Calígula o el nihilismo del deseo ilimitado

«La libertad ilimitada del deseo significa la negación del otro y la supresión de la piedad.» (Camus, El hombre rebelde, 1951)
Sergio Barbero Briones
18 abr 2026 21:48 | Actualizado: 20 abr 2026 09:34

Cayo Julio César Germánico, alias Calígula, fue emperador de Roma entre el 37 y el 41 d.C. Breve periodo, pero suficiente para que su figura se convirtiese en arquetipo del despotismo. Algunos testimonios históricos que nos han llegado de la Antigüedad nos describen un primer periodo equilibrado. Sin embargo, acabó derivando en un ejercicio despótico y demente del poder. Suetonio llega a relatar depravaciones como el sadismo. Otros, como Josefo, sostienen que fue la vanidad la larva que carcomió su alma.

Albert Camus se inspiró en la biografía que Suetonio nos legó sobre el tirano para escribir, en 1938, Calígula, quizá su pieza teatral más afamada. El texto de Camus nos interpela a reflexionar sobre el absurdo del despotismo, cegado por la «libertad ilimitada del deseo». La embriaguez del poder fantasea con que su ejercicio sin mesura pueda troquelar la realidad amoldándola a sus deseos. Esto sólo conduce, en última instancia, al suicidio político por mero nihilismo.

Vuelven los Calígulas en el mundo. Algunos nombres de una lista demasiado larga para exponerse de manera completa son: Teodoro Obiang, Benjamín Netanyahu, Mohamed VI, Vladímir Putin, Kim Jong-un, Xi Jinping, Narendra Modi, Recep Erdogan o Donald Trump. Según el instituto V-DEM en la actualidad hay más regímenes autocráticos que democráticos, sumando casi tres cuartas partes de la humanidad. Ni siquiera en tiempos de Calígula tantas almas estuvieron a merced de tantos sátrapas. Sin embargo, el destino de todos ellos está marcado, como en el Calígula de Camus, en una tragedia de cuatro actos.

Acto I: El deseo

HELICÓN. ¿Y qué es lo que querías?

CALÍGULA. (sigue con naturalidad). La luna.

HELICÓN. ¿Qué?

CALÍGULA. Sí, quería la luna.

HELICÓN. ¡Ah! (Silencio. Helicón se acerca.) ¿Para qué?

CALÍGULA. Bueno... Es una de las cosas que no tengo.

Calígula anhela lo que nadie ha tenido. Desde que, en 2012, Xi Jinping se convirtió en secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh), ha ido acumulando cada vez más puestos de poder. Ostenta los máximos cargos de las fuerzas armadas, y gracias a la reforma constitucional de 2018 que eliminó la restricción a que un presidente pueda ser reelegido más de dos veces, sigue siendo presidente de la República Popular China. Se ha convertido en el líder chino más poderoso desde Mao Zedong, por lo que no es de extrañar que en 2019 se le nombrase oficialmente “Líder del Pueblo”. Así, su juicio se considera casi infalible, e incluso la Constitución del PCCh se reformó en 2017 para incorporar el Pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo con características chinas en la nueva época.

Acto II: El desprecio

EL JOVEN ESCIPIÓN. Todos los hombres tienen algún dulce consuelo en la vida. Eso les ayuda a continuar. A él recurren cuando se sienten demasiado gastados.

CALÍGULA. Es cierto, Escipión.

EL JOVEN ESCIPIÓN. ¿No hay, pues, en la tuya, nada semejante? ¿La llegada de las lágrimas? ¿Un refugio silencioso?

CALÍGULA. Sí, a pesar de todo.

EL JOVEN ESCIPIÓN. ¿Y qué es?

CALÍGULA (lentamente). El desprecio.

Cuando la bilis negra anega la mirada, la vida de los otros (y de los propios) vale menos que el reposo de tus muertos. El 6 de marzo de 2026 las fuerzas armadas israelíes realizaron una incursión militar centrada en el cementerio de Nabi Chit (a 80 km de Beirut) con el único propósito de intentar encontrar  el cadáver de Ron Arad, un piloto militar israelí capturado en 1986. En la operación se asesinó a más de 40 personas, sin ni siquiera recuperar el cadáver de Arad. La viuda de Arad, interpelada por semejante absurdo, escribió una carta pidiendo que no se pusiese en riesgo la vida de los soldados israelíes.

Acto III: El miedo

 CALÍGULA. ¿Adónde vas, Helicón?

HELICÓN (en el umbral). A buscarte la luna.

El miedo es uno de los pilares sobre los que se sustenta el dominio del déspota. Calígula, según Suetonio, alardeaba diciendo: «Recuerda que tengo el derecho de hacerle lo que quiera a quien quiera». En marzo de 2026, para aumentar la presión sobre el régimen cubano, Trump se jactaba de que: «Ya sea que la libere o que la tome, creo que puedo hacer cualquier cosa que quiera con ella». Poco tiempo después, esta vez tratando de intimidar a la Guardia Revolucionaria Iraní, escribía: «Una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás.»

Los sátrapas a veces cumplen sus amenazas y otras no…

En 2020, Alekséi Navalny, uno de los opositores al régimen ruso más reconocidos, sufrió un intento de envenenamiento. Cuando le preguntaron a Putin si él había tenido algo que ver, declaró con sarcasmo: «Si [los servicios de inteligencia] hubiesen querido, probablemente habrían terminado el trabajo». Cuatro años después, Navalny murió envenenado por una toxina rarísima (la epibatidina) presente únicamente en la rana dardo ecuatoriana.

El miedo se inocula en los otros y en los propios. Recientemente, Amnistía Internacional ha cuantificado en 150 los asesinatos por medio de misiles estadounidenses dirigidos a embarcaciones supuestamente dedicadas al narcotráfico. Como acertadamente denuncia Amnistía Internacional, el congreso norteamericano ha abdicado de emprender las acciones necesarias para suspender estas macabras acciones.

Acto IV: El suicidio

ESCIPIÓN. Tal vez, Cayo. Pero si eso es cierto, creo que has hecho lo necesario para que un día, a tu alrededor, legiones de dioses humanos se levanten, implacables, y ahoguen en sangre tu divinidad de un momento.

El Calígula de Camus muere asesinado por una conspiración incitada y promovida por él mismo. Cuando el desprecio hacia el otro ya no calma la ansiedad, este se vuelve hacia uno mismo; se acaba despreciando el acto de despreciar y la vida se vuelve un sinsentido. La náusea ante el ejercicio ilimitado del poder conduce, en última instancia, al suicidio político, cuando los comunes se levantan y derrocan al tirano.

Todo acto de rebeldía ante un Calígula es un atributo de la bondad, no solo por encarar a lo que destruye sino porque, como acertadamente sostenía Camus «revela lo que, en el hombre, hay siempre que defender» (El hombre rebelde, 1951). Nunca debemos olvidar que, a pesar de todos los Calígulas, como se escribe al final de La peste de Camus: «hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio».

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