El burnout del ciudadano

Si usted hace el esfuerzo de intentar comprender la actualidad que le rodea, vamos a suponer que, desde una hipotética posición ideológicamente neutral, se puede ver abocado a los síntomas del ‘burnout’. Y no es por ideología, es simple coherencia.
Víctor Álvarez Terrón
12 feb 2026 17:54

Cuando cualquier persona de la ciudadanía sufre síntomas como agotamiento físico y/o mental, irritabilidad, problemas de sueño, desapego, desmotivación, ansiedad, incluso aislamiento o cambios en la personalidad, y todo ello viene directamente relacionado con el puesto de trabajo, en numerosas ocasiones será diagnosticada con el síndrome del burnout (está quemado).

Últimamente estoy detectando estos mismos síntomas en personas de mi entorno, pero no por motivos laborales, sino por motivos tan simples como el hecho de vivir en este mundo y en esta época. Tienen un burnout ciudadano. Y no es por ideología, es simple coherencia.

Llega a casa, enciende el telediario, y empieza el desgaste

Llega usted a casa de trabajar. Con suerte, ha usado parte del tiempo para hacer algún recado o incluso para hacer alguna actividad personal. Ha entrenado, ha comprado cuatro cosas, ha hablado con alguien, ha intentado vivir un poco. Se dispone a cenar y enciende el televisor para escuchar las noticias. Y aquí empieza la espiral destructiva.

Abren con “Nacional”: inmigración, vivienda, servicios públicos

Le hablan de inmigración. El pulso y la respiración se empiezan a acelerar.

¿Cómo podemos estar en 2026 relacionando color de piel y delincuencia? ¿Desde cuándo salvar a gente en alta mar es algo punible? La deshumanización.

Pasan a vivienda. La irritabilidad va en aumento.

Porque la regla que usted asumió hace décadas era sencilla: aprender un oficio, ponerse a trabajar, y con una jornada razonable poder sostener una vida. Y, sin embargo, el telediario le devuelve otra realidad: gente que trabaja ocho, diez horas, cinco y seis días a la semana, y aun así no puede ni comprar ni alquilar. Y de esos polvos, los lodos de los desahucios.

Y entonces una pregunta revolotea en su cabeza: ¿cómo puede alguien coherente y que se supone buena persona estar de acuerdo con el desahucio de una familia? ¿Qué cuento nos han vendido para que personas trabajadoras defiendan que debe prevalecer el beneficio de un fondo buitre antes que el derecho de una familia a tener un techo?

Las noticias avanzan. Sanidad. Educación. Listas de espera. Centros saturados. Falta de personal. Urgencias desbordadas. Atención primaria exprimida. Aulas masificadas. Profesorado quemado. Familias haciendo encaje de bolillos. Y así, poco a poco, lo que eran derechos empiezan a apreciarse como los restos, las limosnas. Y, por si fuera poco, llegan los “liberales” de plató y de redes: impuestos como “robo”, recortes como “eficiencia”, y la culpa siempre mirando hacia abajo.

El noticiero no se detiene: “Sociedad”.

Y de pronto aparecen casos de amenazas, acoso, presiones. Y usted se sorprende… de no sorprenderse. Amenazas a comunicadores, campañas de hostigamiento, señalamientos. Curiosamente, suelen ir en el mismo sentido. Los amenazadores lo dejan claro con mensajes como: “verás como volvemos al 36”. No es invención: mensajes así los recibo al señalar un bulo.

El burnout ciudadano tiene un momento en el que se da cuenta de que algo se ha torcido: cuando las amenazas dejan de ser un escándalo y pasan a ser parte del paisaje. Ya no hay discusión, no hay respeto, no hay término medio.

Y usted entiende el mecanismo: no buscan debatir, buscan disciplinar. Que la gente se canse. Que se calle. Que el espacio público se vaya quedando para los que gritan, señalan y amedrentan. Y eso, sea usted progresista o conservador, debería activarle todas las alarmas.

Porque aquí ya no va de ideología: va de democracia. Parafraseando al doctor y catedrático universitario Enrique Díez Gutiérrez: “Para ser demócrata hay que ser antifascista.”

Pasan a “Internacional”: la coherencia se resquebraja del todo

Cuando llega el tiempo de internacional, todo se va al cuerno. No me escondo, a estas alturas muchas veces ya he apagado la televisión.

Había un acuerdo, había unas normas establecidas. Coherencia con las mismas. O eso se suponía.

¿En qué momento nos hemos vuelto ciegos frente al caso Epstein y sus redes de poder?

¿En qué momento nos hemos insensibilizado frente a la destrucción en Palestina?

¿En serio vamos a seguir tragando con tibiezas y discursos de “seguridad” mientras todo se descompone?

Al final, “El Tiempo”: antes era descanso, ahora es otra pantalla de ansiedad

Llega el tiempo. Antes era un respiro. Hoy no. El hombre del tiempo ahora es otra fuente de agotamiento y preocupación: borrascas y nevadas históricas, tormentas torrenciales o periodos de sequía extremos. Usted tira de memoria personal y entiende algo básico: esto no es “un año raro”. Es un patrón. Es la sensación de que incluso lo elemental —el agua, el clima, el futuro inmediato— se vuelve inestable.

Fundido a negro

Termina el informativo y usted se queda con una mezcla rarísima: cansancio, irritabilidad, tristeza, cinismo, ganas de discutir y ganas de desaparecer. Como en el burnout laboral: la sensación de estar gastando energía sin poder cambiar nada, de sostener coherencia en un entorno que premia la incoherencia.

Y, aun así, si uno quiere llamarse demócrata, hay un mínimo que no debería negociarse: que el miedo no mande, que la dignidad no sea un lujo y que la democracia no sea solo una palabra bonita para cuando conviene.

Porque quizá de eso va este burnout: de ver cómo se normaliza lo que debería ser intolerable

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