Apología de la maldad

La nueva provocación del ministro de Seguridad Nacional de Israel hace evidente la determinación del sionismo en ejecutar su proyecto hasta las últimas consecuencias, con una crueldad que no conoce límites.
Andrés Ortiz Martín
26 ago 2026 16:03 | Actualizado: 27 ago 2026 08:57

“No es ningún secreto que he tenido diferencias con el primer ministro. Creo que todos los días deberíamos efectuar asesinatos selectivos en Gaza, cada noche unos 30 o 40. No solo aquellos que representan una amenaza inmediata. Hay gente allí que no merece vivir. Ni siquiera son personas, no los quiero llamar personas”.

No puedo evitar que, cada vez que leo o escucho afirmaciones de este tipo, se me rompa algo dentro. El apologeta de la maldad autor de estas palabras es ni más ni menos que el ministro de Seguridad Nacional del Estado de Israel, una más dentro de una larga lista de infamias de este y otros sujetos de su Gobierno.

En su breve existencia, que ni siquiera alcanza los 80 años, el Estado de Israel ha transitado desde el proyecto colonial con el que se concibió a uno abiertamente genocida, a la vez se aboga ni más ni menos que la representación del pueblo judío en el mundo, pese a no contar siquiera con la mayoría de su población. Su evolución histórica hace lógico, por tanto, que sus más altas magistraturas estén controladas por individuos así.

Este nivel de maldad no es algo coyuntural consecuencia del actual gobierno, sino algo estructural. El Estado de Israel tiene en su ADN la pulsión colonial y de limpieza étnica, es un estado teocrático, excluyente y que aspira a la uniformidad étnica y religiosa que, sin embargo, tiene la osadía de llamarse a sí mismo democrático. Pero, como puede ser considerado democrático, por mucho que se celebren elecciones con una pluralidad de partidos, un Estado que es en sí mismo una colonia, que está en guerra permanente contra todo su entorno, que cuenta con un derecho dual que diferencia a los ciudadanos de pleno derecho de los que según ellos “ni siquiera son personas” y que permite entre otras muchas cosas el asesinato y encarcelamiento, también de menores, sin la más mínima ficción de garantías democráticas y de respeto a los derechos humanos.

Son ya casi tres años de la actual fase del genocidio y me apena que Israel no sea sancionado internacionalmente, que las fuerzas de oposición dentro de su Estado sean residuales, que representantes del pueblo judío residentes fuera de Israel, que se han mostrado siempre en contra del sionismo y del establecimiento del Estado de Israel, tampoco tengan la fuerza suficiente. Me apena las inexistentes acciones de aislamiento por parte de la gran mayoría de países del mundo y de las organizaciones internacionales, así como la limitada capacidad de las realizadas por la sociedad civil para cambiar la correlación de fuerzas. Me duele que deportistas y equipos que representan a ese Estado puedan ir a cualquier parte del mundo a participar en eventos deportivos, e incluso celebrarlos en las tierras ocupadas, mientras practican un genocidio. También el doloroso colaboracionismo con el Estado de Israel del Gobierno de la Cisjordania palestina, apoyado por la llamada comunidad internacional y que carece de legitimidad democrática con respecto a su propio pueblo, un gobierno similar al que seguro conseguirán imponer en la franja Gaza y que se dedicará de forma cipaya a perseguir a la propia resistencia palestina.

Siempre he pensado que los ciudadanos judíos que así lo quisieran tenían y tienen derecho a vivir en la Palestina histórica, o donde quieran, como pienso que debe tenerlo cualquier persona, y máxime si es consecuencia de la persecución y agresión a la que han sido sometidos históricamente. El hecho es que ya vivía en Palestina un gran número de población judía, así como en otros territorios árabes, antes de la nefasta y catastrófica creación por la fuerza de colonias primero y posteriormente del Estado de Israel. Pero pretender colonizar, expulsar y, en caso de resistencia, exterminar a los pueblos que vivían y viven en aquellas tierras con el fin de crear un Estado étnica y religiosamente uniforme es la terrible consecuencia racista y supremacista que supone aceptar la ideología sionista, la cual además desprecia a la gran mayoría de judíos del mundo que no quieren vivir en el Estado de Israel, a los cuales considera prácticamente como enemigos.

También pienso en el grave perjuicio que para el pueblo judío ha supuesto el proyecto sionista. La idea de que los judíos necesitan un país propio en el que vivir va en contra de lo que millones de judíos lucharon durante generaciones en Europa, conseguir no resultar extranjeros en sus propios países de nacimiento. La creación de un Estado-gueto creo que es un insulto a la memoria de quienes pelearon y dieron su vida para acabar con la segregación.

Esta apología y exhibición de la maldad ejercida contra la humanidad quiero pensar que será juzgada como merece por la historia. Quiero creer que algún día se actuará, que se hará algo parecido a lo que se hizo en su día contra la Sudáfrica del apartheid y que el actual gobierno será juzgado y condenado. Todo ello pese a que la razón me dice que el Estado de Israel, por su utilidad geopolítica, seguirá existiendo a toda costa gracias a su sostén internacional, cueste lo que cueste.

Sin embargo necesito soñar, con el corazón y dando la espalda a la lógica del mundo actual, con que todo esfuerzo tendrá su utilidad, que algún día se castigará la maldad, que se pondrá fin al proyecto colonial en Palestina y se permitirá a cientos de miles de personas volver a la tierra que les vio nacer, regresar a su hogar. También que de la descolonización nacerá un único Estado en la Palestina histórica, que podrá ser binacional y así permitir la permanencia de los ciudadanos judíos que así lo deseen, que se garantizarán los mismos derechos y garantías para todos sus ciudadanos, que será necesariamente laico, y que en ningún caso podrá llamarse Israel. Que Palestina sea liberada.

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