaba conceder entrevistas y nunca quería hablar de esta etapa), el principal valor de estos testimonios reside en la nueva aproximación que proporciona tanto a su música como a sus letras. Cuando cita el hospital Harborview o el barrio de First Hill, sabemos por qué lo hace. Sus alusiones a la sensación de estar empapado en la calle adquieren otro peso. Cuando habla de “cantar hacia atrás y llorar”, tenemos muy claro a qué se refiere.


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