Opinión socias
Bernarda, el Romano y la muerte de Lorca
En algún sitio he escrito que la tal Bernarda Alba, a la que siempre consideré una viuda egoísta, egocéntrica y engreída, no lo era tanto, sino tal vez una mujer que, forjada en las ancestrales fraguas de la España profunda, conocedora de cuantos males acechan a la mujer en esas tierras, acomete el reto de proteger a sus hijas de las maledicencias y del machismo reinante, construyendo a su alrededor una muralla, las paredes de su propia casa.
No es un modelo a seguir, pero tampoco es el castigo lo que busca. Toda su obsesión es defender a sus hijas del salvajismo, la brutalidad y el manoseo del mundo en que viven. Es severa y dura, esgrime su bastón de mando, prefiere el dolor de sus hijas, su infelicidad, antes que permitir que sean ensuciadas por los machos alfa y por las maledicencias del pueblo. Sin embargo, esa cárcel que construye lleva dentro su propia maldición.
Lorca utiliza, para construir su obra, todos los materiales de que disponía y, por eso es, tal vez, su obra teatral más rica y madura. Su conocimiento de los males de España, de las tradiciones, los ritmos de aquel mundo, la dureza de la vida en los pueblos, los paisajes desérticos de los campos de Castilla y los peligrosos senderos de los pueblos de Andalucía, la interminable violencia contra sus mujeres.
Hasta existe cierta correspondencia entre los niveles de idealismo alejado de la realidad de Don Quijote y la embriaguez que produce la tradición, el luto, el honor en Bernarda. Cierta correspondencia entre las figuras de contraste que Cervantes construye con un Sancho Panza, realista, conocedor de su tierra, de los males del dinero y el poder y que Lorca reproduce con Poncia, la criada de Bernarda, que, como Sancho, conoce al pueblo, sus deseos insatisfechos, su crueldad insaciable.
Ninguno de los dos consigue cambiar la visión de sus amos, ni mucho menos contener la tragedia que se avecina, pero sus creadores beben de las mismas fuentes culturales y literarias, interpretándolas de distinta forma. Cervantes concede a Sancho y a Alonso Quijano el beneficio de una interrelación afectuosa que les permite el afecto, el reconocimiento mutuo.
Sin embargo, el mundo de Bernarda desprecia y vive de espaldas al de Poncia. Toda una vida juntas, sin que existan resquicios para una cierta amistad de dos mujeres, víctimas ambas, en un mismo mundo que las convierte en desechos vivos. Cualquier acercamiento se convierte en un imposible. Lorca no tiene clemencia y el trágico final es inevitable.
Es ese mundo el que conduce a Adela, la hija menor, a preferir antes la muerte que el bastón de Bernarda. ¡Silencio!, exige Bernarda al final de la obra. Es ese mundo, no sólo el fascismo emergente, el que asesina a Lorca. El fascismo no existiría sin el campo de cultivo abonado de una sociedad fértil para hacer crecer sus semillas.
Lorca terminó de firmar su sentencia de muerte cuando incluyó en la obra a Pepe el Romano, un personaje real, cuyo nombre era José Benavides Peña, apodado por los suyos como el Romano. Su historia era escuchada por Federico en su lugar de veraneo, en la Vega granadina, en el pueblo de Asquerosa (ahora rebautizado como Valderrubio), asomado a un pozo por el que se oían conversaciones de casas contiguas.
El tal Romano formaba parte del paisaje del pueblo, vinculado a una de las familias ricas del mismo, los Roldán. Las otras eran la de los Alba y la del mismo Lorca. Estas familias terratenientes mantenían relaciones de vecindad, de odio y de parentesco, al casarse los hijos de unas con los de las otras.
El padre de Lorca había sido albacea testamentario de Francisca Alba, en quien se inspiró Federico para construir el personaje de Bernarda. Por su parte, la familia de los Roldán había alimentado el resentimiento contra los Lorca, enfrentados durante años por conflictos y pleitos que habían terminado perdiendo, a causa de las tierras.
Pepe el Romano se había casado en 1919 con Amelia, una de las hijas de Francisca Alba, muerta durante un parto, un año después. Casi diez años después, se acabó casando con Consuelo, otra de las hijas de Francisca. Este tipo de matrimonios era frecuente en aquella época. Para Federico fue la disculpa para construir su historia de duelo, de encierro entre las paredes de la casa, celos, pasiones desencadenadas.
Podéis imaginaros a los Roldán comprobando que nombres perfectamente identificables aparecían en una obra teatral. La verdad es que aquello no le venía bien a ninguna de aquellas poderosas familias, tampoco a la del propio Lorca. En cuanto a la familia de Pepe el Romano, la indignación fue absoluta. Su vida, sus pasiones, su sexualidad, en el centro del escenario, expuestas públicamente.
Aquellas familias no parecían destinadas a alimentar ideas de justicia, libertad, igualdad, más bien al contrario. Estalló la guerra, aquel fatídico atardecer del 17 de julio de 1936, cuatro días después de la vuelta de Federico a Granada. La ciudad fue tomada de inmediato por los sublevados y Pepe el Romano y los machos de la familia Roldán siguieron al partido conservador y ultraderechista en que militaban, Acción Popular. Todos acabaron en Falange.
Pronto aparecieron las violentas escuadras armadas de la derecha por la Huerta de San Vicente, domicilio familiar de Federico, para efectuar registros, maltratar, insultar y golpear al poeta. Tras el susto, Federico se refugió en la casa de su amigo, el poeta Luis Rosales, el domicilio de una familia de derechas y falangista en el que pensaba que estaría protegido.
Parece cierto que en el pelotón que acabó deteniendo, encerrando y ejecutando a Federico en el barranco de Víznar, figuraba un tal Antonio Benavides, pariente directo de Pepe el Romano. Cabe recordar que el marido de Bernarda Alba, el que murió dejándola viuda, se llama en la obra Antonio María Benavides.
A Lorca le sobraban enemigos. Mucho se ha hablado de los motivos políticos que condujeron a que el odio de los fascistas alzados en armas se concentrase sobre un poeta tan brillante como Federico García Lorca. Pero no fueron sólo los designios del franquismo, desde las alturas, los que mataron a Lorca, sino ejecutores cercanos, cargados de odios personales, familiares, locales, los que acabaron con su vida y segaron el desarrollo de su obra.
Bajo cada uniforme guerrero, tras cada fusil preparado para el asesinato, se encontraban hombres dispuestos a ejecutar venganzas personales y familiares, utilizando para ello la excusa del alzamiento, de la guerra, de una moral cristiana que encubre una España entregada al ¡Viva la muerte!
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