El otro día, en una de las manifestaciones de las de bandera de España sobre Ceuta, un reportero de TVE trataba de informar de la misma rodeado sobre todo por hombres muy hombres que le gritaban muy fuerte, le increpaban, le insultaban e intimidaban, haciendo imposible la retransmisión de la noticia. Entre esa pléyade de académicos de la Lengua Sucia, había una ancianita que gritaba también a su oído, como el resto, con expresión de odio igual, y por supuesto cubierta con su bandera de España.
La capacidad de las ideologías conservadora, liberal y fascista para hacer de las personas seres absolutamente irreflexivos, egoístas o directamente abyectos resulta alucinante. Unos con la excusa de que las cosas siempre han sido así y así deben seguir siendo, otros con la excusa de que el mercado se regula solo y qué le vamos a hacer, y otros con la excusa de que Una, Grande y Libre, enmarcan su cosmología en un incesante qué hay de lo mío y al resto que le den. Y no es sólo que logren producir esa transformación con la juventud masculina, que podría ser hasta comprensible por ser un sector de la población que convive con la precariedad actual, la falta de expectativas futuras y los siglos de heteropatriarcado que superar, sino sobre todo con la población que nuestro imaginario tiene como el sector de la población más entrañable, comprensivo y bondadoso de todos: las ancianas. Abuelas que por las mañanas atienden fraternalmente a sus nietas y nietos, cuidan de sus familiares y saludan educada y cariñosamente a sus amistades y a las de sus hijos e hijas, son también convertidas en cavernícolas capaces de movilizarse en contra de la gente más desfavorecida: los y las migrantes africanas pobres que vienen de otros países con realidades muy jodidas, que no tienen lugar donde dormir, comida que echarse a la boca, contactos ni expectativa de futuro alguna. La enorme presión mediática a todos los niveles, televisiva, radiofónica y por internet, cuyo único objetivo es hacernos peores personas, llega a este sector de la población más envejecido, más acostumbrado a aquello de “si lo dice la tele será cierto” y con menos herramientas para hacer frente a los algoritmos, y sufre las consecuencias de este contexto plagado de tertulianos despreciables vomitando en prime time consignas absolutamente antihumanas. Mujeres mayores no necesariamente de clase alta, que han trabajado toda su vida como mínimo en su casa, cuidando de su familia, realizando las tareas del hogar, preocupándose por el otro cercano, desarrollan, no por ciencia infusa, una increíble aversión e inhumanidad hacia el otro lejano. La exposición diaria a la manipulación informativa que nos presenta la explicación de los problemas de una forma cada vez más ruda, basta y básica, utilizando insultos sin esconderse y planteando la realidad como un conflicto entre malos y buenos estilo Sauron en el que en general lo oscuro es malo y lo claro es bueno, y generando un cacao mental extraordinario que permite hacer convivir en sus cabezas la posibilidad de que estemos en una dictadura en la que se puede perfectamente llamar hijodeputa al presidente diariamente en la tele, en la radio, en internet, en la política, en las manifestaciones, en los bares y en cualquier puesto de trabajo.
No está de moda ser simpático, no está de moda ser humano, y eso hace que las conversaciones que tenemos con nuestros iguales tengan que partir de lugares muy muy bajos, muy sucios, de conceptos que se daban por superados y cuyas formas se suponían protegidas por unas mínimas normas de respeto hacia el otro. Los derechos humanos están en riesgo porque la primera condición de la humanidad, que nos sale de manera natural cuando somos niños, ayudar a quien sufre, conmoverse ante la injusticia, ya no es un lugar básico desde donde partimos todos. Es duro ver a la juventud, herederos de la bondad pasada, caer tan rápido y fácil en el odio imperante, pero duele de forma especial observar cómo las mayores, creadoras de esa bondad pasada, se transforman también en bestias. Y sobre todo me duele personalmente saber que quienes están provocando ese odio en jóvenes y mayores sea la generación a la que pertenezco, la de los hombres entre cuarenta y sesenta años, la verdadera generación de cristal que teme y se ofende por todo y que ante el riesgo de perder su hegemonía ante la mujer, ante lo LGTBIQ+, lo inmigrante, lo negro y en definitiva, lo otro, lo que no es él, es capaz de envilecerlo todo, incluso hasta a sus abuelas.
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