Por qué el bloqueo del estrecho de Ormuz afecta tanto al sistema alimentario global

La cadena alimentaria depende fuertemente del gas natural. El cierre del estrecho no sólo impide el paso de fertilizantes, sino que también amenaza su producción en el resto del mundo.
Francisco Javier Bailén Martínez
15 abr 2026 18:29 | Actualizado: 16 abr 2026 12:34

La guerra en Irán ha generado una fuerte preocupación internacional por su impacto en el precio de los alimentos. La lógica es clara: si se encarecen los combustibles, también lo hacen los costes de transporte de los alimentos. A ello se suma que la producción de alimentos a gran escala requiere maquinaria pesada alimentada por derivados del petróleo. Así, un incremento en el precio del petróleo repercute de forma directa tanto en el transporte como en la producción agrícola.

Sin embargo, el componente más crítico de esta crisis se encuentra en los fertilizantes. La agricultura moderna necesita tres nutrientes esenciales: nitrógeno, fósforo y potasio. El nitrógeno es el más utilizado, ya que es imprescindible para la formación de proteínas y ácidos nucleicos. Aunque puede obtenerse de forma natural, su disponibilidad resulta insuficiente para cubrir la demanda global de alimentos. Por ello, los fertilizantes nitrogenados deben producirse de manera sintética. Se estima que aproximadamente la mitad de la población mundial consume alimentos cultivados con fertilizantes sintéticos basados en nitrógeno.

La producción industrial de fertilizantes cambió la historia de la agricultura hace más de un siglo, cuando la capacidad de producción de alimentos ya no podía seguir el ritmo del crecimiento demográfico. La revolución llegó gracias al proceso Haber-Bosch, que permite producir amoniaco a escala industrial a partir de hidrógeno y nitrógeno. El amoniaco como fuente de nitrógeno se convirtió entonces en la base de los fertilizantes modernos. Su bajo coste de producción permitió incrementar la producción global de alimentos de manera extraordinaria. Sin embargo, este proceso presenta inconvenientes importantes. Además de su impacto ambiental y de las emisiones asociadas, su principal punto débil reside en el proceso de obtención del hidrógeno necesario para producir amoniaco.

A día de hoy, prácticamente todo el hidrógeno industrial se obtiene mediante reformado de metano con vapor de agua. Este metano proviene del gas natural por su bajo coste y facilidad de manejo. De este modo, el gas natural no solo se usa como fuente de energía, sino que también sirve como materia prima esencial para la producción de fertilizantes. Sin gas natural, el modelo actual de producción de hidrógeno y fertilizantes nitrogenados colapsaría.

Entre un tercio y la mitad de los fertilizantes nitrogenados del mundo se comercian entre países, lo que los convierte en un elemento clave de la cadena alimentaria global. Cuando las cadenas de distribución se ven amenazadas o cuando los combustibles fósiles se encarecen, el coste para los agricultores aumenta, disminuyen los rendimientos y suben los precios de los alimentos. Esto compromete la seguridad alimentaria de los países importadores, especialmente los más pobres, aunque no exclusivamente.

Un artículo publicado recientemente en Nature Food señalaba que la industria mundial de fertilizantes está controlada por un grupo reducido de actores. Entre los principales productores y exportadores destacan Rusia, China, Estados Unidos y varios países de Oriente Medio. La razón de este dominio es el bajo coste del gas natural en estos países, indispensable para la producción de hidrógeno y, con él, de amoniaco. Sin embargo, no todos pueden producir fertilizantes de manera completamente autónoma: algunos dependen de gas natural importado, lo que los hace vulnerables ante crisis geopolíticas. Sólo los grandes productores de combustibles fósiles, como Rusia, Qatar, Arabia Saudí, Egipto o Irán, pueden mantener una producción independiente. Incluso países europeos exportadores, como Bélgica, Holanda o Bielorrusia, dependen en realidad de gas natural importado. La dependencia europea es tan acusada que en 2022 la producción de amoniaco cayó entre un 20 % y un 30 % debido a la crisis energética provocada por la invasión rusa de Ucrania.

Una gran parte de los fertilizantes que salen hacia el resto del mundo lo hace a través del estrecho de Ormuz, paso que conecta el Golfo Pérsico con el océano Índico. Aproximadamente un tercio de los fertilizantes y un cuarto del gas natural del mundo transitan por este corredor de menos de 100 kilómetros de ancho, la mayoría con destino a países asiáticos. El cierre de esta vía interrumpe no solo las exportaciones iraníes, sino también las de Qatar y Arabia Saudí, dos de los mayores proveedores de urea y gas natural licuado hacia Asia. El bloqueo iraní y estadounidense del estrecho impide suplir la escasez mediante un aumento de producción en otras regiones. Así se refleja en el precio de la urea, uno de los fertilizantes más utilizados en la agricultura, que ha aumentado más de un 50 % desde el inicio de la guerra. El shock actual reduce la capacidad de los agricultores para adquirirlos y obliga a disminuir su aplicación. Esto se traduce en menores rendimientos y cosechas más pobres, anticipando un impacto prolongado sobre el precio de los alimentos incluso si el conflicto termina pronto.

Las consecuencias de esta combinación de factores son profundas. Mientras el mundo dependa de un puñado de rutas marítimas y de unos pocos productores de combustibles fósiles para sostener la fabricación de fertilizantes, la seguridad alimentaria global seguirá a merced de las crisis geopolíticas. Si no se reduce la dependencia del gas natural, la estabilidad del sistema alimentario mundial dejará de ser una cuestión técnica para convertirse, cada vez más, en un asunto de seguridad global. Reducir esa dependencia requiere descarbonizar la producción de hidrógeno, transformar la industria de fertilizantes y modificar los patrones de consumo, fomentando dietas basadas en productos de proximidad y sistemas agrícolas menos intensivos en fertilizantes sintéticos. Iniciativas como el programa indio Zero Budget Natural Farming muestran que existen alternativas viables sin recurrir a fertilizantes químicos, pero su adopción a gran escala es lenta y exige fuertes inversiones. ¿Estaremos a la altura de las circunstancias?

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